Una vez Loki demostró que podía sostenerse por sí solo, Thor lo soltó y dejó caer las manos en el aire, con la mirada fija sobre el otro. La voz del prisionero reflejó la confusión tras la inconsciencia, el cansancio del viaje y el dolor de sus heridas. Pero el rey no dejó que nada de aquello lo perturbara; él había sufrido heridas que, si bien no podían apreciarse a simple vista, seguían sangrando como el primer día.

Loki y él habían crecido juntos, como hermanos, hijos del amado Padre de Todos. Los príncipes de Asgard fueron la alegría del reino y la esperanza de los dioses que lo habitaban, la viva prueba de que la ciudad dorada contaría con quienes la lideraran y la llevaran a la gloria. Más tarde, cuando los verdaderos orígenes de Loki salieron a la luz, Thor recordó cómo la sorpresa hizo que comenzara a cuestionar la confianza que había depositado en su padre a lo largo de los años. Si Odín había sido capaz de ocultarles algo tan importante como aquello, ¿sobre cuántas otras cosas más les habría estado mintiendo? Desde aquel momento, Thor jamás volvió a ver a su padre con los mismos ojos. Ni tampoco a Loki.

Cuando el rey de Asgard reveló la identidad del hechicero, la relación entre Loki y Thor no se enfrió precisamente. Con el paso del tiempo, el vínculo entre ambos se hizo más y más fuerte, hasta el punto en que el mayor no se sentía capaz de distinguir las líneas y los límites que habían entre ellos. Tampoco trató de controlar los sentimientos que amenazaban con desbordarlo, así como tampoco controló todo lo que hizo aquellos días. Su ambición y su poder lo cegaron por completo. Los asgardianos actuaron de un modo contundente ante el comportamiento y los actos de quien una vez fue su aclamado príncipe. Así, Thor fue exiliado del hogar de los dioses, condenado a una existencia vacía y desolada, apartado de y traicionado por aquel que amaba.

Había pocas, muy pocas cosas que Thor deseara más que hacerles pagar a los asgardianos la forma en que tiempo atrás lo habían repudiado. Lo habían echado de su luminosa y dorada ciudad como un perro maloliente y pulgoso. Todos y cada uno de los dioses de Asgard le habían dado la espalda, como si fuera la criatura más horrible de los nueve reinos. Y por eso él había decidido convertirse en el verdadero significado del miedo, no solo dentro de los nueve reinos, sino por todo el universo. Y aún así, a pesar de sus profundos deseos de venganza (algo que, tarde o temprano, sabía que terminaría cobrándose), Thor no cumplió con su amenaza aquel día. El tiempo que había pasado en el trono de los athlok le había enseñado a pensar como un rey. Puede que no fuera ni el más justo ni el más sabio, pero seguía pensando de forma astuta, velando por los intereses y los de su pueblo. Loki contaba con información valiosa para él y para los suyos, sobre todo para los fines que se habían propuesto... No le convenía cortarle la lengua. Al menos, aquello fue lo que se dijo a sí mismo.

–Eso te encantaría, ¿verdad? –siseó, tratando de controlar su rabia, y apretó los labios. Claro que a Loki le encantaría. Si lo hiciera, solo le daría más motivos para haberlo tratado del modo en que tanto él como el resto de dioses lo hicieron–. No deberías haber venido –fueron las palabras que Thor le dedicó tras contemplarlo unos segundos.

El rubio se dio la vuelta, dándole la espalda a Loki, y fijó la mirada a través de los enormes ventanales. No importaba cuán grandes fueran estos, pues no había suficiente luz en el exterior como para iluminar la estancia por sí sola. Por eso, siempre había antorchas encendidas por los muros del palacio. Aquel mundo no era como Asgard, dorado y luminoso, sino que representaba de una forma muy visual la clase de vida y las costumbres que compartían sus habitantes: culturas brutas, la mayoría de ocasiones hasta crueles, con tradiciones incivilizadas y grotescas. Pero Thor había terminado por acostumbrarse a las tinieblas de aquel mundo. Al fin y al cabo, lo había acogido y coronado cuando había sido dado de lado por los suyos.

Y ahora allí estaba Loki. Para Thor, su presencia era como si de pronto hubiera juntado dos vidas totalmente distintas. Que Loki se encontrara allí no tenía sentido alguno, ni siquiera llegaba a entender cómo lo había logrado. Solo no, desde luego. La magia del hechicero era poderosa, sí, pero no lo suficiente como para hacer un viaje tan largo por sus propios medios.

