"Rouge Platonique"


DISCLAIMER: "Miraculous, las aventuras de Ladybug y Cat Noir" no me pertenecen. Son propiedad de Thomas Astruc y Zag Héroes.


Capítulo 2: "L' effort" (El esfuerzo)


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No tenía realmente un plan, al principio. Pero todo principio, tenía eventualmente un plan. Y el plan, era lograr comprar esa pequeña pintura, que tanto había adorado Adrien, en la visita del museo.

Para ser realistas, Marinette no tenía los cien Euros que esta costaba. Apenas, si en una alcancía, llegaba a unos 30 €, cuyo origen era una idea que ella guardaba recelosamente: ahorrar más dinero, que le sirviera para comprar algunas telas que tenía en mente, para ciertos proyectos futuros, a realizar. Lo cierto es, que se propuso, como primera opción, vender más productos de la panadería, acaparando más clientes, mientras colaboraba junto a sus padres. Pero ella no había advertido que su intención, significaba obtener dinero extra, que perjudicaría la economía familiar. Era descabellado ofrecer los productos que sus padres elaboraban y quedarse ella con alguna parte de las ganancias. No. Ese plan no tenía pie, ni cabeza. Necesitaba algo más.

San Valentín era el sábado. Y ya estaban a miércoles. Y entonces, fue cuando se le ocurrió.

Alya leyó el pequeño volante y la miró desconcertada.

—¿Una liquidación, como una especie de venta de garaje?

La chica la veía expectante.

—Sí, Alya, exactamente. Una venta de garaje. —repitió, como para sí, y luego dudó—. ¿De garage? Bueno, no; más bien, una venta de azotea. —afirmó, sonriendo, pues la mentada venta, se haría en su habitación.

—¿Qué planeas vender?

—Bien... Tengo algunos diseños que a las chicas podrían interesarles... —enumeró mentalmente— Algunos accesorios que hice hace un tiempo; juegos de mesa; comics; varios videojuegos que tengo repetidos...

—¿Repetidos?

—La abuela y papá, compraron los mismos, sin saberlo... —justificó.

—Marinette, ¿estás segura de hacer todo esto? ¡Es demasiado dinero, amiga!

—No es tanto lo que me falta recaudar, Alya. —minimizó, guardando unos libros en su casillero—. Sé que lo lograré, y esta vez, nada puede fallar. —sentenció, cerrando su locket.

—Vaya... Estás muy decidida. ¡Me encanta! —agregó la chica, guiñando un ojo.

—Como dije, todo saldrá bien. Debo mantenerme positiva, Alya... Sé que será el mejor regalo de San Valentín para Adrien.

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—Por Dios, como si alguien pudiera querer ir a la casa de Marinette, por una estúpida venta de garage. —Chloe espetó odiosamente, ante una Sabrina que solo atinó a asentir—. Y además, ¿qué clase de porquerías podría ella, siquiera tener? Apuesto a que solo eso: un montón de porquerías... —sentenció, cruzándose de brazos.

—¿Una venta de garage? Genial... —Juleka dijo, solo en pos de contrariar a la rubia.

—Suena interesante, Marinette, ¿en tu casa, mañana? —preguntó Mylene, entusiasmada.

—Así es. Los espero, a la salida de la escuela. ¡Habrá bocadillos y un refrigerio! —anunció.

—¡No dejen de ir! Marinette tiene un montón de cosas asombrosas para ofrecerles. —Alya aseguró, imprimiendo una nota de misterio e interés doble.

—Ahí estaremos, entonces, Marinette. Cuenta con nosotras. —Rosita comentó, generando más alegría en la protagonista del evento.

—¡Serán bienvenidos!

—¿También tienes algo de música? —Nino quiso saber.

—Ehm... —la chica trató de hacer memoria— ¡Claro! Tengo varios discos, de esos que se vendían hace años...

—¿Muchos años?

—Bastantes años, Nino... —rió divertida.

—¡Interesante! Mmm, suena a algo vintage... Definitivamente estaré allí.

—¿Tendrás algunos cómics, historietas o similar, Marinette?

—Bueno... —dijo haciéndose la distraída— Si libros de cómics de "Where' s War", cuentan como cómics...

