TRABAJO EN EQUIPO
Segunda parte.
Pasaron cinco días y Hermione no supo nada de Malfoy. El lunes y el martes se los pasó mirándolo de reojo, esperando a que él reaccionara e intentara acercarse a ella para solucionar lo del trabajo. Eso fue, claro, hasta que vio cómo él sonreía con superioridad al percatarse de que ella intentaba llamar su atención y se dio cuenta de que a Malfoy le hacía gracia que ella se arrastrara detrás de él. En ese momento decidió que odiaba no tenerlo todo organizado y bajo control, pero odiaba más a ese imbécil clasista, así que se propuso comportarse como si no le importara el trabajo y esperar hasta que fuera él quien quisiera hablar.
Al final, siendo ya jueves, no fue ni Draco ni Hermione quien cedió; de hecho, se reunieron gracias a Dumbledore. El director los citó en su despacho esa tarde, junto con Blaise, Ginny, Harry y Pansy.
—Nos hemos visto más en dos días que en seis años —señaló Blaise con una sonrisa divertida.
—Nos vemos todos los días, Zabini. Lo que no hacemos es hablar —lo corrigió Hermione en tono desdeñoso.
Como no había suficientes sillas, la única que estaba sentada era Ginny, probablemente por haber llegado la primera. Blaise, que estaba a su lado de pie, se cambió para situarse junto a sus dos amigos. En el proceso, puso los ojos en blanco en dirección a Hermione.
—Relájate un poco, perfectita, que no te van a dar puntos por corregir a la gente.
Le tocó el turno a Hermione de mirar mal. Por mucho que Dumbledore intentara unir a la escuela, había cosas que nunca podrían ser: la bruja no se imaginaba siendo amiga de Pansy, que miraba a todo el mundo como si fuera insignificante; de Blaise, quien se tomaba todo y todos a broma; o de Draco, quien la despreciaba desde el día uno y ni siquiera lograba entender por qué.
En ese momento apareció Dumbledore. El hombre pasó entre ellos con una sonrisa y se sentó en su silla. Los miró con afabilidad, sin percatarse (o sin querer hacerlo) de la hostilidad que enturbiaba el ambiente.
—Los he congregado porque ya está claro el rumbo que tomarán sus trabajos. He hablado con el director de Saint Eustace y ya los hemos asignado las clases a las que asistirán. El señor Malfoy y la señorita Granger asistirán a una clase de Lengua, Matemáticas, Historia y una optativa de su elección; el señor Zabini y la señorita Weasley, a varias clases de Educación Física y también a entrenamientos de fútbol del equipo del instituto.
Al parecer, la cadena de cartas entre Harry y sus padres y estos y los Dursley habían dado sus frutos. Parecía improbable que los tíos de Harry quisieran que su adorado hijito se juntara con su primo y los raros de sus amigos, pero al parecer el encanto de Lily Potter seguía surtiendo efecto con su hermana. Lo que Hermione no sabía era cómo había convencido Dumbledore que un muggle cualquiera accediera a que unos chavales desconocidos fueran a su instituto a investigar, aunque lo veía capaz de hacer que Shacklebolt hablara con el Ministro muggle para que este intercediera por él.
—Perdone, pero… —intervino Harry— no entiendo qué hacemos Parkinson y yo aquí.
—Bueno, verá: como la señorita Parkinson procede de una familia estrictamente mágica y usted no, he pensado en que cada uno escribirá sobre la familia del otro y después elaborarán juntos una conclusión. Para eso, la señorita Parkinson necesita verlo interactuar también con su primo. Asistirán a algunas clases con Dudley también pasarán tiempo con él en los descansos —explicó Dumbledore calmadamente.
—O sea, que no solo tengo que pasar tiempo con sus padres, también con sus tíos, con su primo… —Pansy no parecía muy contenta con el nuevo rumbo de su trabajo. Miró a Harry de reojo con expresión enfadada—. Espero que no tengas a más familiares escondidos por ahí, Potter.
Dumbledore soltó una carcajada.
—Oh, queridos, no pongan esas caras tan largas. Estoy seguro de que todos aprenderán de sus experiencias y volverán a Hogwarts con la mente más abierta. Quién sabe, quizás hasta se hagan amigos —añadió en tono divertido.
Malfoy, que había permanecido apoyado en una pared en silencio durante todo ese tiempo, chasqueó la lengua con sarcasmo.
—Seguro que sí, director.
