Los Siete Pecados Capitales
PEREZA
Yajirobe tenía sus metas en la vida muy claras: comer como si no existiera mañana y en la medida de lo posible, alejarse de todos los problemas. Al menos la primera meta era cumplida con toda cabalidad. En cuanto a la segunda, no es exacto afirmar que lo lograba siempre. Desde que conoció a Goku había conocido lo que es estar metido en problemas enormes, peleas sin sentido, porque ¿Qué sentido tenía ayudar a otras personas? No es que él fuera cobarde, más bien tenía sentido común ¿para qué enfrascarse en batallas con rivales no indicados? Eso era un suicidio y si no había una buena recompensa de por medio, intervenir se convertía en una estupidez. Pensaba esto cuando inclusive en ocasiones la estupidez se apoderaba de él y lo había llevado al borde de la muerte.
Sabía que su ideología era la correcta, por algo sus conocidos como Krillin, Yamcha y Ten Shin Han habían perdido la vida en varias ocasiones, siempre se sacrificaron por otros y nada bueno salió de eso, ni siquiera marcaban la diferencia a la hora de la batalla. Así que, viendo esos ejemplos optó por una vida tranquila y libre de preocupaciones, o al menos eso creía él.
Cierto día, su benefactor el maestro Karin, decidió poner a prueba su actitud, llevaba muchos años tolerando a ese individuo en su Torre, no hacía más que comer y quejarse del mundo. Sabía que ese muchacho había decidido pasar ahí el resto de su vida en aras de procurarse una vida fácil y sin más provecho que levantarse de la cama para saciar su estómago.
Llamó a su discípulo a su presencia.
-Yajirobe, necesito que me hagas un favor, a cambio de la hospitalidad que te he dado por años, necesito que ayudes a uno de mis más antiguos amigos que se encuentra en necesidad –explicó el maestro gato, Yajirobe lo miró con apatía, eso sonaba a una misión y ya tenía planeado pasar su día de otra manera-
-¿Y que quiere que haga, viejo? –preguntó sin nada de ánimos-
-Quiero que vayas al norte, en la Montaña Kaho, encuentra al ermitaño que vive ahí y ayúdale con su problema –su tono era definitivo-
-¿Por qué tengo yo que ayudarlo? Deberías pedírselo a Goku, a él le encantan esas aventuras de andar salvando gente –volteo la mirada-
-Goku está entrenando muy duro para enfrentarse a los temibles androides que vendrán dentro de dos años, en cambio tu tienes mucho tiempo libre y suficiente poder como para hacer algo útil –le regañó-
-¿Y que gano yo ayudando a un anciano en peligro? –se cruzó de brazos-
-¡Eres un haragán y un mezquino! ¡Debes ayudar a los demás porque tienes la capacidad de hacerlo, es una obligación moral! –el maestro Karin lo golpeó con su bastón en la cabezota-
-¡Ah, ya lo sé! ¡Como fastidias! ¿Qué le sucede a su amigo? –preguntó sobándose la cabeza-
-Lo sabrás cuando estés allá. Ahora vete de una vez, si no lo haces no habrá más comida por aquí –el maestro dio por finalizada la conversación y se retiró a satisfacer su deseo más vergonzoso: jugar con su bola de estambre-
Yajirobe comenzó a maldecir su suerte, él no se consideraba a si mismo como un héroe, no era su obligación ni su llamado moral ayudar al necesitado, si alguna vez lo hizo fue por circunstancias específicas, pero el Gato le daba techo y comida, si bien en el pasado vagó por el mundo procurándose sus necesidades básicas, ahora prefería una vida serena pues la daba flojera aventurarse y convivir con otros seres humanos.
