Capítulo 2

La sombra

- ¿Madam de Chagny¿Madam?

Christine a duras penas acertó a contestar ante tal apelativo. Ya hacía unos meses que había dejado de ser Madamasoille Daaé, y seguía sin acostumbrarse a su nuevo nombre. No es que la disgustara, pero… le apenaba mucho haber tenido que desprenderse de lo poco que le quedaba de su padre. No entendía por qué la mujer debía renunciar a su apellido. ¿Acaso era menos válido que el de su marido? Pero no podía quejarse. No debía. Era afortunada. Debía repetírselo una y otra vez. Era afortunada, muy afortunada. Su marido era terriblemente bueno y amable con ella. De los dos, el que mejor salía parado con la unión era claramente ella. No tenía ni posesiones, ni título ni nada que aportarle… y aún así era evidente que él se consideraba más afortunado que ella por estar casados.

- ¡Madam de Chagny!

- Oh sí, lo siento… -repuso Christine. Volvió la mirada hacia el director, que la miraba con algo más que impaciencia. Podía ver en sus ojos lo que pensaba. Estaba claro. Si no fuera por su talento, no tendría por qué soportar a esta mimada vizcondesa. Pero ella tenía talento, eso era indudable.

- Querría que empezaramos con el ensayo, si es posible –dijo con una fingida e impertintente educación.

Christine ocultó su irritación por tales modales y se mostró obediente. Como siempre.

Y el ensayo transcurrió con toda la normalidad que pudiera pasar. Después de tantos meses, no podía decirse que hubiera ido mal. Pero ella no estaba satisfecha. Sabía que podía dar mucho más, pero no encontraba la inspiración necesaria para hacerlo. Y, muy a pesar suyo, sabía por qué no encontraba la inspiración. Porqué, por más que lo deseara (de un modo oculto y en lo más profundo de su corazón, dónde su razón no le permitía acceder) sabía que no podría volver a encontrar la fuente de dicha inspiración. Su propio nombre le recordaba cada día aquella terrible realidad.

Cuando salió a la calle, prefirió volver a casa dando un paseo en lugar de carruaje. No le apetecía volver en seguida a casa. Prefería retrasar lo máximo posible aquel momento. No era que el día fuera muy bonito, seguía estando nublado y de vez en cuando chispeaba.

Deambuló, y se perdió varias veces por las anchas calles de París adrede. Y sin embargo, por más que lo retrasara, sabía que debía volver. Fue hasta el Sena y se quedó un rato mirando el fluir del agua des de uno de los puentes próximos al Louvre.

El puente estaba solitario. Las calles parecían deshabitadas. Todo el mundo prefería quedarse cerca del cálido fuego de sus hogares. ¿Por qué ella prefería el frío al calor?

Al parecer, ella no era la única que prefería el frío. Al cabo de un rato, vio cerca de la orilla una sombra moverse con sigilo. Era un hombre con una capa. Christine, distraída, se quedó mirándole. ¿Qué se suponía que hacía aquel hombre allí abajo? Parecía estar paseando, sin embargo, sus movimentos… no eran tranquilos, sino más bien nerviosos, bruscos… ansiosos. Empezó a sentirse intrigada por aquella figura. Christine salió de su ensueño y le miró con más atención.

Hasta que él levantó la mirada. No le vio la cara, por supuesto. Pero advirtió algo en él que la dejó paralizada. No era posible. No era posible. Tras aquel rápido movimiento, él salió corriendo y desapareció de su vista. Entonces Christine reaccionó. Bajó corriendo las escaleras que la llevaban hasta la orilla. Buscó y escudriñó cada rincón, pero no encontró nada.

Para cuando se dio cuenta de que su imaginación podía haberle jugado una mala pasada, advirtió que su falda estaba toda manchada de barro. Entonces decidió que ya era hora de volver a casa.

Christine trató de entrar en casa con disimulo para que Raoul no viera sus ropas manchadas. Por desgracia para ella, la esperaba en la puerta.

- ¡Por Dios, Christine¿Qué te ha pasado?

- He… he tropezado y caído sobre un charco.

- Pero… ¿se puede saber dónde estabas¡Has tardado una eternidad! Me tenías muy preocupado…

- Es que… iba tan retrasada… el ensayo ha durado más de la cuenta y luego… luego he caído. Siento haberte preocupado, yo sólo…

- ¡Tranquila! No tienes por qué darme explicaciones… encima que has tenido la mala pata de caer sobre su charco…

Christine agachó la mirada, sintiéndose terriblemente culpable por mentir de aquel modo a su esposo.


