Vamos a jugar a un juego en ésta historia. A lo largo de los capítulos los personajes dirán o pensarán algo que hará referencia a príncipes, princesas, Reyes y Reinas de la historia, literatura o ficción. Cuando eso ocurra yo se los diré al inicio, y a las que en un review me digan cual es, les contestaré con un spoiler de próximo capitulo. ¿Qué les parece?. En ésta capítulo ya hay uno.

Crepúsculo y todos sus personajes no me pertenecen, yo solo me adjudico las tramas de mis historias.

Ésta soy yo.

-Arg, ¿Que el sol no se podía tomar el día libre por una vez? - gruñó la princesa Isabella cuando escuchó que alguien habría la cortina de su habitación, y la brillante luz del sol la despertó.

-Lo siento mucho, alteza – se disculpó Maggie, el ama de llaves del castillo, con algo de temor. Todos sabían el mal carácter que tenia la princesa cuando la despertaban, y lo déspota que era con quién se atrevía a hacerlo – Pero ya es la una y su familia la está esperando para comer.

Isabella se dio la media vuelta en su enorme cama y se tapó el rostro con uno de sus almohadones.

-Diles a mi familia que se vayan a freír espárragos – soltó – No tengo hambre, y seguro que ninguno de ellos echará mucho de menos mi presencia por una tarde.

-Pero el Rey me solicitó que la buscara personalmente, me mandó a decirle que le hacia mucha ilusión comer en su compañía – Se retorció las manos con nerviosismo, esperando que ahora la princesa no empezara a gritarle.

Isabella suspiró con resignación, no le quedaría más remedio que tener que levantarse. Su tío, el Rey, era el único miembro de su familia que de verdad la amaba, y ella no soportaría nunca la idea de provocarle una decepción.

-Está bien, está bien. Avísale a mi tío que enseguida bajo – dijo, mientras se sentaba en la cama – Ahora largo, ya hiciste tu trabajo viniéndome a despertar. No tienes más nada que hacer aquí – soltó con dureza.

Maggie salió de la habitación como si el diablo le pisara los talones.

Se levantó de la cama y fue al baño a lavarse. Cuando vio su reflejo en el espejo, suprimió un gemido de desesperación. Estaba hecha un adefesio. Al acostarse a dormir la noche anterior, a casi las seis de la mañana, solo se preocupó en quitarse el vestido de gala que llevaba puesto, todo lo demás no le importó. Así que ahora el recogido con el que habían adornado su cabello se había vuelto un nido de palomas. Su elaborado maquillaje se había derretido y esfumado, y en esos momentos parecía más un zombi que una princesa.

-Hmm, una princesa zombi – murmuró, sospesando la idea mientras se lavaba el rostro – Me gusta. Es una idea que podría sugerirle a Tim Burton.

Se aplicó muy poco maquillaje, haciendo hinca pié más que nada en las horribles ojeras debajo de sus ojos. Sabia que su piel era perfecta, sin ninguna mancha, peca, lunar o cicatriz de acné, y la mayoría de las veces era muy poco lo que se cubría.

Se quitó una a una las pinzas que le sujetaban el cabello en un recogido, éste le cayó en cascadas sobre los hombros y espalda. Al comprobar que las ondas que le habían hecho la noche anterior seguían aún allí, decidió dejarlo así y no trabajarlo más. Después de todo la moda era llevarlo aparentemente despeinado.

Cuando estuvo satisfecha con el resultado, fue al armario a vestirse. Si bien toda su ropa era de marca y de la última moda de los más prestigiosos diseñadores del mundo, ese día optó por unos vaqueros y un jersey ligero, quería sentirse cómoda.

Salió del armario y de la habitación, bajó las elegantes escaleras de mármol hasta llegar al comedor principal, que se encontraba en la primera planta del castillo. Su hogar, si es que se le podía llamar así, era uno de los castillos más hermosos y visitados del mundo. Turistas de todas partes viajaban para admirar la exquisita arquitectura, los detalles de los relieves, todas las piezas de arte, y tomarse fotos en las zonas abiertas al público. Si de niña le hubiesen dejado traer amigos al castillo, habría sido una aventura jugar al escondite.

-Buenos días – anunció cuando llegó al comedor.

Su tío, su madre y su abuela ya estaban sentados, esperando a ser servidos.

-Bonitas horas a las que decides dignarnos con el regalo de tu compañía, Isabella – contestó con sequedad su madre Renée. Archiduquesa de Crowe.

