Notas— Allo Agradezco de forma infinita los comentarios, el mensaje, favoritos y alertas que el fic recibió. Me hacen muy feliz y me han animado a seguir escribiendo un poco más (tengo varios capítulos ya montados) La actualizaciones tendrán lugar entre dos a tres semanas. Ta vez antes. En fin. Muchos besos y abrazos a mi bella beta ZoudiaxZoe (aplausos). No hay nada que agregar así que:
Buena lectura~
Aclaraciones— Nombres: Scott (Escocia), Dylan (Gales) Ryan (Irlanda del norte)
The black opera
Acto I - Espadas
II.- XIX: Walk with me
Esperaba que su inusual habilidad para ser ignorado por sus hermanos surtiera efecto en ese día y no notaran su ausencia. Entró a su casa con pasos sigilosos como los de un pequeño conejo que intenta huir de un depredador, cerró la puerta principal con suma delicadeza y tuvo cuidado de esquivar algunas trampas que su hermano mayor había puesto. Cuando sólo le quedaba pasar el umbral de la sala hacia las escaleras podría cantar victoria. Agradeció el incesante tic tac de los varios relojes en la casa y como quien no quiere la cosa dio el primer pasó a la sala y la luz de las lámparas de aceite de ésta se encendieron de inmediato dejando ver las tres siluetas de sus hermanos mayores: Scott, Dylan y Ryan.
Estaba en problemas.
Retrajo sus pasos hasta la oscuridad del pasillo.
—Dejé las piezas en el taller, lamento la demora.
Scott, el más alto y quien fungía como cabecilla de los Kirkland no tenía buena cara; sus ojos verdes brillaban con una temida e inquisitoria necesidad de apalear a alguien. Sus espesas cejas pelirrojas estaban tan fruncidas que ninguna palabra salió de los labios de Arthur. Sí, estaba terriblemente enojado.
—¿Dónde has estado?— Ryan salió a colación cuando la atmósfera dentro de la casa ya no era respirable. Él era el tercero, tenía unos profundos ojos verde claro y el cabello de un tono naranja brillante, casi rubio. Su expresión al contrario de la de sus otros dos hermanos era un poco más serena—. Llamamos al taller y dijeron que saliste a buen tiempo de la ciudad. ¿Qué paso?
—Nada…— dijo quedito—, solo me entretuve por allí.
—¿Por allí, dónde?
—Me perdí.
—¡No mientas! —exclamó Scott poniéndose de pie. Ryan por mero instinto lo tomó del brazo y evitó que llegara a más de la mitad de la habitación. El pelirrojo notó, entre la escasa luz, que las ropas de su hermano estaba sucias así como un olor que no había logrado distinguir: Quemado.
Arthur se sobresaltó ante este movimiento y ocultó la mano herida tras de sí. Había perdido el guante y no tuvo oportunidad de lavarse ni atender su herida. Tampoco de asearse para al menos pasar desapercibido.
—Ven aquí— ordenó.
No respondió, se quedó en su lugar temblando. Tenía miedo, de él y de la reprimenda. ¿Lo iba a golpear como cuando arruinó su primera moto?, Quizá sólo le diría lo pobre e inútil que era para la casa y el negocio y lo dejaría ir recordándole que era gracias a él que siguiera bajo su techo. Dio un paso y luego otro haciéndose notar a la luz de las lámparas de gas.
Ryan abrió la boca, pero nada salió de ella, soltó a Scott y fue hacia él inspeccionándole con cuidado.
—¿Qué te paso?, ¿estás herido?— le palpó el rostro y luego los hombros para hacer un recorrido por sus brazos y notar la herida profunda en su palma que no dejaba de sangrar —¡Por todos los engranajes de la ciudad! ¿Qué demonios te pasó?
—¿En dónde estabas? —Inquirió el mayor—¿Te peleaste?
—Fue un accidente, me perdí… a las afueras de la ciudad.
—No mientas.
—…no, no miento— no tenía el valor para subir la mirada y toparse con la de sus dos hermanos. Dylan, como siempre, se quedaba callado con ese gesto serio y déspota que solía tener—, me perdí en el bosque de Do Menor, no supe por dónde ir.
—¿Qué estabas haciendo allí?
—Algo… algo llamó mi atención, fue muy rápido, no recuerdo bien lo que pasó.
