Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games no me pertenecen.

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.::Capítulo Dos::.

Electricidad

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Faltaba poco para que amaneciera cuando Gale al fin terminó con la última tarea del día, segundos antes de que la bocina del final de la jornada sonara al fin.

Sin prisa pero sin pausa, todos los obreros dejaron el trabajo y se deshicieron de sus equipos; algunos reían, otros bostezaban y la mayoría hacía fila para una taza de café caliente de la máquina del pasillo, pero Gale, ajeno a todos los demás, solo se limitó a recoger su mochila y abrigo de los vestidores para salir cuanto antes de allí. No había tiempo que perder si quería llegar a dormir unos minutos antes de tener que volver a salir de casa.

—¿Ya te vas? —preguntó su amigo Thom, soplándose las manos para mantenerlas calientes.

—Claro que sí. Te veo en la noche —se despidió, empujando la pesada puerta metálica de la salida mientras se cubría la cabeza con una abrigadora pero vieja gorra de lana, contemplando la vista un momento.

El sol aún no se animaba a salir de su escondite, y las nubes grises que cubrían el cielo sobre la ciudad, acompañadas por el despiadado frío de enero, no hacía más que empeorar la sensación de tristeza del ambiente. Sin embargo, Gale Hawthorne había vivido toda su vida en Nueva Jersey, y conocía lo austero y melancólico que el clima podía ser la mayor parte del tiempo. Pero no importaba. Había tanta belleza en esa desolación, tantos misterios sin resolver tras esos nubarrones grises que de ninguna manera podían resultarle desagradables.

Cualquier persona podía ver la belleza de un día soleado, pero muy pocos la que podía hallarse en una lacónica mañana gris.

Levantando las solapas de su gastada chaqueta negra, Gale caminó lejos de la siderúrgica, intentando no quedarse dormido mientras toda la ciudad apenas estaba despertando, y se dispuso a tomar el camino más directo a su pequeño apartamento para poder caminar con un poco menos de prisa, cruzando todo el parque en una lenta caminata para ver amanecer y despejar la mente en el proceso. Tal vez detenerse y escribir algo más en su vieja libreta. Se había endeudado hasta el cuello para pagar sus estudios universitarios, aunque lo máximo que había escrito en su vida había sido una carta de tres hojas para su madre y sus hermanos, tratando de describirles todo lo que había visto durante un breve viaje con amigos a California.

Vaya escritor iba a resultar ser escribiendo solo cartas donde contaba lo mucho que le habían gustado los tacos y la comida china.

Sin una idea, sin dinero para llegar a fin de mes y con más deudas de las que podía solventar, necesitaba escribir al menos un best-seller para pagar todos sus préstamos y por lo menos tener una vida decente. Aunque, best-seller o no, estaba acostumbrado a vivir casi sin ningún lujo.

El mundo es un lugar muy grande cuando se lo ve desde abajo, desde el fondo de la pobreza; mucho más grande cuando no se ha renunciado a conquistarlo, solía decirle su padre antes de morir, y esas palabras, con sólo trece años, habían calado en lo más profundo de su ser.

Tal y como su familia siempre lo había deseado, Gale fue el primer Hawthorne en recibir una educación e ir a la universidad, aunque no había sido fácil. Desde la preparatoria trabajaba todas las noches en la fábrica para así evitar las minas de Sewell, su pueblo natal; a las cinco marcaba su tarjeta y llegaba a casa a tiempo a despertar a sus hermanos para la escuela; luego dormía hasta las doce. Al mediodía, tres veces a la semana trabajaba como mesero en un restaurante hasta las tres, luego asistía a clases hasta las siete para finalmente trabajar un turno de diez horas en una compañía siderúrgica, fabricando perfiles y demás artículos metálicos. Apenas tenía tiempo para sí mismo y aun así, luego de una larga jornada, siempre se tomaba un tiempo para escribir y tratar de no pensar cuánto dinero podrían gastar esa semana, o qué gastos debía eliminar para poder subsistir al menos un mes más.

