Disclaimer. Los personajes le pertenecen a LJ Smith, gracias por crear a estos maravillosos personajes. La historia no me pertenece, es de la maravillosa Martina Bennet. ¡Gracias por dejarme adaptar esta maravillosa historia!
N/A: Esta historia puede tocar temas como las vidas pasadas, violencia, lemnons y demás asuntos que pueden afectar la sensibilidad del lector o ir en contra de sus creencias.
Espero les guste.
CAPÍTULO 1
…
Voy hacia allá,
nunca he estado ahí.
Voy a hacer algo,
pero no sé qué es.
Voy hacia ti,
pero no sé quién eres.
…
— ¡Qué envidia!… Y no de la buena precisamente. —dijo Elena levantándose de la cama y empezando a caminar por la habitación —Cómo es posible que te vayas con semejante bombón a un viaje de placer a Paris…
—Primero que todo —le interrumpió la otra chica— no es un viaje de placer y segundo no es a Francia, es a Inglaterra.
— ¡Lo que sea! —refutó Elena levantando las manos y agitándolas en el aire—Londres, Paris, Tokio… es lo mismo y con ese Adonis yo voy a donde sea con tal de tener una noche de salvajes folla…
—¡Alto ahí! —gritó la rubia —mi salud mental depende de que no termines esa frase… ¡Por Dios! ¿Estamos hablando del mismo hombre? Espero que no, porque eso sería espantoso.
Caroline Forbes no entendía cómo su amiga de toda la vida fantaseaba de manera tan perversa y pervertida con el que ella consideraba su hermano. Era claro que no lo era. Y tampoco se habían criado juntos ni nada por el estilo. Pero cuando ellos se conocieron la amistad que surgió fue tan grande y especial que solo podían verse como lo que sentían que eran: hermanos. Contando además con que la situación actual en la que se encontraban, lo reafirmaba por decirlo de alguna manera.
—Tus libros y números te han jodido tanto la cabeza que no logras ver la belleza masculina cuando se te pone en frente —comento Elena sentándose en un pequeño sillón, apoyando los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre sus dos manos al tiempo que suspiraba —yo con un hermano así me condenaría por cometer incesto… y me iría feliz y chorreante al infierno.
—No puedo seguir escuchando esto —susurró Caroline levantándose de la cama y dirigiéndose a la puerta.
Se encontraban en el cuarto de Elena Gilbert, una chica de dieciocho años al igual que Caroline, de tez blanca cabello marrón y -un poco loca- como la definía su amiga en muchas ocasiones. El cuarto de la chica siempre le había gustado a Caroline, pero estaba segura que nunca escogería algo así para ella. Las paredes de los costados estaban pintadas de un color rosa vieja mientras que las paredes del fondo y la anterior tenían un color mora en leche; el mobiliario constaba de una cama en madera blanca con líneas intrincadas de un amarillo pálido, un tocador y una mesita de noche con el mismo diseño, y un sillón rosa con líneas amarillas y moradas; toda la decoración consistía en lo mismo. Solo Caroline sabía cuánto le había costado a su amiga conseguir todo a juego. Ella misma lo había sufrido en carne propia al ofrecerse a acompañarla.
— ¡A qué hora paso por tu casa para ayudarte a empacar! —gritó Elena estirando la cabeza para poder ver mejor a su amiga que ya salía del cuarto.
— ¡A las seis está bien! —contestó Caroline antes de cerrar la puerta.
…
—Al fin, ¿A qué hora pasamos a recogerte? —preguntó el hombre rubio a Caroline.
—Stefan dijo que a las 9:00 estaba bien —Caroline le sonrió, mientras se dirigía a la cocina para llevar los platos de la comida al fregadero.
Zach Salvatore, el nuevo y único novio que ha tenido su madre desde la muerte de Bill, su padre, además de ser el padre de Stefan era un hombre cariñoso y divertido.
Hacía tan solo unos 4 meses que estaban saliendo y ya se había ganado la confianza absoluta de Caroline quien impulsó a su madre a que se diera una segunda oportunidad.