Scott apresuró el paso y lo tomó por el cuello de su chaqueta, Ryan fue empujado a un lado pero no se atrevió a intervenir en esta ocasión.
—Mírame bien, pequeño mocoso ya no tienes ocho años como para andar perdiéndote por allí. Si me entero que andas en malas jugadas te juro que patearé tu rubio trasero hasta que no puedas volver a sentarte nunca ¡¿Entiendes?!
—Sí.
Le soltó y miró al otro rubio.
—Atiende esa mano, que tome y baño y se vaya a la cama, no verá la luz de sol hasta que el infierno se congele— caminó a su lado y le echó una última mirada para salir rumbo a la segunda planta.
Arthur contuvo por un segundo su rabia, apretando sus manos y los dientes hasta sentirlos rechinar. No era la primera vez que lo reprendía, tampoco la primera enfrente de los otros dos. Sin embargo en esta ocasión el sentimiento de frustración era excelso.
—Déjame ver esa mano— extendió sus dos palmas y luego miró al rubio cenizo que mirada desde uno de los sillones— Dylan ¿Quieres traerme el botiquín de la cocina?
—Vamos a la cocina, hay mejor luz allá y se puede lavar.
Dylan era un extraño ente entre Scott y Ryan. Era más callado y cuidadoso con lo que decía a comparación de resto, su cabello era de un inusual color cenizo oscuro que hacia resaltar sus ojos azules. No se metía contigo si tú no te metías con él, pero a pesar de eso Arthur no había corrido con mucha suerte. Los tres caminaron hasta otro apartado de la casa y Ryan encendió el generador de energía y algunos focos de calor se encendieron en el techo. Fue en ese momento que ambos Kirkland vieron las reales condiciones de su hermano.
Decir sucio era una palabra, la mayoría de su ropa estaba quemada, incluso su cabello, tenía algunos raspones en la cara y los pantalones rotos de la rodilla derecha en dónde se podía ver otra herida de menor importancia. Ryan se enfocó en la mano y lo primero que hizo fue limpiarla con un trapo. Mientras tanto Dylan se hacía cargo se preparar algo de comer y hervir agua para servirle un poco de té.
—¿Cómo te hiciste esto?
—Fue un rosal— atinó a responder con el semblante distante. Un punto en contra para su historia. Las rosas eran extrañas en Espadas.
—¿Te agarraste de él?
—Algo así.
Limpió con alcohol y trató de acomodar los pellejos de carne que aún quedaban, echó algunas hierbas para aliviar el ardor y vendó con cuidado hasta cubrir toda la palma y parte de los dedos. Repitió la acción con la rodilla haciendo que se quitara el pantalón y las botas. Luego su cara fue limpiada con sumo cuidado. Ryan tenía una extraña función como madre de los cuatro, era el más emocional de ellos y el que velaba por la salud.
Comió en silencio bajo la mirada de sus hermanos.
—Date un baño, el agua aún debe de estar algo caliente.
—Sí.
—Mañana te paras temprano. Sé que Scott a veces es un poco impulsivo, pero estaba muy preocupado por ti.
—No lo parece —soltó en un bufido. Dio un sorbo a su taza de té.
—No es tan malo.
Lo era.
—No, no lo es.
—Anda, vamos.
Ryan por el contrario era más empático con Arthur. Quizá fue el hecho de que él tuvo que soportar a Scott y Dylan antes que él. O era que parte de su carácter lo hacía así, de sangre ligera.
Se dio un baño rápido y se tiró en su cama. Quedó dormido en ese mismo instante.
II
Cuando escuchó que su hermano cerró la puerta de la habitación había dada por finalizada su tarea del día. Caminó por el pasillo y para ese momento Dylan ya estaba encerrado en su pequeña cueva. Notó que; Scott no estaba en la segunda planta. Ryan meneó un poco la cabeza, soltando un suspiró lleno de frustración. Bajó rápidamente y entró al taller por la puerta trasera en el pasillo que daba al jardín.
Encontró al pelirrojo con su gastada vestimenta de trabajo. Le miró con una sonrisa afectada en sus labios y esperó a que terminara de soldar una de las piezas de la gran caldera que estaba arreglando. Aquella comisión que se había retrasado por falta de piezas. Scott tenía un alto sentido de responsabilidad y fue por él que el negocio había salido adelante. Se acercó a paso lento y cuidadoso hasta que finalmente dejó el soplete a un lado.
