Capítulo 2: Fénix de Plata
Eran tiempos difíciles.
Ningún habitante de Amestris bien informado podría negar con seguridad que el aire del país se encontraba enrarecido, y que cosas extrañas y misteriosas sucedían a diario frente a sus narices.
La vigilancia callejera había aumentado considerablemente en los últimos meses, y aunque los más ingenuos se sentían de esa forma tranquilos y protegidos, los pensantes se inquietaban ante el continuo revoloteo de las fuerzas armadas.
Y como hasta los militares no implicados sentían curiosidad por estos sucesos, el rumor de un grupo especial designado por el mismísimo Fürer corrió como el viento. Ya no era ninguna novedad para ellos la teoría de que los recientes robos de información confidencial del Ejército eran producidos por una única banda organizada, lo cual requería tomar cartas en el asunto lo antes posible.
Sí se sorprendieron al enterarse de quién estaría al mando, y quiénes serían los demás subordinados.
—¡Edward Elric!—se oyó una potente voz retumbar en todo el Cuartel General.
En el extremo de uno de los pasillos, se hallaba agitando su mano en señal de saludo el Mayor Armstrong, quien enseguida corrió hacia él para abrazarlo afectuosamente. Detrás suyo, el Teniente Coronel Maes Hughes hizo su aparición con una expresión bonachona en el rostro.
—¿Qué tal, Mayor, Hughes?—preguntó el joven forzando una sonrisa, mientras intentaba zafarse del musculoso apretón.
—Vinimos a felicitarte. ¿Así que acaban de ponerte al mando del Fénix de Plata? Wow, sí que no pierdes el tiempo—comentó el de mayor rango entre risas.
—Je… Sí, algo por el estilo…
A decir verdad, y a pesar de sentirse inevitablemente orgulloso por ello, Edward no quería dejar que la soberbia lo encegueciera. Era consciente de que sus dotes y habilidades sobresalían entre los de cualquier alquimista de su edad y rango, e incluso entre muchos de sus superiores. Pero no era estúpido al tener el presentimiento de que todo aquello tenía que ver con el prestigio de su apellido, y notaba en la mirada resentida de algunos de los que lo rodeaban esa misma teoría. Después de todo, el suceso de un alquimista de apenas dieciocho años con rango de Mayor al mando de operaciones tan importantes no pasaba por desapercibido tan fácilmente. Antes de ser el Alquimista de Acero, o Edward Elric, él era el hijo de su padre.
Afortunadamente, le tranquilizaba saber que había gente lo suficientemente buena como para alegrarse por él, como los dos sujetos que en ese momento festejaban con sinceridad la ocasión.
—Entonces…¿a qué hora pasarás hoy por casa?
Edward se desconcertó ante la pregunta de Hughes. Habría jurado que todo el asunto del grupo de investigación oficialmente llamado Fénix de Plata le había hecho olvidar de algo importante, pero nada semejante a la promesa que le había hecho al hombre que lo observaba, expectante a su respuesta.
—A eso de las seis, supongo—dijo finalmente, fingiendo una especie de sonrisa de emoción.
No es que le molestara la idea de ir a casa de Hughes ni nada por el estilo. De hecho, tanto él como su familia habían sido muy amables desde el principio, y las pocas veces que los había visitado se la había pasado bien. La ternura de Gracia y su encantadora hija Elysia lo habían ayudado mucho a despejarse y a sentirse un poco más humano. Incluso había prometido con verdadero placer asistir al quinto cumpleaños de la pequeña, pero, tal como había predicho Roy, la resaca había cambiado radicalmente su humor, y no veía la hora de llegar a su departamento para arrojarse a dormir.
Ahora que se detenía a pensar, recordaba poco y nada de la noche anterior luego de su irritante conversación con el Coronel. En su alborotada mente había una imagen de la expresión indescifrable de éste al ver vaciar su último vaso, y luego todo fue borroso y confuso, a excepción del recuerdo de las baldosas de su vereda ensuciándose con su propio vómito.
Había olvidado por completo el ridículo trayecto por las calles de Central, por las que Roy lo había literalmente arrastrado al son de sus quejas e insultos varios, y también el momento en que éste finalmente logró recostarlo sobre la cama intentando convencerlo de que él no era su hermano, a quien no dejaba de llamar a gritos.