El dinero nunca había sobrado en su casa, por lo que no le espantada tener que estudiar y mantener dos trabajos durante el día que lo dejaban molido por las noches y sin ganas de más. Por eso, el único momento que encontraba para trabajar en su libro eran esas veinte calles de la fábrica a su hogar, las cuales siempre hacía a pie para pensar, y al mismo tiempo ahorrarse el dinero del autobús.

Escribir no era difícil, el problema real era encontrar la inspiración para hacerlo; solo necesitaba una idea, una musa, o lo que fuera que lo sacara de ese bloqueo que no dejaba fluir su imaginación. Necesitaba escribir algo importante, algo masivo, propio y maravilloso. Sin embargo, ¿cómo hacerlo cuando nunca nada maravilloso había pasado en su vida? Además, la mañana fría y gris no invitaba demasiado a la creatividad, y a una calle de la fábrica, rendido ante el clima helado y la posibilidad de una nevada (o peor aún, una lluvia helada), se detuvo, resignado a gastar algunas monedas en el tan necesario transporte.

Gale esperó el autobús en la acera, concentrándose en calentarse las manos con su aliento mientras una vez más se levantaba las solapas de la vieja cazadora de cuero para protegerse el cuello. Cerca de allí, al otro lado del parque que separaba la fábrica del vecindario, los edificios empezaban a despertar con el día, que aún no dejaba ver los primeros y débiles indicios del sol naciente. La calle aún estaba desierta, con excepción de unos cuantos hombres que también estaban desperdigados por la acera en busca del regreso a casa. El invierno en Jersey se volvía cada vez más frío desolador, y, por un segundo, a Gale le pareció hallar algo de belleza en esa curiosa melancolía.

Rendido ante la perspectiva de una nueva idea, se recargó sobre una helada pared y sacó una pluma, golpeándola contra las hojas vacías de su libreta y haciendo algunas notas de a ratos, distraído. Un autobús de la línea Este se detuvo y todos los obreros que le hacían compañía subieron mientras, calentándose las manos otra vez, Gale, que vivía al norte, pedía internamente que pronto apareciera el suyo. Pero no lo hizo, y la melancolía y el frío de pronto ya no le transmitieron la suficiente inspiración, así que volvió a alzar la vista hacia la calle, perdiéndola en las oscuras esquinas o en algún despistado transeúnte, sólo pensando en la vida, en lo retrasado que estaba para llegar a casa y dormir, y en lo tarde que de seguro llegaría al trabajo al mediodía. Así que se decidió a volver a optar por la caminata, y había empezado a alejarse cuando de pronto hubo un cambio en el ambiente; más humedad, mayor presión, o lo que fuera, pero no hubo más advertencia que esa, como si nada fuera a suceder. Y entonces, sin previo aviso, la lluvia apareció.

Una maldición ahogada escapó de sus labios al tiempo que tomaba su mochila y su cuaderno para cubrirse y corría en busca de refugio, lanzando otra maldición mientras intentaba desesperadamente cubrirse de las heladas gotas que caían como pequeñas dagas sobre su rostro con las manos, cruzándose de calle para resguardarse bajo el techo de otro parador de autobuses.

La lluvia de invierno era muy diferente a la lluvia de verano; la lluvia de verano refrescaba, la de invierno, en cambio, quemaba. Y no era una perspectiva muy agradable pescar una neumonía cuando los exámenes finales estaban tan cerca, así que no dudó ni un segundo en quedarse a salvo bajo el parador, sin importarle llegar tarde ya.

Desde su lugar seguro Gale miró alrededor; la poca gente que aún salía de la fábrica corría buscando donde protegerse del hielo vuelto agua; algunos subían a sus coches, otros más afortunados que él a un taxi, y algunos regresaban dentro, pero nadie había decidido hacerle compañía.