—¿Te quedarás hasta tarde?— Le cuestionó, Scott resolló como bestia y le miró con atento enfado—. ¡Vamos! No te pongas así conmigo.
—Debí de ir yo mismo —dijo tomando un trapo sucio que estaba a su lado, limpiando la zona que recién había soldado—. Como dicen: si quieres que algo salga bien, hazlo tú mismo.
—Te estás portando como un niño malcriado. Arthur realmente estaba mal— sonrió como no queriendo la cosa—, lo mejor que nos pudo pasar es que volviera vivo.
Scott estuvo a punto de agregar algo a ese comentario, pero la ceja inquisitoria de su hermano se elevó, retándolo a ser capaz de refutar tal argumento. Ryan podía no ser fuerte pero tenía una lengua más filosa que cualquier cuchillo. Levantó la mano y le pidió que callara, le devolvió una bonita sonrisa.
—Qué termines pronto.
Ryan 398 - Scott 0.
Algo estaba muy mal en llevar la cuenta de cuantas veces tu propio hermano te mandaba a callar, no podía ser considerado un deporte.
III
Se despertó apenas su cerebro hiló los hechos acontecidos con la evidencia en su mano derecha. No la quiso mover de su posición. Abrió los ojos y se dio cuenta de que aún no había amanecido. Buena señal. Comenzaba su apestoso día de rutina y lo que sucedió horas atrás había quedado en el olvido.
Se incorporó dando un bostezo, se estiró tronado el cuello y miró sus ropas tendidas en el piso hechas una maraña. Se acercó a ellas y buscó entre sus bolsillos. Ni en el derecho, ni en el izquierdo, tampoco en el pantalón, nada por aquí, nada por allá.
—La carta…— susurró—¿dónde demonios está?
¿La habría perdido? Hizo memoria de todas las acciones al salir del templo y no había otro lugar más que la chaqueta. Volvió a buscar y agitó la ropa para ver si salía, dio una rápida mirada a su alrededor por si se había caído por allí.
—Creo que la perdí… ¡Bien! ¡Mejor! Al demonio todo— Levantó los brazos y revolvió su cabello con frustración—. Tomaré la soga bajo mi cama y me colgaré del árbol que está en el jardín.
Se dio vuelta y se topó de frente con la criatura que lo miraba atentamente con esos ojos tan pequeños como los de un botón. Flotaba meneando sus alas y movió su pequeña oreja cuando Arthur dio un par de pasos hacia atrás pegando casi con la pared.
—¡No te acerques!
La cosa del templo lo había seguido. Cómo y cuándo. La criatura se acercó un poco más y el rubio se llevó ambas manos a la cara. Quizá si pensaba que no estaba allí realmente no estaría. Contó hasta diez y al abrir sus ojos ella había desaparecido. Eso había sido sencillo; tanto como para ser verdad. Lo buscó y se agachó para echar un vistazo por debajo de su cama. Nada. Se sentó y al mirar su lecho; Y lo encontró sentado en ella. Comedido con aquel par de orejas bien paraditas. Atento a toda acción que hacía. Sin embargo el conejo tenía algo en su boca. El pedazo de carta.
Arthur elevó ambas cejas con sorpresa. Todo era real. Jodidamente real. Acercó su mano para poder tomar la carta y éste acercó un poco su cabeza para poder darle el pedazo. Lo tomó y lentamente se alejó de la cama para tener mejor visión del pedazo de papel.
—Es real… todo es real…
—¿Arthur? —llamó Ryan desde afuera, tocó un par de veces y pidió permiso de pasar.
—Adelante— respondió dejando la mitad de carta bajo un libro en su mesa de trabajo luego miró a la criatura con terror. Si lo veía haría muchas preguntas. Demasiadas. Corrió antes de que su hermano entrara y cubrió al conejo con las sábanas de su cama.
—Veo que me has hecho caso. Preparé el desayuno. Scott no está; así que al menos los tres podremos comer tranquilamente.
—¿Fue a entregar el pedido?
Ryan asintió.
—¿Acabó?
—Perfectamente— movió la mano, restándole importancia—, acabó cerca de las tres de la mañana, y pudo probarlo. Sabes que trabaja mejor bajo presión. Ahora cámbiate y baja, le echaré un vistazo a esa mano.