Apenas comió en todo el día. Tampoco pudo dormir, y el ensayo del día siguiente fue mucho peor. No comprendía que le estaba pasando. ¿Por qué se sentía tan nerviosa a todas horas? Era como si algo… algo dentro de ella fallara o… estuviera roto. Fuera lo que fuera, la estaba destrozando. Y, aunque no sabía muy bien cómo, estaba decidida a terminar con aquel malestar. De este modo, se añadió a sus nervios la terminante decisión de acabar con ellos que, a falta de ideas, la ponía aún más nerviosa, si cabía.

Hasta que un día tuvo la certeza de qué debía hacer. Fue un día que libraba y aprovechó para mentirle a Raoul diciéndole que había ensayo. Parecía que las mentiras iban aglutinándose, pero aquello no era más que el principio.

Cuando llegó a la Ópera, Christine se dio cuenta de que no había cambiado un ápice de cómo la recordaba. Y sin embargo, a sus ojos parecía tan diferente, tan lejana a a otros tiempos… Otros tiempos que, sabía, añoraba. Lo sabía, pero no quería reconocerlo. Y no fue hasta que la tuvo delante de sus narices que se dio cuenta de ello. Que se percató de por qué durante todo aquel tiempo la había evitado a toda costa. El dolor era insoportable.

Aquella sensación, a pesar de todo, no la hizo retroceder, sino avanzar. Fue hasta la puerta que tan bien conocía, que la conducirían hasta los sótanos. El corazón le latía con fuerza y creía que le iba a estallar. Y aún así, siguió andando. Bajó las largas y oscuras escaleras. Llegó al lago. El barco seguía allí. Aguardándola.

Aquel viaje a traves del lago no fue tan agradable como recordaba. Fue oscuro, y pesado y muy muy largo. Tras muchos esfuerzos y sudor llegó a la guarida. A pesar de las dificultades, era como si hubiera tenido el camino señalado. No había verjas que obstaculizaran su camino.

Bajó y, ante el páramo de desolación que se alzó ante sus ojos, todo el aplomo con el que había contado para llegar hasta allí se disolvió. Se dejó caer sobre el suelo, abatida. Lo que en otros tiempos había sido un lugar de ensueño, iluminado por velas, ahora era un lugar destrozado, oscuro, roto. Estaba lleno de papeles por el suelo, los cristales estaban rotos, así como todo el mobiliaro. No quedaba nada… nada con vida.

Con cierta dificultad, volvió a levantarse. Recorrió el lugar, dando trompicones, pasos en falso, sobre lo que en otro tiempo fueron sillas, mesas… un piano. Pasó por cada habitación, cada lugar que había conocido. Todo destrozado.

Finalmente, cuando se dio por vencida, fue hasta el espejo más grande, que se alzaba ante ella roto en mil pedazos. Dejó delante de él la rosa que había llevado con ella durante todo aquel tiempo y se marchó.


Creyó que aquella pequeña excursión la ayudaría. Pero no fue así. Se sentía aún peor que antes. Se sentía tan mal que lo único que deseaba era llegar a casa y enterrarse en los cálidos y fuertes brazos de Raoul. La sensación de que alguien la seguía durante todo el camino de regreso no había más que empeorarlo. Seguro que era aquel dichoso periodista. Desde aquel día no había parado de perseguirla, de hacerle preguntas impertintentes… Si además, ahora, la había visto ir a la ópera… No sabía con qué negativa podría contestarle. Trató de llegar cuanto antes a casa. Aquel día, sin embargo, no la esperaba su amante y esposo. Le había dejado una nota diciendo que había ido a hacer una visita a sus padres. Los criados, como ella, aquel día libraban. Y estaba totalmente sola en casa. Parecía que todo el mundo conspiraba para hacerla sentir peor. Puede que fuera un pensamiento algo exagerado, pero en aquel momento se sentía así.

Lo único que fue capaz de hacer fue echarse sobre la cama y llorar en silencio. Al rato, se quedó dormida. No fue mucho rato, porqué un ruido la despertó al poco tiempo de cerrar los ojos. Sus mejillas seguían húmedas y coloradas. Miró a su alrededor y vio que había alguien al lado de la puerta.

Se levantó precipitadamente, con el pelo revuelto y aún aturdida por el sueño. Se apoyó contra la pared y dio un respigno cuando reconoció la figura. Abrió mucho los ojos y le miró atónita.

- ¿Cómo…?

- Me llamaste –dijo, con su voz, su dulce voz, grave, fuerte, potente, aquella voz que creyó que nunca volvería a oír-. Y he venido.

La cara de Christine se descompuso. Se le hizo un nudo en la garganta.

- Yo… yo –tartamudeó, notando que tanto su voz como su cuerpo temblaban peligrosamente-. ¿Te llamé y has venido? –fue lo único que fue capaz de decir.

Él asintió tranquilamente con la cabeza y se acercó unos pasos a ella. Al avanzar, pudo divisar tras su negra capucha la máscara blanca que le cubría toda la cara. Ante su movimiento, Christine se arreceró más a la pared.