No era que hubiera olvidado a su padre, solo ella, su madre y Dios sabían por lo que habían tenido que pasar. Todo el sufrimiento, el dolor, la angustia que sintieron mientras veían como al hombre que más amaban se le iba la vida lentamente. Lo intentaron todo, pero su cuerpo no aguantó más, y después de una última respiración flemática y forzada, todo acabó. Y después la desolación, Caroline no se permitió llorar frente a su madre, tenía que darle las fuerzas que ella misma no sentía y como pudo sacó a su madre del pozo de oscuridad en el que se había sumergido.
En ese proceso conoció a Stefan, quien fue fundamental para ella. Mientras Caroline salvaba a su madre, Stefan la salvaba a ella. Fue él quien le dio la idea de salir de Mysitc Falls y mudarse a New Orleans. Y ahí en esa ciudad comenzaron su nueva vida. Conocieron a Zach y después de tanto luchar, la chica consiguió que Liz, su madre, aceptara darse una segunda oportunidad con él. Pero aun le dolía cuando a veces la escuchaba llorar en las noches.
—De acuerdo preciosa, a esa hora estaremos aquí —dijo Zach levantándose de la mesa del comedor para ir a sentarse al sofá a ver televisión con Liz.
— ¡Caroline hija llegó Elena! —gritó Liz casi enseguida al escuchar unos golpes en la puerta y un fuerte llegó por quien lloraban que era una de las frases con las que la chica solía hacerse notar cuando llegaba a su "segundo hogar" que era como ella misma lo llamaba.
Las dos se conocieron cuando Caroline se mudó a New Orleans y entró a estudiar en el mismo instituto que ella, fue amor a primera vista, como decía Elena, y Caroline coincidía con esa teoría.
Varios minutos después Caroline suspiraba mientras veía como su amiga que se encontraba acostada en la cama, leía un folleto de viajes que Stefan le había dado para que conociera algo más del lugar hacia donde harían el viaje.
— ¿Viniste a ayudarme a empacar o a estar mirando revistas? —protestó Caroline.
—Oye necesito estar enterada de cuál será el recorrido que hará mi amiga con el follable de Stefan.
— ¡No voy a follar con Stefan! Ni siquiera sé que hago refutando eso —replicó Caroline con cara de cansancio.
Elena rodó los ojos e ignoró lo que le había dicho.
—Bueno según dice acá los meses más fríos son enero y febrero, siendo que el mes más cálido es julio. Las precipitaciones se distribuyen de manera uniforme a lo largo del año, siendo que la región oeste es la que tiene más precipitaciones. —comentó Elena ojeando el folleto —así que como estamos en junio, lleva ropa de verano pero con posibilidades de frío y lluvia.
—Y eso traduce…
—Que lleves un bikini con una chaqueta de cuero y botas impermeables —Sonrió Elena con satisfacción, para luego esquivar con una carcajada la almohada que le lanzó Caroline.
…
—Hola amor, ya empacaste me imagino.
—Sí, Elena me ayudó o al menos eso intentó, en realidad estaba más pegada al folleto que me diste y divagando sobre cosas sin sentido que solo ella entendía —contestó Caroline con el teléfono sostenido entre su oreja y hombro, ya que estaba arreglando el bolso de mano con todos los documentos que llevaría al viaje.
—Esa amiga tuya está un poco loca, si no fuera porque prefiero las rubias le habría callado la boca con mi po…
—Por favor… no… otro no… no termines esa frase —tartamudeo Caroline con desesperación y algo de asco.
—Si no fuera porque eres como mi hermana también te la callaría a ti —dijo Stefan desde el otro lado del teléfono y soltó una carcajada cuando escuchó que su amiga chillaba y hacía un ruido de intentar vomitar—. Bueno olvídalo, hablando de cosas no muy gratas, ya le dejaste a Liz la lista de exigencias de la rata.
— ¿Cuál rata?
—La rata.
— ¡La gata!
—Por eso, la rata.
