- ¿Sabes cómo se llama este animal, cielo? - preguntó la mujer, señalando uno de los moluscos que paseaban por aquel árbol, sujetando con la otra mano al pequeño.
- No... - respondió éste, visiblemente decepcionado - ¿me lo puedes decir, por favor?
Le dedicó al chiquillo una tierna sonrisa y se lo explicó:
- Son caracoles.
- Caracoles... - repitió el niño con envidiable soltura.
Se quedó embobado mirando aquellas criaturas como si fuera lo más interesante del mundo. Le fascinaban. Entonces la mujer cogió con delicadeza uno de los caracoles que escalaban el árbol y lo depositó en la palma de la mano abierta del niño, a lo que éste respondió con una mirada de asombro, entusiasmado por poder contemplar aquel animal más de cerca.
- ¿Te gusta? - preguntó la señora sonriendo de manera cálida.
- Sí, me gustan los caracoles - respondió el pequeño sin apartar los ojos de la criatura.
Entonces levantó la vista y esbozó la más sincera de todas las sonrisas, permitiendo que un brillo infantil decorase sus ojos.
- Gracias, mamá.
Sabía que era imposible rehuir a aquel erizo maniático. Eran compañeros de clase, por lo que tarde o temprano se lo volvería a encontrar. Aún así, caminaba pausadamente, aprovechando todo lo que podía el tiempo que pasaba sin él.
- ¡Hola, Shadow!
Al puercoespín azabache no le fue necesario darse la vuelta para adivinar quién era la dueña de aquella repelente voz:
- Hola, Amy... - saludó sin demasiado interés.
- ¿Qué tal te fue ayer en tu primer día? - preguntó la chica incorporándose a la caminata de Shadow, yendo los dos hacia el instituto.
- Interesante - dijo sin poder evitar pensar en el chico de los ojos verdes.
- Veo que al menos sobreviviste al reto de sentarte al lado de Sonic.
El erizo negro no pudo evitar sentir su vello de punta cuando escuchó aquel nombre.
- Ya viste ayer lo que hizo - dijo, chasqueando la lengua con fastidio.
- Y... ¿qué hizo ayer?
- Ya sabes, cuando el tío intentó rajarme las venas con un lápiz. Tú estabas ahí y lo viste.
Amy se quedó visiblemente confusa al ver a Shadow tan seguro de sus palabras.
- Pues no sé, no recuerdo ver ayer a Sonic haciendo eso, lo siento - se disculpó la chica intentando excusarse.
- Es igual - concluyó Shadow, fastidiado.
- De todas formas, es mejor que te alejes de él. Todavía estás a tiempo de no acabar como el anterior chico.
- Estoy harto de tus patéticos rumores. Tú sí que estás loca.
Amy se quedó quieta en el sitio, anonadada por el comentario poco halagador que acababa de escuchar.
- ¡No son rumores, Shadow! ¡Ese chico te dará problemas! - gritó al ver que el erizo seguía caminando, alejándose de ella.
Shadow, por su parte, trató de ignorarla, pero dentro de él no pudo remediar ponerse nervioso al escuchar la advertencia de Amy, mas intentó que no se le notara físicamente.
La clase transcurrió con inquietante tranquilidad. Aunque intentaba poner atención a las explicaciones del profesor, la mayor parte de su mente estaba pendiente de Sonic y de su forma tan singular de actuar. En ocasiones y de forma inconsciente se giraba en su sitio para volver la vista atrás y observar el pupitre del erizo azul: vacío. Quiso poder evitarlo, pero se sentía preocupado al desconocer el paradero actual de Sonic.
Era un chaval muy raro, o por lo menos eso era lo que quería aparentar, lo que le había degradado a ser un marginado social, apartado de sus compañeros. Es por ello que Shadow se preocupó. No quería que se buscara líos, mucho menos que los demás se metieran con él. El puercoespín azabache había creado una inexplicable curiosidad hacia Sonic.
El timbre que indicaba el final de la clase le sacó de sus pensamientos, por lo que empezó a recoger sus cosas. Se dirigía a la salida cuando sintió un escalofrío en su espalda. Entonces se dio la vuelta y contempló una ver más el pupitre de Sonic. Inevitablemente, seguía igual. Vacío. Nada había cambiado. Aprovechando que no había nadie en la clase, se acercó hacia él lentamente. Conforme se aproximaba a su destino, un sentimiento de culpabilidad, de estar haciendo algo indebido, se iba apoderando de él.
Llegó y lo único que había en esa mesa era la misma letra dibujada que permanecía allí desde el día anterior: "C". Pensó qué demonios significaba aquella letra mientras la delineaba con sus dedos, mas lo dejó estar, pues no pretendía obsesionarse con el tema. Sonrió para sí mismo con sorna. Ya era tarde. Estaba demasiado obsesionado.