Se sacudió algunas gotas del cabello y lanzó un suspiro, estirando el cuello para buscar su autobús al final de la calle, ansioso por encontrar un lugar más seco. Y de repente lo sintió. Fue como si una brisa cálida se hubiera levantado aún en medio del agua nieve, como si el sol al fin se hubiera asomado a pesar de que todo seguía oscuro. Casi sin querer queriendo movió la cabeza hacia donde sintió ese aire cálido, y de pronto la vio, corriendo con pasitos cortos y elegantes, casi medidos, tratando de cubrirse la cabeza con las manos. Era pequeña y delgada, clara como el día, brillante como un diamante ante sus ojos acostumbrados al carbón; y al pararse a escasos metros de distancia llamó aún más su atención; era una chica joven, con una larga y rizada cabellera rubia cayendo sobre sus hombros envueltos en un coqueto e impecable abrigo blanco de botones dorados que a su vez envolvía también lo que parecía ser un vestido de lana, igualmente blanco o tal vez color marfil, así como sus zapatos de tacón y sus medias. Aún a la distancia, su porte era tan refinado que sin duda no pertenecía a ése lugar, ni a esa parte de la ciudad donde predominaban las fábricas y los barrios industriales. Ella estaba paralizada a unos pasos de él, mojada de piezas a cabeza, y Gale intuyó, por sus movimientos ansiosos y errantes, que de seguro estaba perdida y sobrecogida por la inesperada lluvia. Y, aunque al principio no le había interesado la idea de ayudar a una niña rica y perdida, al verla temblar y abrazándose a sí misma, no pudo evitar acercarse a ella.

—Ten, usa mi bufanda —le ofreció la prenda que había sido tejida por su madre años atrás, apretando los dientes cuando ella se sobresaltó, negándose a registrar su presencia como si le tuviera miedo o despertara de una larga ensoñación; pero tras observar la cálida y seca bufanda de reojo se giró para mirarlo, con sus enormes y brillantes ojos azules, sobrecogiéndolo.

Gale nunca había visto unos ojos tan claros y profundos.

—Gracias. Pero estoy bien. Sólo es lluvia —respondió con sequedad tras otros segundos de duda, dando un paso al costado para frotarse los hombros ella misma. Gale la miró también, frunciendo el ceño.

—Oye, no voy a hacerte nada —gruñó al percibir su renuencia. Estaba acostumbrado en cierta forma al desprecio de la gente con dinero, y sus sucias ropas de trabajo no debían ayudar mucho a darle un aspecto medianamente decente, pero no por eso dejaría que nadie se sintiera superior a él.

La chica volvió a mirarlo, abriendo los ojos con intriga y un poco de vergüenza.

—Lo siento... Yo no...—vaciló, contemplándolo fijamente —No quise ser grosera.

Gale enfrentó su mirada un momento, sintiéndose inexplicablemente ansioso de pronto; jamás había visto ojos más grandes, azules y expresivos. Era casi como si a través de ellos pudieran ver su alma, y hizo que su estómago se contrajera.

—Está bien —se encogió de hombros, tendiéndole la prenda nuevamente. Y la chica, sonrojada, tomó su bufanda y se secó el rostro con ella, Gale dedujo que para no ofenderlo nuevamente, ya fuera por respeto o temor, y eso le hizo gracia.

—Gracias —dijo, regalándole una pequeña y tímida sonrisa para volver la vista al frente, como si esperara algo, o a alguien. Entonces Gale se permitió observar mejor sus facciones, sintiendo un curioso calor subir por sus mejillas y el corazón latiendo con más fuerza al notar que era, por mucho, la muchacha más hermosa que había visto en su vida.

—¿Estás perdida? —tuvo que hablar un poco más fuerte debido al eco sordo de la lluvia golpeando sobre el pavimento. Y ella lo miró de soslayo, apretando la bufanda roja entre sus pálidas y pequeñas manos.

—Más o menos...—suspiró, hablando con renuencia; no obstante, Gale percibió que algo en su rostro debió decirle que era de confianza, porque casi de inmediato pareció relajarse y empezó a hablar con un poco más de soltura —Creo que tomé una salida equivocada; mi coche se averió a unas calles, dejé mis llaves adentro y tuve que buscar dónde protegerme de la lluvia mientras vienen a buscarme... Supongo que esta no es la mejor hora para extraviarse —suspiró, alcanzándole su prenda de regreso tras secarse unas cuantas gotas del cabello —Gracias...