Arthur asintió de manera mecánica, con la vista fija en él.
—¿Pasa algo?
—No, no es nada. En sólo que… aún estoy un poco cansado.
—Hoy te quedarás con Dylan, está batallando un poco con una moto y creo que podrías echarle una mano.
Volvió a asentir. No quería darse la vuelta ni desviar la atención hacia el intruso bajo sus sábanas. Asintió un par de veces más hasta que el de cabellos rojizos claros salió de la habitación.
Dejó salir un suspiro, había jurado que su alma pendía de un hilo. Miró el bulto formando en su cama y con mano temblorosa retiro las sábanas, sólo para descubrir que no había nada. A esa cosa tendría que ponerle un cascabel en el cuello para saber su localización. Se vistió con calma y no lo volvió a ver.
Bajó lentamente escuchando como Dylan y Ryan discutían sobre el próximo festival de otoño que se celebraría en varios meses y de la carta que el alcalde de la ciudad había mandado.
—Ese tipo está loco si cree que vamos a patrocinar un estúpido carro alegórico— escupió Dylan al momento de servir un par de panquees en un plato con fruta recién cortada.
—Cada año es lo mismo y cada año lo hacemos para quedar bien— Ryan asintió tomando el plato y dejando uno nuevo en su lugar. Vio a su hermano pequeño entrar y le sonrió indicándole que se sentara. Le puso el plato enfrente—. Cómelo todo. Estas muy delgado — y remató revolviéndole los cabellos con ambas manos.
Pretendiendo que nada había pasado la noche anterior. Siendo igual de despreciable que siempre.
—¿Dormiste bien? — Cuestionó Dylan sin mirarle, atento a su labor de cocinero.
—Algo —respondió con sinceridad. Trató de usar la mano izquierda, pero sus habilidades con el tenedor no eran las más admirables. Ryan tuvo que partirle todo el desayuno para que pudiera comer.
—¿Duele mucho?
—Un poco.
Al terminar de desayunar, Dylan fue directo al taller mientras Ryan revisaba la herida en la palma de Arthur. Removió las vendas y las echó a la basura para posteriormente quitar la capa de hierbas. Tenía buena pinta, la herida había cerrado y ahora estaba de un color rosado con pequeñas manchas de sangre seca que retiró con un paño limpio. Tenía una forma curiosa de como la carne se estaba deformando.
—Parece una Pica ¿No crees? —dijo con naturalidad, como si fuera usual que las heridas formaran figuras como animalillos o letras.
—No seas tonto— resopló—, es sólo una herida, cuando cicatrice será una cosa amorfa en mi mano.
Ryan no le dio más importancia al asunto y se limitó a curar nuevamente la palma dejando una venda un poco más delgada.
—Yo limpio la cocina, ve; pronto será hora de abrir.
Ocho en punto y el taller ya estaba abierto. Arthur movió algunas de las piezas que Scott había usado y limpió todo lo que pudo dejando aseado el espacio para maquinaria pesada que abarcaba más de la mitad del Taller. Estaban ubicados en la avenida principal que, a esas horas rezaba varios cánticos de la gente que comerciaba. Frente de ellos habían varios negocios de comida y refacciones. Arthur se asomó y saludó a la chiquilla que vendía pan, cruzó un par de palabras con ella y terminó con una hojaldra en sus manos, detalles como esos hacían que su vida tuviera algo de sentido.
Había mucho ruido.
Los autos pasaban rápidamente, la gente caminaba sosteniendo en sus manos pequeñas cajas de alimento, algunos se dirigían a las fábricas que se encontraban en la parte más alejada de la ciudad. Entre el vapor y el rechinido de todos los engranajes el rubio sintió que no podría soportar otro día en esa maldita ciudad industrializada.
Atendió a dos clientes y de inmediato los pasó al cubículo de Ryan, entre una sencilla patineta de vapor que parecía no querer andar y otra moto con un golpe debido a un choque la mañana se pasó rápidamente y sin Scott a la vista.
Fue aproximadamente a las tres de la tarde que un carro compacto de color rojo con franjas blancas se estacionó fuera del taller; justo en la zona que recitaba "No estacionarse", Arthur apenas lo vio se levantó del pequeño banco de manera junto al cubículo de Dylan y con la peor de sus caras salió a encarar al imbécil que aparcó en dónde no debía.
