I . The new apprentice

Por más que quería concentrarse en los papeles que tenía en la mano, simplemente no podía. Siendo ahora uno de los doctores del Asilo Arkham tenía mucho quehacer. Papeles y expedientes de pacientes completamente dementes, asesinos, mujeres, hombres, todos ellos unos criminales. Había uno entre todos que era el que más caos causaba y era uno de los más buscados de ciudad Gótica, el más peligroso según muchos: El Joker. No sabía cuántas habían sido las veces que había ingresado en el Asilo, unas tres, ¿cuatro veces? Al menos desde que él había ingresado como doctor allí se hablaba mucho del hombre, claro está que también se decía que era uno de los pacientes más recurrentes.

Su mirada se paseó por el despacho. No estaba tan decorado, a él no le gustaban mucho los colores, al menos no tan llamativos. Le gustaban el negro, el gris, el rojo, incluso el azul podía llegar a llamarle la atención. Y es allí que el recuerdo de unos juveniles y luminosos ojos azules. Apenas habían pasado unos cuántas semanas desde que había comenzando a recordar aquellas clases. Aquellas clases que el impartía de psicología en la Universidad de ciudad Gótica. Alumnos que querían simplemente terminar la carrera por obligación o simplemente por tener un trabajo. Admitía que tenía algunos alumnos interesados en la materia, unos pocos quizá, pero ninguno como ella. Como Harleen Quinzel.

Esa chica, ella, era una de las mejores alumnas que tenía. Aún podía recordar sus rasgos, ojos azul celeste, brillantes y llenos de vida; su piel era clara, no tan clara pero tampoco llegaba a ser muy oscura; sus labios, no llegaban a estar rojos, tenían un color rosa natural; su sonrisa era amplia, natural y sin necesidad de ser forzada; su cabello era de tonos rubios, usualmente lo llevaba suelto con delicadas ondulaciones en él que caían por sus hombros, a veces solía llevar una cinta negra encima para sujetarlo. Una joven alegre, radiante, de complexión delgada y demasiado amigable con los demás. Cuando la conocí tenía apenas unos 19 o 20 años.

Se sentaba en los pupitres de en medio de la clase y siempre que yo la impartía me topaba con su mirada. Atenta, anotando y asintiendo con la cabeza a cada oración que yo decía en señal de comprensión. En varias ocasiones ella alzaba la mano para seguir preguntando por el tema, era muy curiosa. Después de clase ella era una de las últimas en salir. Una alumna excelente. Sus tareas eran interesantes, no hacía tanto, ni tampoco me entregaba tantas hojas como algunos, siempre solía ir al grano de sus ideas, precisa. Parecía incluso que ella misma conocía los temas, muy inteligente de su parte.

Escuchaba lo que varios maestros decían de ella en ese entonces y gracias a ellos me di cuenta de que le gustaba la gimnasia, cosa que me sorprendió un poco. Parecía una chica tan frágil y dulce, me costaba mucho pensarla dando volteretas, saltos y giros en el aire, al parecer también era flexible. Por curiosidad, algunas veces me detenía a observar cuando ella salía de las clases de dicha materia. Salía sonriente, riendo y hablando con varios compañeros acerca de lo grandiosa que era esa clase, a lo cuál sólo los demás asentían. En esas ocasiones se amarraba el cabello en dos coletas, una a cada lado de su cabeza, lo cuál la hacían lucir mucho más inocente.

No podía evitar pensar en ella, se me hacía casi imposible el no pensarla. Y gracias a mi... ¿obsesión, tal vez? No, la palabra precisa era interés. Si, eso, gracias a mi interés por ella, le sugerí al director de la universidad darle una beca a la chica. Una beca para estudiar psiquiatría. Cosa que el director no negó, y todo debido a sus notas en mi materia. Pero también había escuchado rumores, rumores que decían que ella coqueteaba con otro maestros para poder subir sus notas y así poder pasar el curso. ¿Realmente pensaban eso de ella? Tal vez yo también había sido parte de eso... ¡No! Ella era inteligente, no tenía nada que ver con lo sentimental. Al menos eso trataba de hacerme creer en ese entonces.

Y ella se graduó, por supuesto que lo logró, y de paso se llevó la beca. Hace dos años que no he sabido nada de ella. Me dijeron que se había ido, a estudiar tal vez en otro lugar, y me alegré en cierta parte, era una chica increíble. Pero no pude evitar sentir melancolía al no verla en mis clases. Yo entré a trabajar aquí, en el Asilo Arkham. Habían observado y recopilado mi trabajo en la universidad, que me concedieron la oportunidad de ser parte de los doctores de Arkham. Y siendo un Asilo reconocido, con distinguido personal, no pude negarme.

Y ahora aquí estoy, pensando de nuevo en ella. ¿Patético, no? Un profesor pensando en su antigua alumna. De nuevo, alcé los expedientes de los pacientes que me habían asignado cuando alguien tocó a la puerta del despacho. Agradecí eso, bajé la carpeta con el expediente adentro y froté con mis dedos el tabique de mi nariz, alzando un poco los lentes que tenía puestos.

– Adelante.

La puerta se abrió con cuidado, casi como si temieran el entrar y una mujer entró, cerrándola tras si. La miré y enseguida la reconocí, era la doctora Leland. Ella era uno de los pocos compañeros que me agradaban.

– Perdone la distracción, Dr. Jonathan. Pero el director me ha dicho que se le va a incoporar una chica nueva y me ha pedido que se la asigne como aprendiz, siendo usted antes un profesor supongo que no tendrá problema con ella.

Genial, lo que me faltaba. Una mocosa nueva para andar tras de mí, husmeando y viendo todo lo que yo hacía. Simplemente genial. Lancé un leve bufido y asentí con la cabeza, colocando mis codos en el escritorio, apoyando mi mejilla en mi puño derecho.

– Será un placer. ¿Cuándo comenzaré a...?

– Hoy mismo.

Al ver mi cara, la doctora rió.

– Relájese, doctor, se ve que es una buena chica.

"Una buena chica" me repetí en mi mente y sólo asentí. Ella se acercó un poco más a mí y simplemente alcé una ceja, mirándola con seriedad. Ella no notó mi gesto y murmuró cerca de mí.

– Ella esta allí afuera, está impaciente por comenzar.

Bien, otra cosa que me faltara. Una chica hiperactiva rondando junto a mí el asilo. Bajé la mirada de nuevo a mis expedientes, comenzando a revisarlos de nuevo como si lo que me hubieran dicho no me hubiera importado. De reojo observé como la doctora hizo intento de hablar de nuevo y sólo suspiré.

– Hágala pasar, por favor.

La doctora Leland asintió y abrió la puerta sin salir, simplemente se asomó y llamó a la chica. Rodé los ojos y me concentré de nuevo en los expedientes, mirando cuántos eran. Al menos ya no tendría tanto trabajo compartiéndola con mi nueva aprendiz. Escuché que alguien entraba en la habitación a la par que la puerta se cerraba, ni siquiera alcé la vista.

– Dr. Jonathan Crane, le presento a su nueva aprendiz... La joven Har...

– ¡Hola de nuevo, profesor Crane!

Esa voz, reconocía esa voz. Y en ese momento alcé la vista y mis ojos se abrieron un poco más al observar de quién se trataba. Si, enfrente de mí estaba parada aquella chica de ojos brillantes y azules, su cabello rubio y ondulado aún caía por sus hombros, excepto que ahora llevaba unas gafas. Pero aún se veía dulce, radiante y alegre, como la había conocido. Y es que, delante de mí se encontraba Harleen Quinzel. Mi nueva aprendiz.