9:00 A.M. Secundaria pública Golden Buer, 17/09.

Todo el mundo anda algo alborotado. A pesar de ser lunes por la mañana, el ambiente se siente diferente. Grupitos de personas se distribuyen por toda la institución, casi todos andan murmurando, chismeando, creando teorías o simplemente burlándose. El morbo puede sentirse en el aire. El club artístico acaba de pedirle ciertos favores al Consejo Estudiantil, al Consejo Estudiantil no le quedó de otra mas que aceptar. El presidente no se fía absolutamente nada de esa chica, Elizabeth. Sabe que trama algo. Los hechos son evidentes.

Ese domingo, tarde por la noche, se comenzó a viralizar un vídeo por Whatsapp. Allí se ven, literalmente, los vestidores del gimnasio, sin movimiento alguno. La calidad de audio era mala, pero lo que se puede oír es sumamente interesante. ¿Alfred rogándole a Iván que pare porque "eso" le duele? De nuevo, las sospechas de que los líderes pandilleros sean pareja, se incrementaron.

A tal punto que ya varios tienen las suficientes bolas como para ir y preguntarle directamente a Alfred sobre ello (Iván aún les da terror). Y lo habrían hecho esa misma mañana, sino fuera porque de la nada apareció por los pasillos, sosteniendo un bate de béisbol con manchas secas de sangre; lentes de sol oscuros para ocultar sus ojeras y borrachera. Simplemente aterrorizante, ¡Muy aterrorizante!

A pasos seguros y molestos, fue en busca de Iván. Tras varios insultos y un "Sígueme pedazo de escoria, tengo que hablar contigo", es que ambos decidieron quedarse sentados en la parte alta de las canchas de fútbol, saltándose juntos la clase de Historia.

—¿Te has enterado del vídeo?

—Да.

—Lo del viernes fue planeado, ¿No?

—Supongo.

—Tú... ¿Sabías de esto?

Silencio. El ruso dejó de mirar las nubes y se concentró en ese pelo rubio, siempre tan brillante.

—¿Piensas quedarte callado? —preguntó, sacando de su bolsillo una caja de cigarros. Dejó en sus labios uno de ellos, y mientras que su mano izquierda buscaba el encendedor, la otra le ofrecía algo de nicotina a Iván; este tomó uno y lo dejó en sus labios.

Más silencio. Humo salía de la garganta seca del americano, era obvio que la estaba pasando horrible, se le notaba hasta en la cara, su bella cara. El mundo es sumamente cruel. Iván mantuvo presionado el cigarrillo contra sus labios, nunca lo prendió. Tras más estúpido silencio, las cenizas terminaron de caer.

—Jódete, hijo de perra, me largo.

—No tenía ni idea.

—No me mientas.

—No lo hago.

—Siempre lo haces.

Había algo más allí, algo oculto —¿Por qué crees eso?

—¿Por qué NO hacerlo? Soy el único que salió perdiendo.

—Pero yo no sabía de eso.

—Eso no es algo que me puedas probar.

—No tengo nada que ver.

—¿Entonces por qué carajos hiciste lo que hiciste?

Hace años, en una cárcel, en algún lugar, el padre de Iván decidió colgarse. Había terminado allí tras ser encontrado culpable de acosar y abusar sexualmente a 9 menores, 9 niños que no merecían aquello. Entre estos niños, se hallaban un par de bellos e ingenuos ojos azules. Aunque el hombre no mostraba remordimiento alguno mientras que, al final del juicio, aceptaba cada uno de sus crímenes; estando ya tras las rejas fui incapaz de soportar toda la culpa que invadía su ser. Incluso llegó a romperse la cabeza de tanto pensar. Literalmente. Bueno, casi. Le rompieron la cabeza, en realidad.

Alfred aún sostiene entre sus manos el bate con el que acabó la estabilidad mental de ese maldito hombre. No se arrepiente de nada, tan sólo de existir. El chico al lado suyo, gracias a Dios, no se parece nada a su padre. Y aún así lo detesta, lo detesta con el alma porque es incapaz de dejar de pensar en él. Y al pensar en él, recuerda su infancia y llora. Detesta llorar, es de débiles. Quiere de una vez dejar de serlo.

