Capítulo 2
5 años después.
Caminaba en dirección de la librería Flourish y Blotts en el Callejón Diagon, en mi mano sostenía un botecito de helado sabor durazno con cubierta de chocolate, que había pasado a comprar fuera del mundo mágico.
Podía sentir las miradas de repudio de la mayoría de las personas, era agotador venir al mundo mágico, Draco siempre me lo decía y me pedía que siempre anduviera acompañada por alguno de ellos, pero no es como si no pudiera defenderme sola. Estaba consciente del odio que sentían por mí, pero desde hace mucho no nos atacaban por la espalda, así que no necesitaba a nadie más.
Me detuve curiosa al observar a un pequeño niño a las afueras de la librería. Tenía la carita escondida entre sus manos y miraba con temor a su alrededor. Las personas pasaban de él, todos en su propio mundo sin detenerse a mirarlo más de la cuenta. Me di cuenta que su piel era blanca más no pálida, y al momento que levantó su cabeza, miré el color de sus ojos avellana con salpicadura en verde, su era cabello oscuro y algo desordenado y su pequeña y respingona nariz se encontraba roja. Su carita se mostraba nerviosa y las lágrimas que rodaban por su mejilla confirmaban su miedo.
Me acerque a él despacio, preocupada un poco por los sollozos que emitían sus labios semi-abiertos.
—¿Estás bien? —le pregunte tocando su hombro, pero su gritito de miedo me alerto que no había sido buena idea.
Miré a mi alrededor, preocupada por si alguien pensaba que estaba haciéndole daño, pero todos seguían caminando de manera frenética por la zona.
—Disculpa no era mi intención asustarte —dije suavemente. Me agaché para quedar a su altura y poder mirarlo bien a la cara. Era lindo— ¿Estás bien? —le volví preguntar.
—No me asustaste —contestó de manera ofendida, mientras se limpiaba las lágrimas con las manos.
Esa actitud de niño valiente me causo gracia.
—De acuerdo yo no te asuste —le dije con una sonrisa— ¿Te pasó algo? —le pregunté mientras lo observaba de pies a cabeza para saber que no tuviera ninguna herida.
Por alguna extraña razón ese chiquillo me causaba ternura al verlo, sería por esos ojitos inocentes o la angustia con la que lloraba, o el que intentara ser tan valiente. Pero había algo en él que ocasionaba un sentimiento extraño que no podía explicar, y me recordaba a alguien, pero en estos momentos no podía recordar a quien.
—No, no me pasó nada… y mi papá dice que no debo hablar con personas extrañas —me respondió y seguidamente se dio la vuelta.
Su carita concentrada tratando de recordar la regla de su padre me saco una sonrisa.
—Pero si te digo mi nombre ya no seré una extraña ¿verdad? —pregunté.
Esperaba que captara la lógica de mis palabras, pues en verdad quería ayudarlo. Él lentamente se dio la vuelta con el ceño ligeramente fruncido, analizando la pregunta.
—Pues creo que no… ¿Cómo te llamas? —preguntó él con una tímida sonrisa.
—Mi nombre es Pansy y tu ¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es James —contestó con orgullo.
—Es un gusto conocerte, James —le dije mientras estrecha su pequeña mano, le sonreí y él me devolvió una sonrisa radiante que me cautivo— Y dime, James ¿llegaste solo al callejón Diagon? —pregunté tentativamente. Vi como sus ojitos se empezaban a llenar de lágrimas y sus labios formaban un curioso puchero intentando contener el llanto— No, no llores.
Traté de calmarlo mientras lo abrazaba y él correspondió al abrazo desesperadamente. Realmente estaba asustado porque se aferraba a mí con fuerza. En ese momento me di cuenta de que algunas personas se detenían a mirar, observándonos de manera perpleja.
No le di importancia y simplemente acaricié su espalda.
—Ven aquí —le dije.
Dejé el botecito de helado en el suelo y lo cargué, era ligero, aunque su peso era más que el de Scorpius. Volví a tomar el helado cuando me aseguré de tener al niño bien sujeto en mis brazos, y sentí como él enterraba su cabeza en mi cuello. Caminé a una banca que se encontraba cerca y acomodé al niño sobre mis piernas
—Cuéntame que pasó —pedí suavemente.