Caroline gruñó con desesperación, y giró su cabeza para mirar hacia el rincón de su habitación junto a la ventana. Allí sobre una mullida camita redonda de color azul celeste y pequeños cojines del mismo color con dibujos de estrellas y flores de diferentes colores se encontraba la muy acomodada y dormida Naomi, su gata. Sabía perfectamente por qué su amigo le llamaba rata, era una gata de raza Sphinx de color gris plomo en su totalidad. Pero para ella no era una "rata" era toda una modelo, en realidad le recordaba a Naomi Campbell en el porte y delgadez, de ahí que la llamara así.
Cuando estaba cerrando la puerta de la que fue su casa desde que nació, y daba vuelta para subir al auto en el que la esperaban una sollozante Liz y su polo a tierra Stefan, para partir a New Orleans, encontró a sus pies al pequeño animalito. Cuando lo vio se asustó porque pensó que era una rata -nunca lo admitiría- pero en ese momento el animal maulló y ahí se dio cuenta que era un gato. Recordó entonces haber visto imágenes de esa raza de gatos cuando era niña. Su padre le había mostrado una foto del gato que tenía cuando pequeño, era de la misma raza de la que ahora tenía en frente, y no dudó un momento en llevarla consigo.
—Qué dijo tu madre —la mente de Caroline regresó a la conversación.
—Mi madre ¡ama! a Naomi, y no tiene problemas en quedarse con ella.
—Si tú lo dices, pasamos por ti a las 9:00 entonces, prefiero esperar, a que nos toque correr por todo el aeropuerto.
—Me parece bien, entonces a esa hora —se ahorró el te amo con que siempre se despedía por la indignación que aun sentía por lo de la gata, y colgó.
…
Los pequeños arbustos podados de forma rectangular y extendidos de tal manera que formaban una especie de cercado, al mismo tiempo que creaban figuras y daban la impresión de un espacioso laberinto, rodeaban un hermoso jardín en el que rosas, jazmines, orquídeas, lirios, agapantos y demás especies de flores brillaban hermosas bajo los intensos rayos de sol. Caroline caminaba por entre los espacios formados por los arbustos y levantaba su rostro para recibir el calor del sol en plenitud. Llevaba un vestido blanco de seda, de delgados tirantes en los hombros, un poco ajustado en el torso y abriendo bajo las caderas para caer libremente hasta sus pies descalzos. No sabía dónde se encontraba, ni cómo había llegado hasta allí, solo podía sentir una hermosa paz que la invadía y la reconfortaba. Caminó unos pasos más hasta el centro del jardín y se topó con una figura negra sobre un gran pedestal de piedra blanca. Era la estatua de un hombre con una gran capa y capucha negra que lo cubría casi por completo dejando al descubierto solo un rostro hermoso con los ojos cerrados y una expresión adusta.
—Qué te pasa amor, tienes cara de cansancio, ¿acaso no dormiste bien? —preguntó Stefan a Caroline cuando Zach estaba encendiendo el auto para dirigirse al aeropuerto.
—Tuve una pesadilla, eso es todo —dijo Caroline mirando por la ventana del auto.
— ¿Estás segura? —la chica asintió —Okay, dormirás unas horas en el vuelo a Chicago.
Caroline sonrió y asintió, Stefan le recordaba a su padre cuando no estaba haciendo bromas pasadas de nota. Era algo autoritario y por lo general no opinaba si no que daba órdenes y a pesar que no siempre le convenía, era una de las cosas que más le agradaba de él. Pero ahora tenía razón. Debía dormir un poco en el avión.
Se había despertado agitada a las cuatro de la mañana, nunca antes había tenido un sueño como ese. En esa figura había algo que no podía descifrar. No era solo una estatua, parecía que tuviera alma, como si en cualquier momento fuera a moverse y abalanzarse sobre ella. Era algo atemorizante, pero hipnótico a la vez. Una magia que no entendía, pero a la que sentía que pertenecía. A pesar que tenía los ojos cerrados sentía como si la mirara fijamente, a ella y a ningún otro lugar. No sabía si quería en realidad que abriera los ojos, sentía curiosidad pero a la vez sabía… presentía que eso podría ser su perdición.
Cincuenta minutos después llegaron al aeropuerto. Seis horas después estaban desembarcando en Chicago, Y catorce horas más tarde se encontraban desembarcando en el aeropuerto London Heathrow. Tomaron un taxi y se dirigieron al hotel.