Dio los primeros pasos en la calle cuando el imbécil salió del vehículo. Dar la vuelta y correr; esa era la mejor opción. Sin embargo era demasiado tarde para cuando el tipejo del templo lo reconoció:
—¡Oh, si eres tú!— exclamó ampliando su sonrisa—. De verdad creí que no te iba a volver a ver.
—¡¿Qué haces aquí?!— gritó Arthur señalándole. Su rostro estaba rojo debido a la ira.
—Mi vehículo tiene algunos problemas y haré un viaje largo, así que pregunte por el mejor taller de la zona y me dijeron que es éste —señaló el letrero arriba de ellos—, no fui difícil dar con él. Así que ¿trabajas aquí?
—¡Eso no te importa!— Arthur apretó los puños—, ahora lárgate, hay muchos talleres por aquí, seguro alguno de ellos le gustaría atender a un imbécil como tú.
—Creo que alguien no durmió bien —sonrió.
—¿Arthur, todo bien?—Ryan apareció tras de él como un fantasma se materializa. El aludido dio un pequeño brinco llevando sus manos hasta su pecho.
—¿Arthur?—así que ese era su nombre. Alfred no podía sentirse más agradecido con aquel hombre que lo había soltado.
—Sí, todo bien, el éste ya se iba— dijo tratando de ocultar su enojo—¿verdad?
—En realidad venía por una revisión—refutó Alfred—, saldré de la ciudad pronto y el viaje será largo con pocas paradas.
Ryan asintió varias veces.
—Verás, ahorita hay mucho trabajo— explicó—, pero Scott pronto llegará, él es el mecánico principal ¿gustas esperarle?
Arthur tenía en manos un gran problema: Alfred y de que abriera su gran bocota frente a Scott; incluso frente a los otros dos. Sopesó con resignación las opciones y antes de que su hermano agregara otra cosa levantó la mano y Ryan paró de hablar.
—Yo lo atiendo—dijo entre dientes—, tú vuelve con el asunto de la caldera de locomotora.
—¿Seguro?
—Sí, es sólo una revisión general y cuando Scott llegué no tendrá trabajo y descansara—trató de sonar convincente con su mejor cara de naturalidad; aquella con las cejas fruncidas y sus labios apretados.
—Bien, te lo dejo— le dio una amistosa palmada en la espalda—, cuida tu mano. ¡Buen día!— se despidió de Alfred y el hizo de nuevo ese ademán con su sombrero.
—¿Ves la cuarta puerta?—pregunto el menor de los Kirkland señalando una puertecilla al final de del local, del lado izquierdo—. Lleva tu cacharro allí.
Dio media vuelta y esperó a que el otro rubio le hiciera caso. Tomó las llaves de su propio cubículo le dijo a Dylan que atendería a un retrasado en su pequeño –pero muy pequeño taller. Debía de ser algo muy fácil como para que Arthur tomará una comisión. Entró por la parte de atrás, encendió las luces y abrió las puertas para que Alfred introdujera su vehículo.
—Así que te llamas Arthur —espetó el de ojos azules con una verdadera sonrisa de satisfacción. Arthur lo ignoró y comenzó a sacar una serie de instrumentos de los estantes. Entre llaves y desarmadores, dos lámparas de aceite iguales al que usó en el templo. Se colocó un delantal limpio y unas grandes gafas de mica polarizada que evitaba ver sus ojos verdes.
Resultaba que su cacharro no era nada malo, en lo absoluto. Era un carro de cuatro puertas, compacto pero adaptado como una casa móvil, tenía los dos asientos principales pero en sillón trasero era más como una pequeña habitación. Entró y le echó una rápida mirada –curioseando– y luego abrió la cajuela topándose con la sorpresa de una especie de cocina, almacén, armario, cosa que no supo cómo describir. Ese tal Alfred realmente debía de viajar mucho.
Abrió el toldo para inspeccionar el motor; funcionaba –como la mayoría de los vehículos– con un complejo sistema de engranajes y de cuerdas; como un reloj.
—¿A cuánto anda?
—A ochenta por hora —respondió Alfred—, 130 cuando uso el sistema de vapor. Aunque sólo dura algunas horas hasta que se agota el carbón o el motor se sobrecalienta.
—¿Lo usas muy seguido?
—No realmente —se acercó hasta él a mirar el motor con compartida admiración.