Levanté su carita para poder verlo a los ojos.
— Lo que pasa es que yo vine con mi papá a la librería, pero yo quería dulces y mientras él veía esos aburridos libros yo salí corriendo a la tienda de dulces y un señor grande y feo me dijo que necesitaba dinero para pagar, entonces regresé y mi papi ya no estaba.
Me contó de manera apresurada, y terminando de hablar rompió en llanto nuevamente. volvió a enterrar su cabeza en mi cuello, temblando sobre mi pecho. Yo lo abracé más fuerte y le daba besos en la cabellera oscura, tratando de consolarlo.
—Tranquilo, cielo, ya no llores —le dije de manera cariñosa mientras acariciaba su espalda.
Pasado varios minutos él alzo la mirada y me volví a encontrar con sus ojitos rojos y sus mejillas bañadas en lágrimas, rápidamente tomé un pañuelo de mi bolso y limpié su carita con delicadeza, me di cuenta de que me observaba de manera sorprendida y curiosa.
—¿Sucede algo? —pregunté por que su mirada me sorprendía, parecía estar pensando en algo nuevo, como si acabara de descubrir una cosa y no supiera que es.
—Pues yo… quería saber si… ¿así se siente tener una mamá? —preguntó tímidamente con la cabeza agachada.
Yo no sabía que responder, me sentía tan perdida con esa pregunta, no sabía que contestarle, no es que yo no haya tenido una imagen materna; mi madre había sido, dentro de lo que cabe, muy buena persona, distante y fría casi todo el tiempo, pero siempre me cuidaba y se preocupaba por mí, a pesar de las protestas de mi padre. Aun así, no fue una madre amorosa.
Mi cabeza no unía palabras para formar una oración coherente. Estaba demasiado sorprendida de que me preguntara eso.
—¿De qué hablas, cariño? —pregunté, tratando de averiguar el porqué de su pregunta.
—Bueno es que… yo no tengo mamá… ella murió cuando yo nací y aunque mi papi, la abuela y mis tías me abracen y me den muchos besos, yo creo que no es lo mismo— terminó de decir.
Su carita reflejó una gran pena y eso hacía que mi corazón se encogiera. Tuve a mis padres hasta cumplir los diecisiete, pero siempre me sentí abandonada de algún modo, no me imaginaba lo que él sentía al no tener a su madre con él desde que nació, al menos tener un recuerdo bueno de ella.
—No lo sé, cariño, pero de algo si estoy segura es que tu papá, tu abuela y tus tías te quieres mucho, eres un niño muy lindo —contesté cálidamente.
La verdad no sabía que decir ¿Qué le puedes decir a un niño de esta edad en esta situación? No sabía nada de él, no sabía que más podía decirle, como consolarlo.
—Si lo sé, ellos me quieren mucho, a cada rato me lo dicen— me respondió enderezándose en mis piernas para mirarme bien a la cara— Pero yo me doy cuenta de que no es lo mismo de cuando mi tía abraza a Roce y le dice que la ama —me sorprendí, cómo era posible que alguien tan pequeño se diera cuenta de esos detalles— ¿Sabes algo? Yo quiero una mamá para mi solito —confesó con esperanza. Mis ojos se humedecieron— Quiero una mamá que me abrace, me de muchos besos y me diga cosas bonitas, así como lo hiciste tú. Se siente bien — continuó él hablando sin percatarse de mi estado sorprendido— ¿Te gustaría ser mi mamá? —preguntó él, inocentemente.
Estoy segura que de haber estado de pie ya estaría en el suelo desmayada, no es normal que un niño que apenas conoces te pida que seas su madre. Pero si lo miraban de otra perspectiva, podía ser un poco gracioso, pero igual no me quitaba un poco la tristeza por él.
—¿Yo? —cuestioné incrédulamente.
Su asentimiento de cabeza junto con su gran sonrisa, realmente me hizo desear ser su madre por un minuto, pero al minuto siguiente me di cuenta que eso sería imposible, no lo conocía y ni siquiera estaba segura si lo volvería a ver, lo más seguro es que no, y esto sólo quedaría como una buena anécdota.
