Disclamer: Todos los personajes son propiedad de Stephenie Meyer. Yo solo soy la dueña de la trama de la historia.
Summary: La belleza podría ser descrita de muchas formas, sin embargo el dolor de sus heridas se reflejaban de forma fuerte en su actuar. Él no era perfecto, ella tampoco. Ambos distintos, ambos sufriendo, unidos por el destino para vivir el día a día.
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Capítulo 1.
El aterrizar y posterior traslado fue algo maratónico, titánico, agotador, cansador, extenuante y todos los sinónimos habidos y por haber en un diccionario. Era completamente distinto viajar a como lo hacía antes con comodidad, rapidez y eficiencia de mi parte; caso diferente al de ahora, en que tenía que buscar ciertas cosas que facilitarán un mejor desplazamiento. Caso aparte fue el avión y el descenso hasta llegar a la loza y embarcarme en un bus con todas mis pertenencias.
Cuando por fin el taxi me dejo frente a mi hogar, sólo pude sonreír. El cansancio había valido la pena si adentro te esperaba tu padre posiblemente y una buena taza de café. Llamé al celular de mi padre y éste de inmediato salió a recibirme con los brazos abiertos, tomándome por sorpresa con tamaña muestra de cariño.
Lentamente me ayudó a llegar hasta la casa, la cual estaba acondicionada especialmente para mí. El interior seguía tal cual lo recordaba hace algunos años, sólo habían añadido algunas fotos y recuerdos más de distintas etapas de mi vida estudiantil.
Un olor a estofado me recordó el hambre que tenía. Raro que hubiera una comida tan elaborada cuando mi padre con suerte sabía hacerse un huevo revuelto, ya que ni aunque viera programas de cocina para hombres por televisión era capaz de imitar aquellas acciones efectuadas por expertos, pero era mi padre y aun así lo quería.
Me desplacé lentamente recorriendo con mi mirada todos aquellos lugares que habían sido testigos de mi infancia y adolescencia, los cuales no veía desde que el sentimiento de ser alguien más se impuso en mí llevándome a estudiar a una Universidad. Los pasillos anchos me beneficiaban mucho, quién lo hubiera pensado que lo que un día no era de nuestro agrado, hoy sería un beneficio para mí.
Llegue a mi habitación y todo seguía completamente igual a como lo deje antes de partir a estudiar, ni siquiera los objetos ni libros se les notaba polvo a la distancia, por lo cual deduje que aquella habitación era limpiada regularmente. Gran sorpresa fue ver un librero con todos mis libros, que aunque parecía rebosar, aún conservara algunos estantes libres para la disposición de algunos ejemplares que traía conmigo o los que adquiriera en el futuro.
Seguí instalándome toda la tarde, aunque fue un proceso lento, muy lento. Mi habitación siempre había estado en el primer piso porque cuando era pequeña la patosidad reinaba en mí a cada momento del día, razón por la cual mis padres habían decidido dejarme el primer piso para evitar futuros accidentes con la escalera que pudieran ocasionarme un descanso eterno prematuro.
Al caer la noche, dispuse mis pertenencias en orden para el día siguiente y con un cansancio ya latente en mi cuerpo, me acosté en mi cama. Desde un principio había sido difícil el proceso, muchas veces quise dejarme vencer, pero pequeñas cosas me hacían salir adelante y pensar en los rayos del sol del futuro. Sentada en mi cama, comencé a masajear mis piernas omitiendo aquellos detalles de los que me avergonzaba ahora y me sumían en la más completa de las penas. Y es que era en la noche en donde volvían los recuerdos dolorosos y las huellas cobraban un mayor significado.
Mañana debía tratar de conseguir un trabajo en este frío pueblo, que aunque no se acomodara a mi profesión de Licenciada en Literatura, serviría para ayudar a pagar las facturas en casa y a adquirir más experiencia para mi primera obra. Con ese pensamiento cerré los ojos y poco a poco el calor de la cama fue calmando los dolores de cuerpo y corazón.