—Hay algunas piezas que requieren ser cambiadas, como los pequeños engranajes y quizá un poco de aceite a las cuerdas ¿Hace cuánto que no lo haces?
Alfred alzó los hombros.
—No lo sé, quizá un par de años.
—¿Viajas mucho?
—Bastante.
—Entonces tienes suerte de que alguna cuerda no se haya reventado. Las voy a remplazar—, no lo miraba, sus ojos están fijos en el motor. Se agachó un poco para ver el grosor de la cuerda—, caucho de una pulgada y tres octavos, la tenemos en el taller.
—Bien, haz lo que tengas que hacer.
—Te saldrá caro —advirtió.
—Haz lo que tenga que hacer—repitió.
Arthur procuró no hacer ninguna gesticulación. Salió de la habitación en busca de equipo necesario. Alfred lo miró trabajar con cierta admiración. Cuando lo encontró en el templo no sabía nada él, ni el nombre, ahora parecía encontrarlo en una faceta completamente distinta, tan concentrado que se había olvidado de maldecirlo.
—Oye… respecto a lo de ayer…— soltó Alfred con un gesto amigable.
—¿Qué con eso?
—Te fuiste y no pude hablar contigo.
—Si lo que quieres es la mitad de la carta, te la doy— dijo sin mirarlo—, te la regalo, pero no te aparezcas nunca más en esta ciudad.
—Ayer posiblemente hubiera aceptado— secundó—, pero no es el punto. No me interesa mucho tu mitad. Lo primero que pensé cuando salí del templo es que nos íbamos a volver a encontrar. Y míranos aquí.
—Eso no significa nada. Todo esto es coincidencia.
—Es destino.
Arthur paró por tres segundos. Atento. Se vio tentado a volverse hacia Alfred y arrojarle la lata de aceite, pero se ahorró el mal rato y siguió trabajando. Cuando las cuerdas de caucho fueron remplazadas las soldó con un soplete.
—A 38 horas de camino se dice está la ciudad muerta del Reino de picas— dijo Alfred como comentario casual—. Según lo que he escuchado, se cree que hay otro arcano escondido en el Castillo.
—Suerte con eso— respondió dándole cuerda al vehículo desde el interior. Éste encendió con un ruido de reloj andante. Alfred juró que sonaba mejor que antes.
La puerta se abrió y un alto sujeto de cabello rojizo entró con un gesto mal encarado que le recordó muchísimo a Arthur. Le echó un vistazo con cierto escepticismo y el sujeto sólo lo miró dos segundos, luego se dirigió al rubio.
—¿Puedo hablar contigo un segundo?
Arthur no dijo nada, apagó el motor y salió junto con Scott. Cerró la puerta de su taller y de pronto el miedo de la noche volvió.
—¿Qué pretendes hacer?— inquirió el pelirrojo.
—Trabajar.
—Creí que te había dicho que no saldrías hasta que el infierno se congelara— dijo y luego le tomó la mano enguantada, retiró el cuero grueso y poco gastado y miró el vendaje—, eres imprudente trabajando en estas condiciones ¿Quién te dio permiso?
—Nadie. Lo hice porque quería — y no era del todo mentira.
—Fue Ryan ¿verdad?
—Ya casi término, fue un cambio de la cinta de los engranajes y mantenimiento. No es complicado.
Scott no pareció del todo convencido con aquella explicación. Entrecerró los ojos verdes estudiando el semblante de su pequeño hermano y resoplando sin querer soltar las riendas de la conversación.
—¿Sucede algo?
Ryan se manifestó detrás del pelirrojo. Esa mala costumbre de estar siempre atento cuando olía problemas. Miró a ambos sonriendo con calma y Scott soltó la mano del más pequeño.
—Nada.
—Arthur— llamó el pecoso— ¿Ya has terminado? —éste negó con un movimiento de cabeza—, bien entonces ¿qué esperas?— le hizo una seña con las manos para que apurara su trabajo y volvió a encerrarse en su pequeño cubículo.
—Siempre tienes que ser tan…— Scott llevó una de sus manos hasta su cabeza y pasó sus dedos por su cabellera roja; un dejo de frustración.
—Deja a Arthur trabajar. Si no lo hace solo no pretendas regañarle por no hacer algo productivo— y como finiquito, volvió a llevar su dedo hasta sus labios y callarlo con esa sonrisa enmarcada.