—¡¿En serio?! ¡Eso es genial! Por supuesto que allí estaré. Cuenta conmigo también, Max afirmó.

Marinette sonrió y encerró su puño, haciendo el gesto de la victoria.

—¿Qué hay en casa de Marinette? —Adrien interrogó a Nino—. Todos parecen emocionados...

—¡Sí, viejo! Marinette hará una venta de garage en su casa, mañana en la tarde, cuando salgamos de la escuela. Tiene cosas geniales, ¿vendrás, verdad? —indagó, suplicante.

—Claro, suena genial...

—¡Estupendo, amigo! —luego, podemos ir a comer algo...

—Escuché algo sobre unos bocadillos... —agregó el modelo.

—Y luego de los bocadillos, podemos comer algo más.

Adrien rió.

—Bien, perfecto, Nino.

—Considéralo un hecho.

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—¡Grrr! —Chloe chilló, con fastidio—. ¿Por qué, de repente, todos irán a la casa de la tonta de Marinette? —dijo, haciendo muecas de desagrado—. ¡Ni que tuviera las cosas geniales que yo tengo!

Sabrina dudó antes de hablar. Chloe era muy insistente.

—Bueno... Parece que la gran mayoría de la clase irá... Es como si... ¿Realmente tuviera cosas geniales? —dijo, no muy segura, y poniéndolo en duda, para que Chloe no enfureciera en proporciones incalculables.

—¡¿Cómo te atreves?! ¡Arrgh! —gruñó—. Marinette podrá hacer una absurda reunión en su casa, pero verás que nadie irá... No, si no voy yo. —afirmó, con soberbia—. Y ni siquiera tuvo el valor de invitarme... —agregó, retocándose el cabello.

—Pero... De hecho, ella sí te invitó. ¿Ves? —dijo Sabrina, enseñándole el pequeño panfleto.

Chloe rodó los ojos y le dio vuelta el rostro, ignorándola a propósito.

—Solo un tonto podría ir a la casa de esa tonta panadera. Iremos de compras, Sabrina. —anunció.

Y la pelirroja, jamás se opondría.

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El día tan esperado por Marinette había llegado. Desde temprano, se encargó especialmente de acondicionar su habitación: limpiándola, ordenando sus pertenencias y cosas que pudieran estar ocupando el espacio que ella necesitaría para exhibir sus objetos de venta.

—Cariño, ¿todo anda bien? —se asomó Sabine, tras el marco de la puerta—. Se escuchó un ruido fuerte desde abajo, ¿te hiciste daño?

La chica emergió, desde un montón de cajas apiladas, sonriendo tranquilamente.

—Sí, Mamá, todo está bien. Se me cayeron unas cajas, eso fue todo... Pero gracias por preguntar...

—Oh... No te canses tanto, hija... ¿Segura que quieres deshacerte de todas esas cosas? —dudó.

—Sí, sí, Mamá; no hay problema con eso. Estos, son algunos de mis diseños y videojuegos repetidos. No te preocupes. —la tranquilizó—. Todo saldrá bien.

—De acuerdo, cariño. Estoy preparando jugos y algunos bocadillos para tus amigos, como me pediste...

—¡Excelente, mamá! —otra vez, se oyó el azote de varias cajas—. ¡Eres la mejor! —exclamó la joven, dejándose ver por completo, abrazando sorpresivamente a su madre.

La mujer sonrió feliz.

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—Marinette, ¡todo quedó más que perfecto! —Tikki dijo, revoloteando muy alegre, sobre su portadora.

—¿De veras, Tikki?

—¡Por supuesto! Nunca te mentiría.

—¡Gracias! —sonrió cariñosamente—. Fue por tus buenos consejos.

—No fue nada...

Marinette oyó unos pasos cerca de su habitación.

—¡Tikki, escóndete! —ordenó, presurosa.

—Wow, niña... ¡Sí que te esforzaste esta vez! Tu habitación parece enorme, de esta manera. —Alya opinó, dando aviso de su presencia.

—Lo sé, debía correr algunos muebles, para apilar todas estas cajas, que harán de exhibidor.

—Bien pensado. —guiñó un ojo.

—¿Te gusta como decoré este cinturón? —preguntó, dubitativa, señalándolo sobre la mesita.