Caroline no podía creer que por fin estuviera realizando ese anhelo que tenía desde niña, un anhelo que apareció desde aquella vez, que para ella fue real, guiada por esa voz que le decía lo que tenía que hacer y ella sentía que tenía que confiar en esa voz, y eso era lo que estaba haciendo.
Barrios residenciales cuyas casas parecían sacadas de revistas de decoración, y en algunos casos repetidos de tal forma que daba la impresión que no te movías de tu lugar. Grandes edificios y complejos empresariales e industriales, y lo mejor de todo eran las fachadas arquitectónicas que demostraban la historia y los estilos antiguos de las construcciones londinenses, y los parques… ya se imaginaba escribiendo en ellos sus amados y algún día – esperaba– polémicos ensayos.
El Olympic House Hotel ubicado en el Sussex Gardens a unos cuarenta y cinco minutos del aeropuerto, poseía una fachada espléndida, hermosas columnas blancas daban la bienvenida a sus visitantes. Y las pequeñas ventanas repartidas uniformemente por toda la parte frontal le hacía ver urbano pero con un toque de sofisticación.
— ¡Wow!, ¿conseguiste esto por solo, al cambio, sesenta y cinco dólares la noche? —Caroline cruzó la entrada del hotel y mirando a su alrededor quedó maravillada con la vista.
El living era espacioso, el mostrador de la recepción estaba cubierto en madera clara mientras que las paredes estaban pintadas de color mostaza y las columnas con un efecto de mármol en zanahoria, una mesa de madera con un enorme florero con grabados abstractos y coronado por un hermoso arreglo de Fresias amarillas recibía a los huéspedes antes de ingresar a la zona de los ascensores.
—Fresias preciosa, especiales para ti —le susurró Stefan al oído.
— ¡Qué más se le puede pedir a la vida! —exclamó la chica girando sobre sí misma de manera teatral.
Los atendió un hombre de mediana estatura, rubio y con un uniforme negro con costuras y detalles dorados. Les entregó una tarjeta con el número 33 en blanco sobre un fondo negro. Me gustan los números impares, sobre todo si se repiten.
Caroline sonrió ante ese pensamiento.
Siempre le gustaron las matemáticas, era excelente en eso. Creía que los números escondían el secreto de la vida y más allá en el universo.
Subieron al ascensor con un botones y sus maletas, solo hasta el tercer piso. Su habitación se encontraba a unos pasos del ascensor y caminando hacia ella entraron.
Paredes de color vino tinto y beige se combinaban con columnas que serpenteaban los mismos colores con brochazos y trazos indefinidos, un par de camas con sábanas y cojines que hacían juego con las paredes, un televisor LCD de 48'' frente a estas, en una esquina una pequeña nevera y del otro lado un armario no muy grande que se encontraba al lado de la puerta del baño que tenía baldosas jaspeadas de amarillo y blanco y un enorme espejo horizontal con dos lavamanos debajo de éste y los típicos productos de los hoteles con sus marcas.
Caroline miraba todo esto y algo en su pecho se contrajo, Dios, ¿Estoy haciendo bien? ¿Podré soportar lo que me espera? ¿En realidad hay algo que me está esperando? Dios, Dios, ¡Dios!, no me dejes sola en esto, tú sabes que lo necesito, no tengo otra opción, nunca la he tenido.
—Bueno, ¿qué te parece amor? —Caroline sonrió olvidándose por un momento de sus pensamientos.
—Es perfecto Stefan… es magnífico, y lo sería más si no tuviera el trasero dormido por completo y el Jet lag jodiéndome el cerebro.
— ¿Y qué quieres hacer? son las 18:15 aquí, a esta hora deberíamos estar comiendo una fruta según los nutricionistas para almorzar en un rato.
—Yo no tengo sueño pero estoy súper cansada, porqué no pedimos servicio a la habitación y luego salimos a ver qué hay de interesante en esta ciudad. —Caroline se encogió de hombros.
Stefan se frotó las manos y la miró de manera maliciosa —Mmm, servicio a la habitación… mi sueño hecho realidad —Y acompañó la carcajada de su querida amiga.