Thor giró la cabeza y lo contempló de lado.

–A decir verdad, no comprendo qué es lo que te ha hecho venir desde tan lejos... ¿O es que te mandan a terminar el trabajo? –aventuró el rubio, apretando ligeramente los puños–. ¿Odín no soporta saber que su destierro solo me trajo la gloria? –en realidad, Thor desconocía cuánto sabían en Asgard sobre su situación actual. Se encontraba muy lejos de los nueve mundos, allí ni siquiera sabían qué era exactamente Asgard, así que no podía saber si las noticias sobre su estado llegaban hasta la ciudad dorada. Thor se aproximó a su trono y tomó asiento con toda tranquilidad, observando a Loki frente a él–. Tiene que haber alguna razón importante para que te hayas tomado la molestia de venir. Así que, dime... –Thor se incorporó y se echó ligeramente hacia delante, entornando los ojos y escrutando el rostro de Loki–: ¿A qué has venido a mi reino?

• • •

Cuando Loki comenzó a planear su huida de Asgard para partir en busca de Thor, no pudo evitar el imaginarse como sería el reencuentro entre ambos. Y no es que hubiera sido tan necio como para pensar que su hermano se limitaría a envolverlo entre sus brazos y confesarle lo mucho que lo había extrañado, lo mucho que le había faltado su presencia y lo mucho que se arrepentía de sus actos, pero había guardado la esperanza de ver algo, tal vez un brillo en sus ojos azules, que le demostrara que Thor lo había necesitado tanto como él. Y al final, Loki no fue capaz de ver nada de aquello, sino todo lo contrario. Solo un no deberías haber venido.

¿De verdad le incordiaba tanto a Thor su presencia allí? ¿De verdad había preferido que no apareciera de nuevo en su vida? Tal vez fuera así. Después de todo, pensó Loki, no tenía ni idea de lo que había estado haciendo su hermano desde que dejó Asgard, pero según parecía no lo estaba pasando demasiado mal. Por lo menos no estaba maltrecho y solo en alguna tierra yerma y desolada.

Cuando Thor se separó de él para acercarse a uno de los ventanales, Loki realizó un examen visual mucho más intensivo de la estancia en la que se encontraban. No podía decirse que el lugar poseyera los lujos y la elegancia de Asgard, pero parecía ser una sala importante, con su propia y peculiar clase de magnificencia. Carecía de las runas de oro que el hechicero estaba acostumbrado a ver en los muros de su hogar, y aún así las paredes no estaban desnudas, pues poseían otro tipo de ornamentos. Además de las antorchas que iluminaban de forma cálida cada uno de los rincones de la estancia, también había colgados una especie de tapices hechos de piel. En ellos había representadas algunas escenas de guerra, dibujadas en un estilo algo tosco, pero bastante esclarecedor. Loki no tenía ni idea de la clase de gente que habitaba allí, pero estaba claro que la batalla era un tema importante para su cultura, pues se habían esforzado en plasmar cada una de sus victorias en aquellos tapices. Victorias que, a judgar por las imágenes, habían sembrado ríos de sangre y horror.

Loki contuvo un escalofrío y apartó la mirada de los tapices, decidiendo que no quería averiguar de qué o de quién era la piel que habían empleado para elaborarlos. Volvió a poner la mirada sobre Thor, pero al ver que continuaba absorto en sus pensamientos terminó desviándola de nuevo para continuar estudiando su entorno. Fue entonces cuando se percató en la mesa que había cerca de él. Saltaba a la vista que había sido preparada para un buen grupo de comensales que, de hecho, y a judgar por la abundante cantidad de alimentos y bebida que había en la mesa, debían haberse retirado hacía muy poco. La curiosidad de Loki lo instigó a preguntarse qué les habría obligado a poner fin a la pequeña fiesta. ¿Habría sido él, su presencia allí? ¿Y por qué había sido Thor el único que se había quedado? ¿Qué lugar ocupaba él en aquella tosca civilización? A judgar por su aspecto y sus extrañas vestimentas, se había integrado muy bien en ella. De hecho, Loki comenzó a tantear la posibilidad de que su hermano hubiera encontrado un hogar al que pertenecer. Jamás le había dado por pensar que, tal vez, Thor había encontrado un mundo que se acoplara a sus nuevas y ambiciosas necesidades, aún cuando estuviera lejos de él.

