Disclaimer: Pandora Hearts ni sus personajes me pertenecen, desgraciadamente no soy ni nunca seré Jun MMoshizuki-sensei. Sólo me pertenece está extraña necesidad de escribir sus historias con millones de Spoiler.

¡Capítulo 2! Disfruten de la lectura.


[2] Nightmares are Selfish


Al levantarse, no sólo se encontraba Oz en su cama, sino también estaba la Estúpida Coneja. Quiso hacer algo para despertarles y vociferar que saliesen de su cama, de no ser por el hecho de que se veían tan lindos durmiendo. Parecía que hace sólo dos o tres días que habían vuelto…

Pero no. Aquello había sido hace ya más de tres años, eso se notaba por el hecho de que ya ambos habían recuperado todas sus memorias. Y si habían recuperado ya todas las memorias, ¿cómo podía pensar que apenas habían vuelto del ciclo?

Soltó un suspiro e, intentando no despertar a los bellos durmientes, se levantó de la cama, o al menos eso intentó. Cuando vio que dos pares de manos le aprisionaban. ¡Parecían bebes de oso Koala!

Contó mentalmente —probablemente la edad cronológica que ahora habría de tener de no ser Baskerville— para guardar la compostura y no despertarles, a ninguno de los dos. Si la Coneja se había levantado a mitad de la noche y había ido a su cama, ¿cómo podría adivinarlo?

Desvió la mirada. De repente, recordó el hecho de que sólo tenía la mano derecha y las ganas de quitárselos de encima desaparecieron. Se limitó a acariciarles un poco la cabeza.

Si había algo que pudiese hacer en aquellos momentos para deshacerse de las sanguijuelas —que, no supo en qué momento exacto se le pegaron— que se encontraban apachurrándole, estaba seguro de que utilizaría aquella táctica. Lastimosamente, con sólo un brazo aquella posibilidad se veía mediada debido al hecho de que, precisamente sólo conservaba uno de sus brazos.

¡Oh, como deseaba un cigarro en aquel momento! De no ser por el respeto que tiene a Oz y a Alice, ya habría tomado aquel tabaco entre sus dedos y lo habría encendido. Lo habría calado, y con un impulso de su garganta lo hubiese lanzado lejos de él. ¡La abstinencia es horrible!

Pero bueno, pensó que no todo en esta vida se obtenía, por lo que tendría que resignarse a esperar a que despertase. Y, para su buena suerte, hubo una nueva duda en su cabeza. No tan fuera del tema, sin embargo lograría entretenerlo de su ansiedad por el tabaco.

¿Cómo demonios le hicieron los tres para caber en una cama individual? ¡Si hasta su nombre lo decía! ¡In-di-vi-du-al, demonios! O, ¿en qué momento se había metido la Coneja en su cama? Aquella pregunta ya había surcado su cabeza, sin embargo, repasarla no era mala idea.

Se paso su mano por el cabello. ¿Cómo le hacía siempre para meterse en todo tipo de situaciones incómodas o impensables? Si ya desde hace tiempo supiera la respuesta hubiese hecho algo para evitar que aquello siguiese pasando, ¿no lo haría? ¿Tenía algo que ver con su forma de ser, o de reaccionar? ¿Tendría el Abyss algo en su contra? ¿Tendría el universo todas en su contra? Aquella sería la respuesta con más sentido.

Inhalo, exhalo. Ambos, con el fin de relajarse, contrarios pero a la vez formando parte de la misma familia, parte del ciclo respiratorio… ¡necesitaba dejar de pensar!

El problema, era que el sueño lo tenía espantado y de nada serviría contar ovejas, ya que aquello no funcionaría con él. Todo culpa de Oz y su afán de despertarse a horas innecesariamente altas sólo para que, al final, resultase que no le pasaba nada y que había sido una pesadilla. Mantenerlo en vela y al final dormirse en su cama y, para colmo, en sus brazos.

Resopló. Si hubiese una forma de resolver todo aquel problema, debería saber que se encontraba demasiado agotado como para hacerlo. Había una gran diferencia entre el agotamiento y el cansancio, eso lo había aprendido por la experiencia que se gana sólo con vivir un centenario de años.

Si Oz ni la Estúpida Coneja estuviesen prensando su cuerpo con aquellos brazos —de los cuales, no sabía cómo demonios sacaban fuerzas— suyos, en aquellos mismos momentos se encontraría preparando el desayuno y a punto de terminarlo inclusive. Sólo necesitaba tomar delicadamente sus manos, deshacer el nudo y…

Después de aquello, el agarre que ambos tenían en su cintura sólo se ciñó más. Fastidiado, decidió dejar aquello de lado y volver a acurrucarse, para su buena suerte, el sueño vino a su rescate. Tanto pensar al final no es bueno para la salud.

