Todas las veces que llovía se paraba enfrente de la ventana a contemplar la calle. Era igual que ese día. No podía evitar comparar cada maldita gota con las que veía caer frente a él esa tarde. Y luego, esa sensación tibia en su mano derecha cuando se acercó mareado a tomar el pulso del único amigo que tenía. La sangre seguía allí, aunque la hubiese lavado y los años hubieran pasado. Seguía allí, en sus recuerdos…en la memoria de su cuerpo. Todo, el agotamiento, la tensión en su espalda, la nula capacidad de comprender lo que estaba sucediendo frente a sus ojos. Y las palabras de Sherlock golpeando en su cerebro. Todo allí en su propio palacio de recuerdos, datos e información. Su vida. Lo que hubiera querido que fuera, lo que fue y lo que era.
El ruido a sus espaldas de una persona subiendo las escaleras con agilidad le hizo retroceder un paso, y tratar rápidamente de borrar cualquier pensamiento de su mente. Aligerar las marcas de su rostro y aliviar el dolor de sus manos.
-John… Tenemos un caso.—Dijo la voz alegre.
Giró sobre sus talones y sonrió, tratando de evitar sentirse culpable de seguir martirizándose sin razón con aquellas imágenes.
Sherlock le recorrió con la vista en menos de dos segundos y le sonrió en respuesta. Bajó los ojos y pareció levemente nervioso. Camino hasta su sillón y se sentó agarrando su violín. John rió levemente mientras caminó hacia la cocina. A sus espaldas, el más alto le observaba con el rostro serio. Claro que había notado la mirada triste del médico y aquella sensación melancólica que siempre terminaba llevando encima los días en que llovía. Que eran los más. Aún no encontraba la forma de borrar todo lo que había provocado en ese hombre.
Acercó el violín a su hombro y dejó que Paganini hiciera lo suyo, mientras se concentraba en el caso y veía, de vez en cuando, hacia la cocina a John preparando té. Esperaba alguna vez dar con la respuesta al caso más difícil que le había tocado enfrentar.
Una taza de té frente a él, le hizo volver de sus pensamientos. John se sentó en frente y espero en silencio a que le pusiera al día con el caso. Aquello era parte de la rutina. De intentar ser nuevamente ellos dos, en ese lugar, en medio de Londres, compartiendo té, el calor de la chimenea y una suave melodía para espantar los demonios.
Y John sonrió. Sherlock, también.
DarkCryonic
22/04/2012 08:59:07 p.m.
