Por todos es conocido el milenario reino de Equestria, regido por las princesas Luna y Celestia. Es famoso, sin duda: pocos reinos pueden presumir de tener a las creadoras del día y de la noche en su casta dirigente. Las gentes de Equestria viven tranquilamente, con esporádicos y descafeinados sobresaltos. Muchos piensan que Equestria cubre la totalidad del mundo. Pero nada más lejos de la realidad. Aunque las princesas tienen mucho poder, no pueden abarcar todo el mundo bajo sus protectoras alas. Allá donde su influencia muere, nacen las fronteras del reino. Y más allá se alzan territorios salvajes, poco conocidos por los eruditos de Canterlot.

Tampoco era un tema del que hablar en demasía, pues, ¿qué querría saber un poni decente de una tierra infestada por peligrosas criaturas salvajes? Y lo cierto es que no les falta razón. Más allá de las fronteras de Equestria hay un tipo de criaturas que la mayoría de ponis ya han olvidado: Depredadores. Animales que comen otros animales. Es el poder de las princesas lo que los mantiene alejados de sus fronteras. Ningún poni de Equestria en su sano juicio se aventuraría fuera del reino.

Pero lo cierto es que más allá de la frontera existen asentamientos ponis. Asentamientos con su propia cultura, tradiciones, formas de hacer las cosas y sobrevivir. Asentamientos que comercian entre ellos y sobreviven a las duras condiciones de esos territorios salvajes, sin verse afectados por los eventos de Equestria. Y es que, aunque conocen la existencia de la misma, ¿para qué iban a abandonar sus hogares?

Al nor-este de Canterlot, a varias semanas de viaje, se halla la frontera más lejana del reino. Tras ella, el territorio se convierte en un caótico mosaico de colinas, ríos, montañas y lagos. Los veranos, suaves y poco lluviosos, dejan paso a inviernos salvajes, fríos y tormentosos. La agricultura es un imposible en esta tierra. Pero, curiosamente, los árboles parecen haberse adaptado a estas condiciones, floreciendo y dando frutos durante todo el año sin cesar.

Ésta es la auténtica razón por la que los ponis habían logrado asentarse aquí. ¿Qué más puedes desear aparte de comida y agua en abundancia?

A muchas jornadas de camino en dirección contraria a Equestria se encuentra un pequeño poblado. Las casas del mismo crecen de forma diseminada sobre dos colinas junto a un río. Nadie se había molestado nunca en darle nombre, pero por todos era conocido como Cordillera del Río. Junto al mismo se alza una imponente montaña. A su pie existe un sendero que desemboca en un pequeño llano junto a una cascada, a medio camino de la cima. La tierra ahí rebosa en abundancia de bayas, setas, moras, y otros frutos al gusto de los ponis.

Y ahí es donde se alza Mountain Peak. Un minúsculo y aislado pueblo, acostumbrado a los más terribles inviernos, que solo busca vivir en paz.

Aún faltaban dos generaciones antes de que naciera Twilight Sparkle y Shinning armor. Y más tiempo faltaba aún hasta que Nightmare Moon lograra escapar de su prisión para tratar de sumir el mundo en la noche eterna.

Había pasado casi un año desde que Star Whistle se perdiera en la noche y fuera salvada por los lobos. Star acababa de cumplir siete años. Nunca le había contado a nadie, salvo a su madre, que había aprendido a hablar con los lobos. Su madre sabía que los ponis se asustarían de saberlo, y que quizá podrían hacer alguna barbaridad. Era poco probable, pero, ¿quién quiere tentar a la suerte? Así, Star le juró a su madre que nunca se lo contaría a nadie.

Star Whistle salió de su casa y caminó hasta el linde del pueblo. Se sentó junto a un arbusto a comer unas bayas mientras miraba el amanecer. Le gustaba madrugar para ver salir el sol. Le habían explicado que había una poni, la princesa Celestia, la que movía el sol cada día. Se preguntaba cómo lo haría. Seguro que era un unicornio. Había visto un unicornio una vez que bajó con su madre a Cordillera del Río. No había unicornios viviendo en estas tierras. Los pocos que pasaban por la zona no solían quedarse mucho tiempo.

