Capítulo 2

—¡Rey!

Finn entró precipitadamente en la estancia, su camisa mal abrochada.

—Los robots centinelas me han avisado de qu-

Se paró en seco, reparando en la escena ante sus ojos. Rey y Ben se separaron, mirando a otro lado, avergonzados. Sin embargo, Ben agarró la túnica de Rey con cuidado por detrás: aún no estaba listo para tenerla tan lejos.

Finn levantó la mano, señalando a Ben.

—Tú…—Ladeó la cabeza—. ¿Qué le has hecho a Rey?

Rey bufó, poniendo los ojos en blanco.

—¡Finn, ya te dije que no me pasa nada!

—Llevas rara desde hace mucho tiempo. Y desde… desde que salimos de la mina no has dejado de actuar incluso de forma más extraña. Y después me contaste las llamadas inalámbricas que teníais, y-

—Conexiones mediante la fuerza—corrigió Rey.

—Lo que sea. —Finn se acercó a ellos, entrecerrando los ojos—. Él ha tenido algo que ver en todo esto. Seguro que está manipulando tus pensamientos o algo así. —Finn no dejaba de gesticular, visiblemente enfadado.

—Finn, te he dicho que-

—¡Finn! —exclamó una voz familiar.

Un despeinado Poe apareció en la puerta, llevando con él varias prendas de ropa.

—Te has dejado est-

Se quedó en silencio, frunciendo el ceño ante el antiguo Líder Supremo. Se irguió cuan alto era, su sonrisa tornándose en seriedad. Le miró de arriba abajo, pensativo. Por algún motivo, Kylo Ren parecía… Más pequeño. No en el sentido físico. Algo faltaba en su personalidad, en aquella faceta que habían visto ante las puertas de la mina.

Le bastó un vistazo más para saberlo.

Su ira había desaparecido.

Podía verlo en su rostro neutro, en la mano agarrando a Rey, en forma de permanecer de pie.

El gran Kylo Ren tenía miedo.

Suspiró, cerrando los ojos.

Puede que Rey tuviera razón y Kylo ya no existiera. Puede que fuera Ben, el niño perdido hacía tanto tiempo. Pero eso no cambiaba todo lo que había hecho, todas las vidas que había tomado en su egoísmo.

—La general Leia…—Poe elevó la cabeza, sorprendido. Ben Solo vacilaba, sus ojos incapaces de fijarse en un solo sitio. Se lamió los labios, y volvió a mirarle a él—. Mi madre…

—Murió poco después de dejar las minas—respondió Poe, su voz fría—. Fingimos que seguía a cargo para despistaros.

Ben bajó la cabeza, contemplando el suelo.

—Ya veo…—murmuró. Asintió, frunciendo los labios—. De acuerdo.

—Ahora yo estoy al mando—continuó Poe, llevándose una mano al cinturón—. Y déjame decirte, no pienso bajar la guardia en ningún momento.

—Eso es—apoyó Finn, señalándole de nuevo—. En ningún momento.

—Chicos, aprecio vuestra preocupación por tomaros en serio vuestro trabajo, pero… —Rey enarcó una ceja, examinándoles con ironía en las pupilas—. ¿No creéis que deberíais cuidar vuestra imagen un poco más?

Finn miró hacia abajo y, apurado, se abrochó el cinturón.

—Esto no ha terminado—dijo, señalando sus ojos con el índice y anular y después los de Ben conforme abandonaba la sala.

Poe permaneció unos instantes más allí, su expresión dura a pesar de estar descalzo y con la ropa mal puesta, y acto seguido, aún cargado, siguió a Finn.

Rey suspiró.

—Siento todo eso. —Se volvió hacia él, sonriendo levemente—. Son demasiado protectores.

Ben contempló su rostro, lleno de dulzura, y no pudo evitar sonreír sin dientes. Llevó una mano a su rostro, abarcando su mandíbula, y ella cerró los ojos, dejándose bañar por la calidez de su mano.

—Puedo entenderles—replicó él.

Rey le asestó un puñetazo al pecho, y él tosió, ocultando que realmente le había hecho daño.

—¿Rey?

—¿Sí?

—¿Podrías hacerme un favor?

La idea había sido suya, pero ahora no sabía si realmente sería capaz de hacerlo.

Toda la Resistencia le contemplaba en la parte baja de la nave, rodeando pequeñas máquinas de combate aquí y allá. Tragó saliva. Justo ante él, Poe y Finn le observaban de soslayo. A su lado, Rey mantenía una mano en su hombro, imbuyéndole ánimos. Tras él, un gran ventanal dejaba ver el vasto espacio que le era tan familiar.

Ben dio un paso adelante, observando las caras de su público.

Solo había miradas de odio, de desprecio, e incluso algunas de compasión.

Ninguna amistosa.

Rey apretó su agarre y se apartó de él. Ben la miró un instante, buscando el coraje que necesitaba, y ella asintió.

Inspiró profundamente y, dando un paso más hacia delante, hizo lo que debió haber hecho largo tiempo atrás.

Poniéndose de rodillas entre Finn y Poe, se agachó hasta el suelo, rozándolo con su nariz, ambas manos a los lados de su cabeza. Pudo sentir la sorpresa a su alrededor, los cuchicheos aumentando desde el piso inferior.

