Como cada mañana, Hermione despertó sobresaltada por una de sus innumerables pesadillas. Cubierta de un sudor frío y espeso, se daba cuenta un día más que su mal sueño no acababa al despertar. El lado izquierdo de la cama continuaba vacío; vacío desde hacía más de un año. Suspiró con tristeza, aun no se acostumbraba a su ausencia. Todo le recordaba a él; la cama, la casa, sus cosas y Ottery. Por esa razón, y después de pensarlo durante mucho tiempo, llegó a la conclusión que lo mejor para poder seguir adelante era marcharse de allí. Observó fijamente las maletas entreabiertas que descansaban sobre el diván de su habitación. Recibir una atractiva propuesta de trabajo en Londres había sido el detonante para que finalmente decidiese huir de allí, de aquella casa que había dejado de ser suya, puesto que algún anónimo la había comprado solo una semana antes. No fue fácil para Hermione poner en venta aquel lugar que había sido su hogar durante mucho tiempo y donde fue inmensamente feliz con Ron. Decir adiós a aquella casita blanca y azul rodeada de un hermoso jardín verde salpicado de traviesas florecillas de colores, no era tarea fácil. Su hogar, su dulce y ahora triste hogar. Quedándose allí solo abriría aun más sus heridas, y necesitaba volver a creer en todo aquello hermoso que la vida le podía deparar, aunque sabía que no iba a ser sencillo lograrlo.
Con apatía se levantó de la cama y entró en el baño para refrescarse un poco. Corría mediados del mes de agosto y hacía un calor muy sofocante. Apenas desayunó, pero era algo normal en ella. Desde la muerte de su esposo su apetito había mermado considerablemente, volviéndose su cuerpo más delgado y su tez más pálida. Metió en sus maletas las últimas pertenencias que pensaba llevarse. Algunos recuerdos, como la camiseta del equipo favorito de fútbol de Ron, o su primera foto juntos durante la boda del hermano mayor de él. Cosas que, aunque sabía que le causaban daño, no podía, ni quería desprenderse de ellas. Luego, cuando pudo cerrar su equipaje, Hermione se sentó en el porche a esperar la llegada de Harry; el marido de su cuñada, su mejor amigo. Y Harry llegó, puntual, como a ella le gustaba.
—¿Estás preparada?
Hermione negó levemente con la cabeza, suspiró y se encogió de hombros con resignación, mientras decía.
—Nunca estaré preparada para esto.
Harry se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros. Hermione apoyó la cabeza sobre el pecho de su amigo, y cerró los ojos tratando de buscar algo de consuelo.
—En la Madriguera están todos desolados. Molly se resiste a creer que te vas, pero aun así entiende porqué lo haces y lo acepta.
Hermione levantó la cabeza mirando fijamente a Harry con el semblante compungido.
—¡Oh Dios mío! Nunca creí que llegaría este día. Pensé que estaría para siempre junto a vosotros, junto a ti, a Ginny…, pero Ron ya no está y yo necesito continuar. Si me quedo aquí, no lograré superarlo nunca, son demasiadas las cosas que me recuerdan a él.
—Ya te lo dije Hermione, te comprendemos perfectamente, pero eso no significa que sea fácil aceptarlo.
La joven sonrió con melancolía a su amigo y éste la abrazó mientras le daba un suave beso en la frente. Luego agarró el equipaje de la chica y añadió.
—Te espero en el coche.
Y así fue como Hermione se quedó sola por última vez frente a las paredes de aquella casa llena de recuerdos, tan hermosos algunos, como tristes otros. Pudo haber cerrado la puerta, e ir directamente al coche de Harry, pero no podía marcharse sin recorrerla una vez más. Anduvo un poco por la cocina, aquella que Ron casi incendia una vez cuando trató de agasajarla con una cena de cumpleaños preparada por él mismo. El sofá rojo del salón le hizo recordar cuanto le gustaba observar como el joven dormía placidamente la siesta cada día después de llegar agotado del trabajo. Cerró con lentitud la puerta de su dormitorio donde compartió con él momentos de sueños y pasión. De nuevo se encontraba bajo el porche, con un rápido movimiento de la llave selló para siempre su entrada en la casa. Hermione suspiró con pesadez y notó como se le quebraba el corazón al pensar que dentro de aquellas paredes se quedaba eternamente su felicidad, y que lejos de aquel lugar nunca volvería a hallarla.
No había mucha distancia entre su casa y la de sus suegros a la que llamaban cariñosamente La Madriguera. Por ello no tardaron en llegar, Hermione supo que estaba cerca el mas triste momento de aquella despedida, decir adiós a los Weasley.