Gale tomó la bufanda y sus dedos rozaron los de ella, haciéndole sentir como una extraña electricidad recorría su cuerpo, electrizando cada célula de él.

Ella lo miró sorprendida, y volvió a sonreír, y para Gale tenía la sonrisa más hermosa del mundo.

—Gale.

—Madge. Mucho gusto.

Se dieron la mano, y esa electricidad volvió a recorrerlos, así que ambos se separaron súbitamente, sin atreverse a mirarse luego.

—Creo que la lluvia arruinó tu abrigo —señaló Gale, sin saber qué más decir a causa del extraño momento que acababan de experimentar.

Madge parpadeó y bajó la vista, sacudiéndose las solapas del mismo.

—Sí… Realmente no esperaba que lloviera cuando salí hace unas horas.

Él no pudo evitar sonreír con su comentario.

—Tampoco yo. Salí de casa ayer en la mañana, así que mucho menos estaba preparado. Y acabo de salir del trabajo, así que... Tú no eres de por aquí, ¿verdad? —Ella negó con un gracioso movimiento de rizos rubios deformados por el agua —¿De dónde eres?

—Nueva York. Al otro lado del puente ―le sonrió. Gale parpadeó con sorpresa.

―Vaya. Estás lejos de casa... ¿Estudias allí?

―No. Voy a entrar a Cambridge en primavera —comentó, encogiéndose de hombros —Estoy... Estaba de visita. A mi familia —hizo una pausa y volvió a mirar hacia la calle, parándose en puntas de pie, extendiendo los brazos como si fuera a lanzarse a volar en cualquier momento, causándole algo de gracia —¿Y a qué te dedicas?

—Trabajo en una fábrica — contestó, sin darle demasiada importancia —Pero soy... Bueno, la idea al entrar a la universidad era la de ser escritor.

—¿Vas a la universidad?

—Sí, a la Estatal de Camden. Estudio Literatura.

—¿De verdad? Eso es interesante —los ojos de Madge se iluminaron con su comentario ―¿Y ya has escrito algo?

―Oh, sí. Cientos y cientos de solicitudes para préstamos estudiantiles ―bromeó, haciendo reír a Madge también —¿Y tú?

—Oh, bueno. Yo no soy muy buena escribiendo.

Gale rió brevemente.

—¿Qué estudias en Cambridge? —se atrevió a preguntar, y ella se sonrojó.

—Música.

—Eso también suena interesante.

—No, en realidad no lo es.

—¿Por qué?

Madge suspiró, jugando con las puntas de sus cabellos mojados mientras sus labios tiritaban. Y Gale tuvo que reprimir el deseo de abrazarla para darle calor. Se sentía como algo natural el querer hacerlo, pero se recordó a sí mismo que eran dos extraños.

—Es una larga historia…

—Pues al parecer la lluvia no cesará pronto.

Madge volvió a sonreír.

—¿De verdad quieres oírlo?

—No tengo pensado salir de aquí hasta que el aguacero pase. ¿Y ves aquel autobús? Era el mío. Y acabo de perderlo.

Ella parpadeó y le dedicó otra sonrisa. Había entre ambos una extraña complicidad; una confianza extraña e inmediata que Gale no podía entender ni explicar. Y Madge pareció sentir lo mismo.

—Bueno. Mis padres pagan mis estudios, y ellos decidieron que esto era lo mejor para mí.

― ¿No te gusta la música?

―Sí, pero, la cosa es que no sé si es a lo que quiero dedicarme. Creo que es lo único que hasta ahora he hecho bien. Y mis padres lo creen también, así que no me dieron muchas opciones a la hora de elegir...—murmuró, y Gale la escuchó con atención, pero no pudo evitar sentirse molesto.

—Vaya. Tu vida sí que parece ser trágica.

—¿Perdón?