- Si… si Raoul te encuentra te matará…

No era una amenaza, sino una advertencia. Pero Erik le contestó con gesto burlón.

- Bueno, ya estoy muerto¿no? Y la sombra de lo que pudo ser un hombre no puede matarse.

Christine sollozó y se dejó caer sobre el suelo.

- Oh, Erik –murmuró con voz trémula-. Creí que no volvería a verte.

Erik se acercó un poco más. Se arrodilló para poder estar a la altura de Christine. Ella alzó sus ojos llorosos hacia él. Ladeó la cabeza y le miró con el ceño fruncido. Lo único que podía ver de él eran sus ojos verdes. Era él, de eso estaba segura. ¿Por qué, sin embargo, seguía escondiéndose de ella? La chispa que pareció encender los ojos de él adivinaron el pensamiento de ella.

- Yo tampoco creí que quisieras volver a verme.

Su voz era tranquila, reposada, dominada, ante todo. La burla con la que le había hablado antes había desaparecido por completo. Pero por más que le hablara con la calmada voz del Ángel de la música, sabía que en el fondo estaba se estaba conteniendo. Pero¿qué¿Rabia¿Dolor¿Odio?

- Dios mío, Erik, lo siento tanto, tanto… -susurró ella, con verdadero arrepentimiento. Christine esperó de todo corazón que Erik se diera cuenta de ello- Fui tan… mala contigo… Ni siquiera se cómo puedes mirarme ahora sin… sin… -los sollozos le cortaron la voz y fue incapaz de seguir.

- Shhtt… mi pequeño Ángel –siseó él, levantando el dedo índice delante de lo que, tras la máscara, debían ser sus labios-. Eso no favorece mucho tu voz.

Christine hizo un esfuerzo para contener sus lágrimas.

- ¿Te quedarás conmigo? –le preguntó, más que cómo una mera cuestión, como un ruego.

- Christine –dijo él, en tono serio. Ella sabía que nunca usaba su nombre por nada-. Ya no eres una niña. Eres una mujer casada.

No había ira en sus ojos, sino una profunda tristeza. Aquello conmovió a Christine en el alma. Siempre la dejaba más desarmada el dolor que la rabia. Casi hubiera preferido que se enfadara con ella, que le gritara. Nunca sabía cómo consolar al desconsolado.

- Pero… pero… aún así, yo… Sé que esto es muy egoísta por mi parte, pero… desearía tanto que volvieras a ser mi profesor…

- Tienes razón. Estás siendo muy egoísta –Christine hizo un amago de sonrisa-. Pero no puede decirse precisamente que yo sea un ejemplo de compasión y solidaridad. Y un talento como el tuyo no puede desperdiciarse porque ambos seamos unos completos egoístas.

- Oh, Erik, te juro que esta vez seré una alumna ejemplar, servil, obediente…

El sonido de la puerta interrumpió su discurso.

- ¿Christine?

Ése era Raoul. Christine miró con alarma a Erik. Él no pareció asustado en absoluto.

- ¿Cómo te encontraré?

- Yo te encontraré.

Dicho esto fue hacia la ventana, la abrió y salto por ella. Christine fue corriendo tras él y miro hacia el exterior ansiosa. En la oscuridad, le pareció ver como una sombra escapaba. Suspiró con alivio.

- ¿Christine? –repitió una vez más Raoul, mientras abría la puerta de la habitación. Cuando la vio, abrió los ojos con sorpresa-. ¡Por Dios¿Se puede saber qué haces a oscuras y con la ventana abierta¡Te vas a helar!

Como ella parecía no entender ni una palabra de lo que él le decía, Raoul fue directamente hacia la ventana y la cerró de un golpe. Luego la cogió a ella y la abrazó.

- ¿Cómo es posible…¡Estás ardiendo¿Te encuentras bien?

Christine empezó a llorar sobre el hombro de Raoul. Aquello no hizo sino alarmarle.

-¿Qué te ocurre, Christine?

- Nada, nada –se apresuró a asegurarle ella-. Estoy bien Raoul, de verdad. Estoy bien.

Pero para Raoul sus torpes explicaciones no resultaron nada convincentes. Llamó el médico, muy a pesar de ella, que, tras varias revisiones, le indicó lo mismo que ya le había dicho ella: gozaba de una salud excelente. El médico se fue y Raoul seguía creyendo que a Christine le pasaba algo. No obstante, prefirió no insistir y dejarla ir a la cama a dormir.


N.A.: Bueno, segundo capítulo escrito. No sé si voy a continuar con la historia, no parece que haya demasiado entusiasmo... Ya veremos, depende de como vaya este capítulo seguiré o lo dejaré aquí.