Salió del despacho de su padre con el rostro descompuesto. Lo había vuelto a hacer, pensó que tras el último caso le dejaría en paz, pero no, tenía que volver a retarlo. No pararía hasta conseguir verlo hundido hasta el cuello en el lodo, humillado. Y comenzaba a estar harto de toda aquella basura. Caminó presuroso por los pasillos del bufete de su padre, su secretaria le salió al paso; pero no, Draco no tenía cabeza para leer o firmar nada, así que apartándola con una mano sin ningún tipo de cortesía, exclamó:
—¡Ahora no! ¡Maldita sea!
Lo único que quería era salir de aquel edificio asfixiante, sin que nadie le dijese nada, ni siquiera que lo mirasen. Salir de allí, estar lejos de su padre, respirar… y lo hizo cuando se subió en su deportivo descapotable y la brisa veraniega comenzó a alborotar su cabello albino. Pero ni la brisa, ni la sensación de libertad, conseguían bajarle los malos humos. Condujo con una meta fija, y cuando llegó a ella, estacionó el vehículo y llamó insistentemente a la puerta de un apartamento en una zona prestigiosa de Londres. Una mujer de unos veinticinco años de cabello oscuro, abrió alarmada la puerta y al ver que era él, relajó el rostro mientras decía.
—¿Qué ocurre ahora?
Draco entró sin que le dieran permiso, estaba visiblemente alterado y comenzó a caminar de un lado a otro, entrando y saliendo de las habitaciones que conformaban la planta del apartamento. La joven esperó pacientemente apoyada en el umbral de la puerta del salón a que el muchacho se calmase, pero al ver que eso no sucedía se acercó a él, y tomándolo de un brazo lo detuvo en su desesperada caminata hacia ningún lugar.
—Draco, cálmate, si no me dices que pasó no podré ayudarte.
—Mi padre ha vuelto a hacerlo, Pansy.
—¡Cielo santo! No puedo creerlo, pensé que después de tu último caso… Estuviste impresionante…
—Pues ya ves, no tiene suficiente y no parará hasta hacerme quedar en ridículo. Me ha asignado el caso Crabbe.
—¡¿Crabbe?—exclamó Pansy dando un paso hacia atrás moviendo la cabeza de un lado a otro sin dar crédito a lo que escuchaba—. Pero ¿se ha vuelto loco?, ¿cómo acepta algo así? Ese caso está abocado al fracaso, no puedo creer que te haga eso.
—¿Lo entiendes ahora? ¿Entiendes porqué si pudiese lo estrangularía? Crabbe violó y mató a esa chica, y hay tantas pruebas que lo inculpan, que hacer creer al juez que es inocente es tan difícil como que yo logre enamorarme alguna vez de alguien—pronunció aquellas palabras dando un fuerte golpe sobre la recia madera de la mesa que presidía el salón.
—Si Astoria te oyese decir eso…
—¡Bah! Ella sabe lo que hay ¿Sabes cual es mi única opción para ganar el caso, verdad?—inquirió Draco clavando sus grises y fríos ojos en la joven.
—Falsificar pruebas y testigos.
—Así es, y aunque no es la primera vez que voy a hacerlo, esta vez es casi imposible que aun así lo consiga. Perderé el caso, mi padre se saldrá con la suya, él seguirá siendo mejor que yo.
Tras decir eso, Draco caminó hacia uno de los sofás de la habitación y se derrumbó en él, cerrando los ojos con fuerza y apretando la mandíbula hasta que consiguió ocasionarse un agudo dolor. Pansy se sentó junto a él, estaba tan consternada como el joven.
Lucius Malfoy era el padre de Draco. Considerado uno de los abogados con menos escrúpulos y más eficaces de Londres, nunca, en su dilatada carrera, había cosechado una sola derrota. Contrajo matrimonio con una mujer de alta posición social, y vivía con ella y su único hijo en una de las mansiones situadas en Park Lane, una de las zonas mas exclusivas de la ciudad. Draco había crecido rodeado del lujo y suntuosidad, estaba acostumbrado a tener lo que deseaba y nada podía resistírsele. Arrogante, cautivador y falto de escrúpulos, era considerado un bocado muy apetitoso para cazafortunas. Pero al igual que hizo su padre muchos años antes, Draco debía encontrar una mujer de una posición acorde a la suya, y por esa razón estaba en vísperas de contraer un matrimonio pactado con Astoria Greengrass, una de las dos hijas de uno de los magnates del negocio bancario en Londres. Ambos jóvenes eran conscientes de que su unión era simplemente para incrementar sus fortunas, y por ello Draco no guardaba ningún tipo de fidelidad a su novia y solía andar siempre rodeado de mujeres, algunas enamoradas de él y otras de su fortuna. La vida de Draco Malfoy había sido fácil, pero su tirano padre siempre se encargaba de recordarle que todo lo que era, todo lo que tenía, se lo debía a él, y que nunca llegaría a estar a su altura. Draco creció rodeado de lujos, pero privado de una cosa muy importante: amor.
