Primavera Perdida

II


Era por lo menos raro para él avanzar con tan monótona facilidad. Ya el Camino de las Rosas, resultaría difícil de recorrer con el séquito que les seguía, por lo mismo el Camino Real debería ser una prueba difícil de pasar sobre todo en invierno, pero no era así; el camino era increíblemente parejo, y durante todas las jornadas que llevaban recorriéndolo, el agua de la nieve derretida caía armónica de los carámbanos sobre los pequeños riachuelos que se formaran a las orillas del mismo.

Era extrañamente agradable y hermoso, sobre todo para alguien como él, quién desconocía por completo la paz que significaba el Camino Real hacia el norte. Cuando lo llevaran al Muro para combatir a los Otros, habían partido desde Desembarco del Rey hasta Puerto Blanco. Por el tierra lo más al norte que conocía era Aguasdulces, antes de la guerra, antes de los dragones.

Uno de sus escoltas se acercó y silenciosamente Dickon le dio la orden de adelantarse en el camino. Lo vio alejarse por sobre el horizonte cuando escuchó el gruñido de la bestia; Rhaegal, la sombra silente, era impresionante dentro de su naturaleza única. A solas frente a ellos, el dragón del rey resultaba abrumador y era imposible no mirarlo, muy diferente de lo que ocurriera con su hermano Drogon. Dickon no tenía problema en admitir que le temía, sus oscuros colores, su imponente gruñido y por sobre todo, el vivo recuerdo de como había vuelto cenizas a su padre. No había vuelto a estar cerca desde su muerte, pero cuando lo viera sobrevolando el norte y la Fortaleza Roja, no podía evitar estremecerse, sentía como si sus ojos lo siguieran, como si fuera capaz de saber el pavor que le causaba.

Para alguien tan común como él resultaba, sencillamente, estúpido no temerles a aquellas armas de destrucción frente a él. Sin embargo, Rhaegal le parecía más apto, menos bestial y no es que fuera un experto en descifrar el carácter de aquellas bestias, pero le parecía que era más tímido y tranquilo que aquél que montaba la Reina, casi tanto como su jinete.

Sus pensamientos se centraron en Jon y si, lo admitía; le agradaba más el Rey que la Reina o, al menos, eso creía. No debía confiar pero todos sabían que el Rey había crecido en la Guardia de la Noche, junto a su hermano. Y si bien, él no se había criado con Sam, confió en él cuando le dijo que el Rey era un hombre de honor y palabra, era recomendación suficiente, aun cuando no tratara mucho con él. Admiraba el líder que era y, como él, el soldado que fue. Su padre lo habría hecho, su padre habría inclinado la rodilla por Jon Targaryen.

Pero, sin duda, cualquier interacción que mantuviera con el Rey, era mucho más bienvenida que las que Daenerys decidía tener con él. No se avergonzaba de su hipocresía, era lo necesario para mantenerse con vida. Altojardín, sin embargo, era otra cosa; habiendo hincado la rodilla, habiendo recibido las tierras y sus ganancias sentía que su casa por y para siempre seria Colina Cuerno, había sido la casa de su padre. No tenía necesidad de otro hogar, quizás ahí instalaría a sus hermanas, ellas entendían mejor sobre administrar un castillo como el de los Tyrell, eso, sin duda las haría más atractivas para buenos pretendientes, quizás de vuelta del norte iría a inspeccionarlo y a preparar toda la mudanza hacia su hogar natal. Quizás debería volver sobre sus pasos y decirle a la Reina dragón que se quedara con su regalo, que se lo diera a alguien más. Claro que no le gustaría escucharlo, ya lo había demostrado; a la Reina Dragón no se le negaba nada.

Ahora tenía tiempo para pensarlo, el camino solo sonaba con el avance de los caballos, alguna que otra risa de los hombres del séquito, los lejanos gruñidos del dragón, era el espacio para centrarse en sus ideas y pensamiento; quizás solo sería señor desde Colina Cuerno y ya vería que hacer con Altojardín.