—Mira, lo siento, pero desde que tengo memoria he querido ir a la universidad y convertirme en escritor, a pesar de que en mi familia nunca ha sobrado el dinero, pero jamás me he visto haciendo nada más. Con mucho esfuerzo conseguí entrar, y aun así trabajaba más horas de las que estoy en clase para ayudar a mi madre viuda, y aún hoy trabajo hasta partirme la espalda para pagar todos mis préstamos universitarios; duermo apenas cuatro horas cada noche, pero eso no me hizo renunciar a mi sueño. Y si no luchamos por lo que queremos, entonces… ¿qué hacemos en éste mundo?

La hermosa joven lo miró profundamente, y por un instante Gale notó molestia en su rostro, pero sus ceño se suavizó casi de inmediato.

—Lamento haber dicho todo eso —expresó en un suspiro —Para ti debe ser una completa tontería, y sé que no debería quejarme, pero es...es demasiado complicado. Y no es que no luche por mis sueños. Es solo que...no los tengo.

—Todos tenemos un sueño.

—Pues yo no. O al menos no sé cuál es —admitió, encogiéndose de hombros mientras él seguía escuchándola atentamente, quedándose callado unos instantes.

—Lo siento. Supongo que me excedí —admitió él también, después de unos segundos —Pero es que... No lo sé, estoy intentando escribir esta novela, y aún no sé ni siquiera de qué va a tratar...

—¿Es tu novela lo que traes en esa libreta? —preguntó, señalando sus manos con los ojos brillantes.

El joven Hawthorne miró sus dedos y bufó, olvidándose de todo su enojo.

—Son ideas que saltan a mi mente, siempre tomo nota para unirlas en casa. Claro, cuando tengo alguna. Es difícil inspirarme cuando estoy en la ciudad. Creo que prefiero estar en el bosque o junto al mar.

—¿Puedo? —la chica empezó a hojear la libreta, torciendo los labios —Oh... No debiste usarla para cubrirte de la lluvia… La tinta se corrió por todas las hojas.

—No te preocupes, tampoco es como si pudieran haber existido mucho en esas hojas —soltó Gale sin pensar, avergonzándose al instante de la facilidad con que las palabras fluian de sus labios.

Era extraño e inusual el sentimiento que esa desconocida le transmitía con sólo su presencia, y se sentía estúpido, pero al mismo tiempo más fuerte y tenaz que nunca. Hablaron de todo y de nada casi hasta que el día despuntaba por completo bajo los grises nubarrones de lluvia; Gale le habló de cosas que no le había dicho ni a su mejor amiga, de su familia, sus hermanos, la muerte de su padre... Madge le dijo que era hija única; le habló de su amorosa pero disfuncional familia, de su vida en la universidad y sus lugares favoritos en Inglaterra que esperaba que él algún día conociera. Entonces un largo silencio se formó entre ambos, aclimatado por el sonido de fondo de la lluvia cayendo sobre los charcos en el concreto. Madge y él se miraron a los ojos, diciéndose miles de cosas sin necesidad de palabras. Eso sólo le había pasado una vez a Gale, pero jamás con una completa extraña. Nunca se había sentido tan a gusto y seguro con alguien que acababa de conocer apenas minutos atrás, pero tampoco con alguien a quien conociera de toda la vida

Entonces, sin dejar de mirar esos profundos pozos azules, bajó la cabeza y sin pensarlo posó sus labios fríos y curtidos sobre los suaves y cálidos de Madge, separándose tan súbitamente como se había acercado.

—Lo lamento…no debí...—empezó a balbucear, preparándose mentalmente para alguna clase de reproche. En lugar de eso, Madge se mostró encantada, pero al mismo tiempo perturbada y confundida. Se alejó dos pasos como si quisiera correr lejos, pero la lluvia impedía que abandonara aquel reducido refugio.

Y en ese momento, sin saber porqué, Gale comenzó a sentirse culpable de su malestar.

—De verdad lo siento, no suelo hacer esto. No quiero que pienses que voy por ahí besando a cada chica que conozco, pero...—intentó excusarse, pero no supo qué más decir de todo aquello que ciertamente no comprendía.