—James, eso no es posible, cariño —dije. Acaricié su cabello lentamente, esperando que entendiera mis palabras.
—¿Por qué no? —me preguntó con una mirada triste.
—Porque tú ya tienes una mamá en el cielo que te cuida siempre.
—Sí, yo sé que mi mami está en el cielo, es un ángel muy bonito, pero yo hablé con ella y me dijo que no estaba mal que yo tuviera una mamá que estuviera a mi lado —contestó muy seguro.
—¿Hablaste con ella? —pregunté un poco perturbada por su confesión. Nadie podía hablar con los muertos.
—Sí, nadie me cree, pero yo a veces platico con ella en mis sueños y le conté que yo quería una mamá aquí en la tierra y ella tan sólo me sonrió y me dijo que estaba de acuerdo.
Esto era para no creer y yo no sabía que decir, vaya que si es fácil quedarse sin palabras cuando yo siempre tenía una respuesta en la punta de la lengua para todo. Pero ahora me encontraba en silencio y completamente desarmada delante de un niño que apenas estaba conociendo.
—Entonces ¿quieres ser mi mamá? —insistió nuevamente con la pregunta.
—Cielo, las cosas no son tan fáciles —traté de explicarle, pero sólo conseguí que frunciera el ceño ligeramente.
—¿Por qué no? —preguntó tercamente, cruzando sus brazos enfrente de su pecho.
—Pues veras, para que yo pueda ser tu mamá, tu papá tendría que estar de acuerdo —le expliqué. Tenía que conseguir que el niño desistiera de la idea.
—¡Oh! —murmuró tristemente. Su respuesta me hizo pensar que lo había conseguido— Entonces le diré a mi papá que quiero que tú seas mi mamá —dijo él, con la carita de que ya tenía un plan brillante.
Tenía que conseguir alejar esa de idea de su cabeza, pero sin lastimarlo, tengo que buscar algo que lo hiciera olvidarse te este asunto.
—¿Quieres helado? —le pregunte mostrando el botecito con el helado un poco derretido.
—Sí, ¿de qué sabor es? —preguntó con una sonrisa.
—Durazno con chocolate —contesté. Al parecer el sabor no le gustaba por que hizo una graciosa mueca.
—No, no me gusta —dijo seriamente.
—¿Ya lo probaste? —cuestioné. Él tan solo negó con la cabeza— Entonces ¿Cómo sabes que no te gusta?
—Pues no lo sé… ese es el sabor favorito de mi papá, pero nunca me atrevo a probarlo —respondió, mientras inspeccionaba con ojo crítico el recipiente que sostenía en mi mano.
—Pruébalo —dije. Negó con la cabeza nuevamente— Vamos, pruébalo, estoy segura que te gustara, confía en mi —le animé con una sonrisa.
—Está bien —me dijo con una sonrisa.
Agarré un poco de helado con la cuchara y vi como cerraba los ojos fuertemente y abría la boca como si de una medicina se tratase. Le di el helado e inmediatamente abrió los ojos, empezando a saborearlo.
—Y ¿Qué tal? ¿Te gustó? —pregunté, aunque no hacía falta su gran sonrisa me mostraba que si le gusto.
—Es riquísimo
—¿Quieres más?
—¡Sí! —contestó emocionado.
Continúe dándole el helado hasta que se lo acabó, al terminar le limpie la boca y las mejillas que tenían rastros de chocolate.
—Ahora que ya terminaste, creo que debemos buscar a tú papá que de seguro está muy preocupado —le dije con la intención de levantarme aun con él en brazos.
—No, por favor, quiero platicar contigo —me dijo con unos ojitos a las cuales me vi imposibilitada decir que no.
—Está bien, un ratito más y luego buscaremos a tu papá, ¿de acuerdo? —pregunté. Él asintió con una gran sonrisa mostrando sus pequeños dientes— Y dime James ¿Qué es lo que te gusta? —pregunté.