Resopló por cuarta vez consecutiva consiguiendo poner algo nerviosa a Pansy. La joven pensó que era mucho mejor cambiar de tema, para ver si los malos humos de su amigo comenzaban a disiparse.
—Tengo nueva compañera de piso.
—Pero, ¿si pusiste el anuncio en el periódico hace solo un par de días?
—Pues ya tengo respuesta, llegará hoy por la noche—comentó Pansy mientras se ponía en pie y caminaba hacia la cocina—. ¿Quieres tomar algo Draco?
—No, ahora no consigo siquiera tragar saliva ¿Cómo se lo ha tomado Nott?
—No muy bien, después de que Millicent se fuese del apartamento pensó que le yo le pediría que se viniese a vivir conmigo, pero sinceramente, Draco, aun no estoy preparada para vivir con él.
Había regresado con dos copas de vino frío en la mano. Extendió una de ellas hacia el joven, éste frunció el entrecejo.
—Odio que me conozcas tanto.
—Sabía que se te antojaría—sonrió ella, y fue a sentarse una vez más junto a él.
—Llevas un año saliendo con Nott, con Blaise no tardaste tanto en decidirte—puntualizó el rubio muchacho bebiendo y disfrutando el primer sorbo de vino.
—Con él era diferente.
—Estabas enamorada y de Nott no lo estás—volvió a tomar otro sorbo.
—Estaba ciega, y con Nott quiero ir más lento, para que no me ocurra lo mismo. Además ¿desde cuando te interesa tanto mi vida privada? Eres el peor amigo que conozco, nunca me preguntas que tal estoy—dijo Pansy mirándolo con recelo.
—No es necesario, ya te encargas tú de ponerme al corriente. Tengo que marcharme.
Bebió de un sorbo lo que quedaba en la copa y se puso en pie de golpe. Sin decir nada más, sin demostrar ningún tipo de gesto cariñoso con su amiga, Draco abandonó el apartamento, dejando a Pansy con cara de circunstancia, disfrutando de su copa de vino completamente sola.
La estación de trenes estaba muy solitaria aquella tarde. Hermione aguardaba la llegada de su tren acompañada de Ginny, la hermana de Ron, y de Harry, su esposo. Solo unos minutos antes había dicho adiós al resto de la familia, y fue un momento muy triste. Sobre todo al ver la cara de congoja de su suegra, Molly. La mujer la había abrazado con tanta fuerza que incluso le dejo marcado los dedos en la espalda. Hermione sentía que para Molly, despedirse de ella, era decir adiós definitivamente a una parte muy importante de su hijo. Estaban en silencio, ninguno de los tres hablaban. Ginny, embarazada de algunos meses, contenía las lágrimas para no hacer más difícil la partida de su amiga y cuñada. Hermione evitaba mirarla porque en el momento en que lo hiciese volverían a estallar en llanto. Se conocían desde hacía tantos años, que Ginny Weasley era para ella lo mas parecido a una hermana que había conocido, porque Hermione era hija única y sus padres vivían muy lejos de Europa. La estridente bocina de un tren que se aproximaba les dio a entender que el final estaba cada vez mas cerca. Harry agarró el equipaje de Hermione, y ésta buscó entre las cosas que llevaba en la mano el boleto para acceder al vehiculo. El tren llegó al fin y se detuvo paulatinamente delante de sus narices, la gente que había en su interior comenzó a descender y otras, que estaban en el andén, se dispusieron a entrar en él. Harry se apresuro para meter las maletas de su amiga en el vagón y luego regresó junto a ellas. Hermione abrazaba a Ginny con fuerza, y ambas lloraban prometiéndose que tratarían de verse lo más pronto posible.
—Sabes que eres la madrina de mi hijo, así que no te desaparezcas ¿entiendes?
—Oh Ginny, jamás me desapareceré de vuestras vidas, mantendremos siempre el contacto, vosotros sois mi familia.
Volvieron a abrazarse una vez más y las lágrimas seguían brotando de sus ojos sin descanso. Harry apartó sutilmente a su esposa de los brazos de su amiga. Ginny dio un par de pasos hacia atrás, y secándose el rostro dejó que su marido se despidiese de Hermione. Harry pasó un brazo por los hombros de la joven, y juntos caminaron hacia el vagón bajo la compungida mirada de Ginny.
—Primero me abandona Ron y ahora lo haces tú—dijo apoyando su cabeza sobre la de ella.
