No esperaba recibir comentarios antes de publicar los siguientes capítulos, pero como para mi sorpresa así ha sido, nunca está de más ser bien agradecida, así que mil gracias a AngelaGiadelli y Luna Zinaide por sus palabras de ánimo :D
Cae la noche sobre el abismo de Helm y una batalla estalla.
En las cuevas bajo la fortaleza de Cuernavilla una madre pugnó vanamente por retener lejos del frente a su joven hijo, apenas un púber, enfermo desde que dejaron Édoras.
El chaval blande una buena espada, pero está demasiado febril como para esgrimirla certero. De repente, una flecha orca atraviesa sin impedimentos su garganta, librando así a los Rohirrim de desayunar dos meses más tarde con la noticia de que durante un ritual una familia fue masacrada.
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Los sanadores sindar de Dor-Lómin no pudieron hacer nada por ella. La cría sentía menguar su llama con cada suspiro, hasta que finalmente su risa se apagó.
La medicina élfica no había conseguido sanarla y Morwen lo asumió entre llantos, pero siguió adelante por sus otros hijos, creyendo verdaderamente que los estragos de la peste, y no otros, le habían arrebatado a la mediana de los vástagos que tuvo con Húrin.
Más de un siglo después, a punto de finalizar la Primera Edad, se me apareció por la espalda con su peculiar risa cantarina, un tanto siniestra, mientras me preparaba una infusión de escaramujo para poder dormir, sosteniendo entre los labios mi inseparable pipa de barro.
La dichosa niña me dio un susto de muerte. Me escaldé con las brasas de la cachimba y con el brebaje, que se derramó por doquier.
A la chiquilla aquello le resultó más divertido aún. Pero su aspecto a mí no me lo pareció tanto. Ojerosa, con el pelo lacio y sucio, y en extremo pálida. Lo normal para estar muerta. En el fondo no sé por qué me sorprendí.
Una vez calmado, le inquirí por qué había venido a verme.
"Porque puedes verme."
Hmm, precisamente.
Tuve que replantear mi pregunta. A una criatura de tres años no se le pueden exponer conceptos complejos. A ver cómo me las arreglaba para sonsacarle el motivo de su visita.
Me agaché para ponerme a su altura y mirarla de frente, y me armé de paciencia. Yo conocía su historia, quién no. Hermana del gran Túrin Turambar, "amo del destino", "Ruina de Glaurung" bla bla bla. Escuché que una enfermedad arrastrada por el viento de Angband asoló su comarca y que ella fue una de las víctimas del llamado Mal Aliento de Melkor —nombre desafortunado, por otra parte—, aunque lo más probable fuese que el Vala descarriado no hubiese tenido nada que ver. Para mí que todo se debió a una infección que se propagó por las pésimas condiciones de salubridad de la zona y de la época.
Le expliqué que supuestamente no tenía que estar allí —en el minúsculo e impersonal "cuarto para todo" que era mi casa—, puesto que ella parecía ser consciente de su estado, o la falta de él.
Se me heló la sangre cuando la cría me dijo que en realidad había sido por un hombre malo.
"¿Cómo un hombre malo?"
Urwen comenzó a sollozar, se estaba cerrando en banda, pero debía descubrir a qué se refería porque me estaba oliendo por dónde iban los derroteros.
"¿Un hombre malo te hizo esto?"
La chiquilla asintió reiterativa llevándose una mano a sus ojitos para enjugarse unas hipotéticas lágrimas.
"Sí, y ahora le está haciendo lo mismo a mi amiga."
Entonces pegó un grito agudo y breve sin venir a cuento que prácticamente me noqueó, y echó a correr desvaneciéndose al atravesar la pared. Tardé en reaccionar y cuando salí fuera a buscarla como un tonto, obviamente ya no estaba. ¡Joder! Odiaba cuando hacían eso, esa ambigüedad que no me ayudaba nada, dejándolo caer sin concretar, sin dar más datos. Me prometí que la próxima vez que se me presentase un espectro, iría al grano: "qué quieres, dónde lo encuentro, a quién tengo que liquidar". Hala, a saco, y me evito quebraderos de cabeza.
Tamborileaba los dedos sobre la mesa entretanto me tomaba algo más acorde para la situación: un vaso de alcohol casero tres veces destilado. Directo al hígado. Tras terminarlo, agarré mi chambergo y el macuto en el que porto lo imprescindible, siempre preparado detrás de la puerta.
Tenía cuestiones que dilucidar.
Mi sobrino no partió junto con su hermano a Númenor, ni tampoco con los restos de su linaje a Aman. Decidió permanecer en Beleriand porque… Bueno, porque sí, porque la Tierra Media le parecía bonita o alguna memez de ésas. Sinceramente se me daba una higa. Lo que me interesaba es que, merced a mi querida guardiana impuesta por nuestros bienamados Valar que estimó conveniente informarle, Elrond se había convertido en un gran apoyo del que aprovechar su proverbial sabiduría.
Le produjo gran preocupación la aparición fantasmal de la pequeña Lalaith. A nadie le era dado conocer qué había dispuesto Ilúvatar para los mortales una vez superada la muerte, pero no había constancia de que sus espíritus vagaran libres por la tierra, por lo que era lógico pensar que si la niña seguía atada a este mundo, se debía a causas antinaturales no benignas en principio.
Asimismo, ambos dedujimos dos posibilidades respecto a la mención de la amiga. O bien se trataba de una elfa, alguien que siendo coetáneo de la cría pudiera rebasar con creces la esperanza de vida de una adán, o bien —y esto me contrajo la boca del estómago— se refería a alguien que podía verla como yo y que hubiese trabado un vínculo de simpatía o incluso amistad con aquella ánima infantil.