También pensó que podría ser un pony volador -un pegaso- que volara para mover el sol. Pero no lo creía, porque se le habrían quemado las plumas al acercarse al sol y habría caído al suelo. Tenía que ser un unicornio. Seguro.

Star tenía ganas de ver a un pegaso. Nunca los había visto. Su pueblo era territorio de ponis de tierra.

Hacía frío, pero todavía era soportable. El Otoño estaba a punto de dejar paso al invierno. Por eso Star aprovechaba esa mañana: dentro de poco no podría salir tan temprano de casa. Recordó por enésima vez su noche con la lobezna. Le había costado mucho empezar a entenderla. El idioma de los lobos le pareció muy complicado.

Pero estaba convencida que le había dicho que quería volver a verla. Que volvería a verla.

El sol se alzó sobre la montaña, bañando a la pequeña poni con su luz. Star sonrió, sintiendo el calorcito en su diminuto cuerpo. Escuchó ruidos en el pueblo. Los ponis despertaban. Star Whistle se levantó y fue a su casa. Ese día tenía que ir con otros ponis a buscar bayas y setas para las reservas del invierno. Luego ayudaría a su madre a preparar las conservas de confitura y hierba seca.

Es cierto que los frutos de esta montaña crecen incluso en invierno. Pero hay semanas en invierno en que no es seguro salir de casa. Por eso preparaban sus reservas.

Star entró en su casa. Su madre, Glittering Light, acababa de despertar y preparaba el desayuno. Cuando escuchó la puerta de entrada dijo:

- ¡Star! ¿Dónde estabas? Creí que todavía dormías.

- Salí a ver salir el sol, mami. - respondió la potrilla. Su madre sonrió.

- Venga, toma el desayuno que yo preparo mis cosas.

Glittering Star era una poni de tierra de color azul cielo y melena rubia, un poco más alta que la media. Su cutie mark era un muñeco de madera jugando con un aro. Mientras su hija desayunaba fue al lado contrario de la sala donde tenía montado un pequeño taller. Glittering era artesana: fabricaba todo aquello que hiciera falta: desde botes de conservas a cestas de mimbre. Y por supuesto hacía sus propias obras artísticas (como todo buen artesano): figuritas, juguetes, dibujos, pinturas... De vez en cuando bajaba a Cordillera del Río a vender sus obras.

Ese día iba a tener mucho trabajo por delante, ya que todo el mundo iba pedirle botes de conserva, o bien iba a pedir que les arreglara los de otros años. Mientas preparaba sus cosas, escuchó a su hija levantarse.

- ¡Ya terminé, mami!

- Pues venga hija, ve al centro del pueblo a reunirte con todos. Hoy iréis a recolectar.

La potrilla salió corriendo de casa gritando "¡Adiós!". Realmente, iba a jugar con los otros potros del pueblo antes de salir a recolectar. Los recolectores veteranos llevarían a los más jóvenes de excursión, para enseñarles el oficio. Todo el mundo tenía que saber recolectar en Mountain Peak. Era cuestión de supervivencia.


- ¡Mirad cuántas frutas!

- Ten cuidado, Mulberry. -le dijo Star Whistle

Mulberry era un potro un poco mayor que Star Whistle. Era inquieto, curioso hasta la médula y un tanto inconsciente. Con ellos iba un pony adulto, un recolector experto, que los vigilaba en la tarea y les mostraba los mejores lugares y trucos para ser un gran recolector.

El pequeño potro se esforzaba por subir a un arbolito para recoger frutas. El pony adulto se esforzaba en explicarle que no era necesario y que era peligroso. Mulberry, como siempre, ignoraba todo consejo o reprimenda y seguía a lo suyo. Star Whistle localizó un zarzal lleno de moras ácidas. No le gustaban mucho, pero duraban frescas todo el invierno, para cuando no era seguro salir de casa.