—Tendré que quedarme un rato para asegurarme de que no te ahogues con tu propio vómito—dijo en tono cansino antes de ir a la cocina por un trapo.
Le quitó el uniforme con toda la delicadeza que le fue posible, y procuró limpiarle los restos de vómito de su rostro con el trapo que había traído. Fue en ese momento cuando Edward tuvo una reacción parecida a la de hacía apenas unos minutos, y tomándole bruscamente la mano, hizo pasar sus dedos por la comisura de sus labios entreabiertos.
—Al… hermano…—musitó, continuando con sus delirios alcohólicos.
Aunque contrario a la reciente y similar ocasión, Roy no se resistió. No pudo definirlo con exactitud, pero le llamó la atención aquella sensación que le producía el aliento cálido de la boca del joven empapando la yema de sus dedos.
—Edward…
Fue al oír su propia voz pronunciando el nombre de pila del muchacho cuando cayó en la realidad de lo que estaba haciendo, y se echó hacia atrás de un salto.
Atribuyendo aquel extraño comportamiento al alcohol, apagó la luz y cerró la puerta detrás de sí.
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—¡Feliz cumpleaños!—exclamaron todos los presentes al tiempo que la niña de hermosos cabellos rubios soplaba con todas sus energías las cinco velas que reposaban encendidas sobre su torta de cumpleaños.
La atmósfera de la reunión era más que agradable, sumado a la deleitante visión de la pequeña Elysia vestida como una muñequita, plasmado en su rostro la máxima expresión de inocente felicidad al abrir cada uno de los regalos que le habían traído.
A su alrededor, los invitados, luego de que cada uno le deseara personalmente feliz cumpleaños y le besara en la mejilla, conversaban alegremente mientras degustaban los dulces manjares dispersos por toda la mesa.
—Así que estás metido en algo importante, Ed—comenzó diciendo Gracia.—O al menos eso me ha contado Maes. Claro que yo no entiendo nada de esas cosas de los militares.
—Bueno, sí. Aunque la verdad ni yo comprendo por qué me han puesto al mando de semejante cosa.
—¡No seas tan duro contigo mismo! De seguro tienen buenas razones para hacerlo.
—Por supuesto que sí—afirmó Hughes, apoyando a su esposa.—Yo tampoco conozco mucho acerca de alquimia, que es según creo el principal objetivo de este grupo de investigación. Aunque lo curioso es que Edward sea el único alquimista del grupo…
—Eso mismo pensaba yo—repuso Edward.
Iba a acotar algo más, pero la conversación fue súbitamente interrumpida por el sonido del teléfono.
—Está bien, querida, no te levantes. Yo atiendo—dijo Hughes al ver que su esposa estaba a punto de ponerse de pie.—¿Diga¡Ah, Roy¿Cómo estás? Si, Ed está aquí. Oye… ¡no sabes lo linda que está Elysia hoy, parece que hubiese crecido de golpe por el simple hecho de haber cumplido los años! Bueno, bueno, ya te paso…
Dicho esto, le alcanzó el tubo a Edward, quien ya se había acercado al oír su nombre.
—¡Acero¿Qué haces ahí¡Llevo un montón de tiempo intentando localizarte!—la voz del Coronel se oía molesta.
—Si te olvidas del cumpleaños de la hija de tu mejor amigo, no es culpa mía—se defendió.—Además, ya te había dicho que iba a estar en casa de Hughes hasta tarde.. Y por si fuera poco¡tampoco tengo por qué hacerte una lista con todos mis planes!
Se oyó un gruñido del otro lado, y luego Roy continuó: —Acaban de avisar que están asaltando la Biblioteca de Central, y si no te apuras, los perderemos.
Al escuchar sus palabras, la cara de Edward cambió repentinamente, y sin decir ni esperar oír nada más, colgó el teléfono y giró instantáneamente su mirada de conmoción hacia Hughes.
—Tengo que irme—fue lo único que llegó a decir antes de dirigirse hacia la calle a toda prisa.
Continuará...
Agradezco mi único review y dedico este fanfic a mi querida Cintia Elric, quien ha sido tan amable de ir leyendo pacientemente a medida que escribía cada capítulo, y espero que aún lo siga haciendo xD
Saludos.
