21. Sangre.
Era
más espesa de lo que recordaba. La última vez que se había cortado
tenía doce años y estaba en casa por Navidad. Su madre le había curado
el dedo y no había habido daños mayores. Pero a Lily le gustaba hacerlo
al modo muggle. Según ella, algunas cosas debían hacerse por esa vía
para ser más conscientes de nuestros actos. James discrepaba. Lo que
ella quería es que fuese consciente del dolor que en ese momento sentía.
Apretó
el posabrazos del sofá con la mano todo lo fuerte que pudo para no
gritar cuando ella le echó agua oxigenada en la palma de la mano.
- Deberíais tener más cuidado –dijo Lily y sopló directamente en la herida.
Y ahora que podía compararla con el color del pelo de Lily, también era más roja de lo que recordaba.
- Siempre tengo cuidado.
- James.
- Está bien.
No
le había contado toda la verdad. Acababan de salir de la Casa de los
Gritos y antes de volver a la torre habían pasado por las cocinas.
James había intentado prepararse él mismo un sandwich porque la sola
idea de pedirselo a un elfo le hacía sentir culpable. Aunque la culpa
de aquello la tenía Lily por sus ideas sobre liberar a los elfos y
hacer del mundo mágico un mundo mejor. Pero cortarse con un chuchillo
que normalmente se utilizaba para cortar carne y que él había usado
para untar mantequilla no era una historia muy varonil. Así que le dijo
que Remus se había sentido más indispuesto que de costumbre y habían
tenido que reducirle con la mala suerte de que le había arañado.
- La próxima vez pidele ayuda a un elfo.
Nunca
se le dio bien mentir. O ella siempre sabía cuando lo hacia. Le terminó
de vendar la mano y le dio un breve beso en los labios.
- Espero que hayas aprendido la lección.