Mientras meditaba sobre ello, Loki deslizó la mirada por alguno de los alimentos que había sobre la mesa de forma casi inconsciente. No se había dado cuenta hasta aquél instante, pero además de sucio, débil y dolorido, también estaba hambriento. Aún así, el vacío de su estómago era lo más irrelevante en aquél momento.

Las nuevas palabras de Thor consiguieron que Loki olvidara la multitud de dudas que hostigaban su mente para volver a centrar toda su atención en él. Lo siguió con la mirada mientras escuchaba lo que le iba diciendo, y frunció el ceño con algo de extrañeza al ver que se dejaba caer sobre el asiento más alto y ornamentado de la sala. El hechicero se sintió estúpido por no haber caído antes en ello, pero ahora le resultaba evidente que se trataba del trono de un rey. Las últimas palabras de Thor no hicieron más que confirmar aquella teoría, y Loki tragó saliva mientras decidía que actuaría con cautela, aún cuando había cientos de preguntas que le gustaría formular. Si su hermano era el monarca de aquél mundo, tenía todo tipo de autoridad sobre él. Aquella era una ley básica que funcionaba en cualquier lugar del universo, por muy perdido que estuviera. Él no había sido invitado a acudir allí, y por lo tanto podía ser considerado como un intruso o una presencia hostil -sobretodo teniendo en cuenta que había llegado a escondidas, armado, y matando a varias personas-. Y lo peor es que ni siquiera estaba seguro de poder considerar una ventaja el hecho de que fuera Thor el que poseía el poder de decidir sobre su destino.

–Thor... –mustió, aturdido por lo inesperado de los hechos–. Yo no he venido a terminar ningún trabajo –le aseguró, alzando la barbilla para poder observarlo desde su nueva y elevada posición. Apretó los labios, dolido y sorprendido de que Thor pudiera llegar a pensar algo así, y removió un poco las manos esposadas antes de continuar–: Sabes que yo... sería incapaz de matarte. Y además, nadie sabe que estoy aquí. Ni siquiera Odín.

Habría sido arriesgado confesar algo así a alguien que no fuera Thor, porque decir que no había nadie que supiera de su partida era una forma de confesar que no habría nadie que supiera donde buscarlo si no volvía a casa. En cualquier caso, no era una verdad rotunda: Karnilla sí sabía de su situación, y Frigga... bueno, Loki no le había dicho que pretendía partir para buscar a Thor, pero estaba seguro de que ella había podido leerlo en sus ojos cuando cruzaron la mirada justo antes de que el hechicero abandonara el palacio aquella mañana.

–Solo he venido porque necesitaba saber cómo estabas... –continuó explicando. Al darse cuenta de lo estúpido que sonó eso, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. No le resultaba complicado ponerse en el lugar de Thor, y podía suponer lo ridículo que le parecería que él, una de las personas que habían estado a favor de su exilio, le viniera con aquellas. Le habría gustado defenderse explicándole que pensó que no había otra solución, que lo hizo porque, como todos, supuso que lo único que necesitaba para volver a ser el de siempre, para volver a ser su Thor, era pasar un tiempo alejado del poder que lo había vuelto loco. Pero el remedio había terminado siendo mucho peor que la enfermedad–. Heimdall te perdió de vista, y he intentado localizarte desde entonces. Yo... no podía continuar en Asgard sin mi hermano.

Mientras hablaba, Loki se permitió avanzar un par de pasos hacia el trono donde Thor permanecía sentado. No obstante, se detuvo antes de llegar a alcanzarlo. Por primera vez en su vida no tenía ni idea de cómo podría reaccionar el rubio a sus palabras o a sus actos. Él, que lo conocía más que nadie, se había vuelto completamente incapaz de predecir sus actos, aún cuando antaño podía incluso intuir cuando iba a pestañear o a separar los labios para respirar. Era como si hubieran anulado aquella parte de su existencia, como si se la hubieran extirpado de la forma más dolorosa posible.