En cualquier caso lo tenía complicado para localizarla. Por lo pronto me tocaba allegarme adonde murió Urwen, último sitio en que se documentó la enfermedad, una región bajo el control de los Orientales acólitos de Melkor. Salto de alegría.
Elrond me ofreció quedarme en su morada con total discreción —al fin y al cabo muy pocos sabían quién fui yo— para organizar el viaje, y no decliné su invitación porque habría sido una insensatez.
El trayecto lo pasé maldiciendo entre dientes la lluvia, el viento y el frío, que no me dejaban ni encenderme la pipa. Me quejo de vicio.
Mi sobrino me precavió. Hasta entonces sólo había tenido que luchar contra seres demoníacos de menor rango —los balrogs se los dejaba a Ecthelion y al bueno de Glorfindel—, asequibles para mí porque básicamente era el único que los podía percibir entre las Sombras. Pero si lo que el fantasma de Lalaith había insinuado era cierto, estábamos ante algo insólito, puesto que nunca nadie había logrado acabar con una vida mediante una posesión y menos invocar a los muertos.
La aldea estaba desierta bajo una noche borrascosa, y los ruidos nocturnos de las bestias del páramo propiciaban que la gente se recluyera en sus chabolas tras el ocaso. Caminé cauto entre las cuatro calles con las que contaba el pueblucho donde antaño había habitado la familia de Húrin. Lo más seguro es que la casa original ya no siguiese en pie, pero confiaba en que su sola esencia sirviese para atraer de nuevo al espíritu. No hizo falta. La distinguí a lo lejos frente a una puerta.
Esta vez no habló. Sencillamente señaló la entrada a aquel tugurio y luego se esfumó.
Así me gusta, las cosas claras.
Iba embozado. No era plan de delatarme. A fin de cuentas, los Hombres Cetrinos habían esclavizado a los descendientes de la Casa de Hador cuando ocuparon aquella provincia. Qué no le harían a cualquiera que no fuese de su clan.
Di una vuelta al chamizo, no tenía ventanas ni postigo trasero, de modo que sólo quedaba la opción de llamar y esperar ser bien recibido. Menudo berenjenal. Una definida sensación de cautela me acució en la nuca. A veces me daban ganas de mandar todo al carajo y no complicarme la existencia.
Empuñé una daga que oculté adecuadamente y con la otra mano propiné unos suaves golpecitos a la puerta. No obtuve respuesta, pero tampoco me preocupé de insistir. Empleé una ganzúa para forzar la rudimentaria cerradura y entré. Estaba vacía. Genial. Falsa alarma. Me encanta cuando la Ultratumba me chulea.
Rebusqué con desidia y fastidio en busca de algo que pudiera esclarecer el misterio, aunque el lugar era tan pobre que apenas sí había qué revolver.
Pues nada. Tocaba aguardar. Salí de allí y me agazapé en un negro callejón próximo.
Al cabo de un rato, una madre con su hija en brazos acompañada por un anciano abrieron apresurada y calladamente, y se metieron dentro.
Me acerqué sigiloso y escuché al otro lado. Me bastaron las nociones que estudié de su dialecto, similar a la Lengua Beöriana, para entender que algo no iba bien. El hombre mayor era una suerte de curandero, pero no sabía qué más probar para tratar a la pequeña.
Era mi momento. Avisé de nuevo con los nudillos y se hizo el silencio en el interior. Unos segundos después la mujer se asomó despacio y temerosa.
"No hay tiempo. Puedo salvarla."
Mi escaso vocabulario no daba para mucho más, pero fue suficiente para que me dejara el paso franco. La chavala tendría unos siete años, yacía sudorosa y exánime sobre un jergón, junto al que estaba arrodillado el viejo.
Me aproximé hasta ellos y puse el dorso de la mano en la frente para tomarle la temperatura, pero no bien la hube rozado, la chica me aferró la muñeca con un rigor inesperado.
"No podrás hacer nada por ella, Constantine."
Era quenya antiguo. Una voz susurrante y cavernosa impropia de una niña profirió esas palabras. Era imposible que supiese hablarlo. Me costaba hasta a mí, dado que mi bisabuelo Thingol prohibió el noldorin en su corte, dificultando su aprendizaje. Y sin embargo, había pronunciado mi actual nombre en el idioma de los Hombres.
Aquello superaba mis conocimientos. No sabía qué hacer, pero sí quién podría saberlo. Galadriel.
Era una locura. Cargar con la pequeña hasta la Dama Blanca se antojaba una idea arriesgada, sobre todo porque el tiempo apremiaba, pero era obvio que en aquel villorrio estaba condenada a una muerte segura.
Fui tan persuasivo que inexplicablemente la madre aceptó partir en pos de una cura efectiva. Por suerte, el chamán era conocedor de sus propias limitaciones e incluso la apremió a emprender la marcha lo más rápidamente posible.
Doriath suponía un largo camino, inviable para que la chiquilla sobreviviese. No obstante, Galadriel ya había penetrado en mi mente averiguando mi plan.
"Nos encontraremos en las Ered Wethrin."
Por un instante llegué a amar a aquella elfa.
Sólo durante un breve instante, ya que poco después descubriría que en realidad nunca pretendió salvarla.
Aclaraciones: para quienes no estén acostumbrados al Silmarillion, concretarles que Urwen, la hermana mediana de Túrin, también era conocida como Lalaith, que significa "risa" en sindarin.
