Estaba siendo realmente crítica ante ir o no a vivir con mi padre. Viendo los pro y los contra de la situación.
En ese momento me encontraba en Phoenix, disfrutando de mis cortas vacaciones antes de volver a trabajar en el instituto. Hace una semana me había llegado un fax solicitándome como profesora de Literatura en el Instituto de Forks. Todavía no había respondido a su propuesta. Según me informaban mi sueldo sería más alto y menos mis horas trabajando. Claramente cualquier persona hubiera optado rápidamente por ir, pero yo todavía tenía mis dudas.
Forks era un pueblito en el que viví toda mi infancia, y parte de mi adolescencia. A mis catorce años mis padres se separaron y mi madre me llevó a Phoenix. El cambio fue grande y brusco, ya que pasar de un pueblo de menos de tres mil quinientos habitantes a una enorme ciudad como lo era Phoenix, fue difícil.
Por eso me preguntaba, ¿estaba dispuesta a volver a convivir con mi padre luego de tantos años? ¿A acostumbrarme al tiempo nublado y encapotado que había en Forks?
Estaba acomodando mis valijas en mi vieja habitación cuando escuché la voz de mi padre llamándome a comer. Habíamos tenido una discusión al llegar, para ver quien hacia la comida. Cuando me ganó por cansancio me fui a ordenar mis cosas, rogando interiormente que no se le prenda fuego la cocina o algo similar.
Por eso, al bajar y encontrarme casi un banquete (siempre al estilo Charlie), me quedé con la boca abierta.
–¿Cómo has hecho esto, papá? –pregunte todavía con una ceja alzada. Aunque me sorprendió la cantidad de comida, más me asombraba con la rapidez que lo había hecho.
–Yo… yo… –tartamudeó y al instante vi sus mejillas sonrojadas, en eso éramos tan parecidos–. Pedí por deliveri.
Reí ante eso. La verdad es que inconscientemente me lo esperaba. Sabia que siendo hombre y viviendo solo debía pedir todas las noches pizza para poder sobrevivir. Y también me di cuenta de que no podría haberme creído que él podía cocinar carne asada, papas y todo en una bonita forma de presentación.
–Creía que sería bueno una cena de bienvenida, ¿no crees? –dijo tratando de esquivar la conversación.
En la cena no hablamos mucho y lo que hablamos fueron sobre cosas sin importancia. Nos despedimos y me fui a mi antigua habitación, en donde descansé pensando en como seria comenzar en el instituto de Forks al otro día.
"Profesora Isabella Swan"
Eso realzaba en la pizarra detrás de mí. Los alumnos del último curso ya estaban en sus respectivos asientos, mirándome con atención. Noté como algunos alumnos varones empezaban a murmurar entre ellos, los miré y se callaron de repente.
Caminé entre los bancos, mirando a cada uno de mis nuevos alumnos y tratando de recordar el nombre con el rostro.
Al llegar a la última fila, un chico llamó mi atención. No me estaba mirando como lo hacia el resto de los alumnos, sino que toda su atención estaba en un papel que sostenía entre sus manos. Fruncí el ceño, no me gustaba que ningún insolente niñito no me mirara cuando yo lo hacia.
Con un gesto que ni yo me esperaba, quite de sus manos el papel y me lo guardé en el bolsillo de mi pantalón. Obviamente el chico se dio cuenta y alzó su cabeza dejándome ver su rostro.
Al verlo dejé de respirar. Sus ojos más verdes que las esmeraldas fue lo primero que llamó mi atención, esos verdes que contrastaban tan bien con el broncíneo de su cabello que caía en ondas desordenadas sobre su cabeza. Me fijé en sus carnosos labios y un repentino fuego dentro de mi, me incitó a querer besarlo, querer sentir sus labios contra los míos para corroborar que su textura era tan suave como suponía. Tenia a un perfecto Adonis delante mío. Un ruido me sacó de mi ensoñación, clasifique al ruido como un sonoro sollozo y no pude determinar de quien era hasta ver las lágrimas cayendo por el rostro del ojiverde.
–¿Usted es el señor…? –pregunté con un tono más comprensivo que el que hubiera usado sin que las lagrimas mojaran las mejillas del alumno.
–Masen –trató de que no se le escape ningún sollozo pero supe que le fue imposible al escuchar un gemido triste salir de su pecho. Miré a mi alrededor y todo estaba en un sumo descontrol, chicos tirándose bolitas de papel, otros gritando y riéndose fuertemente. Volví mi vista al alumno Masen que había vuelto a bajar la mirada.
–Entonces, señor Masen, pese a ser el primer día lo dejo libre de esta clase, pero quiero que mañana sea el primero en venir ya que quiero hablar con usted por esta situación –le dije con tono profesional y alejándome un poco de él.
–Profesora, me podría dar mi… –susurró pero yo ya me había ido al escritorio sabiendo que él me la iba a pedir.
Vi, mientras ponía en orden la clase, como el castaño tomaba sus cosas y se iba, sin antes darme una mirada de agradecimiento. Sonreí para mis adentros, ese alumno era especial, cualquier otro hubiera ocultado sus sentimientos.
Al llegar a mi casa luego de mi primer día en el instituto, preparé una rápida comida para que cuando llegara Charlie ya estuviera todo como para cenar. Al llegar hablamos de cosas tribales como su trabajo y como me había ido en la escuela. Al fin y al cabo vivir con Charlie no era tan malo como pensaba. Luego de comer me informó que se iba a ir a ver el partido de esa noche y yo me despedí, para irme hacia mi habitación.
Cuando me saqué mi pantalón para ponerme el pijama, un papel que reconocí de inmediato cayó de él. Con rapidez y ansia fui a tomarlo entre mis manos y me pegué el papel al pecho. Bella léelo. No Bella es la privacidad de Masen. Pero Bella, ¿qué tan malo puede ser lo que haya ahí? Es su privacidad. Sólo será esta vez, Bells.
No podía creer como yo y mi conciencia podíamos llegar a pelearnos, o quizás era que estaba un poco loca y esas voces en mi cabeza eran un inicio de locura. Cuando menos lo noté, estaba sentada en mi cama, leyendo con atención el papel del chico.
Amor:
Estoy en Alaska. Perdóname. Realmente ya escribí muchas cartas y ninguna me satisfizo tanto como para mandártela. Ni siquiera esta.
Sé que debe ser inesperado para ti que recibas una carta de mi, luego de semanas de no hablarte. Quizás ya no te importo y esta carta es sólo un intento de convencerme de que existe en ti un pequeño amor hacia mi.
Perdóname por dejarte, allí en Forks. Espero que lo que te diga en esta carta no te haga cometer ninguna locura.
Estoy con James, en una casa de unos amigos de él en el norte de Alaska. Nos fuimos porque… él no quería ver como tu cariño hacia él se desmoronaba.
Estoy esperando un hijo de él. Te pido que no me juzgues y que me entiendas. Tú, eras tan terco con la idea del matrimonio que… en una noche de alcohol cedí a la tentación.
Creía que al menos por carta tenia que ser sincera contigo. En dos años de noviazgo aprendí a amarte y puedo decirte que han sido los mejores de mi vida. Pero mi corazón ya se lo ganó otro hombre.
Con cariño, Tanya.
Las lágrimas caían por mis mejillas.
–Zorra… –dije con odio a esa tal Tanya. No podía creer que alguien le hiciera daño a, desde ese día, mi alumno favorito.