El sonido del reloj, más bien el del celular, fue el que irrumpió mi sueño de algodones de azúcar de colores. Infantil, lo sé, pero había desarrollado una extraña dependencia por aquellas golosinas y en general todo lo que fuera dulce.
Comencé mi día en la cocina, lugar donde me esperaba Charlie muy contento de tener a su hija en casa. El desayuno transcurrió en una amena charla sobre la Universidad y todo lo relacionado a ella. Después me dejo en el centro de Forks, lugar desde el cual yo iría en taxi después a casa ya que mi padre debía de ir con su esposa, perdón, la comisaría.
Costaba demasiado desplazarse por las húmedas calles, de eso no había duda, pero yo misma había insistido en ir sola, por tanto debía de asumir los riesgos que implicaba aquella operación. Tenía algunos contactos previamente establecidos por correo electrónico, por lo que ellos serían los que primero visitaría.
No fue una sorpresa para mí al verme llegar a la librería que la señora Sue llegara corriendo a verme impactada. Ya me había acostumbrado a aquellas reacciones de la gente y sus muchas preguntas, que bienintencionadas en su mayoría, no faltaba la que era realizada sin tacto alguno.
-¡Bella hija!- exclamó aquella cariñosa mujer. Sentir sus cálidos brazos rodeándome era totalmente reconfortante. Aunque me era dificultoso lograrlo y no caerme a la vez.
-Señora Sue, que gusto me da verla nuevamente- dije mientras la mujer de mediana edad reía ante mis palabras.
-El gusto es mío Bella, me alegro que por fin volvieras con nosotros tu familia, aquí te aseguro que vas a encontrar la cura para todos tus males- señaló muy segura de sí misma.
-Puede ser Sue, ¿Cómo están tus hijas?- pregunté.
-Ahí están mis hijas, viajando por el mundo con sus maridos. Fue una pena que no pudieras asistir a sus bodas, pero me hicieron prometer que cuando nacieran sus primeros hijos, irías al bautizo en el lugar en donde se realizara, así que debo cumplir esa promesa y llevarte- dijo mientras sonreía naturalmente.
Conversamos de muchos temas, con algunos las carcajadas se escucharían hasta afuera en la calle, pero no nos importaba en lo más mínimo aquello. Sue era una mujer encantadora que le gustaba preocuparse de todos los hijos de sus amigos, por ende yo estaba dentro de la lista al ser hija de Charlie.
-Sue, ¿Sabes si hay algún lugar donde pueda trabajar de momento?- pregunté tiempo después.
-Bueno Bella, podrías ir a la secundaria de Forks, allí estoy segura que te recibirían como maestra de Literatura con tus tremendas referencias, si es que tu caso es la enseñanza; otra opción es que vayas hasta la agencia del periódico y preguntar si es que hay alguna oferta laboral, puedes ir hasta la oficina de abogados y hablar con Jasper, mmm… podrías ir donde Cullen y preguntarle si es que no necesita una asistenta o bien…- dijo dejando la frase a medias.
-¿O bien…?- pregunté.
-O bien, podrías ser mi ayudante en la librería- dijo feliz.
-¿Hablas en serio Sue?-.
-Pues claro Bella, sabes que no tienes ninguna discapacidad mental que impida que trabajes, por lo tanto, este me parece un buen lugar para ello. Además, hace algunos años, cuando tú no estabas, mande a colocar todos los estantes a una altura promedio de 1,60 para que nadie tuviera accidentes si sacaba un libro de alturas; hasta en la bodega es lo mismo, mientras más lejos del cielo, más tiempo vivimos- comentó llena de risa.
-Lo aceptó- dije sin darme muchas vueltas.
-¡No sabes lo feliz que me haces Bella!- musitó alegre.
Desde ese mismo día empecé a trabajar. Claro que no faltaban los mirones que se quedaban mirando feo y despectivamente, pero yo estaba aquí para hacer mi trabajo y no para ser el payaso de nadie. La jornada era relajante, ya que como no entraba mucha gente al local, no había un gran movimiento, por ende, podía disfrutar más tiempo leyendo libros de historia o de romance. Sue, no difería mucho a lo que hacía yo, había momentos en que solo sentíamos el ruido de una mosca volando a nuestro alrededor y ninguna palabra, pero era relajante saber que había otra persona que compartía los gustos similares a los de uno.