Una sonrisa socarrona, se formó en los labios de su amiga.

—Lo que más me pregunto, es si verdaderamente quitaste toda la "decoración" que debías quitar de tu habitación... —explicó, haciendo comillas en el aire, al tiempo en que elevaba y bajaba las cejas, una y otra vez, y sonreía más burlonamente.

Marinette abrió sus ojos como platos y palideció inmediatamente.

—¡Las fotos de Adrien, Dios! —gritó horrorizada, llevándose ambas manos a la cabeza.

—¡Marinette, tus amigos ya llegaron! —Tom dijo, desde abajo—. ¡Son Max, Alix, Nino y Adrien!

—¡Oh, Dios! —chilló más agudamente que nunca—. ¡Esto no puede estar sucediendo!

—Tranquila, las quitaremos... —Alya la intentó calmar.

—¡En un momento, papá! —gritó, con todo el aire de sus pulmones.

—Vamos, quitemos las fotos... —la amiga insistió.

—¡Imposible, son demasiadas! —la chica de cabello azul, estalló en nervios—. ¡Ve tú, y distráelos!

—¿Qué?, ¿distraerlos? ¿Cómo?

—¡Yo no sé, Alya! ¡Improvisa algo, pero hazlo YA! —dispuso, prácticamente empujándola a irse de su cuarto.

—¡Bien, bien, lo haré! —asumió aquella, resignada.

Marinette cerró la puerta de su habitación, en un portazo estruendoso e involuntario.

—¡Tikki, ayuda! —suplicó, histérica—. ¡Las fotos de Adrien, hay que quitarlas!

—¡Marinette! —chilló— ¡Sabía que nos olvidábamos de algo!

—¡Rápido, ayúdame! —rogó nuevamente, mientras ambas corrían por toda la habitación.

Mientras tanto…

—¡Hola, chicos! ¿Qué onda, eh?

—Hola, Alya... —saludaron—. ¿Y Marinette?

—Ella está terminando de acomodar las cosas. Solo será un momento. —dijo, atajando el ingreso a la escalera que conducía al cuarto—. Y cuéntenme, ¿sabían de la colección de tarántulas de Marinette?

Sabine frunció el ceño con extrañeza, pero prefirió no acotar nada. En eso, también llegaron Rose, Juleka y Nathaniel.

—¿Arañas? —dudó Alix.

—¿Tarántulas? Eso es súper genial... —comentó una relajada Juleka.

Alya rió nerviosamente.

—¡Por supuesto, tarántulas; muy peludas, horribles! ¡Ella las ama! —agregó, yéndose de boca, bajo el espanto generalizado.

Otro gran ruido provino de arriba, llamando la atención de todos los invitados y de Sabine también, quien solo atinó a sonreír circunstancialmente.

A continuación, una puerta se abrió.

—¡Hola a todos, por favor, suban! —anunció una agitada Marinette.

Su madre la interrogó con la mirada y ella sonrió en una mueca de histeria-tranquilidad, queriendo decir —sin decirle— que se encontraba bien.

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—Tu habitación es hermosa, Marinette...

—Gracias, Rosita.

—¿Y las tarántulas? —Nino indagó, algo atemorizado.

—¿Tarántulas...? ¿Qué...? —Marinette dijo, no comprendiendo.

—¡Oh, aún no vieron su colección de videojuegos! —Alya chilló, casi con desesperación, para distraerlos. Y lo logró.

—¿Qué es eso de las tarántulas, Alya? —susurró la dueña de casa.

—Nada. No tiene importancia, amiga...

—Oh, Dios. Oh, Dios... Adrien está ¡en mi habitación! —Marinette susurró como maniática, empezando a hiperventilar.

—Ya, tranquilízate, hermana... Él solo está viendo tu feria 'vintage'.

—Tienes razón. Tienes razón. —dijo echando aire y tomándolo nuevamente.

—Y, cuando dejes de hiperventilar, —agregó, mirándola de reojo— debes decir algo simpático y lucir tranquila.

—Sí, sí, sí. Tienes toda la razón. Tranquilidad. Positividad. —afirmó, tomando una pose zen.

—Y recuerda, por qué haces todo esto... No es como si fueras a enviarle el obsequio por correspondencia…

—No, no.