Su abuela ni siquiera se molestó en hablarle, solo le lanzó la típica mirada dura, llena de algo que asemejaba al desprecio, a la que la ha tenido acostumbrada toda su vida, pero no es que le afectara ya mucho. La verdad es que su escasa relación con su abuela le dolería más sino fuera porque la Reina madre trata de esa manera a todos a su alrededor. El único hacia el que parece sentir un mínimo de afecto es su hijo mayor, e incluso con él se pasa horas discutiendo.

Isabella ignoró temporalmente a su madre y se acercó a saludar a su tío. Parándose detrás de él, lo abrazó por el cuello y se agachó para darle un beso en la mejilla. Su tío sonrió y apretó su mano.

-Buenos días, mi Bella – Él era el único que la llamaba de esa manera, y al que ella se lo permitía. No porque su tío fuera el Rey, sino porque su cariño era el único del que estaba segura.

Mientras iba a sentarse en su puesto, se giró a contestar el comentario de su madre.

-Si tanto les molesta esperar, podían perfectamente haber empezado sin mi, madre. Yo no se los hubiese recriminado – Ocupó su lugar y enseguida los camareros empezaron a servir los anti-pastos.

-Oh créeme yo lo hubiese hecho – le dijo su madre con aire jovial – Pero tu tío insistió - Isabella entendió que eso era un eufemismo, que la verdadera palabra que deseaba usar era "ordenó" - que teníamos que esperar por ti.

-La comida del domingo es la única ocasión en la que podemos compartir todos juntos en familia, nadie falta o empieza por su cuenta sin una buena razón – replicó su tío, con la voz autoritaria que se espera de un soberano, poniendo punto y final a la discusión.

Bueno alguien faltaba, pensó Isabella observando el asiento de su padre vacío.

-¿Dónde está padre? - preguntó después de tragar un bocado de salmón.

-Tuvo que ir a supervisar que todo estuviera listo para el próximo viaje de soldados a Oriente medio – explicó su tío – Hubo un conflicto la semana pasada, que provocó la explosión de una base naval, resultando en muchas muertes de civiles y soldados; y prometimos a nuestros países aliados que nuestras tropas irían a echar una mano. No estoy de acuerdo con la guerra, pero se trata de ir a ayudar a personas que están en dificultad.

Isabella asintió, que su padre se encargara de eso no tenia por qué sorprenderle. Su padre, el príncipe Peter, hermano menor del Rey y Archiduque de Crowe era el comandante general del ejercito y la marina de Merripen, y eran éstas la clase de cosas que estaban bajo su mando.

-Por Dios Isabella, vives en las nubes – le reprochó su madre - ¿Cómo es que no te acuerdas nunca de éstas cosas?. Tu padre lo anunció ayer durante la fiesta.

-Si, seguramente se me pasó – concedió Isabella para evitar otra discusión, encogiéndose de hombros como si no le diese importancia.

No era que se le hubiese olvidado que su padre viajaría ese día a Briesche, donde se encontraba la base naval de Merripen. Simplemente él ni se había molestado en decírselo. De su familia, su padre era el que menos estaba allí para ella.

Por lo menos su madre solía darle una palmadita en la cabeza de pequeña, cuando una de las niñeras la llevaba a darle las buenas noches, su abuela la presionaba para que ella fuera la princesa que la corona exigía; pero su padre no estaba para ella ni en el bien, ni en el mal. En sus 21 años, de él nunca había recibido un abrazo, un beso en la mejilla, un "te quiero", o tan siquiera que la llamara hija. Ella intentaba fingir que ya no le importaba su indiferencia, pero era difícil saber que para él era como si ella no existiera.

-Ayer en la fiesta te vi en compañía del joven Grey – le habló por primera vez en el día su abuela, mientras servían el segundo plato.

Ella puso los ojos en blanco disimuladamente y reprimió un gemido de desesperación. Todo por respeto a su tío.

Si, era por éstas cosas que su abuela se interesaba en ella.

-Si, estuvimos charlando – contestó con indiferencia, tanto sabia que su abuela, y en menor medida su madre, no abandonarían el tema.

El día anterior fue el cumpleaños numero 70 de su abuela, y en el castillo se había hecho una gran fiesta. A la cual asistieron las personalidades más influyentes en el mundo de la política y el espectáculo, del país y de Europa. Así que naturalmente también se encontraba en Conte Caio Grey, presidente del senado, y su hijo Alec Grey. El cual su abuela ya había definido "sutilmente" como el marido perfecto para ella, y un Rey excelente para un día recoger el testigo de su tío.