Ryan 399 – Scott – 0.
Cuando Arthur cerró la pequeña puerta detrás de él, observó cómo Alfred escribía algo en un cuaderno, en cuanto sus miradas se cruzaron éste le sonrió y dejo de tomar nota.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió sin emoción en su voz. Solo tenía que hacer un cambio en engranes y terminaría, iría por la carta se la daría y fin de todo el asunto. Libre de Alfred y de toda culpa.
Siguió con su trabajo lo mejor posible, sin prestar mucha atención a como su cliente meneaba un lápiz entre sus dedos y anotaba cosas. Hizo el cambio; tardándose más de lo que quería, ese vehículo lucia bien por fuera, pero por dentro ya no le pareció del todo encantador. Escuchó que le llamaban varias veces, pero decidió ignorarlo hasta que una pregunta salió de sus labios.
—¿Y si nos fugamos?
—¿Qué?
—Sí—asintió y arrancó la hoja del cuaderno—, ven conmigo. Escapémonos. Lejos de ésta ciudad, de tus hermanos y todos los rostros conocidos.
Arthur alzó una ceja que sobresalió de sus gafas. Notablemente descolocado. Proceso más de dos veces la proposición y se echó a reír como si le hubieran contado la anécdota más divertida.
—¿Qué te hace creer que me iría contigo, pedazo de idiota?
—Bueno…— Alfred ladeó la cabeza—, a juzgar un poco las cosas, ver tu cara en el templo y verte aquí tan poco feliz, pensé que tal vez quisieras un cambio de aires.
—Estás equivocado—Le señaló con una llave de tuercas, reluciente por el poco uso—. Soy muy feliz aquí. Tengo una casa, una familia y un trabajo.
El de ojos azules le sonrió ampliando su gesto hasta dejar ver sus perfectos dientes.
—Una casa— repitió—, de la cual querías no volver nunca, una familia, con la cual no te llevas del todo bien y un trabajo que no haces muy a menudo. Corrígeme si estoy mal; pero éste lugar está más limpio que una iglesia, las cosas nuevas, no tienes muchas herramientas y tu delantal tiene pocas manchas. Se ve que no haces muchos trabajos.
Arthur dio por finalizado su trabajo con un fuerte golpe al momento de cerrar el toldo del vehículo.
—Mira, no sé qué demonios te hizo sacar todas esas estúpidas deducciones, pero te diré una cosa —se acercó a él y se retiró las gafas—, no sabes nada de mí, tú y yo no estamos destinados y lo que pasó ayer ¡No paso!
—Escapa conmigo.
—¿Estás sordo?
—Vámonos.
—¿Vas por allí rescatando personas? —inquirió dándole un empujón en el hombro derecho, sin pensarlo usó su mano lesionada y se la llevó de inmediato al pecho.
—¿Cómo está tu mano?
—¡¿Qué te importa?! Ahora paga y vete.
—No olvido lo que pasó en el templo y tampoco tú.
—¡Al demonio el templo!— exclamó y arrojó la llave en su mano izquierda en dirección al piso, ésta resonó con un eco metálico. Arthur estaba rojo y respiraba aceleradamente.
Se miraron por escasos segundos, pero sentía que entre más tenía contacto más necesitaba sostener la mirada para encontrar todo aquello que le causaba malestar, tomarlo y destruirlo, ese sujeto le causaba desesperación y ansiedad al mismo tiempo. La necesidad de estar aferrado a él para seguir viviendo.
Salió de su taller y entró al cubículo de Dylan, pero ya no estaba trabajando, volvió sus pasos hasta la oficina y lo encontró fumando un puro, le miró y arqueó una ceja.
—Haz una nota— pidió Arthur con semblante afectado, el de cabellos castaños lo miró con un dejo de escepticismo, pero su hermano le hizo un ademán con la cabeza, apretando sus labios y su rostro rojo por la vergüenza—: Cambio de cuerdas, diez metros de una pulgada y tres octavos, aceite y ocho engranajes de tres pulgadas. Servicio de mantenimiento.
Dylan redactó lo antes dicho y puso precio a cada cosa y servicio, hizo una suma final y le entregó el papel y sin decir palabra alguna. Arthur tomó la nota y dijo entre dientes "gracias" para salir.