Hermione suspiró con pesadez apenas podía hablar, tenía un enorme nudo en la garganta. Harry prosiguió.
—Cuídate mucho, sabes que eres parte de esta familia, ahora y siempre. Si alguna vez nos necesitas, a Ginny, a mí, a cualquiera de nosotros, solo tienes que llamar y estaremos junto a ti sin dudarlo.
—Lo sé, esto no es fácil para mí. Lo que siento es no haber podido despedirme de Charlie.
—Trató de venir de Rumania, pero no le dieron permiso—aclaró Harry.
El conductor del tren dio el aviso de que las puertas de los vagones se cerrarían para iniciar la marcha. Hermione subió presurosa a su compartimento. Ginny corrió al lado de su marido y se abrazó a él, mientras decían adiós con la mano a su amiga, que lentamente se iba alejando de ellos. Hermione miró a aquellas dos personas que se quedaban de pie en el andén, con los rostros humedecidos y agitando las manos, y supo que a partir de ese momento comenzaba una nueva etapa de su vida, y aunque ellos siempre tendrían un lugar muy importante en su corazón, debía estar preparada para lo que debía llegar. Ya apenas los veía, eran como dos puntitos inmóviles, y de repente, desaparecieron. Dejó de mirar por la ventanilla y se sentó en el cómodo asiento de su compartimento. En solo unas horas llegaría a Londres; sentía una mezcla de tristeza y esperanza. Su nuevo trabajo la llenaba de ilusión, la ayudaría a no pensar y salir un poco de su rutinaria existencia. Abrió su equipaje de mano y sacó un libro que estaba leyendo, debía amenizar el viaje, y la lectura era su mejor forma de evadir el tiempo.
Los paisajes iban cambiando a medida que se aproximaba a las diferentes ciudades por las que tenía su recorrido el tren, y su libro estaba casi acabado. Así que decidió disfrutar un poco de la visión que aquel veloz vehículo le regalaba a través del sucio cristal de las ventanas. En poco menos de cuatro horas Hermione puso un pie en Londres. La estación de King Cross no tenía nada que ver con la de Ottery, estaba repleta de gente caminando de un lado a otro, corriendo con maletas, maletines; gente bien vestida con trajes de chaqueta y otros que llegaban a la ciudad para algo más placentero que trabajar. Buscó entre el gentío a la persona que supuestamente esperaba su llegada, y no tardó mucho en verla. Una joven con los ojos muy redondos y azules, y el cabello largo y rubio, caminaba por el andén agitando la mano con energía mientras a su lado, un muchacho alto y con el cabello del mismo color que ella, la seguía esquivando como podía a las personas y cosas que se cruzaban a su paso.
—¡Hermione!—gritó la joven sin dejar de agitar la mano.
—¡Luna!—respondió ella imitándola en el gesto.
Por fin se encontraron, y ambas se fundieron en un amigable y afectuoso abrazo. El joven que acompañaba a Luna se quedó quieto esperando su turno para saludar a Hermione.
—Pensé que no llegábamos a tiempo—se sinceró la muchacha rubia—. Rolf es una tortuga conduciendo.
El joven entrecerró los ojos, y luego ignorándola por completo, se acercó a Hermione y la abrazó a modo de saludo.
—¿Qué tal el viaje?
—Muy bien, Rolf, ni siquiera estoy cansada.
—Voy por tu equipaje.
Y diciendo eso el muchacho se alejó de ellas hacia el vagón de carga. Hermione lo observó durante un rato, y después se giró hacia su amiga que llamaba su atención con una pregunta.
—¿Qué tal todos en Ottery?
—Bien, bueno la despedida fue horrible, pero todos están bien. Tu padre también, fui ayer a decirle adiós.
Luna suspiró profundamente y mirando a su alrededor añadió.
—Pues ya estás aquí, bienvenida a Londres, Hermione. Rolf y yo estamos muy molestos contigo.
—Lo sé, pero entiéndeme, no es justo que me meta en vuestra casa, estáis casados. No es lugar para mí. Es bueno que estéis juntos y a solas, para que disfrutéis lo máximo de todo lo bueno que os sucede. Creo que estaré bien en el apartamento que voy a alquilar, además la joven que publicó el anuncio parecía agradable por teléfono, un poco seca, pero creo que me acostumbrare a ella. Ahora necesito gente distante a mí.
Luna frunció el entrecejo, y luego cambiando el gesto por uno mas relajado dijo con voz jovial.
—De Rolf y de mí no vas a librarte tan fácilmente.
Hermione sonrió. Rolf llegó junto a ellas cargado con el equipaje y resoplando exclamó.
—Por el amor de Dios, Hermione, ¿Qué llevas en estas maletas? ¿Un muerto?