—Se lo entregarás, tú. Personalmente. ¿Bien? Y no actuarás como una demente… ¿Sí? —murmuró.

—Sí. Sí. —respondió la chica, como si estuviera en trance.

—Bien. Prosigamos. —dijo, alejándose—. Bien, ya, quédate tranquilo, Nino. Marinette no tiene una colección de tarántulas. Era una broma... —rió en son de paz.

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—¡Estos videojuegos son realmente asombrosos, Marinette! Ya no se fabrican. ¿Cuánto quieres por ellos? —Max preguntó, muy emocionado al respecto.

—Ehm... No lo sé, yo... ¿Cinco euros?

—¿Nada más? —Adrien intervino—. Marinette, es una colección muy valiosa...

—¿En serio?

—¡Sí! —él rió ligeramente—. Mínimamente, el doble.

—Pagaré lo que sea. —Max aseguró, logrando que ambos rieran.

—Bueno... En ese caso... Doce.

—¡Es un trato, señorita! —el chico de anteojos dijo, sacando el dinero de su billetera.

—Gracias, Max. —sonrió Marinette, entregándole la caja.

Inmediatamente, ella sacó un pequeño anotador, donde asentó la venta y pareció disponerse a hacer unos cálculos, distraída.

Adrien lo notó, viéndola en silencio.

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Más tarde, Juleka y Rose eligieron un par de brazaletes de cuero sintético con bordados; mientras que Alix se decidió por un bolso. En tanto, Nino compró varios discos antiguos, por los que se había mostrado interesado previamente. Adrien se llevó un par de cómics, al igual que Nathaniel y Max. Mylene llegó un poco tarde, pero compró unos accesorios para el cabello y brazaletes, justo como las otras chicas.


Todo parecía ir bien. Ahora degustaban los bocadillos que la mamá de Marinette les ofreció, en el living, mientras conversaban divertidos.

En tanto, Marinette subió a su habitación, excusándose por un momento.

Dada la hora, Adrien consideró necesario avisarle a Nathalie, que el guardaespaldas pasara por él, un poco más tarde que lo planeado, pues los chicos habían decidido ver una película y ordenar unas pizzas.

—Permiso... ¿Marinette? —preguntó, al entrar, pero nadie respondió.

Avanzó despacio, tratando de ver si la chica estaba allí, aunque todo indicaba que no. Finalmente, divisó la trampilla que conducía a la terraza, por la luz que de ella provenía. Por inercia, la traspasó y la encontró.

Algo familiar se entremezcló en su mente. Marinette estaba apoyada con los brazos sobre la baranda, en soledad, reflexiva.

Para no asustarla, retrocedió un poco e hizo un leve ruido adrede. La joven giró con sorpresa, a mirar hacia donde ahora él, se hacía visible.

—¿Marinette?

—Adrien... —pronunció, sin saber qué hacer.

—¿Todo bien por aquí…?

—Sí, sí, yo... Solo quería... algo de aire fresco... —dijo, desviando la mirada.

Ella se veía un poco triste. Adrien se retrotrajo a sí mismo, aquella noche…

—Oh... Claro. Parece una hermosa noche.

—Lo es... —ella dijo, ahora sí, mirándolo directamente.

—¿Puedo acompañarte, Marinette...? —el chico inquirió, educadamente.

—Po-Por supuesto, Adrien... —ella sonrió, e intentó hacer la seña de que fuera hacia donde estaba.

—Realmente es una hermosa noche...

—Sí... —ella estuvo de acuerdo y suspiró hondamente.

—Qué bueno que hicieras esta venta de garage, Marinette. —dijo viéndola, y la chica giró.

—¿Ah, sí...? Y...¿P-Por qué lo dices, Adrien?

—Bueno, porque así pasamos una linda tarde, todos juntos y pudimos conocer más sobre tus diseños...

—Bueno, gracias, fue algo que...se me ocurrió hacer... —comentó, rascando la parte de atrás de su cabello.

—Son excelentes. Tienes mucha creatividad... Creo que nunca tendré esa faceta tan imaginativa y creadora...