Para cuando volvió, Alfred estaba sentado dentro del vehículo y al escuchar a Arthur entrar salió lentamente, éste le extendió una nota y apretaba los labios, parecía que contenía las palabras –groserías en todo caso– y cuando Alfred se resistía a tomar la nota la agito con su mano temblorosa. Alfred le tendió entonces un guante, su guante, el que había olvidado en el templo. Hicieron el intercambio de objetos.
—¿Dónde pagó?
Arthur lo guió hasta la oficina de Dylan. Lo dejó en la puerta y desapareció por el pasillo. Entró a la casa y subió a la segunda planta hasta llegar a su habitación. Sintió unos pasos detrás de él, pero al darse la vuelta no había nada. Entró guardando en su delantal el guante. Tomó el libro en dónde había dejado la mitad del naipe pero al abrirlo no encontró nada. Soltó un gemido de frustración, hojeó todo el objeto y busco a su alrededor. Cierto, lo dejó debajo del libro.
—Si tienes la carta dámela —dijo pensando que la cosa verde seguiría por allí, removió todas las sábanas de su cama y abrió su armario—, la necesito, no la quiero más en mi vida. Se la daré y me olvidaré de todo.
—¿Buscabas esto?
Volteó y vio a Scott en la entrada de su habitación sosteniendo la mitad de la carta.
—Scott…
—Tienes tres segundos para explicarme que es esto.
—No es nada —espetó—, es basura.
—A mí no me lo parece. ¿Dónde estuviste ayer?
—Ya te lo dije, me perdí.
—¿Y de forma casual te has encontrado con esto?
—De alguna manera, sí— fue sincero… mentira a medias.
—Entonces no creo que tengas problemas con que yo me lo quede—el pelirrojo fingió una sonrisa y jugueteó con el pedazo de papel.
—Es mío —mustió Arthur.
—Pero haz dicho que es basura—Scott frunció las espesas cejas rojas y arrugo el pedazo de carta. Arthur solo tuvo un acto reflejo: Se lanzó contra su hermano y trató de tomar el naipe; sin embargo Scott era mucho más alto y fuerte que él, le empujó con fuerza y el rubio cayó—Hasta que no dejes de decir mentiras y actúes con madurez, te lo advierto, nunca podrás salir de esta casa.
Cerró la puerta y echó llave a la cerradura. Arthur se levantó lo más rápido que pudo y comprobó su temor; lo había dejado encerrado. Gritó y dio varios golpes, pero sabía que sus otros dos hermanos no lo escucharían hasta el taller. Dio un último golpe con su frente y de dejo caer, resbalando con su espalda contra la puerta. Miró todo su alrededor contuvo un llanto de frustración. Alfred ya se debía haber ido.
Pensó en su proposición, de pronto sonaba como la cosa más excitante del universo: Fugarse con un completo extraño e ir a vivir aventuras como en sus libros, como en los cuentos en los que había dejado de creer. Luego venía a su mente su vida normal, su familia y que a pesar de las malas pasadas de los tres aún los quería, ¿volvería a verlos? Sería capaz de regresar a la ciudad que le vio nacer. La odiaba pero extrañaría el ruido mañanero de los silbatos de las fábricas a la distancia, el vapor de los negocios y el incesante murmullo nocturno. Sacó su guante del bolsillo y lo escudriño con nostalgia. Lo había conservado con él. Lo apretó con su mano y notó un extraño crujido, lo estudió con más detenimiento y encontró en el interior un papel. Una nota.
Abrió con cuidado y leyó con atención las palabras escritas. Una y otra vez, hasta que su vista se nubló y no le quedó otra más que llorar: frustración, tristeza, ansiedad, dicha y esperanza.
"Te espero a la media noche en la esquina del taller. Si no vienes entonces sabré que no estamos destinados. Alfred F. Jones"
Adjuntado venia una lista de cosas que debía de llevar consigo.
Arthur arrugó la nota pero se sintió incapaz de arrojarla. La apretó contra su mano izquierda y la dejó caer para poder cubrir su rostro, ocultando las lágrimas traicioneras.
To be continued.
Notas—No se ustedes, pero a mí la idea de fugarse se me hace muy romántica. Lamentablemente no soy muy certera en eso del amor, me cuesta horrores poder hacer que los personajes se enamoren (aunque cuando menos te das cuenta ya andan uno tras otro) en fin~ Todo comentario, alerta y favorito es bien recibido~ Hasta la otra!.