Luna abrió los ojos como platos, y luego disimuladamente dio un pisotón a su marido que inmediatamente se puso rígido como un palo, diciendo.
—Lo siento.
—No te preocupes Rolf. Solo son mis cosas y algunos recuerdos.
Les sonrió con melancolía. Luna miró a su esposo con desaprobación, y pasando su brazo por el de Hermione, comentó mientras la obligaba a caminar por el andén hacia la salida.
—Mi hombre tan delicado como la cama de un faquir.
Hermione rió con el comentario de su amiga, desvió la mirada hacia Rolf y volvió a reír a verlo cargar como un mulo con su equipaje. Aunque físicamente no se parecía en nada a Ron, siempre creyó que Rolf tenía un carácter muy parecido a su difunto esposo, y por ello le profesaba un gran cariño.
Luna insistió con bastante ahínco en que antes de llevarla a su nuevo hogar, Hermione debía cenar con ellos. Al principio la joven se opuso un poco porque en realidad estaba deseando llegar a su casa, ponerse algo más cómodo y después de conocer a su nueva compañera de piso, descansar de todas las emociones vividas durante aquel día. Pero debía admitir que Luna era muy persuasiva en su empeño, y finalmente se dio por vencida y accedió a cenar con la pareja.
Rolf conducía con cautela por las grandes avenidas que cruzaban la ciudad de Londres. Luna mantenía una animada charla con Hermione en los asientos traseros. Hablaban sobre Ottery, los Weasley y los momentos felices que habían pasado juntos, cuando estaban todos y nadie faltaba. La conversación llevaba un tono optimista, Luna era una joven muy dicharachera y siempre lograba sacar de Hermione una sonrisa, tratando los temas de conversación sobre sus vecinos los Weasley con mucha sutileza. De repente Rolf dio un frenazo, Luna y Hermione estamparon la cabeza sobre el respaldo de los asientos delanteros debido a la inercia del vehículo.
—¡Ese tipo es idiota!, casi le doy—vociferó Rolf y sacando medio cuerpo por la ventanilla añadió—¡Imbécil!
Al parecer, un mercedes descapotable de color negro había adelantado, por la derecha y sin señalizar su maniobra, al pequeño mini Cooper de Rolf, y a una velocidad bastante superior a la recomendada. Ni Luna, ni Hermione, lograron ver el rostro del joven que conducía aquel vehículo tan sofisticado, y que era el blanco de las iras de Rolf. Únicamente acertaron a descubrir que el ocupante tenía el cabello tan rubio que parecía albino y nada mas, porque incluso antes de que el semáforo se pusiese en verde, el joven aceleró, y en menos de dos segundos desapareció de la vista de los tres amigos.
—Cretino, ese tipo de gente se cree que las calles de esta ciudad son de su propiedad, solo porque manejan un coche de lujo—farfullaba Rolf por lo bajo con el ceño arrugado.
—Tal vez ese cretino como tú lo llamas iba demasiado rápido, pero tú vas pisando uvas, Rolf.
Los ojos del joven centellearon a través del espejo retrovisor mirando con recelo a su esposa.
—¿Tratas de decirme que voy muy lento?
—Si nos fuésemos caminando Hermione y yo, llegaríamos mucho antes que tú conduciendo esta chatarra.
Hermione ahogó una risa al ver como las orejas de Rolf se volvieron de repente muy rojas, tanto que parecían a punto de estallar.
—Voy a la velocidad que tengo que ir, querida—se justificó tratando de moderar el tono de voz para mantener el tipo delante de la recién llegada—. Pero déjame decirte que cuando tú llevas el coche yo tengo que sujetarme al asiento para evitar que el corazón se me salga por la boca.
—¿Insinúas que conduzco mal?—inquirió Luna borrando cualquier señal de sonrisa de sus labios.
—Afirmo que llevas el coche de una forma muy…, extraña.
Hermione comenzó a sudar. La conversación de la pareja estaba tornándose un tanto absurda, y le costaba horrores aguantarse las ganas de lanzar una carcajada, así que para evitarlo decidió mediar en aquella discusión.
—Nunca está demás ser precavido Luna, Rolf hace bien. Además, lleva parte de razón, tu forma de conducir es rara.
Luna torció el gesto mientras veía a través del espejo retrovisor como su marido sonreía con aire triunfal.
—De acuerdo, no esperaba que te pusieses de mi parte Hermione, siempre lo apoyas a él—rodó los ojos y resopló con fuerza mostrando su enojo, pero de repente volvió a abrirlos de par en par y exclamó—¡Llegamos a casa!