• • •

Las palabras de Loki tomaron a Thor completamente por sorpresa. Estaba casi seguro de que su visita se debía a un encargo de Odín (no se necesitaba ser muy inteligente para pensar que Loki era el más apropiado para enviarlo con Thor, al fin y al cabo habían sido uña y carne en el pasado), aunque no supiera aún qué era exactamente lo que se proponía el Padre de Todos. Por eso, cuando el prisionero aseguró que nadie sabía que se encontraba allí, ni siquiera Odín, Thor se esforzó por que el desconcierto no se reflejara en su rostro. No podía permitírselo. Otra de las cosas que había aprendido durante su exilio era a ocultar sus verdaderas emociones y pensamientos ante sus enemigos. Y en aquel momento, Loki era lo más parecido a un enemigo que se encontraba dentro del palacio.

La siguiente explicación del prisionero consiguió que Thor tragara saliva. Una parte de él se retorció de pura dicha cuando Loki dijo que deseaba saber cómo se encontraba. Otra tan solo gruñó, sin querer creer las dulces palabras de Loki. Antaño, Thor hubiera creído cada palabra del hechicero con una fe ciega y absoluta; si Loki lo decía, era verdad. Siempre había sido así para Thor. No obstante, tras su traición, todo aquello había cambiado. La confianza que antes fue sólida y total había sido reemplazada por un intenso rencor que escondía en realidad el profundo dolor que le había causado que Loki no hubiera permanecido a su lado. Quizá hubiera llegado a soportar que todos y cada uno de los dioses de Asgard le dieran la espalda, pero no Loki. Sin él, todo se volvía oscuro y confuso.

Hubiera sido tan, tan fácil creer sus palabras, dejarse reconfortar por el cariño que parecían acompañarlas... Demasiado fácil. Y todo aquello era muchas cosas, pero no podía ser fácil. No cuando Loki había compartido la opinión del resto cuando habían acordado expulsarlo del reino. Aquella situación distaba mucho de ser fácil. «Hipócrita», le hubiera gustado gritarle, mandar que se lo grabaran a fuego en cada centímetro de su marmórea piel. Hipócrita, hipócrita, hipócrita.

Thor contuvo la respiración cuando Loki se aproximó, tan solo un par de pasos, hacia él. Lo estudió con la mirada, siendo del todo consciente del lamentable aspecto que presentaba, y dejó que sus labios se curvaran en una sonrisa antes de comenzar a reír. Evidentemente, no fue una carcajada de alegría, ni de verdadera risa. Fue una carcajada llena de ironía y fastidio. Casi escupió cada una de las carcajadas.

–A ver si lo he entendido... –dijo, incorporándose de nuevo en el trono, con la sarcástica sonrisa todavía dibujada en el rostro–. ¿Dices que no podías vivir en Asgard... sin la persona a la que tú mismo mandaste al exilio? –Thor alzó una ceja e inclinó la cabeza a un lado–. Uh, hermano, creo que algo no encaja en esta historia... –y volvió a reír de la misma forma. Chasqueó la lengua y sacudió la cabeza negativamente, pero guardó silencio durante unos instantes.

De forma distraída, se acarició el labio inferior con su dedo índice, mientras paseaba la mirada por la sala sin realmente prestar atención a lo que veía, perdido en sus propios pensamientos. ¿Debía creer las palabras de Loki? ¿O todo aquello no era más que algún tipo de táctica de Odín para adentrarse en su reino? Lo cierto era que sería una tremenda estupidez por parte del rey de Asgard intentar invadir a los athlok; sin el poder de Thor, los guerreros athlok ya eran lo bastante fuertes y feroces como para arreglárselas frente a una invasión enemiga. Pero con el poder y liderazgo del Dios del Trueno, los athlok eran prácticamente invencibles. Ni siquiera el ejército asgardiano sería capaz de contenerlos: sus filas eran numerosas; sus formas de lucha, salvajes; y su furia, incalculable.

Además, había otro punto importante: ¿sería Loki capaz de traicionarlo de aquella forma? Ya lo había hecho antes, desde luego, pero no de un modo tan directo, tan implicado... Sus ojos recorrieron la figura del hechicero, unos metros más allá. Disfrutó viendo cómo echaba los brazos hacia atrás, esposado por sus guerreros, hecho prisionero por su gente. Thor tenía a Loki a su merced, después de tanto tiempo. Y no podía negar que la idea era muy tentadora en diferentes aspectos. Su mirada estudió su rostro, sabiendo que no había olvidado ni el más mínimo rasgo del hechicero. Sobre todo, permanecía vívido en su mente tras las últimas noches, en los amargos sueños en los que él aparecía. Loki... Sin duda alguna, aquella criatura no parecía dispuesta a abandonar su vida de ninguna de las formas. Para bien... o para mal.