Empacó mucha comida, una brújula, un mapa, su Katana y más comida, así como alubias senzu por si las llegaba a necesitar. Con todo listo saltó de la Torre hacia el vacío, era la forma más fácil de bajar sin hacer mucho esfuerzo físico, segundos antes de encontrarse con el suelo, lanzó una capsula que contenía una aeronave, y cayó justo en el asiento del conductor, un aterrizaje perfecto. Saludó a Upa y a Bora fieles vigilante de la Torre y marchó hacia el norte.
Tenía ya mucho tiempo de no conducir, su aeronave era un transporte rápido y eficaz, lo había comprado con el dinero que ganó dando entrevistas exclusivas sobre el aterrizaje de los saiyajin, años atrás. Ese día ganó comida y mucho capital por compartir los secretos de una posible invasión alienígena a la Tierra. Observó de reojo el mapa, la Montaña Kaho estaba muy lejos y odiaba conducir largas distancias, hacía que le doliera la espalda. Sin embargo, se resignó, tenía que cumplir con ese capricho de Karin o se enfadaría y eso no era conveniente, la última vez que se enojó con él lo obligó a limpiar toda la torre, hasta se sintió enfermo tras el esfuerzo. Además sabía que el felino lo mantendría vigilado por medio de los cántaros de agua que eran capaces de mostrarle cualquier cosa que quisiera ver.
Después de solo una hora de avanzar hacia el norte decidió detenerse, el hambre era insoportable y una prioridad, así que sacó parte de su comida y se preparó un festín al lado del camino. Ya se había alejado de toda civilización, solo veía a su alrededor un paisaje verde, árboles, montañas a lo lejos y el sonido constante de diversos animales, en especial aves. Observó unas que se veían realmente deliciosas, pero estaban en la copa de un majestuoso cerezo, así que decidió no escalarlo, era más grande el costo que el beneficio, pues eran solo dos pájaros pequeños.
Reanudó su camino y en unos ochenta minutos llegó al lugar, según el mapa, era el indicado. La montaña era imponente, su aeronave era incapaz de subirla ¡Tendría que hacerlo a pie! ¡Ni de broma! Pensó varios minutos en lo que haría, sacó un entremés para darse ánimo o ideas. Su mejor plan era ir en busca de Goku para que completara el pedido de Karin, estaba lejos de su casa, pero era mejor conducir hasta ahí que subir hasta la cumbre. Abordó de nuevo su vehículo, seguro de su decisión.
-¡Oye muchacho! ¿Qué haces por aquí? Desde hace años, nadie viene a mi montaña –un anciano habló a sus espaldas. Yajirobe se volteó, lo observó: era un viejo tigre de bengala de edad impredecible, sus ropas estaban gastadas, pero alguna vez fueron de artes marciales-
-¿Quién es usted? ¿Acaso es el ermitaño que vive en esta montaña? –Yajirobe preguntó al anciano, éste se sorprendió por sus palabras y lo miró con detenimiento-
-¿Te ha enviado el maestro Karin? –preguntó desconfiando-
-¿Usted conoce al maestro Karin? –era raro que ese viejo necesitara su ayuda, no se veía en peligro-
-¿Crees que si no lo conociera podría nombrarlo así sin motivo? –ese sujeto extraño comenzaba a enfadarlo-
-¡Detengámonos un momento! Debemos parar el interrogatorio, si solo hacemos preguntas no vamos a llegar a ningún lado –adoptó una pose de superioridad que al anciano tigre le dio desconfianza- Me parece que usted es quien vine a buscar. Me llamo Yajirobe y Karin me envió a ayudar al ermitaño de la montaña Kaho, que supongo es usted. –Bajó del vehículo, tomó su espada y se la puso en la cintura. Seguidamente se cruzó de brazos esperando la respuesta del viejo-
-Tienes razón, yo soy quien dices. Aunque no puedo creer que Karin haya enviado a alguien como tú. No pareces muy fuerte –cuestionó al ver su estado físico-