…
Al día siguiente se levantaron más tarde de lo que esperaban, pero aun así era buena hora para salir y realizar alguna actividad para aprovechar el domingo. No habían salido la noche anterior, se quedaron viendo películas, por lo que ahora se encontraban descansados para cualquier plan.
Estaban en Londres porque Stefan había optado por una Beca para estudiar Negocios y Administración de Empresas. Ya había realizado el examen online dos meses antes y al aprobarlo tenía la entrevista programada para ese mismo lunes.
Al bajar a la recepción del hotel preguntaron por el alquiler de bicicletas para paseos, alquilaron dos y se dirigieron al Hyde Park que estaba ubicado a unas cuantas cuadras del hotel.
—Internet no vale nada —comentó Caroline mientras pedaleaban por el parque y observaba a su alrededor.
La gran entrada del Hyde Park era magnífica, la entabladura estaba soportada por cuatro columnas, las puertas eran de hierro, bronce, y fijadas de los rieles por anillos de metal. El diseño consistía en un hermoso arreglo de ornamentos en madreselva griega y los detalles de las hojas eran asombrosos.
— ¡Internet vale mierda! —convino Stefan.
Pasaron por un gran jardín de rosas que se mezclaba con las demás plantas del lugar. El aroma de las flores era increíblemente fuerte por la época del año. Caroline aspiró profundamente y rememoró el sueño que había tenido la noche antes de llegar a Londres. Estaba segura que de haber podido oler algo en el sueño la experiencia habría sido muy parecida a esta.
Después de un tiempo de estar recorriendo el parque llegaron a la esquina noreste, al Speakers Corner, un curioso lugar en el que los domingos por la mañana se reunían personajes oradores y excéntricos para hacer discursos sobre diferentes temas, tanto religiosos como políticos.
—Es imposible negar el poder de la unión de las masas cuando estas buscan un fin en común. ¿Pero quién asegura que dicho fin no será luego la prisión a sus propias libertades?…
—Este sería el lugar perfecto para que hables de tu "estupidez de la inteligencia" —comentó Stefan mientras reía divertido al escuchar como algunos aplaudían las ideas del hombre que daba el discurso, mientras que otros lo abucheaban.
— ¿Para qué? —la joven se encogió de hombros —si igual muchos de estos estúpidos poseen la suficiente inteligencia como para no entender nada.
— ¡Estás completamente loca! —gritó el rubio al tiempo que reía con su amiga.
A la hora del almuerzo comieron lo primero que se les cruzó por el frente, ya que por querer aprovechar la mañana solo habían tomado unos cuantos tragos de jugo de naranja. Por la tarde bordearon el Lago Serpentine y decidieron que en el transcurso de la semana regresarían para subir a uno de esos botes.
…
—Por Dios te puedes apresurar, ¡se nos hace tarde!
—Quién fue el que dijo: Duerme unos minutos más mientras me baño —gritó Caroline desde el baño tratando de imitar la voz de Stefan.
— ¡Dije minutos no horas! —Y escuchó como la chica bufaba.
Estaban bien de tiempo para llegar a la entrevista de Stefan que se había programado para las diez de la mañana, pero no era eso lo que lo tenía nervioso, era la misma entrevista en sí que lo hacía querer darse contra las paredes. Su puntaje había sido muy bueno en las pruebas que había realizado anteriormente, pero aun así temía no tener las facultades necesarias para impresionar a los entrevistadores.
—Ya estoy lista, vámonos.
Caroline llevaba unos jeans negros, con unas zapatillas también negras, y una blusa de franela sin mangas blanca con gris. Stefan iba más formal con un pantalón gris y una camisa azul pálido.
—Tienes la corbata y el saco en tu bolso, ¿cierto?
—Sí mi amor, tranquilízate, todo saldrá bien —Las prendas, el joven había insistido en llevarlas por si acaso creía conveniente usarlas basándose en los demás aspirantes.
Llamaron a un taxi desde la recepción y a los cuarenta y cinco minutos ya se encontraban ingresando a la Universidad Gillemot. Poseía un aspecto antiguo, pero aun así contaba con sistemas de vigilancia y seguridad automatizados.