- Aquí hay moras.

Sus acompañantes no le hicieron caso. Mulberry seguía tratando de escalar el árbol, para desesperación del recolector. Star se encogió de hombros y siguió recolectando ella misma. Apartó el zarzal con cuidado, usando un cuchillo curvo que le había dado el recolector. Ya llevaba casi media cesta llena cuando escuchó un grito.

- ¡Mulberry! -gritó el adulto

Tras el grito, escuchó un golpe seco y al pequeño pony llorar. Star corrió hacia ellos. La escena que encontró la dejó helada. Mulberry había caído del árbol y lloraba en el suelo. Su pata trasera derecha estaba girada en un ángulo imposible. Y tenía una herida. Star no pudo ver lo grave que era hasta que el potrillo intentó moverse, mostrando un charco de sangre bajo su vientre. Star no supo qué hacer. Tenía que ayudarle, pero no sabía cómo. Se estaba aterrorizando por momentos.

Tomando la iniciativa, el recolector dejó las cestas y se subió a Mulberry a la grupa.

- ¡Star, vamos!

Y con estas palabras echaron a galopar hacia el pueblo.


Star Whistle observaba intrigada cómo el curandero del pueblo mezclaba varias hierbas medicinales y las picaba con las pezuñas.

- Hay que ser inconsciente -dijo Plantain Hooves, el curandero- para subir a lo alto de un árbol. Eres un poni, no un lince, Mulberry.

Plantain era un poni anciano, de color verde oscuro con crines canosas. Era alto y delgado, y tenía muchas arrugas en la cara. Su cutie mark: una hoja de llantén, una planta medicinal.

El anciano curandero echó el potingue que preparaba sobre una tela. Sin dudar y sin alterarse, usó una madera recta para entablillar la pata al potrillo. Éste gritó de dolor cuando le colocó el hueso en su sitio, pero se calmó muy rápido. Después puso la cataplasma sobre la herida y acabó vendando todo el conjunto. La cara de Mulberry se relajó cuando la cataplasma hizo efecto, calmándole el dolor.

- Vas a tener que quedarte en casa dos semanas. Justo cuando necesitamos más ayuda para la recolección. ¿Ahora quien hará tu parte del trabajo, eh? -le recriminó Plantain Hooves.

Mulberry bajó la cabeza ante la reprimenda. Después se fue a su casa junto a su madre. El curandero los acompañó a la salida. Se despidió de ellos afectuosamente, no sin echar una última mirada de reprimenda al potrillo. Cuando cerró la puerta y volvió al interior de su hogar, vio que Star Whistle seguía ahí.

- ¿Qué pasa pequeña, también estás herida?

- No... -dijo ella, tímida- es que...

- ¿Sí? Puedes decírmelo, Star Whistle. Si es privado no se lo diré a nadie.

- ¡No! No es eso. Es que... quería preguntarte si yo podría aprender. -dijo la poni

- ¿Aprender?

- A curar -aclaró Star-. A curar a otros ponis.

Plantain Hooves miró a la pequeña poni. Star Whistle, la misma que había sobrevivido milagrosamente el año pasado a una tormenta. La que había logrado que unos lobos, por alguna razón, la llevaran de vuelta al pueblo. Dudaba. No por lo que ocurrió el pasado invierno, sino porque Star era muy joven. Demasiado joven. No se solía formar a alguien en la curación hasta que fueran más adultos. Las cosas que veía un curandero no debería verlas un potro.

Pero más importante que eso: un curandero nace, no se hace. Un curandero descubre que lo es en el mismo momento que obtiene su cutie mark. Tal cual era la suya: una hoja de llantén, una planta medicinal. Aunque Plantain ya había visto nacer a tres generaciones en Mountain Peak, y no había surgido ningún curandero nato.

- ¿Por qué quieres aprender a ser curandera, Star Whistle? Es un trabajo muy duro. Ves cosas muy desagradables.

- Pues... porque...

La pequeña pony miró a los lados y al suelo, alternativamente, buscando las palabras. El anciano la observó cuando empezó a hablar.