Thor dejó caer el brazo sobre el reposabrazos del trono y estudió a Loki unos segundos más antes de volver a hablar.

–No sé si ha sido la culpa lo que te ha hecho venir... o simplemente la curiosidad –Thor apartó la mirada de Loki antes de seguir hablando–. En cualquiera de los casos, ha sido un error.

Tras repetir lo que ya le había dicho con anterioridad, Thor volvió a ponerse en pie y se alejó del trono y, por tanto, de Loki, aproximándose una vez más a los ventanales. Esta vez, hizo una pausa más larga, perdiéndose en los tonos grisáceos y amarronados del paisaje que ofrecía el reino. Sabía cuáles iban a ser sus próximas palabras, y quizá precisamente por su férrea convicción a decirlas una parte de él trató de refrenarlo, como si quisiera que se las replanteara un poco más antes de soltarlas. Algo en su interior quería empujarlo a repudiar a Loki de la misma forma en que el prisionero lo había hecho con él en el pasado. Quería sacarlo a patadas de su reino, escupirle y desearle, tanto a él como al resto de asgardianos, la más miserable de las muertes. Era lo que debía hacer, lo que se esperaba de él. Al fin y al cabo, ¿no había decidido el consejo asgardiano que Thor Odinson se había convertido en un monstruo? Qué mejor forma de demostrárselo.

Sin embargo, era Loki de quien se trataba. Para bien... o para mal.

–Viniendo aquí –murmuró, volviendo a retomar sus palabras– no solo te has comprometido a ti, sino también a mí –explicó con la vista sobre las montañas que se extendían mucho más allá del bosque. Thor dejó escapar un pequeño suspiro y se dio la vuelta para encarar a Loki antes de proseguir, dándole unas instrucciones muy claras y precisas–: Te desatarán. Te lavarás y te adecentarás. Les pedirás disculpas a los guerreros que te encontraron... –si es que hay alguno vivo, quiso decir, pero se mordió la lengua. Thor conocía los poderes de Loki, pero no le daría la satisfacción de reconocer en voz alta que lo consideraba un hechicero poderoso–. Asistirás a la cena que daré para celebrar tu visita... Una repentina visita de un viejo amigo que no había sido anunciada y, por tanto, tomó desprevenidos a mis guerreros –Thor dio un par de pasos hasta reducir la distancia que los separaba y se situó frente a Loki, observándolo fijamente–. Y luego te irás. Volverás a Asgard y no regresarás. Nunca.

• • •

Loki bajo la mirada al suelo mientras las irónicas e hirientes carcajadas de Thor resonaban por toda la sala. Sus siguientes palabras le causaron más dolor del que habría cabido esperar, y eso que el hechicero estaba más que preparado para afrontar cualquier hostilidad, ya fuera física o psicológica. Como cualquier otro guerrero de Asgard, había sido entrenado para que su resistencia frente a los ataques fuera superior a la de cualquier otro y, además, él era el Dios del Engaño. En teoría, su mente estaba especialmente dotada no solo para evitar la tortura de unas palabras envenenadas como las que Thor acababa de dedicarle, sino también para pronunciar otras que fueran igual de ponzoñosas. Y, aunque las carcajadas y la ironía de su hermano le resultaron terriblemente dolorosas, mentiría si dijera que no tuvo que contener las ganas de replicar. Porque le habría encantado decirle a Thor, explicarle a gritos, que estaba equivocado de principio a fin. Sí, tal vez hubiera hecho mal al votar a favor de su exilio, tal vez se arrepentía con una fuerza incalculable, pero él no había sido, ni de lejos, el culpable del destierro del Dios del Trueno. Ni él, ni Odín, ni siquiera el consejo que tanto insistió en deshacerse del descarriado príncipe dorado habían sido los que lo exiliaron. Había sido él. Él mismo se había labrado aquél camino con su actitud equivocada y sus actos deshonrosos.