Me contó que le encantaba volar en la escoba con su papá, verlo hacer magia y jugar con los aurores del ministerio, comer en la casa de la abuela tarta de melaza, jugar con sus primos, mirar al abuelo cuando trabajaba con cosas muggles, hacer bromas con sus tíos, y ver las fotos de los dragones que cuida su tío y muchas cosas más. No pude evitar pensar de manera aprehensiva con el asunto de los aurores, era seguro que su padre lo fuera o algún funcionario del ministerio, y ninguno de ellos era amable conmigo o mis amigos.
—… y me encanta las galletas de chocolate, las ranas de chocolate, el helado de chocolate con salsa de chocolate y el pastel de chocolate —terminó de decir con una gran sonrisa.
—Así que eres un monstruo come chocolate —le dije mientras le hacía cosquillas y él me regalaba unas de sus lindas carcajadas.
—¡James, James, James! —escuché como una fuerte voz masculina gritaba el nombre del niño y en la voz se podía percibir su preocupación.
El niño buscó la voz con la mirada, que fue ubicada justo atrás de nosotros y le hizo señas moviendo la mano, sonriendo radiante.
—¡Papi! —gritó James.
El niño fue arrebatado bruscamente de mis brazos. Y nunca imaginé que sería él quien estaría cargando al pequeño niño que me encontré en las afueras de la librería. No, si un auror novato me preocupaba, esto era otra cosa.
—¿Estás bien? —le preguntó Harry Potter— James, no me vuelvas hacer esto, no te vuelvas alejar de mí —le dijo en un tono que pretendía ser de regaño, mientras besaba su frente y mejillas, y lo inspeccionaba para saber que estuviera bien— No lo vuelvas hacer.
Le siguió diciendo mientras repartía más besos y yo no salía de mi asombro. Así que todo este tiempo cuidé, consolé, abracé y besé al hijo de Harry Potter. El hombre que destruyó mi anterior vida, y aun no sabía si sentirme feliz por eso o no, pues antes no era feliz y ahora apenas estaba logrando la tranquilidad después de tantos años. Me quedé prácticamente en ruinas y repudiada por toda la sociedad inglesa. Y él, él me odiaba con fuerzas.
—¡Papi, ya basta! —escuché que le decía James— Me avergüenzas —aclaró.
Yo no pude evitar que una sonrisa se me escapara por eso.
—¡Cómo que te avergüenzo, enano! —contestó Harry.
Vi como James le hacía señas para que se fijara en mí y la cara que puso el salvador del mundo mágico no tenía precio. Lució preocupado y pude ver sus brazos apretando más fuerte a James, como si lo protegiera de mí. No podía culparlo por eso.
—Papi, ella es Pansy —me presentó James.
—Parkinson —dijo por lo bajo.
Me levanté de la banca, pues sentada me sentía demasiado vulnerable.
Fue un seco saludo que recibí, cosa que no me impresiona. Su rostro seguía reflejando sorpresa y tensión, pero de algo si me di cuenta es que no pronunció mi nombre con desprecio.
—Potter —saludé de igual manera. Manteniendo mi distancia.
La carita de James reflejaba confusión.
— Papi, ella me cuido— le dijo el niño y vi como el rostro de Harry se relajaba mínimamente.
—Cómo no imaginarme que era tú hijo, si son idénticos —dije suavemente, mientras le dedicaba una sonrisa a James y el rostro de Harry se relajaba un poco al observa el sonriente rostro del niño que tenía en brazos.
—Sí, pero yo soy más guapo —contestó James.
Ahora si dejaba salir su verdadera personalidad, quizá porque ya estaba más en confianza. Reí más fuerte al escuchar eso.
—¿Como que eres más guapo, enano? —cuestionó Harry, enarcando una ceja y una sonrisa divertida.
— ¿Verdad que sí, Pansy? ¿Yo soy más guapo? —preguntó animadamente.
No pude evitar sonrojarme, ya que la verdad a Harry le había asentado de maravilla los años, si de por si era guapo en el colegio, aunque lo escondía detrás de su aparente falta de interés en su persona.
—Sí, James, tú eres más guapo —contesté.
—Bueno, James, creo que es hora de irnos —avisó Harry a su hijo.
—De acuerdo —contestó en tono resignado.