- Porque cuando Malberry se cayó, yo quería ayudarlo. ¡Quería hacerlo! Pero no sabía cómo.

Mientras hablaba, Star se dio unos pasos hacia Plantain Hooves, mirándolo con la desesperación de recordar lo que ocurrió.

- ¿Y si no hubiéramos podido volver? Yo no podría cargar con Malberry. Me sentí... muy mal. Tenía mucho miedo.

Star Whistle miró al suelo durante unos segundos. Plantain la escuchó ahogar un hipido.

- No quiero ver a alguien así otra vez y no poder hacer nada. No quiero.

Plantain Hooves se agachó junto a ella y le hizo levantar la vista. Star Whistle lloraba. El curandero se preguntó si hablaba el corazón de la potra, o si solo era el reciente susto que había vivido. Pero en el fondo creía que la niña decía la verdad desde lo más profundo de su ser. Y si se equivocaba, tampoco perdía nada por enseñarle durante el invierno.

- Estos días vas a tener que trabajar duro, ahora que faltan las pezuñas de tu amiguito. Pero dile a tu madre que, si está de acuerdo, este invierno te enseñaré el arte de curar a los ponis.

A Star Whistle se le iluminó la cara, aún con las lágrimas brillando en su carita.

- ¡Sí! ¡Gracias gracias gra...!

- Venga, vete ya, que tienes mucho por hacer -la cortó Plantain con una sonrisa.

La poni salió corriendo por la puerta. Más que pedirle permiso a su madre, iba a darle la noticia. El anciano sonrió. Quizá había hecho una buena elección. Además, en invierno se sentía solo. Le iría bien tener un pupilo.

Y al pueblo le sentaría bien tener un curandero joven e ilusionado.


Varias horas tras el anochecer los pueblerinos ya dormían. Todos menos Star Whistle. Era extraño, porque al ser siempre la primera del pueblo en levantarse, solía ser de las primeras en ir a dormir. Pero aquella noche no podía hacerlo. No sabía por qué. No estaba asustada por lo que pasó durante la recolección, ni tampoco estaba nerviosa por empezar su formación como curandera. Era algo más... profundo.

No se sentía sola.

Se levantó de su lecho, fue a la ventana y la abrió. Esa noche había bajado mucho la temperatura. Tiritó, pero podía aguantarlo un buen rato. Miró hacia el valle que se extendía al pie de la montaña. Intuyó, a través de la oscuridad, dónde estaba el río junto al que crecía Cordillera del Río. Más allá del mismo se habían formado nubes, y podía escuchar truenos en la lejanía. Iba a caer una buena tormenta en el valle.

La sensación de no estar sola se hizo más intensa. Era extraño, pero no sentía ninguna amenaza. Al contrario, se sentía... ¿protegida? Las nubes se acumularon poco a poco, extendiéndose sobre todo el valle y sobre Mountain Peak. El viento empezó a soplar.

Entonces escuchó, a mucha distancia, un aullido, al que se sumó otro. Y otro, y otro... hasta formar una coral de aullidos de lobo. Sin previo aviso, un poderoso rayo surgió de las nubes, impactando sobre el valle. Star observó el impresionante evento sin temor. Había ocurrido a mucha distancia. El trueno llegó amortiguado hasta sus oídos, pero perduró largos segundos, dejando un eco sobre la montaña que lo repitió varia veces.

Cuando finalmente el trueno guardó silencio, Star escuchó un nuevo aullido. Éste mucho más cercano y agudo que los anteriores.

Star reconoció su aullar. Era la lobezna que la salvó. Había cumplido su palabra y había regresado. Star Whistle entró en su cuarto y se puso su abrigo. Después salió por la ventana en silencio. Su madre nunca le permitiría salir de noche, y menos después de lo que ocurrió el año pasado. Antes de irse encendió una lámpara de aceite dentro de su habitación. Así podría seguir la luz de vuelta.