Dumbledore le sonrió, un gesto que siempre había trasmitido la sensación de que el hombre sabía mucho más de lo que daba a entender.
—Confío en ustedes dos, señor Malfoy: una de sus funciones como Premios Anuales es predicar con el ejemplo de la cordialidad, y eso no es simplemente conseguir no matarse cuando montan los turnos de los prefectos y cuando debaten sobre algún conflicto entre sus casas.
Ahí les había pillado, por lo que Draco se calló, contrariado.
»En estas carpetas encontrarán toda la información relativa al instituto y las asignaturas a las que se enfrentarán. Y ahora pueden volver a lo que sea que estuvieran haciendo. Pero recuerden que la semana que viene les espera una gran aventura.
Hermione fue la primera en salir. Cuando llegó al pasillo, se paró para esperar a Harry y Ginny, pero fue Draco el primero que llegó a su lado. El chico, en vez de pasar de largo, se paró con una mano en el bolsillo y cara de estar harto de la vida.
—¿Tienes algo que hacer ahora? Podríamos echarle un vistazo a esto —dijo levantando la carpeta marrón que llevaba en la mano.
Hermione esbozó una sonrisa triunfal, pero demostró tener clase cuando se tragó su regodeo y asintió.
—Claro. ¿Dónde vamos?
—¿Al patio? —sugirió él.
A Hermione le pareció bien: era un sitio al aire libre, con más gente. No le apetecía estar a solas con Malfoy, y mucho menos alimentar los rumores. El porcentaje de parejas surgidas de la posición de Premios Anuales era tan alta que había años en que se hacían apuestas sobre el tiempo en que tardarían estos en empezar a salir. Y no, lo último que quería era que empezaran a lanzarles indirectas sobre cuándo anunciarían su relación secreta. Como si ella quisiera salir con un idiota, por muy guapo que fuera, que pensaba que ella y un perro tenían los mismos derechos; o ni eso, porque seguro que los Malfoy antes tendrían un perro que pasarían una hora seguida con ella voluntariamente.
—Venga. Chicos, nos vemos a la hora de la cena —se despidió de sus dos amigos, aunque no le hicieron mucho caso, porque los dos estaban enfrascados en sendas conversaciones con sus compañeros de trabajo.
Draco y ella caminaban uno al lado del otro, pero sin mirarse. Cuando llegaron al patio, se quedaron de pie, sin saber dónde ponerse. Aquella zona era para los grupitos de amigos que querían relajarse entre las clases, no para dos estudiantes cuya relación era forzada. Al final, Hermione señaló un espacio vacío debajo de un árbol.
Se sentaron, ella con la espalda apoyada en el árbol y su carpeta sobre las piernas; y él con una pierna alargada y la otra doblada, y un codo apoyado en esa rodilla.
—Bueno, Granger, tú eres la que entiendes de esto. ¿Con qué horrores me voy a encontrar?
Hermione puso los ojos en blanco mientras leía la descripción de Saint Eustace. Torció el gesto.
—Tranquilo. Vamos a un instituto privado —explicó. Malfoy respondió con una ceja enarcada—: según esto, estará lleno de niños blancos y ricos. —Traducir los gráficos de la etnicidad del alumnado no era muy difícil—. Te sentirás como pez en el agua —dijo con una sonrisa falsa.
Draco rio entre dientes y negó con la cabeza.
—¿Y se supone que eso ya los pone a mi altura? Me ofendes, Granger.
—Tienes un concepto muy alto de ti mismo, ¿verdad? —Hermione recibió otra sonrisa como respuesta.
Aunque la información correspondiente a las asignaturas era prometedora, no había nada que pudiera animarla ya. Cuando iba al colegio, ya había tenido que enfrentarse con niños que no querían juntarse con ella por ser diferente. No eran muchos, pero sí los suficientes para que su madre la sentara un día en el sofá y le explicara que tener un padre blanco y una madre negra siempre haría que algunos la rechazaran solo por su color de piel. Presentía que esa historia iba a repetirse muy pronto en el Saint Eustace.
Ahora, lo único que podía hacer era montarse el horario de manera que no tuvieran que pasar juntos mucho tiempo ni tampoco en aquel instituto. Sus ojos empezaron a hacer cálculos según veía la distribución de las asignaturas del primo de Harry.
—Los lunes podemos ir a las tres primeras clases y quedarnos durante el descanso para ver cómo interactúan los alumnos —señaló—. Así a las doce podríamos estar de vuelta.
