Los personajes le pertenecen a ChiNoMiko y, bueno, sólo uno que otro me pertenece. Espero disfruten y comenten.
Capitulo dos: Otro chico en mi vida. ¿Qué está pasando conmigo?
Y ahí estábamos. Él, de pie a un costado del pasillo y yo, quizá, en otro planeta. O en una galaxia del color de sus ojos. ¡A ver Annabeth, concéntrate! Sólo sabes que se llama Nathaniel, es el delegado y va en el mismo instituto que tú, eso es todo. No es motivo para que te atraiga, menos para enamorarte.
Me golpeé mentalmente y volví a la realidad, al presente. Sonreí de lado y mis cejas se juntaron en el centro, no frunciendo el ceño, sino todo lo contrario, en forma preocupada.
- ¿Te dolió? Fue mi culpa, lo siento - mordí una cara de mi mejilla interna, tratando de evitar que el rubor alcanzara mi rostro y me dejara al descubierto.
- En verdad, sí, un poco. Creo que iré a enfermería.
- ¡¿Estás de broma?! Déjame ayudarte - estaba a punto de tomar su brazo y llevarlo a la enfermería, la cual en verdad no sé dónde está, pero algo me detuvo. Él comenzó a reír entre dientes y negó con la cabeza. Sus cabellos rubios pasaron en cámara lenta frente a mis ojos, haciéndome ver cada detalle de ellos: la forma en que se movían bajo la luz, cómo brillaban, y sobre todo que sólo yo podía contemplarlo en este instante. Alto, ¿está riendo? Estoy perdida, ¿acaso no dijo que le dolía? - ¿Por qué te estás riendo, eh? - esta vez fruncí el ceño e hice un pequeño puchero como niña pequeña.
- Lamento si te asustaste, era una broma -sonrió nuevamente de lado y pude notar que, además de reír con sus labios, también podía notar la risa en sus ojos. Suspiré y dejé caer mi cabeza hasta que mi mentón tocara mi pecho.
- Me habías asustado. No lo vuelvas a hacer.
- Está bien. Oye, ¿qué tienes en la frente? - preguntó poniéndose a mi altura, tratando de ver mi frente con claridad.
¿En la frente? ¿De qué estaba hablando? Subí la mirada hacia sus ojos y recordé todo: el enojo, el golpe, otro golpe contra su cuerpo y el círculo rojo en mi frente palpitante. Subí ambas manos hasta tapar el moretón; todo comenzó a darme vueltas, al parecer en verdad me había golpeado fuerte. Creo que soy yo la que debe ir a enfermería, pero no podía dejar que él me viera así. Sí, será una linda historia a nuestros nietos el recordar que la primera vez que me vio, yo tenía un gran anuncio luminoso que palpitaba en mi frente mientras trataba de conquistarlo. Espera, ¿nietos? ¿Qué estoy hablando? Debo irme pronto antes que en verdad me ponga a decir cosas incoherentes frente a él.
- Me golpeé, ¿recuerdas? Creo que mejor iré a enfermería.
- No te puedo dejar sola, déjame acompañarte.
- No, prefiero ir sola, gracias. Hasta pronto, Nathaniel.
Me di media vuelta antes de oír su respuesta, no quería seguir avergonzándome más frente a él. No puedo ir a la enfermería, no sé dónde está. Ya di la vuelta en el pasillo y me alejé de la vista de Nathaniel, pero aún palpitaba mi frente y necesitaba algo frío.
Me apoyé contra la pared y eché mi cabeza hacía atrás con los ojos cerrados, sólo quería desaparecer. Nunca he estado preparada para tener tantos sentimientos en tan poco tiempo y hacia tanta gente desconocida. Primero Iris, después Amber y su séquito, y ahora Nathaniel.
Nathaniel.
¿Qué siento por él? No es nada, mi corazón no hubiera palpitado tan rápido por nada, pero ¿hay algo? Abrí mis ojos y decidí buscar un baño donde poder mojarme y sacarme estos pensamientos masoquistas de la mente. Crucé el pasillo para llegar a la puerta café con el letrero DAMAS escrita en ella y, cuando me disponía a entrar, una voz familiar resonó tras de mí.
- ¿Annabeth? - miré sobre mi hombro y descubrí a Ken, un compañero de mi antiguo Instituto. Giré sobre mis talones y sonreí ampliamente.