-¡Cuidado con lo que dice! ¡Yo soy un gran peleador de las Artes Marciales! ¡He luchado contra muchos enemigos! ¡Inclusive con terribles seres de otros planetas! –presumió-
-Supongo que debo creerte. Sígueme, iremos a mi casa y te platicaré mi dilema –el anciano empezó a caminar-
-¿Tenemos que subir la montaña? ¿No le parece que está muy alta? –el pánico se apoderó de él al visualizar la cima, cientos de metros arriba-
-Mi casa no está en la cima, desde hace muchos años tuve que mudarme, "problemas de invasión de terrenos en un área protegida" según el gobierno municipal, ahora vivo al pie de la montaña, estamos muy cerca –explicó el anciano tigre, Yajirobe suspiró aliviado, nada en el mundo lo haría subir, suficiente tenía con tener que escalar la Torre Karin cuando regresara, pues su aeronave era del modelo que apenas se eleva unos centímetros del suelo, nunca en vertical-
Llegaron a la humilde choza, escondida dentro del bosque de bambúes para evitar otra orden de desalojo, el ermitaño invitó a Yajirobe a entrar y éste no desaprovechó la oportunidad para pedirle comida. El viejo tigre le sirvió una sopa de hierbas y hongos de mala apariencia pero buen sabor, además de un té especial de esa región. Nuestro amigo se decepcionó de que no sirviera también carne de algún tipo, siendo un tigre, eso era de esperarse en lugar de comida tan vegetariana que no lo llenaba completamente. Una vez que comieron el anciano se dispuso a contar a nuestro amigo cual era su necesidad y de que manera podía ayudarlo.
-Agradezco que hayas venido. Te contaré: mi problema es que estoy muy viejo… –comenzó, pero fue rápidamente interrumpido-
-¡Eso se nota! ¡No tenía que venir hasta aquí para eso! Además me es imposible ayudarlo con la edad –se burló el guerrero-
-Eres un muchacho de opiniones sólidas, pero de muy mala educación. Ahora escucha todo mi relato, no es apropiado interrumpir cuando alguien habla –el joven hizo una mueca de fastidio, no estaba de ánimos para una charla larga, pero no tenía opción, decidió escuchar- Te decía que estoy viejo y no poseo ningún discípulo. Karin fue mi maestro cuando yo era un muchacho como tú, él me enseñó grandes lecciones y le debo mucho, pero con el paso de los años, me di cuenta de que no quería el contacto de la civilización, así que me mudé a esta montaña y comencé con entrenamientos más avanzados. Ahora poseo impresionantes técnicas que a falta de un discípulo, morirán conmigo –el anciano tomó un receso en su historia-
-Aún no veo cual es mi aporte aquí –intervino de nuevo Yajirobe-
-Si Karin te envió quiere decir que eres el indicado para que yo te transmita mis conocimientos, de otra manera se perderán –suspiró-
-¿Usted me quiere de discípulo? Pero yo he entrenado mucho, no tengo nada que aprender ya. Además, tengo una vida muy ocupada y me he alejado de las Artes Marciales –sacó de golpe todas las razones para desanimar al anciano-
-El maestro Karin es muy sabio, al igual que yo, debe presentir mi muerte y sin que se lo pidiera me ha enviado su ayuda. No puedes negarte, mis habilidades son necesarias para proteger la humanidad. Ahora me doy cuenta de que fui egoísta al perfeccionarlas pero no utilizarlas para hacer el bien a los demás –se lamentó el anciano-
-¿Y de que tipo de habilidades estamos hablando? Porque yo conozco a otros peleadores que podrían estar interesados –dependiendo de lo que le dijera, le recomendaría a uno de sus amigos para que entrenara con él, así se quitaba esa obligación de encima-