Y Madge oyó cada palabra, abriendo los ojos muy grandes, mojándose los labios con mucho cuidado antes de volver a hablar:

—Yo… Creo que m...—balbuceó por unos segundos, y cuando al fin pareció encontrar las palabras que quería, de repente, su teléfono comenzó a sonar, y, aunque no parecía tener deseos de contestar la llamada, cambió de opinión al ver la pantalla —Disculpa. ¿Diga? Oh, hola…sí, me sorprendió la lluvia y…lo lamento, lo sé. ¡Lo sé! No volveré a hacerlo, ¿sí? ¿Dónde dices? —una bocina se oyó cerca y los dos levantaron la cabeza— Sí, ya te veo...—cortó la comunicación y el coche negro encendió y apagó sus luces, dando a entender que estaba esperando el cambio del semáforo. Madge suspiró —Ya llegaron por mí.

—¿Te vas?

—Sí. Lo lamento —murmuró, esbozando una mueca triste.

Gale, afligido por la inminente partida, se inclinó hacia ella para volver a intentar besarla, pero Madge lo detuvo esa vez, colocando dos dedos entre sus labios y mirando hacia todos lados como si temiera ser vista con él.

—¿Qué pasa?

—Por favor, no vuelvas a besarme.

—¿Por qué no?

Ella lo miró. El tono de Gale había sonado más dolido que enfadado, y eso pareció conmoverla. Entonces, mordiéndose el labio inferior, bajó la vista hacia sus zapatos de diseñador y tembló ligeramente.

—Porque... si te beso ahora, siento que será el fin de la vida como la conocemos, y... No sé si estoy lista para eso —musitó, atravesándolo una vez más con sus ojos imposiblemente azules y profundos.

—Pues no me gusta mucho mi vida actualmente —refutó él, acercándose un poco más pero ella lo detuvo.

—Por favor...

Gale se alejó de mala gana, sin estar de acuerdo pero respetando sus deseos.

—¿Volveré a verte, Madge?

Ella miró. Sus ojos se habían apagado como velas en el viento de repente.

—Yo…—dudó, pero en sus ojos claramente podía verse las ansias por decir que sí cuando el coche negro se estacionó junto a ellos en la acera, abriendo la puerta del copiloto para ella— Fue un verdadero placer haberte conocido, Gale —le extendió la mano, fría e impersonal, y se dio la vuelta; no obstante, antes de entrar en el auto pidió un segundo al conductor y volvió a girarse hacia él, tomó una pluma que colgaba de su bolsillo y anotó un teléfono en su libreta —No sé adónde nos lleve esto, pero... Podrías...emm... Llamarme alguna vez ¿sí?

Gale miró, obnubilado, el número en su libreta, y, reprimiendo una sonrisa, volvió a mirarla a los ojos.

—Lo prometo.

Ella le sonrió, y dándole un beso en la mejilla se despidió, entrando al auto que en seguida se puso en marcha, alejándola de su vista en medio de la torrencial lluvia.

Aun así Gale sonrió para sus adentros, pensando que a pesar de todo había sido un gran día.

Ya sin importarle la lluvia que se había convertido en fría agua nieve, caminó a casa, casi flotando entre nubes. Llegó a pequeño apartamento y se deshizo de su empapado abrigo. Siguiendo sus instintos buscó su teléfono celular antes de despertar a sus hermanos y después tomó la libreta para marcar el número que aquella hermosa chica había anotado, pero rápidamente se dio cuenta de que el teléfono anotado entre sus hojas se había borrado junto con todo lo demás.

Por eso, al día siguiente, y al día después del día siguiente volvió a pararse en el mismo parador para encontrarla, esperar a que el destino los volviera a hacer coincidir, pero no fue así.

Y ése momento, ése breve instante que habían pasado juntos, esa extraña electricidad que aún recorría su cuerpo fue lo único que le quedó de ella.

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Continuará

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N del A:

Gracias por leer.

Agradezco mucho sus reviews. Para un autor no hay nada mejor que el apoyo de sus lectores.

Espero que les haya gustado el capítulo.

Nos leeremos pronto!

H.S.