—¡Claro que sí! —dijo ella, arrebatadamente y arrepintiéndose en el acto—. ¡Quiero decir, que por supuesto que eres genial...! O sea, que sí puedes crear cosas...supongo. ¡Ay! —se reprendió a sí misma, en un susurro.

Adrien tomó ese palabrerío como algo amable y divertido de su parte.

—Gracias, pero, me gustaría poder decir que al menos soy la mitad de creativo, de lo que tú eres, aunque… eso sería mentir... —propuso, dubitativo—. De veras, sigue así. —sonrió genuinamente.

—Gracias... —pronunció, como siempre, nerviosa—. Y... ¿Entonces, ya vienen a buscarte? —quiso saber, sin evidenciar su tristeza al respecto.

—En realidad, no. Estaba buscando mi bolso, porque ahí dejé mi teléfono. Le avisé a la asistente de mi padre, Nathalie, que pasen a buscarme una hora más tarde.

La felicidad parecía hacerse presente, otra vez.

—¡Perfecto! Así podrás cenar conmigo. —pensó en voz alta, y entrando en pánico al notario.

Adrien abrió los ojos, bastante más de lo que planeaba, sorprendido y confundido.

—¡Digo, con mis amigos! ¡Con los chicos! —se entreveró, en una maraña verbal, de bochorno y frustración.

—¡Exacto! —él sonrió—. Por eso decía, que me gustó haber venido a tu casa, Marinette. Tus padres son muy atentos... Y además... —él hizo una pausa, antes de continuar hablando—. Te sonará algo tonto, pero... Nunca he estado en una venta de garage...

—O más bien, una "venta de habitación"... —acotó la chica, feliz de haber sido espontánea, fresca y segura, por una sola vez en su vida.

A él le resultó gracioso su comentario, lo que se sintió como estar en la mismísima gloria.

—Sí... Fue muy divertido. Y me gusta pasar el rato con la clase. Creo que deberíamos hacerlo más seguido. —reflexionó, apoyándose ahora él, en la baranda.

—Tienes toda la razón.

El chico le devolvió una sonrisa y se quedó en silencio por un momento.

—¿Sabes? No pude evitar ver que... Llevas un registro de las ventas y... Una cuenta.

—Oh... —ella lamentó.

—No hay nada de malo en ello. Solo me dio curiosidad...

Marinette palideció, casi momificada.

—¿Tienes alguna idea en mente que...?

—¿Una idea? —ella preguntó, nerviosa.

—Claro, o algo así como algo para lo cual ahorrar…

Sus ojos se desorbitaron, sus labios se hicieron una fina y recta línea, en el conjunto de su estado de pasmoso pánico. ¡Desde cuándo Adrien Agreste era tan observador!

—Eh... Sí, ehm... Yo... —rió histérica— Tengo planeado hacer un obsequio. Es algo personal. Muy especial. —se desbocó, y ahora, quería morir.

Él pareció entusiasmado al respecto y sonrió amablemente, como solía hacerlo.

—Oh, eso suena genial, Marinette.

—Eh, sí... ¿gracias? —dijo ladeando la mirada hacia mil lados, aunque más bien, escondiendo su horror.

—¿Vas bien con eso...? —preguntó él discretamente.

Ella lo pensó un poco.

—Bueno... No exactamente como quisiera, porque, bueno... —rió nerviosa, otra vez—. Aun no... —se auto pausó— Aun no consigo lo que…necesito... Pero sé que lo haré. —sonrió al final, mostrando optimismo.

—Así es... —la animó, sabiendo que ella no deseaba profundizar en el tema.

Marinette era demasiado tierna, pensó. Desde hacía días buscaba el regalo perfecto para sus padres, según había dicho Alya y ahora, organizaba una venta para contribuir a esa sorpresa tan especial, que estaba planeando. ¡Y aun tenía la modestia de ni siquiera decirlo!

Marinette tenía una hermosa familia, concluyó Adrien, tras unos minutos de silencio que no se tornaron incómodos —al menos para él—, mientras disfrutaban de la vista nocturna de París.

—Estoy seguro de que todo saldrá como lo planeaste, y...ese regalo será perfecto. —sonrió, finalmente, apoyando su mano, en el hombro de una conmocionada Marinette.

—Gracias, Adrien... —casi susurró, sonriéndole en regreso.