La casita de Rolf y Luna era tal y como eran ellos. Estaba llena de cosas absurdas, porque a Luna le gustaba coleccionar extraños objetos inservibles que traía de los múltiples viajes que ambos realizaban. Rolf por su parte, era biólogo y tenía una habitación en la planta baja llena de utensilios usados en biología como probetas, pipetas graduadas y volumétricas, capsulas de Petri y un desvencijado microscopio entre otros muchos aparejos y herramientas, que el joven usaba para sus estudios y averiguaciones científicas. En aquel lugar nada estaba en su sitio y sin embargo, todo parecía estar en orden. Hermione pensó que aquello era realmente un verdadero hogar, porque en cada rincón de la casa había algo que se identificada con las dos personas que habitaban en ella.
Rolf era escocés, y había sido él el encargado de preparar la cena, por lo que eligió un plato muy típico de su lugar de origen: el Haggis, consistente en un pesado embuchado que se sirve tradicionalmente con neeps y tatties, puré de colinabo y patatas. Resultó que aquella comida estaba realmente deliciosa, aunque algo grasienta. Y Hermione felicitó al cocinero, a pesar de que Luna se encargó de aclarar que el Haggis era lo único que a Rolf se le daba bien en la cocina, porque para lo demás era un auténtico desastre. El muchacho muy a su pesar, tuvo que darle la razón a su esposa.
Después de aquella agradable cena, y con el mejor de los ánimos, Hermione se despidió de Rolf y se puso en camino hacia su nuevo y desconocido hogar. Luna fue la encargada de acompañarla, y Hermione pudo ratificar que realmente la joven tenía una desquiciante forma de conducir. Por suerte, Luna debía tener un ángel de la guardia muy trabajador porque ambas llegaron al destino sanas y salvas.
El lugar resultó ser un apartamento situado en una prestigiosa zona londinense. Luna ayudó a Hermione a meter las maletas en el ascensor, y tras darle un abrazo de despedida se marchó, recordándole que al día siguiente la llamaría para ver que tal le fue todo.
Tocó al llamador con suavidad, y no tardaron en abrirle la puerta. Una joven de cabello oscuro y facciones duras y bellas, se alzó ante sus ojos.
—¿Eres Hermione?—inquirió con voz seca.
Hermione reconoció al instante la voz de la persona con la que había hablado unos días antes por teléfono para alquilar la habitación disponible de aquel apartamento.
—Tú debes ser Pansy, ¿verdad?
La joven afirmó con leve movimiento de cabeza, y apartándose de la puerta la invitó a entrar. Hermione arrastró las maletas hacia el interior y las dejó en la entrada.
—Sígueme, te mostraré tu habitación.
En su caminata hacia el dormitorio pudo comprobar que el apartamento era muy amplio, y que estaba minuciosamente decorado, aunque resultaba algo frío.
—La casa es de mis padres, pero ellos se mudaron a otra ciudad, así que me dejaron el apartamento. No tengo necesidad económica para rentarlo, pero no soporto estar sola y mi compañera de piso se marchó la semana pasada, así que la habitación de Millicent está libre—Pansy relataba todo sin pestañear, y bajo en umbral de la puerta de la habitación—¿Qué te parece?
Hermione echó una ojeada antes de contestar. Entró en la estancia, era amplia como el resto de apartamento pero la decoración seguía siendo algo fría e impersonal. Miró a través de la ventana, y pudo ver las grandes zonas verdes bajo la luz de las farolas que hacían de aquel lugar un sitio agradable y tranquilo donde vivir.
—Me gusta.
—Entonces solo falta que firmes el contrato de arrendamiento y deshagas tu equipaje.
—Verde.
—Otra vez verde, elige otro color Draco, no me gustan los manteles para las mesas de la boda de color verde. Se confundirán con el césped.
—Negro.
Astoria arrugó su delicada y estilizada nariz, y resopló con fuerza.
—¡Maldita sea, Draco! ¿Es que no piensas echarme una mano?
—Si estás de desacuerdo con mis gustos, ¿para que preguntas? Ponlos del color que te apetezca, a mí me da igual, eso es cosa de mujeres—protestó el rubio arrebujándose en el mullido sofá del salón de la mansión Malfoy.
—¿Lo ves, Narcisa? Tu hijo no está dispuesto a colaborar.
—Draco tiene razón querida, los hombres no están hechos para estas cosas tan delicadas.
Narcisa Malfoy le dedicó a su hijo una mirada de suficiencia logrando que Draco se levantase del sofá y dejase la habitación.
