Agradecimientos a Nalnya y a Graystone por sus respectivos rebiús. Se agradecen siempre. :)


Capítulo II: El malentendido

Eran casi las dos de la mañana y su cabeza no paraba de dar vueltas al asunto. Sus amigos le aconsejaron que se olvidara del tema, que fuese lo que fuese, mejor dejarlo pasar. ¿Dejarlo pasar? ¿Cómo podía dejar pasar algo que, probablemente, podría ser grave? Bueno, o tal vez no, pero debería tener al menos un buen motivo para ausentarse en algo tan importante como aquella reunión. Porque todo había que decirlo, Harry no los reunió para pasar el rato, sino por algo en cuestión.

—¡Porras!—se dijo a sí misma al recordar que apenas puso atención a las palabras de Potter. Y es que estuvo prácticamente en la quinta inopia pensando en qué podría pasarle a Oliver.

Muchos afirmaban que debía ocurrirle algo, ya que su rostro parecía como cansado, agotado, casi enfermo... ¿y es que a esa panda de insensatos no le preocupaba ni lo más mínimo precisamente eso?

Se levantó de la cama de golpe y comenzó a dar vueltas por toda la habitación. Bajó hasta la cocina, donde se preparó un vaso de leche fresquita. Aquella noche, no sólo padecía insomnio por todo lo que llevaba en la cabeza, sino porque también hacía un calor del demonio. Se echó varias cucharadas de cacao en su tazón de florecitas azules y se dirigió hasta el salón, donde se sentó en su sillón preferido a recapacitar sobre todo aquello.

Además, en el caso de que le pasara algo, ¿es que acaso no tenia la suficiente confianza como para hablar con ella? Habían pasado demasiadas cosas juntos como para que ahora le viniese con esas. Y no solo con ella, sino con los demás chicos del equipo que él entrenó durante un tiempo.

Bien es cierto que llevaban muchos meses sin verse. Puede que incluso años. Comenzó a recordar la última vez que se vieron y... ahora que lo recuerda, fue unos pocos meses después de la Batalla de Hogwarts. Posiblemente lleve como tres años sin verle y... Se desplomó en el sillón pensando que tal vez ésa fuese la razón por la que ni siquiera la tomase en cuenta.

Sin embargo, no pudo evitar pensar en todos los momentos que pasaron juntos; momentos buenos, momentos malos, victorias, derrotas, entrenamientos, risas, lágrimas, dudas, abrazos, sonrisas... besos... Porque, ante todo, Oliver Wood siempre fue su primer amor, él fue con el que tuvo su primer beso y eso nunca podrá cambiar. Y, a pesar de todos los años que habían pasado desde que ocurriera aquello, nunca consiguió olvidarle.

Lo más probable es que el motivo más fuerte por el que estaba así fuese ese. Y también era probable que a Oliver no le ocurriera nada importante. Puede que, incluso, es posible que ahora fuese un poco más capullo con los demás debido a su popularidad como guardián de los Puddlemere United. En tal caso, iría hasta su casa, llamaría a su puerta y, en cuanto la abriese, le daría una soberana patada en su popular trasero para devolverlo de nuevo a la realidad. Detestaba la idea de que eso le cambiase y se enervaba nada más pensarlo.

Se terminó su vaso de leche con cacao mientras cavilaba la idea de si ir o no a darle esa patada en sus posaderas cuando la preocupación le regresó una vez más. Él nunca fue un chico al que se le subiera la fama a la cabeza; y mira que en Hogwarts motivos más que suficiente tenía. Pero no, no podía ese ser el motivo de su cambio tan brusco en su actitud. ¿Pero qué podía ser? La incertidumbre le perseguía constantemente, así que sólo se le ocurría ir a hacerle una pequeña visita, eso sí, algo inesperada, a su viejo amigo. Y más le valía tener una buena respuesta, porque no pensaba largarse de allí hasta obtener una convincente. Porque Katie Bell podía ser muchas cosas, pero a testaruda no la ganaba nadie.


Se echó un poco en la cama, aunque únicamente para dar vueltas. Evidentemente, no iba a presentarse en su domicilio a las cinco de la madrugada. Se esperaría, al menos, a que amaneciera. Sí, eso haría. ¿Qué tal a las siete? Esa es una buena hora y probablemente ya estuviera despierto. Claro que le resultaba demasiado pronto. ¿Y las ocho y media? Sí, a esas horas lo más seguro es que estuviese desayunando y sería imposible que no estuviese en casa.

Se levantó de golpe en cuanto le avisó el despertador. Se metió a todo correr en la ducha y se dio una bien fresquita, porque la noche no es que le hubiese, precisamente, ofrecido lo mejor de sí y estuvo inundada en sudor hasta ahora. Tras pegarse la refrescante ducha, se dispuso a vestirse. Abrió el armario, cogió sus pantalones vaquero cortos y su camisa sin mangas a cuadros morados y turquesa claro. No pensaba emperifollarse mucho. Solo lo justo y necesario. Cogió su varita y salió por la puerta camino a casa de Oliver, sin saber muy bien qué decirle cuando llegara allí.

Estaba como un flan. Realmente no sabía qué decirle. Una vez que se encontraba en su puerta, ¿qué le iba a decir? «Buenos días, Oliver. Estoy aquí porque como ayer no acudiste a la reunión, mi mente es así de divertida que hace que tenga la sensación de que se te sale el higadillo por la boca y, por si acaso, vengo a rescatarte donándote un trozo del mío». Estaba más que claro que no. Bueno, ya se le ocurriría algo. De momento, mejor sería llamar a la puerta y ya improvisaría algo.