—No hay por qué, Marinette...

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Ya eran casi las nueve de la noche, cuando la película estaba terminando y los chicos se desperezaban en el living de los Dupain-Cheng, próximos a irse. Para Marinette, ver a Adrien irse de su casa, fue como un sueño. En realidad, todo ese día lo había sido... A excepción, del hecho de que todavía no alcanzaba la suma que necesitaba y tal pensamiento, amenazaba con deprimirla otra vez.

—Muchas gracias, mamá. Papá. —los miró, eternamente agradecida—. La cena no estaba en mis planes... —comentó, algo avergonzada.

—No fue nada, cariño. —Sabine afirmó—. De vez en cuando, puedes invitar a tus amigos, ellos son bienvenidos.

—Gracias…

—Buenas noches, Marinette. Que descanses. —Tom dijo, depositándole un beso en la frente.

—Gracias. Buenas noches a ambos. —saludó, yendo a su habitación.

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—¡Ahhhh!... —suspiró cansada, echándose en su sillón—. Fue un largo día…

—Y que lo digas, Marinette. —Tikki asintió, volando a su alrededor, hasta recostarse junto a ella.

—Sí, ha sido un gran día... A los chicos les gustaron mis diseños; pasé un momento a solas con Adrien, ¡oh, por Dios! —exclamó feliz, incorporándose y llevando ambas manos a sus mejillas—. ¡Fue totalmente asombroso! Creo que guardaré para siempre el billete que él me dio. —añadió con mirada enamorada, a la vez que hacía un giro propio del ballet.

La kwami rió divertida.

—Pero lo malo... —comenzó diciendo—, es que aún no reúno los cien Euros que necesito... —lamentó, desplomándose nuevamente en el diván.

—¿Estás segura, Marinette? —objetó su amiguita—. ¿Cuánto tienes ya?

—Sesenta y siete... —pronunció, casi inentendible, por estar parcialmente boca abajo.

—¿Segura? —Tikki indagó, con mucha (y sospechosa) convicción.

—¿Crees que no sé contar? —se burló.

—Pudiste haberte equivocado... —acotó, ladeando la mirada.

Marinette se sentó y puso los ojos en blanco.

—Bien, bien. Contaré de nuevo. Pero verás que tengo razón. —protestó.

Tikki rió en secreto, fingiendo seriedad.

—¡¿Qué?! —chilló, completamente incrédula— ¡No puede ser!

—¿Qué ocurre?

—¡Hay ochenta y siete; veinte más de lo que tenía!

—¿Contaste bien?

Marinette le dedicó una mirada de reojo.

—¡Lo conté dos veces! ¡Ayyyy! ¡No lo puedo creer!

—¡Eso es excelente, Marinette; no te falta casi nada!

—¡Síiiiii! —saltó de felicidad—. Pero... ¿Cómo puede ser? Si... Lo último que vendí fue un cómic y...

—¡Eso no importa ahora! —Tikki opinó—. Quizás olvidaste tomar nota de algo, pero lo que importa, es que ya casi lo tienes...

—Sí. Tienes razón, Tikki. —sonrió victoriosa—. Aunque... Me faltan trece Euros... ¡Oh, sería tan patético no poder comprarlo por tan solo trece Euros! —chilló dramáticamente, cubriéndose la cara.

—Tranquila. Solo debes ir con el Sr. Lacroix mañana, y lo sabrás. No te desanimes...

—Gracias, Tikki... —la acarició—. Perdón por los ataques de drama y lamentos... —dijo riendo.

—No fue nada. Debes descansar, mañana hay escuela.

—Lo sé. Que descanses.

—Buenas noches, Marinette. —saludó la kwami.

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CONTINUARÁ…


¡Hola a todos! Muchas gracias por leer mi fic, por comentar, por marcar como favorito y seguir. Me alegro que les haya gustado, es lo que uno necesita para proseguir con una historia. Así que… ¡No teman comentar, me harán feliz!

El siguiente, es uno de mis capítulos preferidos, es el que más disfruté de escribir y sé que lo sentirán igual.

Muchas gracias Evelyn y Sonrais777 por leer y comentar.

Que tengan un excelente fin de semana.

Marhelga.