El batir de las alas de Rhaegal le sacudió de su caballo con un agradable aire tibio y olor acre que lejos de molestarle le agrado. Usualmente asociaba a los dragones el olor de la carne asada de su padre, tal cambio era casi agradable.

El dragón voló hasta el final de la comitiva y volvió a batir las alas cuando se posó en tierra, imaginó él, para dejar a su jinete descender. No pasaron muchos minutos hasta que ella llegó a su lado. Lady Sansa venía con las mejillas sonrosadas y la mirada brillante por la cabalgata. Los Stark estaban bastante más atrás en la comitiva, más cerca del Rey. Se detuvo, tal cual esperaba, a su lado. Era la dinámica que habían establecido desde que partieran de Desembarco del Rey. Solo que ese día se había demorado más de lo acostumbrado. Había comenzado a extrañarla.

― ¿Cómo se encuentra vuestro hermano mi señora? ― la pregunta pareció sorprenderla, aún así le sonrió y sencillamente agregó:

― Jon siempre está bien cuando monta en su dragón ― él discrepaba, le parecía que el Rey siempre se sentía incómodo en todos lados, incluso sobre su dragón. De todas maneras, no dijo nada y continuó:

― ¿Cómo os encontráis vos mi señora? ¿No os resulta cansador y largo el viaje? ― Sansa no le miró cuando negó.

―He tenido mucho peores, este por lejos ha sido uno de los más agradables mi señor ― le pareció que lo decía por su compañía, aunque no estaba seguro.

Mucha gente no solía dirigirle la palabra puesto que su padre se había negado a doblar la rodilla ante la Reina Dragón. Le resultaba insignificante, su padre le había inculcado lo que ser un Tarly significaba y, sinceramente, no le importaban las opiniones del resto. Hasta que la Mano de la Reina le aclarara cuál era su verdadera responsabilidad para su casa. Y antes que todo, debía perpetuarla.

"No podréis tener herederos si todas las damas os desprecian. Si, mi señor, sigues en aquella obstinación de no aceptar el perdón de La Reina"

Lo mismo que Lady Sansa frente a él. Y Dickon no era tonto, o simple de mente. Quizás no tendría los conocimientos de Sam, pero entendía lo que ocurría a su alrededor. Y entendía los significados de los gestos de la corte, se había movido en los pasillos de Altojardín con soltura y lo mismo hizo cuando lo liberaron y la Reina Dragón le perdonó la vida a cambio de su espada para contener a los muertos. No hubo forma de negarse a ello, su padre habría marchado y él haría lo mismo.

Pero cuando todo terminó y debió presentar sus respetos y lealtad a los nuevos reyes, no había creído que eso lo llevaría a estar cerca de Lady Sansa, esperaba volver a casa no las llaves de Altojardín y menos, que en el banquete de celebración su lugar fuera de semejante honor, al lado de la hermana del Rey. Sin embargo, aquello sirvió para su imagen, quienes le quitaron la palabra y siquiera pensaron el devolvérsela después de la Batalla de la Brecha del Muro, comenzaron de a poco a alabar su valentía y después del baile parecía que habían olvidado todo.

Él no, por supuesto. El olor a carne asada de su padre lo perseguiría hasta el final de sus días, los muertos que caminaban, los hombres que le siguieron y murieron y volvieron por todos, por él, como sus cadáveres terminaron en extensas y grandes fogatas, como su padre bajo el fuego de Dragones.

De todas maneras, Lady Sansa había tenido un efecto de catarsis sobre él. Mientras compartieron y hablaron el rencor que sentía hacia los señores aliados a la Reina Dragón, pareció quedar en el olvido; Lady Stark era amena y gentil, con sus palabras, con su compañía le hizo olvidar aquellos momentos. Con sinceridad le dio sus condolencias por la muerte de su padre y le relató cómo se vivieron las noticias de su triunfo sobre los muertos en la Brecha del Muro. Alabó su gallardía y su juventud, así como su liderazgo y algo que ella calificó de sabiduría en un momento en que todos habían perdido la esperanza.