Constaba de un edificio central de 4 pisos y dos grandes torres a los costados de 6 pisos cada uno, además de amplias zonas verdes con palmeras de tres y cuatro metros de altura que permitían a los estudiantes descansar junto a éstas mientras estudiaban o charlaban. La entrada principal la conformaba un gran arco de ladrillo naranja con rejas negras. En lo alto del arco se podía visualizar en metal dorado las palabras Elizabeth Gillemot University y a un lado un escudo que mostraba a una gran ave con las alas extendidas que sostenía un pergamino en una de sus patas y una rama de olivo en la otra, el marco del escudo lo formaba un círculo de líneas intrincadas. Al llegar mostraron la citación al vigilante y recibieron las fichas de visitante. Se dirigieron al ala este en donde sería realizada la entrevista. Al llegar, un gran grupo de jóvenes, hombres vestidos similarmente a Stefan y mujeres con trajes de sastre se paseaban de un lado a otro con la clara expresión de nerviosismo en el rostro.
—Hola, disculpa, ¿aquí se están haciendo las entrevistas para las becas de negocios? —preguntó Caroline a un chico bastante alto, de piel pálida y cabellos marrones, que se encontraba recostado en la pared.
—Sí, ¿te vas a presentar? —preguntó el joven con una sonrisa.
—Stefan, mi amigo lo hará, yo solo lo estoy acompañando, Caroline Forbes —dijo extendiéndole la mano.
—Ya quisiera yo que una chica tan linda me acompañara, Jeremy Sommers, un gusto.
Se saludaron entre ellos, y después de comparar las citaciones a la entrevista, comenzaron a conversar sobre cada uno. Le contaron a Jeremy que eran amigos desde hacía algunos años y que sus padres estaban saliendo, que él era mayor que ella pero no había estudiado porque estaba haciendo cursos cortos para prepararse para poder optar a la beca, además de trabajar para reunir para el viaje y la estadía.
—Mi padre trabaja en la zona de recursos humanos de una multinacional que realiza inversiones en diversos campos —comentó Jeremy —es un negocio familiar, precisamente ellos son los dueños de esta universidad y como soy hijo de uno de los empleados me ofrecieron una beca de estudios. Me libré del examen pero la entrevista es necesaria.
—Oh, no sabía que esto pertenecía a una sola familia, ¿quiénes son? —preguntó Caroline.
—Son los Mikaelson, entre primos se encargan de los diferentes negocios según la actividad. Mi padre dice que son buenas personas, yo pienso entrar a trabajar ahí ahora que empiece mis estudios.
—Precisamente eso quería preguntarte, ¿será posible que yo pueda entrar también?, quiero adquirir mejor experiencia y ganar algo de dinero extra. —Caroline sonrió al escucharlo, la conversación lo había relajado bastante.
—Claro, es posible, te daré los datos para que entregues tu hoja de vida, y hablaré de ti con mi padre. —contestó Jeremy sonriendo amigablemente.
Stefan le agradeció y en ese momento una mujer de unos cuarenta años, vestida de sastre color gris llamó a Jeremy a Stefan y a otro chico a pasar.
Treinta minutos después salieron de la universidad los tres para dirigirse a un restaurante cercano y así almorzar juntos.
Las entrevistas habían sido primeramente con todos juntos, pero luego atendieron a cada uno por separado para evaluarlos de manera individual. Los resultados los darían en una reunión el viernes de esa misma semana, así que tendrían tres días y medio libres de tensiones.
Pasaron la semana con Jeremy como guía. Fueron de nuevo a Hyde Park, alquilaron una barca de remos en el lago Serpentine, tumbonas para secarse después de una guerra de agua que casi los saca de la barca. Escucharon al mediodía como el Big Ben resonaba. Pasearon por el Bond Street y vieron las estatuas de Churchill y Roosevelt. Se tomaron fotos en el Arco del Triunfo de Wellington.
Contemplaron el cambio de guardia en Windsor. Y a pesar que Caroline quería tocar el timbre del palacio de Buckingham y preguntar si la reina estaba, Stefan y Jeremy lograron persuadirla, no sin usar la fuerza, de que no hiciera un espectáculo mayor al que ya estaban presentando.