Salió fuera de la casa, buscó en los bolsillos de sus pantalones un paquete de cigarrillos, encendió uno, y apoyado sobre la balaustrada de mármol aspiró el humo adictivo del tabaco mientras escuchaba el relajante sonido del agua que provenía de la fuente principal del jardín. Aquella boda lo traía de cabeza. Parecía que organizarla era lo más primordial para su madre y para su futura esposa, aun sabiendo que todo era una pantomima y que lo único que se buscaba con aquella unión era engrandecer sus respectivas fortunas. Casarse o no con Astoria., era lo de menos porque él no pensaba renunciar a la vida que llevaba hasta ese momento. Le gustase a ella, o no. Aspiró una vez más, y soltó el humo en forma de pequeños aritos que él mismo fabricaba con la boca al expulsarlo. La boda era una nimiedad comparada con la defensa del caso Crabbe. No sabía como afrontarlo, todo el mundo sabía que Vincent Crabbe, hijo de uno de los empresarios más despiadados y ricos de Londres, había abusado y matado a una prostituta de lujo en un hotel a las afueras de la ciudad. El idiota había dejado pruebas fehacientes en la escena del delito y ahora su padre pretendía que le salvase el pellejo, simple y llanamente porque el gran señor Crabbe, era uno de sus mejores amigos, y el pequeño Vincent y él habían sido compañeros de clase cuando ambos acudían al prestigioso colegio privado Hogwarts. Vincent Crabbe era un idiota sin personalidad, y en el tiempo en que acudieron a la escuela juntos, Draco siempre anduvo acompañado de aquel chico y de otro más idiota aun, Gregory Goyle. Eran chicos manejables, y a Draco le gustaba la sensación de dominarlo todo, tratar a esos dos idiotas como su padre solía tratarlo a él, sin respeto, sin consideraciones, sin afecto. Eran sus amigos porque le servían para alzar más su propio ego, para demostrarse a sí mismo que era un buen líder. Pero al terminar Hogwarts e iniciar sus estudios en Harvard, Draco se fue alejando de Crabbe y Goyle, y se rodeó de nuevos amigos tan influyentes y ávidos de poder como él, Pansy Parkinson, Blaise Zabini o Theodore Nott, fueron algunos de ellos, y aun conservaba aquellas amistades, aunque Blaise había desaparecido de sus vidas de la noche a la mañana, un buen día, sin decir nada, sin despedirse, no volvieron a saber nada de él.
Apagó sobre el blanco mármol de la balaustrada el resto del cigarrillo que no había quemado y expulsó con calma el humo que quedaba alojado en sus pulmones. Debía volver a la casa, a aquel salón, con aquellas dos mujeres hablando de un tema que le ponía los pelos de punta. Chasqueó la lengua resignado, y con pasos pesados dejó atrás el jardín y el sonido relajante de la fuentecilla.
Terminó muy tarde de desempacar sus cosas y agotada se metió en la cama, y se durmió. Aquella noche no tuvo pesadillas, no vio el rostro de Ron cubierto de sangre, y pudo dormir plácidamente. Probablemente, porque estaba tan cansada que el sueño pudo más que sus pensamientos, y su mente quedó en blanco. Al despertar estaba completamente despejada, dispuesta a afrontar un día muy importante, ya que ese mismo día pondría un pie en su nuevo puesto de trabajo. Se dio una ducha ligera, se vistió con ropa adecuada al lugar donde iría y caminó con optimismo hacia la cocina. Allí estaba su nueva y seria compañera de piso, acompañada de un joven con el que charlaba muy animadamente.
—Buenos días—saludó Hermione.
La pareja la miró un instante y luego ambos le devolvieron el saludo.
—Theo, te presento a la chica que ha rentado la habitación de Milly, se llama Hermione. Él es mi chico, Theodore Nott.
El muchacho, un chico alto, delgado con el cabello tan oscuro como el de Pansy y los ojos de un asombroso tono violeta, se acercó a Hermione y le tendió la mano. La joven hizo lo propio notando como aquel joven estrechaba su mano firmemente con decisión.
—Cuando Pansy dice mi chico, en realidad quiere decir mi novio. Aunque aun no se decida a vivir conmigo, y necesite alquilar la habitación a una desconocida para no estar sola.
Pansy desvió la mirada hacia su taza de café mientras farfullaba.
—Ya hemos hablado de eso.
Hermione se sintió algo incómoda porque se respiraba tensión entre la pareja. Por esa razón se despidió de ellos sin desayunar. Apenas estuvo en la calle, sacó de su bolso un papelito en el que había apuntada una dirección, y tras llamar a un taxi, se encaminó a ella.
El lugar en cuestión era un pequeño edificio en el que se encontraba ubicado un bufete de abogados llamado SiRem. Hermione se dirigió al mostrador donde una joven tecleaba en un ordenador y hablaba al unísono por teléfono. Carraspeó con fuerza al llegar a ella, la muchacha la miró, y con un gesto le pidió que aguardase unos segundos. Hermione esperó pacientemente, y cuando la chica pudo atenderla dijo.