Una vez fuera del trabajo, Sue me dijo que hablaría con Jasper, el abogado del pueblo, para que viéramos el asunto laboral, con redacción de contrato y legalización de documentos para poder incorporarme de buena forma al mundo de los trabajadores.
Caminaba lentamente por la calle, cuando un olor dulzón lleno el ambiente. No lo pude resistir y como pude camine casi media cuadra más hasta que llegue a una hermosa pastelería. De inmediato no dude y entré. Grata fue mi sorpresa al ver a la vendedora, una mujer joven aún con una hermosa sonrisa en sus labios mirarme amorosamente.
-¿En qué puedo servirle señorita?- dijo amablemente.
-Este, bueno yo, quisiera ummm… pastel de manzanas, uno de yogurt, un pie de limón y un vaso grande de café con leche para llevar- dije mientras sentía como mis mejillas se coloreaban en el acto.
-Está bien pequeña, ¿en qué tamaños deseas llevar los pasteles?- preguntó la señora.
- Medianos por favor- dije, pensando que si llevaba individuales, no durarían hasta el día siguiente.
La señora amablemente atendió a mi pedido, envolvió todo y colocó en un cartón mi vaso de café. Lamí mis labios ante tanta delicia delante de mi rostro. El olor del café con leche empapó mis sentidos, trasladándome a un mundo donde todo era mejor y sin dolor.
Salí de la tienda con las compras puestas en una mochila, ya que de esta manera me era más fácil tener los brazos desocupados, de cierta forma; tomé mis compañeros, los acomodé y emprendí el camino hasta un lugar con luz en donde esperaría un taxi para que me llevara a casa. Los minutos pasaban y el frío me estaba pasando la cuenta, los huesos me dolían al igual que las cicatrices. De pronto, frenó un taxi delante de mis ojos, la puerta se abrió y de él descendió un hombre alto, con un abrigo negro que tapaba la mayoría de su cuerpo, pero no así su cara. Era hermosa. Sin más empezó a caminar y fue ahí cuando me di cuenta de su caminar dificultoso. Pero además reparé en tres cosas:
Primera: Era un hombre alto y hermoso.
Segunda: Sus ojos desprendían una mirada dura y fría
Tercera: Tenía una discapacidad física, una cojera bien acentuada.
El chofer tocó la bocina de su auto por lo que entré como pude en él, perdiendo de vista al extraño y hermoso hombre. Le indiqué la dirección al conductor, mientras éste conducía en total silencio por entre las sombrías calles de Forks. Al llegar a la puerta de mi casa, Charlie ya estaba esperándome por lo que me ayudo a salir del taxi y acomodar a mis amigas en mi cuerpo, después de dejarme estabilizada en la acera, pago al conductor y caminamos hasta la casa.
-Tan tarde Bella que llegas- dijo mi padre a modo de regañina.
-Lo siento Charlie, pero me entretuve de más con Sue y además el taxi se demoro en pasar- dije a voz baja.
-Debes de andar con cuidado a estas horas, no hay muchos asaltos en Forks, pero más vale prevenir que lamentar, además tienes que cuidarte en tu estado- mencionó, pero al momento comprendió el daño que me había hecho. Sin más salí a paso lento de la sala, apoyándome más que de costumbre. Los huesos de las piernas me dolían demasiado, por lo que una vez acostada, saque mi caja con medicinas y me dispuse a ver que podría ingerir esta noche. Finalmente me decante por San Paracetamol, ya que si tomaba ibuprofeno podría tener problemas con la presión, además era un fármaco suave y me haría efecto, ya que habían pasado algunos años desde aquel día. Antes de acostarme, saque mis municiones desde mi mochila y las deje guardadas en un mueble, no sin antes sacar una tajada de pie de limón.
Cerré los ojos, mientras esperaba que el medicamento surtiera efecto en mi cuerpo. Estaba tapada hasta los ojos, el frío en Forks en las noches era infernal, lo que de por sí hacía estragos en mi cuerpo, pero era el precio que había decidido pagar de forma voluntaria.