El timbre suena estrepitosamente por todo el lugar y hace que los tímpanos de la joven se estremecieran. En pocas palabras, si no se ha enterado todo el vecindario de que ha llamado a su puerta, es casi imposible que Oliver no lo haya escuchado. Y, lo que es aún peor, ya no había marcha atrás.

El corazón comenzó a latirle bruscamente al escuchar unos pasos dirigirse hacia la puerta. Tomó una gran bocanada de aire mientras oía cómo se abría la puerta y veía asomarse por ella los ojos ambarinos de Oliver. Parpadeó un poco y, al percatarse de quien se trataba, asomó la cabeza.

—¿Katie? ¿Katie Bell?—dijo mientras salía, definitivamente, al exterior, quedándose frente a ella.

—La misma que viste y calza—una enorme sonrisa, algo nerviosa, asomó por el rostro de Katie.

—Pero...—se quedó pensativo, intentando encontrarle sentido a todo aquello— Pero, ¿qué haces aquí?

—¿No... no te alegras de verme?—preguntó algo tímida.

—¡Pues claro que sí!—contestó con una amplia sonrisa— Yo siempre me alegraré de verte, Katie...

Tendría, efectivamente, una pinta horrorosa, tal y como sus amigos le habían dicho, pero no le notaba que hubiese cambiado en nada. Seguía con su habitual sonrisa de siempre. Aunque aquellas ojeras oscuras eran verdaderamente preocupantes.

—Yo me alegro de verte—dijo poniéndose colorada—. Y... bueno, es que como ayer al final no fuiste a la reunión, me dejaste preocupada, ya que Harry dijo que era por un asunto importante...

—¡Ah, sí, eso! Tranquila, no es nada. Ya está todo solucionado—hizo una breve pausa antes de proseguir— ¿Qué tal fue la reunión? Iba a citarme de nuevo con Harry para que me hablara de todo lo que se habló, porque me sentí fatal, ya que parecía que era importante...

—¡Oh, sí, claro! Pues...—a decir verdad, no tenía la más remota idea de lo que hablaron. Recordó que se mencionó el Ministerio de Magia, pero poco más—, se hablaron de muchas cosas. Bueno, por lo visto en el Ministerio... han escuchado que... —se encogió de hombros y puso los ojos en blanco, sin darle mucha importancia—¡Puff! Escuchan tantas cosas los del Ministerio. Creo que es algo relacionado con que hay un tipo al que le ha dado por emular a Lord Voldemort y, bueno, Harry pensó en nosotros y...

De pronto, salió por la puerta una chica alta, de melena platina, ojos dorados y sonrisa perfecta, demasiado perfecta según la perspectiva de Katie.

—Olie—dijo la muchacha—, he de irme, pero te he dejado la habitación como nunca—una dulce sonrisa apareció en su rostro—. Por cierto, te debo una por lo de ayer y haber tenido que suspender eso que tenías que hacer. No sé qué hubiese hecho sin ti... ¡Eres mi salvación divina!—y depositó un beso en la mejilla de Oliver ante los ojos como platos de Katie, y se marchó.

Oliver, que tenía la vista clavada ante la expresión de Katie, no supo muy bien qué decirle. Se sentía un poco avergonzado

—Katie, te lo puedo explicar...

—No, no, no hace falta—dijo negando con la cabeza, levantando las palmas de sus manos—. Son cosas tuyas privadas y ahí no me pienso meter...

—Pero que no es lo que piensas, de verdad...—comenzó a decir. Parecía algo tenso— Es un poco torpe, la mandé a comprar algo y... se perdió. Y tuve que ir a por ella y...

—En serio, déjalo, porque no lo estás arreglando...—dijo dándose la vuelta y Oliver le cogió de su muñeca para que no lo hiciera.

—No, espera... no es lo que parece... dicho así parece otra cosa pero...

—Mira, comprendo que tengas una vida y... que estés rodeado de... muñequitas ligeras de ropa—comentó en tono de burla—, pero verdaderamente me parece increíble que anules algo realmente importante por ir a "rescatar" a una princesita...—dijo dándole de nuevo la espalda.

—De veras que no es lo que parece...

—¡Es que no has escuchado lo que te he dicho antes, Wood! Un pirado está revolucionando el mundo mágico y tal vez esté planeando una Tercera Guerra Mágica y a ti sólo te preocupa que una muchachita no se pierda entre las tiendas... Y yo pensando que te estabas muriendo o algo. ¡Seré idiota!

—Por favor, déjame explicarte y lo entenderás...

—No, en serio. No importa—dijo dándose la vuelta y mirándole a los ojos—. La gente tiene razón. Has cambiado y no eres el mismo.

Oliver iba a ir tras ella, pero fue más rápida y se desapareció ante sus ojos. Lo único que se le vino a la mente es de dónde había sacado tanta imaginación su vieja amiga. Un poco apenado, se metió en casa. Tal vez en unos días pudiera hablar con ella más tranquilamente.


NDA: Bueno, hasta aquí este segundo capítulo. Al menos sabemos que Oliver está bien y que no es nada grave lo que le pasa. Pero, ¿qué será eso que le tendrá que explicar? A saber. Tendréis que esperaros al siguiente capítulo.

¿Reviews?

Muchas gracias por leerme.

~Miss Lefroy~