—.—

Sus párpados se abrieron lentamente, resignándose a abrirse, puesto que el sueño poco a poco comenzaba a abandonar su cuerpo.

Cuando se dio cuenta de dónde se encontraba, sus ojos se abrieron por completo y despegó sus manos de la cintura del Cabeza-de-alga. Se observó a sí misma con sorpresa, ¿en qué momento se había levantado y había ido a la cama del Baskerville? Recordaba haber visto a Oz dormir en la misma cama que el Cabeza-de-alga y haber tenido una sensación amarga en el estómago, un sentimiento agridulce e indeseable. Por lo que su cuerpo había reaccionado por sí mismo y había caminado hacía ellos dos.

Recordaba que Sharon le había dicho que aquello se llamaban celos pero, ¿celos a qué exactamente? ¿Dirigidos a Oz o a Gilbert? ¿Por el hecho de que Gilbert abrazaba a Oz o el hecho de que Oz dormía en la cama de Gilbert y ella no? Todas aquellas eran provocantes de sus celos. Y, de una forma o de otra, tenía que detenerlos.

De esa forma, había terminado caminando en dirección a la cama del Cabeza-de-alga, y se había acomodado entre ellos para, de esa forma, ella aprovechar toda la atención posible.

Y, poco a poco, se había quedado dormida, satisfecha de su inteligencia y su manera de resolver siempre sus conflictos internos emocionales. Satisfecha de que siempre sabía qué hacer cuando nada se podía responder. Cuando no había nada que hacer, ni nada que resolver. Para ella, siempre había una respuesta y se sentía satisfecha de aquello.

Orgullosa de sí misma y de su manera de ser. De su manera de reaccionar y de su manera de opinar. De su forma de ser ella misma y de su temple impertérrito cuando la situación se era riesgosa.

—.—

Cuando ya todos se hubieron levantado, Gilbert se encontraba preparando el desayuno, Oz y Alice, mientras tanto se encontraban en silencio, en la mesa.

— ¿Qué opinan de ir hoy al pueblo? —Propuso el siempre alegre Oz. Alice y Gilbert intercambiaron miradas para después asentir a la idea del rubio.

Después de un rato peleándose Gilbert y Alice —cosas sin importancia, por lo que Oz no quiso inmiscuirse en aquella riña— ya habían llegado al lugar en el que, se supone, era el festival.

En esta ocasión, Oz no tomó ninguna pluma verde ni se la dio a ninguna chica. Había sido un pequeño presente para la pequeña Echo —si se entiende el juego de palabras— y si no había averiguado por sí mismo el significado de la pluma es porque el sonrojo de la pequeña albina había sido más que suficiente.

En aquél entonces no lo había identificado, ahora alcanzaba a comprender mejor. Sin embargo, había dado los sentimientos equivocados, y, a pesar de eso, en verdad la extrañaba.

Extrañaba a todos en realidad, al tío Oscar, a la pequeña Sharon, a Ada, a Elliot, ¡qué decir! ¡Inclusive al payaso de Break o al explotador de Rufus Barma podrían ser válidas argumentaciones!

Pero no podría volver a verlos… y seguía diciéndose el punto de la noche pasada. Le debía tanto a Vincent, de no haber sido porque él los buscó a él y a Alice… no hubiesen vuelto a ver a Gilbert. Ni aunque hubiese estado a media calle todos los días de él y el otro hablara a voz alta llamándole… no hubiese escuchado las palabras de Gilbert. Se las hubiese llevado el viento, tal vez el tiempo.

Vincent. Era una persona excepcional sin duda. Nunca alcanzaría a comprender lo que pasaba por la mente de ése hombre, ya que ni siquiera él mismo le hubiese dado la respuesta a la incógnita sin respuesta.

Ahora mismo, era feliz, en compañía de Gilbert y Alice era feliz. Si ambos lo eran con él, él lo sería con ellos. Procuraría que aquél momento, casi efímero, jamás desapareciera de sus vidas.

Y aun después de haber vuelto a la vida, las pesadillas seguían atacando sus noches. Los malos sueños terminaban con sus nubes blancas y los lagos de tranquilidad que ahora eran tormentas en su mente, no había poder humano o alma fatigada que pudiese ayudarle a superar aquello.

Ya que las pesadillas eran egoístas.