- ¡Ken, qué haces aquí! - pregunté curiosa. No sé si llegamos a ser amigos, porque él siempre estaba con su grupo y yo con el mío, pero sí fuimos compañeros cercanos. Él me ayudaba cuando lo necesitaba y yo le daba consejos con las chicas. Aunque ninguna ayuda nos sirvió: yo era una cabeza dura y él no tenía éxito con las chicas.
- ¡Te acompañé! -dijo aún con esa sonrisa en su rostro.
- ¿Tú qué?
- Te acompañé; estaba solo y triste, así que decidí venir contigo a este Instituto - colocó sus manos en su cintura y asintió decidido con la cabeza. Mi mandíbula se soltó y mi boca quedó entreabierta. Me siento seguida por un psicópata, aunque fue muy... considerado al venir hasta aquí, quizá.
- Gracias Ken, creo... - dije entre dientes. Alcé mi mano y señalé el baño por sobre mi hombro -. Debo ir al baño, pero espero que nos volvamos a encontrar, ¿sí? Adiós.
- Adiós - dijo riendo entre dientes y dejando a la vista su perfecta dentadura.
Entré por fin y cerré la puerta de un golpe; dentro no había una sola alma, estaba sola. Me acerqué con tranquilidad al lavabo y apreté la única llave que había.
Un chorro de refrescante agua fría salió y me dispuse a poner mis manos bajo ella. Subí una mano llena de agua y la puse sobre mi frente. Miré mi reflejo un momento y acerqué mi rostro al espejo; lo rojo ya comenzaba a desaparecer y al parecer el golpe no había sido tan fuerte como para dejar un moretón. Me alejé y di la vuelta para observar el baño, un poco raro pero debía conocer dónde haría mis necesidades por el resto del año. Era amplio, tenía varios cubículos y cinco lavabos. Las paredes y piso estaban cubiertos de una gran cerámica blanca, muy limpia y elegante para estar en un instituto. El color de los cubículos eran azules y... alto, ¿es esa una cabeza roja?
La puerta del segundo cubículo se abrió de golpe y de un salto me senté sobre los lavabos, alejándome lo más que pude. De allí salió un chico con la cabeza gacha, haciendo que su rojo cabello cayera en su cara. Era alto, sin duda, y su cabello era largo y liso. Usaba una chaqueta negra y una cadena sobre su pantalón. Presentía que nada bueno me deparaba el destino. Quizá sea un asesino y debajo de su chaqueta tenga una pistola y yo sea su primera víctima. O un violador. Su mirada me erizó el cabello de la nuca y congeló todos mis pensamientos, y la sonrisa que se asomó por sus labios hizo que un escalofrío recorriera mi espina dorsal.
- Pareces un ratón asustado allí arriba - dijo con calma, pero podía notar el toque de ironía en sus palabras.
- ¿Q-Qué estás haciendo tú aquí, eh? - el nerviosismo me hizo tartamudear, pero debía recuperarme si no quería que volvieran a pasar sobre mí otra vez- ¿No te enseñaron de pequeño que éste era el baño de damas?
- Aquí no veo a ninguna dama - alzó sus cejas y miró alrededor, para terminar mirándome, fijando su vista en la mía. - ¿Eres nueva que no me conoces? -preguntó frunciendo el ceño.
- Pues eso es obvio. Me llamo Annabeth, ¿quién eres tú y qué haces aquí? - pregunté enojada, bajándome del lavabo y acercándome a él apoyando las manos en mis caderas. La diferencia de estatura me dejaba en clara desventaja.
- Soy Castiel y me estoy escondiendo, ¿no es obvio, ratoncito? -puso en blanco los ojos y bajo su rostro hasta el mío, haciéndome recordar a Nathaniel que había hecho lo mismo momentos atrás, aunque entre los dos no había similitud alguna - Espero que guardes bien el secreto, Annabeth.
Me guiñó un ojo y salió del baño, dejándome sola. Tragué saliva y empuñé mis manos con fuerza. ¿Quién se creía este tipo para guiñarme un ojo y tratarme de "ratoncito"? Pero, a pesar de todo, ha sido con la única persona que he podido ser como en verdad soy yo. Con Iris y Nathaniel he tenido que ser... ¿cuál podría ser la palabra? Quizá educada encajara bien. Castiel, ¿eh? Extrañó nombre para un extraño chico. Volví la cara al espejo y encontré el reflejo de una chica completamente ruborizada. Aunque no era cualquier chica, ¡era yo! Otra vez no, ¿qué tiene este Instituto que me tiene así de extraña?
