II. OPTIO

(Opción)

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Todos los huesos se estrellaron contra el piso, incluso tuvo la impresión de que algo se había roto, pero no pasó del dolor que le aquejaba: el dolor de los músculos y de los huesos.

Cerró los ojos, gimió por el dolor, después de quedarse quieto un momento, dedujo dos cosas: que estaba vivo, y que no tenía ninguna fractura, al menos no expuesta, y lejos del malestar que tenía, estaba completamente sano.

¿Pero dónde estaba…?

La tierra, literalmente se había abierto, y él había caído en quién sabe qué lugar. Enfocó los ojos, se los talló con el infantil puño cerrado y luego tocó su propia frente, Kanon no estaba por ningún lado, al menos no ahí, por más que se esforzó en agudizar sus sentidos y tratar de encontrarlo con la fuerza de su naciente cosmos… no lo logró.

En apariencia estaba solo en ese lugar desierto, sin sol, sin aire, sin nada.

Respirar le costaba trabajo.

Pasaron tal vez algunos minutos en los que siguió tendido como un tapete en el lugar, hasta que se decidió a levantarse, tosió, tenía la boca completamente seca… ese sitio parecía uno de los escenarios del Infierno de Dante, lo había leído unos meses atrás, sugerencia de Kanon.

—Al fin despiertas, Bella Durmiente… —ironizó una voz que le sacó de sus cavilaciones, en seco, sin siquiera esperarlo.

Cuando Saga enfocó, pudo ver a un hombre de cabello rubio, gesto austero, y una mirada gélida a la que nada parecía escaparle, incluso aquellas pupilas ambarinas parecían desnudar todo, desde la carne y los huesos, hasta el alma misma, algo dentro de él le decía que ese que estaba ahí… no era alguien de este mundo… no era alguien de fiar…

—¿Quién eres? —inquirió secamente, su voz infantil pareció tomar un cariz agrio, agresivo.

—¿Realmente importa? —sugirió acercándose al niño.

Cuando llegó a una distancia considerable se agachó, se puso en cuclillas delante de él, le observó completo, detalle a detalle, y una vez que termino su morbosa inspección soltó una carcajada sórdida que parecía dominarlo todo. Saga por su parte se quedó perplejo, quieto pero en guardia, no encontraba que era tan gracioso y tampoco entendía muy bien que hacía ahí… ni que había pasado.

—¿En dónde estoy…? —se aventuró a preguntar, aunque dentro de sí, sabía o intuía la respuesta.

—En un lugar muy lejano… muy lejos de aquel al que llamas "hogar", yo te traje aquí…

—¿Tú…? ¿Por qué?

—Buscabas a tu hermano, ¿no es así? —respondió el feroés con otra pregunta, gozando del aturdimiento del arcadio que le contemplaba con sus ojos azules límpidos.

—Sí, estaba buscándolo…

—Mira allá… —le señaló un punto a lo lejos.

El niño observó primero por su brazo, luego por su dedo que apuntaba… y se quedó perplejo cuando se dio cuenta de que no lejos de ahí estaba el cuerpo de su hermano gemelo, tirado en el terregoso lugar, sangrante… se quejaba, jadeaba, y trataba de protegerse en contra de algo que estaba encima de él con unas garras enormes, garras que eran sus pies… y al verlo mejor, mientras desgarraba la carne de su hermano y la comía, pudo distinguir que era un hombre que portaba una armadura… oscura… que brillaba en tonos purpúreos… así como sus ojos… su primer impulso fue salir corriendo hacia allá, pero el hombre que tenía delante suyo le detuvo sin el menor esfuerzo.

—Lo está devorando la Garuda…

—¿Pero qué…?

—Podrías salvarlo, y entonces los dos vivirán, lo suficiente para estar en una gran guerra, aunque de todos modos morirán… o podrías dejarlo morir y entonces la historia cambiaría inclinando la balanza hacia ti… ¿No quieres ser el único? ¿Por qué tendrían que ser siempre dos?

—¿Qué dices…? ¡Es mi hermano! —exclamó vehemente el arcadio.

—Podrías elegir, solamente te estoy dando opciones… al final tú decides —la autosuficiencia en la voz de Radamanthys, del Juez del Inframundo, era para helarle la sangre a cualquiera.

—¿Quién eres…? ¿A cambio de qué?

—Soy un Juez, es todo lo que necesitas saber…

—Yo siempre voy a elegir salvarlo… aunque tengamos que morir, pero lo haremos juntos… —resopló.

—Que poético… ¿Partirás a la Guerra en compañía de tu hermano? ¿Cómo Cástor y Pólux? ¿Y pedirás la eternidad a Zeus en los cielos para ambos…? —Radamanthys ni siquiera ocultaba el tono de burla de su voz.

—Sí… ¡Lo haré!

—Puedo salvarlo, pero tarde o temprano… cobraré el precio... y mucha sangre habrá de correr…

—No importa…

Radamanthys levantó un brazo, y como si aquella criatura pudiese percibirlo en medio del sanguinario banquete que estaba dándose con Kanon, se detuvo, les observó y sonrió…

El rubísimo hombre que tenía delante se acercó a su oído, le murmuró algo, algo ininteligible, no lo comprendía, quizás se trataba de una lengua primigenia o una muy antigua que ya se había perdido para siempre.

—Vas a sacrificar a alguien… ¿Sabes? A uno de los guardianes del Fuego de Prometeo, uno que en su anterior reencarnación debió morir… y entonces, y sólo entonces es probable que ganes tiempo…

—No entiendo…

—Lo entenderás… ¿El Fuego de Prometeo…? ¿Te refieres a los elementales de fuego…?

—Todavía Shion debe guardar los registros, estoy seguro de que lo encontrarás y sabrás de que hablo, hay una deuda que se debe pagar y tú… además tienes una deuda conmigo a partir de ahora...

Saga tenía la impresión de que aquello que estaba sucediendo no era algo fortuito…

Una fuerte bofetada le hizo volver a la realidad, abrió los ojos de lleno y se encontró con las pupilas azules de Kanon que estaba hincado a su lado observándole con el ceño fruncido. Se deslumbró por la luz del sol… estaba completamente empapado de sudor.

—Saga… ¡Por las barbas de Poseidón! Estabas aquí tirado murmurando cosas… ¿Qué carajo te ocurrió?

—¿Estás bien..?

—Pero claro que estoy bien, so bobo… te encontré aquí tirado.

—El temblor, ¿sentiste el temblor? Se abrió la tierra y…

—Saga, estás delirando, creo que te sofocaste, hiperventilaste o algo… y te has desmayado, no hubo ningún temblor y lo único que se abrió fue tu cabeza al caer y golpear contra esa roca… —le señaló un pedazo de una columna, de la cual sólo quedaban los cimientos, y justo ahí donde había estrellado la cabeza, había un hilo de sangre—, en fin, será mejor que nos vayamos… estabas ahí tirado hablando como Tiresias —bromeó mientras le tendía una mano para ayudarle a ponerse en pie.

Todo aquello le había parecido tan vívido, tan real… no entendía nada… pactos, muerte… ahora la cabeza le estaba dando vueltas y la herida que sangraba copiosamente le indicaba que tal vez era mejor no pensar más…