—Soy Hermione Granger, los señores Lupin y Black me están esperando.
—¡Ah, sí! Es cierto, me avisaron de su llegada. Por favor acompáñeme.
La secretaria la llevo hacia un despacho, y después de anunciarla como era debido, la invitó a pasar, regresando nuevamente a su puesto de trabajo.
Hermione se encontró de repente delante de dos hombres bien entrados ya en la cuarta década de sus vidas. Uno de ellos tenía aspecto pálido y enfermizo, no era muy alto, y su cabello castaño comenzaba a ver numerosas canas que le daban cierto aire interesante. El otro de su misma edad, era mucho mas guapo y más alto que el primero, con el cabello largo y de un hermoso tono negro azulado, sus ojos eran grises y muy expresivos. Este último se levantó de su sillón de cuero, y acercándose a Hermione con la mano extendida, dijo con voz susurrante.
—Bienvenida, soy Sirius Black y él es mi compañero y socio, Remus Lupin.
Hermione estrechó animadamente las manos de ambos hombres y pronto comenzaron a entablar una conversación sobre lo que llegaría a ser su trabajo en aquel bufete. Después de la trágica muerte de su esposo, Hermione terminó en Oxford sus estudios de derecho con muy buen nivel, y tras ejercer como abogada de pequeños casos en Ottery, recibió una carta en la que le ofrecían un puesto en el bufete de aquellos dos hombres. Empleo que ella aceptó gustosa, sin pestañear, ya que eso suponía un cambio en su vida y una nueva oportunidad de realizarse, puesto que llevaría casos más importantes que los que había resuelto en Ottery.
—Para empezar, te adjudicaremos un caso muy sencillo, prácticamente se resuelve solo. Queremos ver que tal te desenvuelves y si vemos que todo va bien comenzaremos a darte casos mas complicados. Tus referencias son muy buenas Hermione, y tanto Sirius como yo tenemos puesta mucha confianza en ti.
—No pienso defraudaros, daré lo mejor de mí misma—expuso la joven con sus castaños ojos muy brillantes.
—Estamos completamente convencidos de eso—puntualizó el atractivo hombre de cabello oscuro.
Hermione hinchó el pecho halagada con las palabras de aquellos dos prestigiosos abogados.
—Si nos disculpas, ahora mismo tenemos una reunión que durará muy poco tiempo, será mejor que mientras tanto te des una vuelta por las instalaciones. Romilda, nuestra secretaria, te acompañará a tu despacho, y una vez que te acomodes y te familiarices con todo vuelve aquí y te entregaremos el dossier del caso que llevarás, ¿de acuerdo?
Hermione asintió educadamente al hombre de cabello cano que había dicho aquella retahíla de palabras, y después de esperar a que la joven secretaria acudiese al despacho de ambos abogados, se marchó con ella.
El lugar no era muy grande, y se notaba a leguas que estaban metidas de lleno en él únicamente manos masculinas. Todo era muy austero, y la madera era la principal protagonista. Le faltaba alegría y color a la oficina, pero esperaba que con el tiempo se ganase la confianza suficiente de ambos hombres para adecuar un poco más a su personalidad aquel despacho, que a pesar de todo tenía unas hermosas vistas.
Más animada de lo que había estado en mucho tiempo, decidió aguardar un poco más para que sus jefes terminasen con aquella reunión y recordando que no había desayunado, salió del edificio encaminándose a la primera cafetería que encontró abierta. Pidió un café y una tostada, y la degustó alegremente frente al enorme ventanal de lugar viendo como la gente pasaba caminando frente a él sin pararse a mirar en su interior. Hermione comenzó a convencerse a sí misma que había hecho muy bien en aceptar aquel empleo y tratar de encauzar su vida, a pesar del dolor que aun le causaba haberse despedido de su familia política a la que tanto amaba.
Después de desayunar regresó al despacho de Sirius y Remus. El primero contestaba a una llamada telefónica, es por ello que fue Lupin el encargado de tratar el asunto del caso de Hermione con ella.
—Como ya te dije esto es pan comido, pero es bueno que te pongas ya a estudiar el caso porque los encargados de la defensa de este desalmado son realmente astutos. Toma, aquí en este dossier tienes todo lo que necesitas para conseguir que encarcelen a ese tipo para toda la vida.
Remus extendió hacia Hermione un enorme tocho de documentos unidos por un espiral metálico. La joven agarró con firmeza su primer caso de peso, y conteniendo la emoción que le producía, leyó la portada del dossier que decía:
"Dossier sobre el caso contra el ciudadano inglés, Vincent Crabbe"
Eso es todo por ahora, mil gracias por leer y espero regresar pronto con otro capitulo...
besos,
María.