—Hormonas, creo. Eres jodidamente atractivo. Tu trasero es una bendición.

—Cierra el hocico.

—Es la verdad.

—Cierra el hocico.

Silencio de nuevo. Iván volvió a mirar el cielo. Oh, ya no habían nubes.

—Quiero algo contigo.

—Ajá.

—Hablo en serio y lo sabes.

—Vete a la mierda.

—Creo que la que nos encerró fue esa tipa húngara, se le nota en la cara que trama algo. Su actitud es sospechosa. Voy a mandarla a investigar. En cuánto al dichoso vídeo, ¿Es que acaso no sabes golpear? Tienes un puto bate allí, ante cualquier palabra de esos imberbes sólo destrózales la mandíbula, como tu ya lo sabes hacer.

Y hace mucho, mucho tiempo, esos dos de niños eran mejores amigos. Salían siempre juntos, se ayudaban en las tareas y exámenes de matemáticas, incluso iban y venían de la luna cada noche, riendo. Prácticamente inseparables. El pequeño Alfred tenía berrinches muy feos cada que Iván se iba. Eso quizás explica su actual actitud: Su Iván nunca volvió. El departamento barato dónde el chico solía vivir quedó abandonado, y un día en el que quiso saber de una vez por todas el paradero de su mejor amigo; colándose por una de las ventanas, es que ese maldito hombre abusó de su inocencia. Años más tarde, los Braginsky volvieron. Y al reencontrarse, se dio cuenta que ese Iván no era su Iván. Y que él tampoco ya era el mismo. Chocaron, se insultaron y declararon enemigos públicos. Aunque quizás actuaban ante el público. Eso explicaría tantas cosas.

Mientras que Iván esperaba que el cielo se volviera llenar de nubes, Alfred creaba otras de humo. La campana sonó y ambos se levantaron para irse. El profesor de Educación Física los castigó por la tardanza, les sonrió por no causar lío. Al final de la clase, se quedaron recogiendo los balones de básquet y los chalecos de colores. Se demoraron a propósito, era recreo y lunes después de todo: los Vargas hoy traían sus productos a mitad de precio. MITAD DE PRECIO. Antes de lo humanamente esperado, las duchas varoniles se encontraron desoladas.

—El que no haya nadie aquí me trae recuerdos de Vietnam.

—¿Vietnam?

—No tienes sentido del humor. Osea, cosas que no quiero recordar.

—Ahh. —lo pensó un instante —¿No quieres recordar lo del viernes? —preguntó, acercándose peligrosamente.

—Saca tus manos de mis caderas o te partiré el labio.

—¿Desde cuándo eres fan de Victorius?

Sabrá Dios por qué, pero tras partirse el labio mutuamente, comenzaron a besarse. La lengua de Alfred junto a su sangre, lo volvía loco, mucho. Iván pronto comenzó el manoseo.

—Hace calor, ¿Te quieres quitar la ropa?

—Mejor dúchate, pervertido.

Contra las cerámicas de esos baños, siguieron besándose. La piel del ruso eran tan tersa y cálida al tacto, simplemente adictiva. Y aunque sentir sus manos hacer variedad de cosas con sus nalgas no era muy de su agrado, sentir sus besos húmedos contra la sensible piel de su cuello SÍ que lo era. Incluso gimoteó un poco. Sólo un poco. Casi nada.

—¿Por qué carajos tu pene está parado?

—¿El tuyo no? Que descortés.

—¿Disculpa?

—Al menos que salga a saludar, ¿No?

Se siguieron besando, hasta que la campana sonó. Decidieron dejar de hacer aquello, eso no iba a pasar nunca más, lo prometieron. Tras vestirse, se quedaron mirando.

—¿Tu pene sigue en pie?

—Está esperando que le respondas el saludo.

Finalmente decidieron escapar de clases, teniendo la casa del americano como destino. Las promesas y las reglas están hechas para romperse.

—Mi pito no es descortés.

—¿En serio…? ¡Oh…! Ya veo.