—Sé que nada de lo que pueda decir podrá compensaros por todo lo que he hecho. —En cuanto empezó a hablar, su voz amplificada por el pequeño micrófono en su pecho, se hizo el silencio sepulcral—. No hay excusas para lo que hice. Es cierto que estaba perdido, y dolido, y lleno de confusión. Es cierto que perdí la noción de lo que era real y lo que no. Es cierto que he sufrido. Pero vosotros también lo habéis pasado mal. Peor que yo. Y aun así, mantuvisteis la esperanza que tan desesperadamente trataba de arrebataros. Ahora sé que todos pasamos por esa confusión, que todos dudamos y sufrimos. Ahora sé que he sido una persona egoísta. Una persona horrible. Y a pesar de todo, hay gente dispuesta a amarme. —Elevó la cabeza, observando a sus interlocutores, conforme la imagen de Rey surcaba su mente. Sus rostros mostraban sentimientos entremezclados—. Hace unas horas, he pedido mi muerte. Pensaba que era la única forma de expiar mis pecados. Pero ahora lo entiendo un poco mejor. —Volvió a agacharse, esta vez apoyando la frente en el suelo—. No soy digno de un perdón. No soy digno de vuestra amistad. Pero lo menos que puedo hacer es esto. Odiadme. Despreciadme, ignoradme. Toleradme. Intentad matarme. Haced lo que queráis. No voy a tratar de escapar de esto. Mi castigo será ver cada día aquello que podría haber tenido, y que probablemente jamás tendré. Así que, por favor. Esta es mi disculpa, mi súplica para todos: no dejéis que mis crímenes caigan en el olvido. Habladme de aquellos a quienes asesiné. De las familias que destruí, de los planetas que hice volar en pedazos. Dejadme llorar por ellos, dejadme despertar del todo de este trance en el que yo mismo me sumergí. Y si algún día… Si algún día decidís aceptarme… Jamás podré terminar de agradecéroslo. Eso es todo.

Permaneció allí, encorvado sobre sí mismo, conteniendo las lágrimas, hasta que sintió dos manos en su espalda. Se giró, sus ojos llorosos, y se encontró con Rey.

—Vámonos—susurró ella.

Ben parpadeó, confuso, poniéndose en pie a trompicones. Rey le quitó el micrófono y, dándoselo a un droide, tiró de Ben fuera de la multitud. Él no podía dejar de mirar atrás, alargando un brazo hacia la tripulación. Lo último que vio antes de que las puertas se cerraran tras él fue el rostro de un solemne Poe, totalmente impertérrito.

Rey suspiró, sacudiendo la cabeza. Soltó su mano y se volvió hacia él, su ceño ligeramente fruncido.

—¿Ya estás mejor?

—Es lo que madre hubiera querido—susurró él, cabizbajo.

La expresión de ella se dulcificó y, con cuidado, apartó los cabellos de él de su frente. Él la observó, sintiendo de forma inmediata cómo todo su ser se inundaba de paz. Ella, sonriendo sin dientes, colocó su rostro entre sus manos y, despacio, acercó sus labios a los suyos.

Durante el breve instante que tardaron en hacer contacto, Ben volvió a dudar, la paz perturbándose.

Pero en cuanto sus bocas se tocaron, todo se le olvidó. Ella se acercó más a él, enredando sus dedos entre sus mechones. Ben sintió su corazón revolotear y, confuso, notó cómo algo más surgía dentro de él.

Una sensación acuciante, como si aún no se hallaran lo suficientemente próximos el uno al otro.

Rey iba a separarse de él, tan dulce como siempre, pero él no podía permitirlo. La agarró por la nuca con una mano y, con la otra, rodeó su cintura, atrayéndola más hacia sí, sus cuerpos incluso más pegados que en el abrazo de antes.

Pero seguía sin saciarse.

Ben se separó apenas un milímetro de ella, suspirando, su mente en blanco.

—Rey—murmuró, y sintió que ella se estremecía entre sus brazos.

No, no era suficiente.

Acercó su boca a la de ella, pero antes de que contactaran, atrapó su labio inferior entre sus dientes, mordiéndolo con cuidado. Pudo ver el sonrojo y la sorpresa en su cara, y de nuevo su corazón dio un vuelco en su pecho, su estómago sintiéndose inundado por una espesa calidez. La besó de nuevo, pero esta vez aprovechó la apertura de sus labios para buscar su lengua con la suya propia, deleitándose en su sabor, descubriendo más partes de ella. A la vez, empezó a acariciar su espalda, siguiendo su instinto, entrelazando sus cabellos con sus dedos. Le faltaba el aliento, pero no podía parar. Quería más de ella, más y más…

Se separaron un instante, y Ben la hizo girar, poniéndola contra la pared, presionando todo su cuerpo contra ella, acariciando su cuello mientras sus lenguas jugaban la una con la otra. Bajó hasta su cintura y entonces, hasta sus caderas, agarrándolas con fuerza y atrayéndolas hacia sí. Fue justo antes de tocarse, cuando se le escapó un gemido en medio de su pasional beso, que se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

Se separó de ella, jadeando, apurado. Rey le miró, sus ojos sorprendidos, su rostro rojizo. Ben sintió el rubor subir hasta sus orejas y, esquivando sus ojos, avergonzado, bajó la vista, lamiéndose los labios de nuevo.

—L-lo siento… N-no sé… No sé qué me ha pasado.

Rey abrió la boca, pero fue incapaz de articular ningún sonido.

Ben hizo una torpe reverencia y, echando casi a correr, se alejó de ella, maldiciéndose entre dientes, hasta la pequeña habitación que le habían dado, dejando atrás a una Rey totalmente perpleja y despeinada.