—Gracias por cuidarlo, Parkinson —dijo Harry dirigiéndose a mí.
—No hay nada que agradecer, fue un gusto conocerlo —contesté con una sonrisa.
—Pansy —me llamó James.
—¿Sí?
—¿Te volveré a ver? —preguntó. Me sorprendió su pregunta, y Harry pareció igual de perplejo.
—No lo sé, a mí me encantaría, claro si tu papá lo ve conveniente.
—¿Papi? —pidió el niño con una cara de cachorrito abandonado.
—Está bien —terminó accediendo Harry— El próximo sábado.
—¿Hasta el sábado? —dijo con tristeza James
—Claro, si no hay inconveniente.
—Por supuesto que no hay inconveniente. Nos veremos el sábado James.
—¡Sí! —gritó James abriendo sus brazos, y sin dudarlo lo cargué.
Harry le sorprendió ver como su hijo me abrazaba y besaba mi mejilla, y yo tan sólo sonreí feliz al ver tanta energía y alegría en un ser tan pequeño. Se lo devolví a su padre, no si antes de darle un beso en la mejilla.
—Bueno, adiós Parkin…
—Papi, su nombre es Pansy— le regañó James.
—Bueno, adiós, Pansy— terminó diciendo con duda.
—Adiós, Potter, James —les dije, moviendo ligeramente la mano.
—Pansy, mi papá se llama Harry —dijo James con el ceño ligeramente fruncido.
—Adiós Harry, James.
Vi que James le susurraba algo en el oído a su padre, y éste asentía poco convencido.
— Parkin… digo, Pansy ¿te gustaría…
—¿Te gustaría comer con nosotros hoy? —terminó de decir la pregunta James.
Mi sorpresa era demasiado grande como para disimularla, sé que había sido idea del pequeño, pero me sorprendía que Harry aceptara. Lo pensé por unos segundos, eso sería demasiado incómodo, pero la carita de James parecía demasiado tierna y convincente para negarme
—Claro, si puedes —agregó rápidamente Harry.
—Yo…
Me había quedado muda.
— Por favor —pidió James con unos ojitos angelicalmente tiernos.
— De… de acuerdo —termine aceptando la invitación.
—¡Sí! —gritó emocionado— Papi, bájame, ya no soy un bebé para que me cargues.
Harry inmediatamente lo bajó. James se colocó en medio de nosotros agarrándonos de las manos, empezamos a caminar.
—Papi, sabias que el helado favorito de Pansy es durazno con chocolate igual a ti— dijo inocentemente.
—¿Así? —dijo Harry, mientras me dedicaba una sonrisa que hizo que toda mi sangre se acumulara en mis mejillas, aunque luché por disimularlo muy bien.
—Papi ¿no te gustaría que Pansy fuera mi mamá?
—¡James! —exclamamos los dos al mismo tiempo y tan sólo pudimos ver la sonrisa satisfecha del pequeño niño travieso.
Una sonrisa que prometía muchas sorpresas.
Mientras tanto en el cielo, una hermosa mujer con el cabello rojo como el fuego veía la escena con nostalgia. Sonreí tristemente.
—¿Ya estas tranquila? —preguntó la voz de aquella mujer que hace cinco años la llevó hasta ese lugar.
—Sí —respondió soltando un suspiro, dedicándole una sonrisa a aquellos tres que estaban destinados a unirse.
Ella estaba segura que algún día Harry le agradecería a su hijo por esa oportunidad, el regalo que yo ella le dio, sería quien le entregaría un nuevo obsequio para que fuera completamente feliz: Pansy Parkinson, y Ginny estaba segura que Pansy sería feliz al encontrar el amor por haber estado en el lugar y en el momento perfecto esa tarde.
—Los tres se merecen ser felices —terminó de decir la pelirroja.
—Me alegro.
—Tan sólo espero que nunca me olviden —confesó su más grande temor.
—No podrían hacerlo, ellos aun te aman y te amaran por el resto de sus vidas —contestó la mujer de cabello negro, mientras abrazaba a la pelirroja.
—Quiero que sean muy felices —terminó de decir ella, con una sonrisa radiante idéntica a la de su pequeño hijo.