-No deseo a otros peleadores, de ser dignos, el maestro Karin los habrían enviado, tienes que ser tú, aprenderás a dominar ampliamente tu ki y utilizarlo para pelear, a volar por los cielos, a curar con la mente y a sembrar hongos mágicos que restauran la energía, el poder de pelea y el ánimo –explicó ilusionado-
-Lamento decepcionarte pero esas técnicas no son nada del otro mundo. Si yo quisiera las poseería todas, pero soy un peleador retirado –se cruzó de brazos, negando con la cabeza-
-Imagino que eres un peleador excepcional, pero todas mis técnicas son sorprendentes llevo 217 años perfeccionándolas, y si eres tan bueno como dices, podrás aprenderlas rápidamente y al unirlas con las tuyas serás el mejor –se emocionó el viejo tigre tratando de contagiarle su emoción-
-Lo lamento, pensé que necesitaba ayuda urgente y por eso vine, a mi no se me da eso de andar ayudando gente, ni mucho menos de meterme en entrenamientos complicados y peligrosos. Será mejor que me vaya, talvez alguno de los peleadores que conozco quiera aprender con usted. Les avisaré –se puso de pie dispuesto a irse-
-¡Espera! No puedo decir que entiendo tus razones, pero al menos pasa la noche aquí para que lo reflexiones mejor, lo que te ofrezco es un gran regalo, quizás cuando lo pienses veas que no sería inteligente desaprovecharlo –rogó el anciano felino, una tos repentina puso más dramatismo a las palabras-
-Está bien, me quedaré. De todas maneras me da flojera conducir de noche. Además ya se me acabó la comida que traía, será mejor que me dé más de esa sopa extraña –el ermitaño lo miró extrañado pensando en cual sería la intención de Karin al enviar a semejante personaje para que fuera su discípulo, si no estuviera tan viejo y tan enfermo iría a preguntárselo, pero en las condiciones que estaba le sería imposible emprender el viaje y subir la Torre-
Los guerreros no conversaron más, Yajirobe comió la reserva de comida del anciano y se durmió plácidamente, el viejo tigre se lamentó en silencio, su propio descuido y egoísmo harían que sus valiosas técnicas se perdieran para siempre. Debió buscar a otros peleadores interesados en que él fuera su maestro. O quizás debió casarse y tener hijos, pero el entrenamiento siempre fue lo primero en su vida, la prioridad era superar los límites, probarle al mundo que su técnica era la más efectiva, otra cosa que nunca hizo.
Talvez si hubiera ido a algún Torneo de Artes Marciales podría haber luchado con guerreros legendarios como el famoso Kame Sennin, el Rey Chapa, el misterioso peleador Jackie Shun o hasta había oído hablar de un poderoso niño llamado Goku. Él pudo haber sido otro de los nombres junto a esos, pero prefirió la soledad que ahora le cobraba la factura con intereses. Se durmió pensando en todo lo que su vida pudo haber sido, en el fondo sentía que ese muchacho Yajirobe algún día, cuando estuviera como él cercano a su muerte, también se arrepentiría por todas aquellas cosas que no hizo.
Llegó la mañana, el sol molestaba a Yajirobe directo en los ojos, por lo que tuvo que levantarse, ya extrañaba su cómoda cama en la Torre, tenía mucho tiempo de no dormir tan incómodo como esa noche. Buscó en el resto de la choza y el anciano ermitaño no estaba, mejor para él, después de pensarlo con detenimiento había decidido no involucrarse con las locuras de ese viejo. Se marcharía sin más, aunque a Karin no le gustara debió saber que él no estaba dispuesto a desgastar su ánimo y su cuerpo en entrenamientos poco productivos.
Salió de la casa dispuesto a activar su cápsula de aeronave para ir rápido a su hogar, ya extrañaba la deliciosa comida del gato. Como es de esperarse, no le sería tan fácil, el anciano se presentó ante él, solo había ido a los alrededores a recolectar algunas frutas, hierbas y hongos para el desayuno.