Primero caminó en silencio, pero cuando se alejó unos metros echó a correr montaña abajo. Se paró antes de perder de vista el pueblo. Miró alrededor, pero no vio a nada. Entonces volvió a escuchar el aullido de la loba. La estaba llamando. Star intuyó lo que debería hacer. Alzó la cabeza al cielo, y con firmeza, aulló a la noche. Un aullido largo y muy agudo.

Después se quedó quieta, sola, en medio de la montaña. Estaba muy oscuro. Star esperó durante varios minutos hasta que escuchó algo moverse. Lo primero que vio fueron sus ojos: uno ámbar, el otro azul. Después el pelaje grisáceo de su lomo. La lobezna había crecido mucho más que la poni: ya era una loba joven. Sus músculos se habían desarrollado proporcionalmente a su altura.

La loba se mostró ante la poni e inclinó la cabeza, en un respetuoso saludo. Star Whistle hizo lo propio. La loba gruñó, o mejor dicho, habló:

- Sabía que vendrías, poni.

Star la entendió perfectamente, aún para su sorpresa. Se aclaró la garganta, buscando las "palabras" lobas que necesitaba.

- ¿Por qué me llamas? -le preguntó Star.

- Para aprender.

- No entiendo.

La loba observó a la poni. Al ver que ésta no decía nada más se decidió a explicarse.

- Tu pueblo y el mío están separados. Una presa que nunca ha deseado saber del cazador. Deseo aprender vuestra alma. Deseo saber cómo ven los ponis la montaña, la llanura, los ríos y los lagos.

- Pero, ¿por qué yo?

- Porque sabes escuchar con el alma, no con las orejas. - aclaró la loba.

- ¿Cómo lo sabes? -Preguntó Star Whistle

- Lo veo.

Star no sabía qué decir. ¿Un lobo quería aprender acerca de su pueblo? ¿Para qué? No sabía bien qué pensar. Su instinto le decía que la loba no quería hacerle daño, pero la lógica inculcada por generaciones de ponis le decía lo contrario.

- No deseo hacer ningún daño ni a ti ni a los tuyos -dijo la loba-.

Quizá eso era o único que Star necesitaba oír. Que le asegurara que no iba a usarla para dañar a ningún poni. Star Whistle se sentó en el suelo.

- ¿Qué quieres saber?

La loba se sentó en el suelo frente a la poni. Pareció pensarse la respuesta. Quizá ni ella misma esperaba que esto funcionara. O quizá había tantas cosas que quería saber que no lograba decidirse a por dónde empezar.

- Vuestras palabras.

Pasaron muchas horas hablando. Star usando la lengua de los ponis y la loba usando la de los lobos. Star logró hablar en lobo casi a la perfección muy rápido. Era muy intuitivo. No solían usar nombres para las cosas, más bien se referían a ellas de forma genérica: 'la planta verde', 'la gran roca'... Por otra parte, la loba no podía hablar como lo hacía un poni, pero sí empezaba a comprender las palabras. De pronto, le lanzó una pregunta:

- ¿Qué dice vuestra alma?

- No entiendo. -respondió Star Whistle.

- El alma de tu manada. Nuestra alma dice: "La noche es nuestro reino. La nieve es nuestra hermana. Nuestros aullidos llaman a la tormenta."

Star Whistle no supo qué responder.

- No tengo una respuesta.

De pronto se escuchó un aullido desde el pie de la montaña. La loba alzó las orejas y se levantó.

- Debo ir con los míos.

Star Whistle se levantó también. La loba bajó la cabeza hasta casi tocar el suelo. La poni hizo lo mismo. Después, la loba echó a correr, desapareciendo en la oscuridad. Star regresó al pueblo andando. La luz que había dejado le sirvió de guía. Se coló en su casa a través de la ventana en sigilo, cerrándola tras ella.

Después apagó la luz y se echó a dormir. Nadie, ni siquiera su madre, supo nunca de su escapada nocturna.

La sensación de no estar sola se apagó poco a poco.


Notas del autor:

¡Una poni hablando con los lobos!¡Que somepony empiece a histerizar, por favor!