-Es un joven tan encantador – lo alabó su abuela, con una mirada tan soñadora que ridículamente la hacia parecer una adolescente – Lo tiene todo, es guapo, listo, culto y lo mejor de todo es que es el heredero de un condado. ¿Qué más se puede pedir?.

-Si, ¿Qué más? - preguntó con sarcasmo, esperando que no lo detectaran mientras se contestaba mentalmente.

"Quizás un mínimo de materia gris entre las orejas".

Su abuela en realidad tenia razón, era el candidato ideal y cumplía con todos lo requisitos; pero no sabia qué tenia Alec, que a ella no terminaba de caerle bien y ni siquiera se veía casada con él. Le parecía tan insulso. De acuerdo que era guapo, con el cabello castaño claro, ojos grises y piel apiñorada, pero incluso ella estaba dispuesta a reconocer que la belleza no lo era todo. Era inteligente sí, pero sus conversaciones eran más aburridas que un pan sin sal, y ni una sola vez que pillara ninguno de sus chistes y bromas. ¿Y después dicen que el sarcasmo es el refugio de las mentes simples?.

-Ya me estoy imaginando a vuestros hijos … piénsalo, con tu piel y cabello, y sus ojos – siguió su abuela como si nada, obteniendo un asentimiento de su madre que la apoyaba.

Oh qué bien, ahora empezaba a hablar también de hijos. Justo lo que le faltaba.

-Abuela tengo apenas 21 años – dijo entre dientes – En lo que menos pienso en éste momento es en hijos.

Su abuela se llevó la copa de vino a los labios y le contestó antes de beber.

-Un día será tu deber darle un heredero a la corona.

-Todavía falta mucho para eso.

-A tu edad, tu padre y yo ya te teníamos – dijo su madre.

Dos contra una, ya se le estaba empezando a ser difícil ganar. Pero afortunadamente su tío intervino.

-Ya basta. Déjenla en paz. Ya le dará tu añorado heredero a la corona cuando esté lista, madre. Mientras tanto que disfrute su juventud.

Ninguna de las dos se atrevió a replicarle nada. Aunque su abuela sí soltó un bufido molesto y se enfurruñó en su asiento.

No dijeron más y terminaron de comer en silencio. Cuando se acabó el postre, Isabella se levantó y le dio otro beso en la mejilla a su tío.

-Nos vemos más tardes – saludó a todos.

-¿Qué planes tienes? - le preguntó su tío con una sonrisa.

-Ayer en la fiesta escuché que abrieron un nuevo centro SPA de lujo en la periferia, y quiero ir a echar un vistazo.

-Qué forma tan frívola de pasar el día – despreció su abuela.

-Hoy es domingo, no estoy obligada a ninguna fiesta, acto social u obra benéfica. Creo que me merezco descansar un poco del castillo.

-¿Descansar?. Si tu vida no es más que fiestas y escándalos – continuó la Reina madre - ¿Que acaso quieres que se vuelvan a repetir tus fotos en topless en la playa del verano pasado?.

Por Dios, ¿Otra vez?. Eso había ocurrido hace más de un año atrás, ¿Su abuela no tenia intenciones de olvidarlo nunca?.

El Rey se levantó de su lugar a la cabeza de la mesa, y se acercó a la salida del comedor.

-Tengo una reunión con el ministro de economía dentro de poco – les dijo a las tres – Así que voy a estar ocupado. Que te diviertas en el SPA, Bella – acarició suavemente el brazo izquierdo de su sobrina y sin más salió del comedor.

Isabella se giró a mirar a su madre y abuela con una mirada de superioridad que decía "Atrévanse a decirme algo ahora", sabiendo que las dos estaban molestas pero no le dirían nada. Se dio la media vuelta, y se fue a su habitación a buscar una chaqueta, el tiempo ya empezaba a refrescar.

Fue a buscar al personal de seguridad, sabia que no podía salir sin un guardaespaldas.

-Charlie – Se paró enfrente del jefe de seguridad Charles Swan, al que ella le gustaba más llamarlo Charlie, un ex marine licenciado con honores. Ella sabia que trabajaba para la familia desde hace casi 25 años y su tío lo tenia en muy alta estima.

-Muy buenas tardes, Princesa – le dijo con la sonrisa que siempre le dedicaba a ella cada vez que la veía.