La mañana llego de la misma forma en que me había dormido, rápida y sin novedad. Me levanté para ir al baño y hacer mis necesidades. Salí a la media hora después aferrándome a las manillas ahí instaladas para mi sujeción. Di un rápido vistazo a la ropa que tenía disponible, no era mucha ni variada, algunas se repetían en diseño y solamente cambiaba el color, pero esperaba que con mi primera paga en la librería poder ampliar y diversificar un poco más mi vestuario.
El día fue totalmente normal. No entraron muchos clientes, a excepción de unos escolares a preguntar el precio de algunos libros de estudio, pero me extraño que una de ellas, preguntase por un libro de literatura clásica, se veía que era una amante de las letras y quizás incomprendida por sus compañeros. Era verme en un espejo en mi adolescencia, retraída y siempre con un libro o averiguando de ellos, y sobre todo, excluida por los demás.
No pude evitar a la salida, caminar hasta la pastelería. La dependienta me sonrió al verme entrar a la misma hora del día anterior, mi pedido fue el mismo y mi felicidad la misma, era chistoso verme con una mochila llena de dulces, pero esos eran los pequeños gustos que me daba en la vida ahora.
Tomé un taxi para ir hasta casa, el chofer no fue muy amable ya que no se bajo a abrirme la puerta, lo cual fue más dificultoso al subir y acomodarme dentro más la mochila. En el interior del carro había un delicioso olor, como a pino y un toque dulce de fondo, canela tal vez. El aroma me relajo todo lo que fue el trayecto hasta casa y me dio el ánimo necesario para bajar. Allí en la puerta ya estaba esperándome Charlie quién corrió a ayudarme a descender y a acomodarme bajo su brazo. Una vez dentro de la casa, cenamos casi en silencio, a excepción de algún comentario de la comisaría de parte de Charlie, pero de la mía nada, estaba completamente en mi mundo.
La noche llego y con ello el frío y los dolores en mi cuerpo. El médico de la Universidad me había dicho que no era recomendable irme a vivir a un lugar frío ya que acentuaría más los dolores, pero no tenía otra salida, era el único lugar donde podría tratar de olvidar los sucesos ocurridos. Me tomé los calmantes y me arropé bien, esperando entrar en calor pronto y así fue como poco a poco los ojos se me cerraron.
Corría y corría, escapando de mi agresor. Su mirada tenía una sonrisa sádica y el arma blanca que llevaba en su mano no era menor. Era muy joven como para morir asesinada, y quizás que otras cosas me haría antes. Jadeaba y no encontraba alguna calle que me llevara a un lugar seguro, me estaba costando horrores respirar y me dolía demasiado el estómago. Hasta que todo tocó fin cuando llegué a un callejón sin salida.
-Al fin te tengo, pequeña- dijo esa voz a mi espalda. ¿Escapar? ¿De qué manera? Había llegado al final demasiado pronto, sin mis sueños por cumplir, sin ser madre, sin tener el amor de un hombre a mi lado. Sin nada y todo lo que poseía sería quitado por un maldito loco.
-N-no me haga na-nada por favor- musité dándome la vuelta para enfrentar a mi agresor.
-Vaya, así que eres más hermosa de lo que pensaba- dijo con una sonrisa, dejando ver sus dientes amarillos- Creo que me voy a divertir mucho contigo antes de decirte adiós- mencionó mientras acariciaba su cuchillo con el pulgar.
De a poco y tontamente fui acercándome hasta un cerco rodeado de tambores de basura, no era un lugar muy hermoso para morir, pero tampoco las circunstancias lo serían. El agresor también se fue acercando hasta mi cuerpo mientras se desataba el cinturón de su pantalón. A lo lejos escuche bulla, mucha y de pronto disparos. Que irónica era la vida, iba a morir por cualquiera de las dos formas. El volumen de los disparos se intensificó cada vez más, hasta que oí uno o varios, cerca de mí y luego mucho dolor en mi cuerpo. Miré a mi agresor quién estaba tendido en un charco de sangre y cerré mis ojos.