Caroline casi no pensaba en el motivo por el que había insistido en acompañar a Stefan en ese viaje. Sabía que algo iba a suceder, pero no sabía qué era y eso muchas veces la hacía sentir una gran incertidumbre y sobre todo miedo, pero no podía ignorar las señales que por tanto tiempo la habían estado atormentando. Pero ahora se encontraba disfrutando de esa hermosa ciudad con dos amigos y no iba a empañar esa felicidad y tranquilidad que sentía.
El viernes llegó y con él, los nervios de Stefan y la renovada paciencia de Caroline.
Al llegar a la universidad realizaron el mismo recorrido y se encontraron con Jeremy en la entrada del salón al que los habían citado. A los pocos minutos hicieron entrar a todos los aspirantes.
—Buenos días damas y caballeros. La Ciudad de Londres es uno de los centros financieros más importantes del mundo… —fue lo que Caroline logró escuchar antes que las puertas del pequeño auditorio se cerraran.
Una hora después las puertas volvieron a abrir y Caroline notó que la mayoría de los hombres y mujeres salían sonrientes, mientras que unos pocos mostraban clara decepción y tristeza. Estaba muy nerviosa, sabía cuán importante era obtener esa beca para su amigo y también para Jeremy. Se desesperó aún más cuando notó que estrujaba el dobladillo de la blusa color azul rey que llevaba puesta, tenía mangas cortas, unos jeans desgastados y las zapatillas azules, se había dejado el cabello suelto y ondulado. Stefan salió en el momento en que estaba a punto de entrar a buscarlo.
—Amor ¡Pasé, pasamos Jeremy y yo! —La chica corrió y se lanzó a sus brazos, él la hizo girar mientras los dos reían, al detenerse la mantuvo aún cargada y ella por encima del hombro de él vio como desde el final del corto pasillo un hombre la miraba con intensidad. Era bastante alto, vestido de manera formal, el traje era de color gris plomo al igual que la corbata y la camisa blanca, tenía el cabello alborotado, y aunque no le pudo ver bien la cara por la sombra que generaba la pared lateral pudo concluir que era un hombre guapo.
La expresión en el rostro del hombre, era una mezcla de ira y reclamo, parecía que fuera a saltar sobre ella en cualquier momento. Sintió como si su corazón se detuviera. Todo a su alrededor desapareció, solo existían ese hombre y ella. Ya no había gente ni paredes, ni suelo ni techo, no sentía ruido alrededor, no habían sensaciones físicas, solo las emociones que fluían.
Furia
Miedo
Posesión
Incertidumbre
Quiso gritar pero su cuerpo no le respondía, y eso era lo que más la aterraba, porque sabía que ese hombre que estaba ahí, le había arrebatado todo en ese instante, la había reclamado como suya y temía que fuera cuestión de tiempo para que ese hecho se reafirmara.
— ¡Caroline pasamos! —Exclamó Jeremy llegando donde ellos y sin esperar respuesta añadió —Hey Stefan ahí está el presidente de la compañía MikaelsonWorld donde trabaja mi padre.
Stefan soltó a Caroline y se giró para ver en dirección a donde su nuevo amigo le había señalado. Caroline parpadeó varias veces para salir del aturdimiento en que la había dejado ese misterioso hombre, ahora parecía como si todo hubiese sido un sueño y aunque solo fueron segundos a ella le pareció una eternidad.
Los dos estiraron el cuello para tratar de ver sobre las personas que salían del auditorio, mientras el rubio preguntaba cuál era.
—Estaba ahí hace un momento, al parecer ya se fue —dijo Jeremy encogiéndose de hombros.
— ¿Cómo era, Jeremy? —Preguntó Caroline mientras seguía mirando en esa dirección, el hombre que la había perturbado también había desaparecido en la multitud.
—Estaba de traje, gris si no estoy mal, y tenía el cabello despeinado como siempre. Su nombre es Klaus Mikaelson.
Un escalofrío recorrió la columna de la chica al escuchar el nombre, del que estaba segura, era el mismo que la observaba.
¡Ya viene lo emocionante!
Besos.