Le había hecho sentir bien consigo mismo, después de la vergüenza que significaba para él, recibir un regalo como Altojardín a cambio de la vida de su padre. Y le ayudó a recordarlo como el hombre valeroso que era. Aquello le había consolado terriblemente, y era un peso menos para su corazón el saber que existía gente que lo veía así.

Aún si era mentira, aún si era un gesto que buscaba cautivarlo para un futuro matrimonio. Y él lo sabía, no era tonto. Sabía cuáles eran las intenciones de Lady Sansa y sabía cuál había sido el papel de aquél beso incómodo que la Reina Dragón le diera frente a todos sus invitados; marcándolo y aprobándolo para Lady Stark como un regalo, una cosa que podrían pasarse de una a otro y congratularse por conseguirlo.

Y era muy posible que fuera una orden enamorarlo con tal de asegurar su lealtad.

Quiso contestar algo más a sus palabras, pero su cabeza había vuelto al banquete. Cuando él bailara con la Reina Dragón, con Lady Stark se había sentido ligero y ágil, con ella el peso se había ido a todos sus miembros y la torpeza se apoderó de él. Salió con dignidad de semejante trance, aunque había sentido la ira sobre él cuando la Reina Dragón bromeara sobre sus intenciones a Lady Sansa, hasta ese momento él no las había tenido. Y aunque era una perspectiva para nada desagradable, le fastidiaba enormemente que la mujer que convirtiera a cenizas a su padre se diera la libertad de hablar con él como si no hubiera pasado absolutamente nada. Como si ni siquiera recordara a Lord Randyll Tarly.

Sin embargo, Lady Stark había tenido más tacto, hasta donde sabía ella también fue tratada como una paria cuando los Leones tenían en poder. Escuchó de los sirvientes y los guardias como es que habían presenciado sus humillaciones públicas, en donde la Guardia Real, bajo las órdenes del Rey Joffrey la golpeaban, que el enano había sido el único con el valor para detener semejante espectáculo, que por eso los habían casado.

Se veía tan orgullosa a su lado, no arrogante o soberbia si no orgullosa, feliz de ser... lo que fuera en aquél momento, desde una chiquilla tranquila con su vida hasta Lady Stark, La Guardiana del Norte. Su perfil era delicado y proporcionado, sus labios tenían un engaño que los hacía parecer finos y suaves desde esa vista pero él ya había notado como es que el inferior se hinchaba cuando solía mordérselo de manera casi infantil, su boca entonces, parecía lista para ser besada, sus mejillas pálidas estaban teñidas por el aire frío así como la punta de su nariz. Sintió de pronto deseos de acercar su montura a la de ella y tomarla de la nuca para besarla hasta que perdiera el aliento.

En vez de ello, centró su pensamiento en la última idea antes de aquél arrebato juvenil e imaginó que el enano también la había deseado de la misma manera. Ya había dado vueltas por su cabeza el que ella no fuera doncella, tenía dos matrimonios a su haber y aun no cumplía los veinte años.

¿Era eso un obstáculo cuando era la llave hacia el Norte? Su padre le diría que no, pero algo no encajaba bien dentro de los deseos de Dickon Tarly respecto de ello, siempre había imaginado amar a una doncella hermosa y gentil, como ella lo habría sido alguna vez pero que fuera solo de él. Era egoísta, lo sabía y las últimas guerras lo habían convertido en compañero de los más extraños personajes.