—«Ver cómo interactúan» —repitió Draco en tono divertido—. Parece que estemos estudiando el comportamiento de algún animal.
—Seguro que a tus padres esa comparación les parece de lo más acertada, ¿verdad?
—No me gusta ese tono, Granger —espetó él—. Que mi familia tengamos unos ideales muy claros y distintos a los tuyos no nos convierte en monstruos.
Hermione lo miró maravillada, aunque en este caso no era por un buen motivo.
—Es increíble: de verdad crees lo que dices. —constató. Se inclinó hacia él; para su sorpresa, el chico no intentó separarse de ella—. Te voy a dar una clase de historia rápida: los malos eran los nazis.
Malfoy la miró sin comprender, puesto que cualquier concepto que tuviera que ver con el mundo muggle estaba totalmente fuera de sus intereses. Carraspeó.
—¿Seguimos con el horario o quieres que estemos aquí todo el día?
Pansy se apoyó en la columna a sus espaldas y pasó una pierna por encima de la otra. Miró a Potter con impaciencia.
—¿Qué pasa, esa lechuza tan fea que tienes se te ha comido la lengua? No te he preguntado la respuesta del EXTASIS de Historia, eh —señaló.
Como se estaban quedando sin tiempo, Pansy había asumido que en algún momento tenía que acordar con Potter qué iban a hacer para su trabajo, y ese «algún momento» era ahora. Así que el buscador estrella de Gryffindor y ella estaban charlando en uno de los paredones que daban al patio interior de Hogwarts. Aunque «charlar» era un término demasiado amable para lo que ellos estaban teniendo. Charlan dos amigos, no dos personas que se sienten incómodas en la presencia del otro.
—Yo qué sé cómo son mis padres, Parkinson —respondió Potter con un encogimiento—. Pues como los de todos.
Pansy enarcó una ceja.
—«Todos» es una palabra con un significado muy amplio. Y te aseguro que no —afirmó. Sin conocer a los Potter en persona pondría una mano en las fauces de un dragón y sabía que no le pasaría nada si aseguraba que no se parecían en nada a sus padres.
—A mi padre le gusta contar chistes malos —masculló entre dientes el chico; seguro que se avergonzaba de ellos. Por más que se esforzara, Pansy era incapaz de recordar la última vez que su padre había contado un chiste. O reído. Edmund Parkinson no era hombre de mostrar sentimientos de ningún tipo. No era digno de él.
—No es lo peor que podría pasarme. Entonces, ¿cómo lo hacemos? —preguntó ella.
—La semana que viene mis padres organizan una barbacoa, tendrás que venir.
Pansy bufó. No había estado en una celebración así en su vida, le sonaba muy muggle, y no tenía ningunas ganas de mezclarse con ese tipo de gente. Pero sonrió.
—Parece que la semana que viene va de fiestas, porque el sábado mi padre celebra su cumpleaños con una cena en casa. Yo voy a esa horterada de tus padres si tú vienes a la cena.
Potter se puso en pie y se apoyó en el muro, incómodo. No parecía que la idea le gustara, pero suspiró.
—Supongo que con un día cada uno no tendremos bastante.
Pansy torció el gesto.
—Ya. Joder —maldijo. No era un vocabulario propio de su educación, pero esa situación sacaba lo peor de ella—. Esto es culpa de Theo; lo voy a matar a la hora de la cena —dijo con fastidio.
Potter rio.
—Avisa y les pido a los elfos que preparen palomitas.
La chica lo miró con perplejidad, pero negó con la cabeza.
—Menos confianzas, Potter, que no somos amigos ni vamos a serlo.
El gryffindor soltó una carcajada y levantó las manos como defendiéndose.
—Tranquila, tampoco es algo que me hiciera especial ilusión. Mira —entrecerró ligeramente los ojos verdes y se puso serio—, si te parece bien, podemos pasar tres días en mi casa y tres días en la tuya. Sumado a las horas que vayamos al instituto con mi primo, creo que tenemos de sobra para redactar un trabajo en condiciones.
Pansy sonrió con malicia.
—Verás qué bien te lo pasas en mi casa, Potter. Mi padre y tú os vais a llevar de maravilla.
Harry, en vez de amedrentarse, le devolvió una sonrisita de suficiencia.
—Cuando prepares la maleta no metas nada demasiado estrafalario, Parkinson, que vivimos en un barrio muggle rodeado de muggles.
Pansy soltó un gritito de frustración.
—Vale, no hace falta que repitas esa palabra tantas veces, ¡me ha quedado claro!