En otros tiempos, Loki no habría titubeado ni un segundo antes de sacar a Thor de su error. De hecho, aquella era una de las cosas a las que se dedicaba cuando ambos vivían juntos en Asgard: su hermano era impulsivo, impaciente, y el hechicero siempre estaba ahí para aconsejarle e intentar aplacar su fuerte tenacidad... hasta que al final no sirvió de nada. Thor terminó perdiéndose sin remedio, se había convertido en aquél rey orgulloso y violento que tenía delante y, por lo tanto, Loki prefirió morderse la lengua y no contradecirlo en aquella ocasión. Si durante todo su exilio a Thor no le había dado por recapacitar y admitir sus propios errores, no serviría de nada que él intentara hacérselos reconocer allí, en aquella sala, en aquél instante. De hecho, aquello incluso podría llegar a ser peligroso.

Loki mantuvo los labios sellados aún después de que Thor volviera a levantarse de su trono para acercarse una vez más a los ventanales. Escuchó sus primeras palabras y alzó la mirada para observar su silueta, que se recortaba contra la mortecina luz del fondo del paisaje. Si no fuera por el dolor que le provocaba el trato que le daba su hermano, Loki habría sonreído al percatarse de que el cabello rubio de Thor continuaba brillando tanto como siempre. Aquél siempre había sido su rasgo más característico y, si bien ahora su melena estaba mucho más larga y enmarañada que de costumbre, parecía no haber cambiado en absoluto. Tanto siendo el amado hijo de Odín como el rey de aquél mundo oscuro, Thor continuaba siendo el mismo de siempre a ojos de Loki. Y ese era uno de los motivos por los que no podía rendirse nunca con él.

Cuando el rubio abandonó su lugar junto a la ventana para comenzar a aproximarse al hechicero, este removió sus manos encadenadas por enésima vez, buscando en vano una forma de liberarse. No le gustaba estar imposibilitado y limitado de aquella forma tan denigrante, sobretodo si era frente a algo que lo intimidaba. Porque sí, para qué mentir, Thor estaba consiguiendo intimidarle con su actitud. Aunque claro, no es que él fuera a permitir que se le notara. Tal vez estuviera en el bando correcto, tal vez no era tan arrogante y presuntuoso como Thor, pero era un hijo de Odín. Era un príncipe de Asgard, la ciudad de los dioses y la estrella bajo cuyo brillo y protección se guarecían los Nueve Reinos, e incluso podría llegar a recibir el peso de la corona algún día. Tal vez estuviera roto por dentro y hecho un desastre por fuera, pero él también tenía su orgullo, el orgullo de un dios. Y por mucho que apreciara y quisiera a Thor, no estaba dispuesto a permitir que hiciera con él lo que le viniera en gana. Jamás se habría subyugado ante nadie, ni siquiera ante su hermano, y mucho menos en aquella situación, cuando el otro no hacía más que despreciarlo cuando lo había arriesgado todo para dar con él.

Tras inspirar profundamente, Loki alzó la barbilla y contempló a Thor, devolviéndole la mirada con intensidad. El azul de los ojos ajenos era frío como el hielo, pero al hechicero jamás le habían preocupado las bajas temperaturas.

–Marcharé de vuelta a Asgard, majestad... –comenzó, prefiriendo cambiar su tono para adoptar un trato mucho más formal con Thor dado que su condición como monarca era superior a su rango como príncipe– …si es lo que de verdad queréis. Y jamás volveremos a vernos –Loki observó al rubio de hito en hito, buscando con discreta desesperación alguna señal que le indicara que, en realidad, Thor no estaba hablando en serio, que no quería que se marchara de su lado, porque hacerle regresar a Asgard sin él sería un castigo peor que la muerte–. Dejaré que me laven y adecenten, como vos decís, e incluso me disculparé ante vuestros salvajes guerreros si así lo deseáis...

Loki apretó los dientes al pensar en si mismo teniendo que excusarse ante los brutos que habían estado a poco de partirle la cabeza. Su mandíbula se tensó y, sin poder evitarlo, el carácter altivo y socarrón por el que era conocido frente al resto de los dioses salió a la luz, sepultando bajo él el dolor y el lamento.

–Pero no asistiré a ninguna cena –declaró, desafiando a Thor sin dejar de observarlo de cerca, adoptando su actitud como Dios del Engaño–. No pienso compartir mesa con vuestros incivilizados alegados... ni permitir que su no más virtuoso monarca me exhiba para evitar comprometerse frente a ellos. Buscaos a otro viejo amigo.