Las circunstancias lo habían cambiado todo. Y, por otro lado, si ella lo deseaba a él ¿Quién era para negarse a ello? Había estado solo ese último año, sin sus hombres de confianza sin el consejo de su padre y lejos de su madre y sus hermanas. Incluso cuando viera a Sam en el Muro poco habían podido decirse. Ir a Invernalia más que inspeccionar el Norte o dejarse cortejar iba de la mano con acercarse a alguien que pudiera guiarlo. Si bien admiraba a su padre, Dickon siempre se había sentido más cercano a su madre y a su forma de ser, también le habían gustado las canciones y los pasteles, le habría gustado leer más sobre historia y caballeros, y lo primero su padre se lo permitía porque depositaba en él todo el futuro de su casa, y ser un Tarly más que soldado debía convertirlo en un señor digno. Él solo había tenido la suerte de ser bueno en los talentos que a Sam le faltaron, eso era todo.

Al fin de cuentas, el Enano había tenido más razón que nadie. Sobre su verdadera responsabilidad, sobre los privilegios que se unen a las obligaciones. Y así como era su obligación continuar su casa, también lo era el unirse a una dama digna, elegante, cortes y gentil, que fuera hermosa podría incluso ser discutible, la belleza exterior con los años desaparecía, mientras que todo lo otro perduraba. Incluso la doncellez se perdía, pero sus hijos tendrían un legado por el cual él podría dejar de lado su orgullo.

Quizás debería comenzar a actuar como un verdadero señor, como su padre habría esperado. Entonces carraspeó y habló:

― Lo lamento mi señora ― nuevamente ella, siquiera lo miró cuando le contestó.

― ¿Sobre qué mi señor?

― Sobre no ser la compañía que os merecéis ― era verdad, se sentía algo estúpido ahí filosofando sobre su vida cuando una de las muchachas más lindas que conociera buscaba estar a su lado. Por respuesta ella le sonrió.

― Si no fuera así, mi señor, creedme no estaría a vuestro lado ― Dickon suspiró. ¿Era el tipo de cosas que debía decirle para parecer interesante?

― No soy bueno hablando, perdonadme.

― ¿En serio? ― su mirada le traspasó y, de pronto, sintió que el rostro le ardía ― no lo pareció en el banquete ¿Os sentís más cómodo en la corte? ― negó con vehemencia.

― Oh no, dioses no ― fijo la vista en frente sintiéndose cansado de todo aquello ― es que ahí vos… ― bajo los ojos nervioso, preocupado si decirlo o no. Cuando miró a Sansa esta también seguía con su mirada fija en el camino.

― Decidlo Lord Tarly ¿Qué tan terrible puede ser? ― y le sonrió casi traviesa, un nudo cruzo su garganta y de pronto volvió a sentirlo.

Era alivio, era comprensión.

― Vos me habéis consolado ahí ― negó, más para él que para nadie ― no os he dado las gracias por ello.

Cuando se atrevió a mirarla, sus ojos eran suaves y tranquilos. Ya había escuchado él que la loba de Invernalia podía silenciarte con solo una mirada, ya fuera de ira, pesar o como aquella; tan transparente y placida, como si de la nada algo le dijera que todo estaría bien para siempre.

― Nada tenéis que agradecer mi señor, vos habríais hecho lo mismo ― no lo sabía, pero le agradó pensar que alguien tenía una buena imagen de él. Que alguien podía creerlo capaz de algún gesto generoso. Aun así se obligó a ser honesto.

― Se supone que los hombres no actuamos así ― agregó, esta vez recuperando su compostura.

― ¿Es una de las lecciones de vuestro padre? ― Dickon se sintió de pronto golpeado. Sansa ladeó el rostro con curiosidad y sin quitarle la mirada de encima ― Vuestro padre derrotó a Robert Baratheon en Marca Ceniza ― aseguró ella en un dato que todo el mundo sabía, él solo asintió ― de haber nacido mucho antes no podríamos habernos conocido ― Dickon sonrió ante esa idea. En general no se consideraba el tipo de hombre que se preguntaba sobre cosas que podrían o no haber sido.

De todas maneras le siguió el juego.