-Veo que has decidido irte. No es la mejor de las decisiones pero la respeto, supongo que mi error no merece una reparación –se lamentó-
-Oiga no se sienta tan mal, lo que pasa es que se equivocó de persona. Yo no quiero sobreesforzar mi cuerpo con su entrenamiento –bajó un poco la mirada, como si se avergonzara-
-Solamente un consejo antes de irte, jovencito "No hay camino que no se acabe si no se le opone la pereza" -recitó-
-No entiendo que quiere decirme –odiaba que le hablaran con esas frases sabias, nunca las entendía-
-Quiere decir que puedes lograr todo lo que te propongas en la vida, si dejas la pereza de lado y te esfuerzas por alcanzar tus metas –explicó con tranquilidad, buscando palabras para decirlo con simpleza-
-Ya he alcanzado todas mis metas. Adiós anciano, creo que algún amigo mío querrá ser su discípulo. Le diré que venga a buscarlo –activó la capsula del aeronave y se subió en ella-
Yayirobe salió rápidamente de ese lugar, dejó mucho humo tras de él. El viejo tigre se quedó observándolo, un muchacho extraño con pocas aspiraciones en la vida, era lo peor que podía existir "pereza mental y espiritual". Suspiró, ese no era su problema. Fue a buscar su cascada favorita para seguir reflexionando y esperando plácidamente su muerte.
El joven pensó en el consejo del sabio, se dijo a si mismo que él no era perezoso, solo que no le gustaba complicarse la vida, era mejor la tranquilidad, la paz, la rutina a los peligros de las batallas y entrenamientos extenuantes. Detestaba las críticas de sus "amigos" que le recriminaban su poca participación a la hora de defender la Tierra, así como el poco cultivo de sus habilidades, especialmente porque no controlaba bien el ki, ni siquiera para volar.
Sintió algo de compasión por el viejo tigre, era obvio que realmente quería compartir esos conocimientos. Enumeró mentalmente a sus amigos, Goku era demasiado fuerte para que esas técnicas le fueran útiles y los demás andaban en sus propios asuntos. De repente encontró al candidato perfecto: Ten Shin Han. Él no paraba de entrenar, su vida era ser más fuerte, de seguro algo de utilidad obtendría de ese ermitaño.
Se concentró mucho y logró sentir su ki. Estaba a miles de kilómetros de ahí, sin exagerar se encontraba al otro lado del mundo. Iría a buscarlo luego, por ahora solo deseaba llegar a la Torre Karin para sentirse en casa, comer mucho y descansar lo suficiente. Después, cuando lograra juntar ánimos suficientes, le haría ese favor al anciano tigre. Sacó una alubia senzu y la comió, por lo menos le llenaría un poco el estómago. Odiaba conducir con hambre.
FIN
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¡Hola amigos! Les dejo esta historia de Yajirobe, siempre quise hacer algo de él, y esta fue la excusa perfecta para intentarlo con algo pequeño, la verdad me dio pereza hacerlo más largo o complejo. Imagino que no es un personaje querido por todos, pero yo le encuentro su gracia, me fascina su sentido común y sus frases llenas de veneno. Lo que me disgusta es lo que se plantea en el fic: las pocas ganas que le pone a las batallas y al entrenamiento, además nuestros amigos en DB son lo contrario a la pereza así que Yaji fue el personaje casi único que podía utilizar. Esperemos que busque pronto a Ten, antes de que el pobre tigre se muera sin discípulo. Mi expectativa es que al menos no hayan encontrado la historia aburrida. Por cierto el consejo que el ermitaño le da a Yajirobe es una frase del escritor Miguel de Cervantes.
Un aviso importante: les agradezco los reviews a la historia anterior, algunos me hicieron ciertas consultas y como estas historias son totalmente independientes entre sí, decidí que en la sección de reviews les respondería, para no hacer enredos, es como si yo me dejara un review a mi misma, pero no crean que he llegado a una personalidad bipolar XD, está firmado por mí pero es una respuesta para ustedes, espero le den una vista.
Nos leemos pronto, para que sigamos pecado juntos.
Besotes, melikav
