Hoy estoy extrañamente productiva, así que aquí tienen. Disfruten y sean felices porque yo estoy feliz, y pues qué se le va a hacer. Amo a todo el mundo. Amor para todos YEIIIIII
Segundo encuentro.
03 de septiembre.
Harry está en la cocina, preparándose un sándwich con tanta mantequilla que de seguro le va a joder al colesterol, cuando el timbre suena con esa tonadita tan horrible que tiene. Ese timbre se lo regaló Hermione, y haciendo honor a su amistad, Harry no lo ha reemplazado en los tres años que lleva viviendo en esa casa. Quizá ya es momento de cambiarlo, reflexiona.
El timbre sigue sonando insistentemente, y Harry suspira, abandonando su sándwich en la mesita y prometiendo volver. Se arrastra por el pasillo y llega al vestíbulo, y el trayecto le toma cinco minutos.
Cinco minutos en los que el timbre no para de sonar.
Cuando Harry abre la puerta, el atractivo rostro del gerente caliente está del otro lado de la puerta y oh Dios mío. Cierra la puerta en su cara e intenta controlar sus nervios, respirando profundamente y tratando de no entrar en pánico ahora que el vecino ha comenzado a darle manotazos a la madera que los separa.
—¿Va a abrir o tendré que derribar la puerta? —dice, acompañando su pregunta con otro golpe. Harry traga saliva y pretende no mearse en los pantalones de las ansias cuando abre, porque la voz del gerente caliente es una oda a la sensualidad y es probable que pueda darle un orgasmo con sólo escuchar. El rostro del hombre le recibe, las negras cejas fruncidas y los firmes brazos cruzados en el pecho.
Harry desea en ese momento que lo lleve a la cama y lo abrace fuerte. Muy fuerte. Y le hable al oído toda la noche.
—¿Sí?
—Me preguntaba si algún día va a pagarme el reemplazo de mi parabrisas —recrimina mientras estrecha los ojos (¿son rojos o él los ve así?), y Harry se siente morir. Había olvidado totalmente el incidente de la lata.
—¿Por qué dice que he sido yo quien ha roto su parabrisas? —pregunta inútilmente, y el gerente caliente le mira condescendiente, resoplando.
—Por favor, le vi desaparecer del balcón justo cuando mi vidrio se rompió por una lata de cerveza idéntica a la que tiene en la mano —el hombre apunta con un dedo delgado la mano derecha de Harry, y él fuerza una sonrisa.
¿Cuándo apareció esa lata en su mano?
Quizá su madre tiene razón y de verdad es un alcohólico.
—Eso no-
—¡No crea que soy estúpido! —reclama el hombre, tomándole el cuello de la camiseta. Parece calmarse de repente, y le suelta. Muy tarde. Harry ya está excitado— El parabrisas ha costado 370 libras. Las quiero hoy o mañana a más tardar.
Harry deja caer su mandíbula y su excitación se va a la mierda, porque será imposible pagarle cuando apenas aguanta al mes.
—¿De dónde demonios voy a sacar 370 libras para mañana? —balbucea vergonzosamente. El gerente caliente le da una mirada desinteresada, girándose para irse.
—Ese no es mi problema.
—El parabrisas es suyo, yo no debería pagarlo.
Eso hace que el gerente caliente se dé la vuelta, observándolo incrédulo. Harry intenta mantener la compostura al notar la mirada del hombre recorriéndolo de pies a cabeza. Vuelve, vuelve ligera erección.
—Fue usted el que rompió mi vidrio.
—Pero el vidrio es suyo.
—La lata también era suya.
—No, es de Madame Rosmerta.
El gerente caliente ahora levanta las cejas y tuerce la boca. Harry habla de nuevo. Tiene el presentimiento de que si habla sin cesar, el vecino olvidará el tema del parabrisas.
—La dependienta de la esquina.
—No me importa. Usted pagará mi vidrio o lo obligaré con la policía.
Harry bebe al tiempo que intenta pensar en alguna solución que no involucre un costo para su precario presupuesto. El hombre comienza a golpetear el suelo con su zapato insistentemente. Harry baja su lata.
—¿Qué tal si arreglamos esto con un sándwich y una cerveza? —ofrece.
El hombre parece indignarse, enrojeciendo levemente. Harry opina que el color se le ve bien. Definitivamente el alcohol le está afectando al organismo. Le está volviendo más gay de lo normal.
—Un sándwich y una cerveza barata no van a devolverme mis 370 libras.
Harry se encoge de hombros.
—No, pero tengo una botella de whisky y mantequilla de maní. Y los compré hace poco, así que aún están buenos.
—...bueno, supongo que no estaría mal.
Harry sonríe. Ha funcionado.
—Mi nombre es Harry Potter —se presenta extendiendo su mano, esperando que el hombre la tome. En cambio, el gerente caliente pasa de largo y entra a su casa como si viviera allí de toda la vida.
—Tom Riddle. Ahora, ¿dónde está ese whisky?
Harry le dirige a la cocina, más contento que borracho con botella de vino del 65.