― Cierto, es poco probable que el Lobo y el Cazador pudieran compartir algo más que una batalla ― fue cuando sintió el impulso de halagarla ― debo agradecer a los dioses por tener ahora vuestra compañía mi señora ― ella siquiera se inmutó, era lógico. Sansa Stark era una de las damas más bellas de la corte, incluso más que la Reina según él, debía estar acostumbrada a todo tipo de alabanza a su belleza.

― Solo agradecedme a mi Lord Tarly, soy yo quién busca vuestra compañía ― de nuevo sintió como es que el rostro le ardía pero en vez de desentenderse sencillamente preguntó:

― ¿Podéis decirme el porque de ello? ― ella retrocedió, o eso le pareció, justo al momento en que debía evitar que su caballo pisara una gruesa raíz. La vio descolocada y aquello le gustó.

Sin embargo, cuando volvieron a juntarse, ella ya se había recuperado mientras que a él, el pecho le saltaba a la espera de su respuesta.

― Creí que era obvio mi señor ― y de nuevo tenía algo parecido a una risa juguetona en su rostro. Si, Dickon admitía que Lady Stark necesitaba muy poco para congelar a cualquier hombre. Le pareció cobarde dar un paso atrás, huir y fingir que no lo sabía.

― De... deseáis ― tragó pesadamente ― deseáis más que mi compañía ― ahora el rostro de ella era tranquilo, junto a sus ojos, dos pozos de azul brillante del mismo color que las aguas del Ojo de los Dioses.

"Podría ahogarme en ellos, podría enamorarme de ella"

― ¿Os gusto? ― esperaba una respuesta, no otra pregunta.

― ¿Per... perdón Mi Señora?― si el juego de ella era descolocarlo, resultaba mucho más hábil que él. Lady Stark acercó su caballo. Y por primera vez a Dickon le pareció que ella estaba realmente nerviosa.

― No... ― la escuchó divagar ― no soy la más simple de las damas... ― Dickon bajó la vista hacia las riendas y pudo notar que Sansa presionaba las propias con tal fuerza que en cualquier momento el cuero de sus guantes cedería ante la presión de sus dedos, el temor de que se hiciera daño le obligó a extender su mano y posarla sobre la de ella.

Aquél gesto pareció calmarla.

― Así como no puedo ser solo la señora de un hogar, debo velar por los míos y aquellos que me reconocen por mi sangre Stark, así como vos debéis cumplir lo que se espera del Señor de Altojardín, tampoco soy doncella, supongo que habéis oído sobre eso ― ella parecía más hastiada que avergonzada sobre el tema y él solo asintió, de pronto aquello ya no tenía importancia ― y no puedo prometeros que tendréis el control del Norte, por lo vuelvo a preguntaros ¿Os gusto mi señor? que de hacerlo no tendréis a una simple esposa a tu lado.

― Lo sé ― dijo, y lo creía de verdad. La Guerra de los Cinco Reyes, La Guerra por el Amanecer, la historia casi de leyenda que cubría a su hermano bastardo, al Verdevidente, nada que nadie le dijera, no eran rumores o historias de campesinos, eran cosas que él había presenciado y visto. Las cosas que ya se guardaban como parte de las Historia de Poniente en la Ciudadela.

― No me importa ― continuó mientras sus monturas se acercaban más y más, sus muslos se rozaron y pudo sentir su calor mezclado con el aroma de su cabello, oculto bajo la capucha blanca ― Y si, mi señora, me gustáis mucho ― Sansa alzó la vista para verlo directo a los ojos, le sonrió.

Él solo contestó el gesto, no había nada más que quisiera hacer en ese momento.


Gracias a quienes comentaron, no me ha ido muy bien con mis fics -muchos visitan y leen y nadie deja reviews-, para evitar eso sencillamente diré; con 15 reviews, subiré otro capítulo.

Saludos a Mel Blackstone, FallonSk8, Mkiller.

A ustedes mis señores, muchas gracias.

Atte.-

Brujhah.-