-¿Emmett trabaja hoy? - preguntó ella por su guardaespaldas preferido.

-Si, enseguida se lo llamo. Emmett McCarty, la princesa Isabella te solicita – dijo en el auricular que llevaba en el oído.

Minutos después Emmett salió del área común para los de seguridad, cuando la vio mostró una gran sonrisa, que le dibujó unos adorable hoyuelos en las mejillas. No era impresionante que Emmett fuera guardaespaldas. Era la persona más alta que conocía, y tenia músculos que parecían de acero. Pero era también bastante guapo : cabello negro y rizado, y unos ojos azules tan claro como el del cielo en un día de sol.

-Alteza, es siempre un placer verla - se inclinó en señal de respeto.

-Voy a salir Emmett, así que prepárate – anunció Isabella, aunque sonó más a una orden.

Al fin y al cabo, ¿Qué obligación tenia ella de ser amable con un empleado cuando no le apetecía?. Pero Emmett ni se inmutó, ya estaba acostumbrado.

-Por supuesto, Princesa – contestó con un asentimiento y una sonrisa - ¿Con qué coche desea salir?.

-Con el Mercedes.

Emmett volvió a asentir.

-Lo iré a buscar y la estaré esperando, aparcado, en la entrada – se colocó la chaqueta de su uniforme, controló que su arma estuviera cargada y salió a buscar el coche en el garaje del castillo.

-¿Cuánto tiempo estará fuera, Princesa? - preguntó Charles. Hacia parte de su trabajo saber en dónde se encontraba la familia Real en todo momento.

-Unas cuatro horas más o menos. Quiero que me den un masaje completo en un nuevo SPA, y quizás después vaya a dar un paseo.

Charles le regaló una sonrisa y a Isabella no se le pasó cómo sus ojos brillaban a verla.

-Muy bien, pues que se divierta, Alteza – le dijo con una inclinación.

Isabella lo dejó allí, y se fue a la salida del castillo, donde Emmett ya la estaba esperando. Durante el camino intercambiaron un par de comentarios, y él le contó nuevos chistes que la hicieron reír. Era por esto que Emmett era su preferido. No solo sabia hacer su trabajo, así que con él se sentía segura, sino que también le caía muy bien. Era una lastima que no pudieran ser amigos, pero había un abismo social que los separaba.

Cuando llegó al SPA, que se encontraba en la periferia ceca del puerto, los empleados y clientes la vieron con ojos como platos y la mandíbula caída. No había pedido cita para el masaje, pero no tenia importancia. Cualquiera que le tocaría su turno se lo cedería sin problemas. Y al final ni quiera le cobrarían, como siempre, no era nada fuera de lo común.

Ella era Isabella Cullen, sobrina del actual Rey de Merripen Carlisle Cullen, única hija del príncipe Peter y de la Archiduquesa de Crowe Renée de Cullen. Nieta de Jane de Cullen la Reina madre y Aro Cullen, el difunto Rey. Y heredera al trono. Una situación muy similar a la de otra gran Reina, famosa en la historia.

Al salir del SPA, miró el ambiente a su alrededor. El puerto era de verdad un gran lugar, lleno de tiendas, restaurantes, gente, movimiento y vida. Empezó a mirar las vitrinas con Emmett que la seguía a cinco pasos, ignorando a todos que la miraban mientras caminaba.

Cuando un negocio en particular llamó su atención y cruzó la calle para ir a verlo. Era una librería, aunque no parecía del tipo convencional, ya desde la vitrina veía un ambiente acogedor y encantador, con las paredes llenas de libros, butacas para sentarse a leer, e incluso vendían cafés y dulces. Era un lugar increíble llamado "Mi imaginación y yo". Ella no se pudo resistir a entrar.

-Espérame aquí afuera – le dijo a Emmett atravesando la puerta.

Muy poca gente sabia que su afición secreta era la lectura, era una pasión que le había trasmitido su tío Carlisle, y uno de los motivos por los que le gustaba tanto era porque le hacía volver la memoria a esas noches en las que él le daba tiempo de ir a leerle un cuento antes de dormir. Eran los recuerdos más felices de su infancia, y ¿quién sabe?, a lo mejor entrar en esa librería sería interesante.

Continuará …

¿Ustedes qué piensan de la princesa Isabella?. En el próximo capítulo conoceremos a Edward. Espero solo que les guste y se queden conmigo. ¿Un review?.

Besos, Ros.