El despertador fue el que me salvo de un ataque al corazón esa mañana. Respiraba agitadamente y mi cuerpo estaba cubierto por un sudor frío. Cada algún tiempo revivía todo el accidente, aquella terrible noche que casi me había costado la vida. Sonreí luego de unos minutos, estaba viva después de todo, mi cuerpo tendría algunas marcas de por vida, pero por lo menos respiraba y algunos de mis sueños se cumplirían.
Una vez en el trabajo, estuve más animada que de costumbre, era algo que hacía muchas veces, aparentar estar bien para esconder mi sufrimiento. En aquellos tiempos no tuve a amigos cerca que hicieran más fácil mi recuperación, sólo mi padre que viajaba a verme al hospital, por lo que siempre le sonreía para volviera cada vez más tranquilo hasta el hogar.
Ya se había transformado en un hábito pasar a la pastelería por un café y un rico pastel para disfrutar por las noches, no me preocupaba subir de peso, un poco, mejor ya que por lo menos tendría un cuerpo mucho más formado y no ser tan escuálida como lo era hoy en día.
Nuevamente abordé un taxi y el mismo olor a pino y canela de la noche anterior invadió mis sentidos, era agradable sentirlo ya que no se podía comparar a muchas cosas, pero la persona que usara una fragancia así, debía de ser muy especial.
La noche paso sin mayores incidentes, sin pesadillas gracias a Dios, por lo cual pude despertar tranquila al día siguiente y realizar mi labor más relajada. Sue se portaba de maravilla conmigo, me contaba de sus años de juventud, de su matrimonio y todo lo relacionado con la librería que pudiera hacerme falta saber en algún momento.
A la salida me dirigí despacio hasta la pastelería, se me antojaba un pie de limón con café con leche y ya iba comiéndolo en mi mente cuando vi la misma cabellera rojiza que se bajo del taxi hace unas noches dentro del local. Mi corazón empezó a latir más rápido, ese hombre me hacía desear cosas extrañas. ¿Quién era?. Se notaba que conocía a la dependienta y hasta le hablaba con palabras cariñosas, pareciera que era un hombre amable pesé a su discapacidad que ahora a la luz artificial era más notoria.
-Buenas noches mamá que duermas bien- musitó él. Su voz era aterciopelada, hasta el punto de acariciar cada centímetro de mi piel cubierta por la ropa. Despacio se giró para ir hasta la puerta pero en su camino estaba yo mirándolo anonada. Sus facciones se endurecieron de inmediato y me dirigió un despectiva mirada, ¿Qué había hecho mal?. Con más rapidez de lo normal salió del local mientras su cara mostraba signos de dolor evidenciando más su cojera.
-Es mi hijo, perdónalo, pero a veces tiene problemas con su genio- musitó la dependienta. Ella no era la culpable de la actitud de su hijo, por lo que le dedique una sonrisa y procedí a hacer mi pedido. –Edward no siempre ha sido así, tuvo un accidente y le cuesta confiar en las personas, tenle paciencia, lo más seguro es que te lo topes por ahí… por cierto, mi nombre es Esme y ¿el tuyo?
-Bella Swan- dije mientras me desprendía de una muleta y le daba la mano.
-Un gusto conocerte Bella- repitió la señora.
-Lo mismo digo Señora Esme- mencioné respetuosamente.
-Oh cariño, solo Esme por favor- dijo mientras sus mejillas se coloreaban.
Salí feliz del negocio con mi pedido en la mochila, me costó un poco esperar un taxi, pero finalmente me subí a uno, que misteriosamente llevaba el mismo olor a pino y a canela en su interior, que no eran producto de un aromatizante para auto, ya que de por sí se sentía el olor a cigarrillo que emanaba del conductor. ¿Quién sería el portador de aquella fragancia tan deliciosa?.
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Muchas gracias por haber leído hasta aquí. Sería un gusto ver tu comentario en esta historia que se está formando hace poco. No te olvides de pasar por otra historia "Besos con sabor a torta".
Saludos.