Era extraño que no hubiera aparecido en toda la mañana. Había pensado en él como un acosador que no le dejaría en paz ni un segundo y, sin darse cuenta, era Shadow el que le estaba utilizando su tiempo libre, su valioso tiempo libre, para buscarle, a pesar de que sus intenciones, tras conocerle, habían sido evitarle a toda costa. "Qué me has hecho, maldito niño... " pensó mientras caminaba por el césped del instituto. Entonces lo vio: un erizo azul en cuclillas observaba con gran interés el pie de un árbol. Sin pararse a meditar, se encontró a sí mismo dirigiéndose hacia él. Ese erizo le atraía.
- Hola - saludó cuando llegó a su encuentro. Sin embargo, éste parecía tan enfrascado en su labor que estaba ausente del mundo.
- ¿Qué haces? - le preguntó, intentando llamar su atención.
Entonces Sonic señaló a un grupo de moluscos que se encontraban al pie del árbol, donde el chico estaba mirando.
- Me gustan los caracoles - dijo simplemente.
- Guay... - comentó el erizo negro algo confuso mientras se agachaba para quedar a la misma altura que Sonic.
Fue en ese instante cuando observó algo que calificó como impactante: el puercoespín azul sonreía. No era un gesto siniestro o incómodo, todo lo contrario. Parecía un chico normal, relajado, un niño sin razones para ser temido ni apartado. Shadow quedó completamente embelesado por esa sonrisa, por lo que le era imposible apartar la mirada.
- Shadow... ¿a ti te gustan los caracoles? - preguntó en un tímido tono de voz, algo a lo que el erizo negro no pudo resistirse.
Miró a los moluscos y dudó un poco, pero al final respondió:
- Sí, supongo.
No mentía. En realidad, le era indiferente. No le asqueaban como a la mayoría de la gente, pero tampoco era algo que le entusiasmara.
- ¿¡De verdad!? - exclamó Sonic, observando a Shadow con una mirada que irradiaba felicidad y esperanza.
El puercoespín azabache dejó de mirar a los caracoles para acabar hipnotizado por esos brillantes ojos verdes. Eran grandes y expresivos y poseían un brillo tierno y encandilador. Desde luego, de los tres tipos de ojos que había visto, estos eran con diferencia sus favoritos. Un momento... ¿Tres?
- De verdad - aseguró Shadow sin un ápice de vacile en sus palabras.
Sonic sonrió de manera contagiosa ante la respuesta de su compañero, provocando que éste también sonriera levemente.
Ambos volvieron a apalancar su mirada al grupo de moluscos.
- Sonic, por qué no has venido a clase esta mañana? - preguntó el puercoespín azabache sin ánimo de echarle una reprimenda, simplemente con intenciones de entablar una conversación, ya que había observado al erizo azul inusualmente tranquilo.
- Estaba mirando los caracoles - explicó.
Shadow rodó los ojos al escuchar otra de sus "obvias" respuestas.
- Tus notas se resentirán si faltas a clase - le reprochó Shadow, aunque su tono de voz reflejaba que no tenía intención de herirle, pues lo último que quería era que se alterara como la mañana anterior.
- No lo creo - respondió el chico con el mismo tono de voz.
Shadow esbozó una media sonrisa. Era increíble. Sonic parecía una persona totalmente diferente.
Entonces el erizo negro alargó una mano para tocar uno de los ojos de los caracoles con un dedo, provocando que éste enroscara una de sus antenas como mecanismo de defensa.
- ¡No! ¿¡Qué haces!? - exclamó Sonic alterado, pero sin llegar a alarmarse en exceso, preocupado por el animalito.
- Tranquilo, no pasa nada - aseguró Shadow.
Cuando vio al caracol desenroscar su antena lentamente, el puercoespín azul se relajó, suspirando aliviado sin dejar de mirar a la criatura.
Ambos estaban tan ensimismados observando a los animales que no se dieron cuenta de la hora que era. Shadow miró su reloj y se levantó, viendo que faltaba poco para que empezara la próxima clase.
- ¿Adónde vas? - preguntó el erizo azul, mirándole a los ojos.
- A clase. ¿Vienes?
Los ojos de Sonic volvieron a iluminarse de la misma manera que lo habían hecho momentos atrás tras escuchar la invitación de Shadow, soltada de forma involuntaria.
- ¡Sí, claro! - exclamó Sonic entusiasmado, levantándose.
Si estuviera solo, seguramente se hubiera quedado mirando los caracoles, pero sentía que quería estar al lado de la segunda persona que se había atrevido a conocerle desde que entró en aquel instituto. De pronto, el erizo azul se detuvo con expresión de shock, dejando de seguir a Shadow.
- ¿Qué pasa? - preguntó el puercoespín azabache, girándose para verle.
El chico tardó unos segundos en volver a la tierra, recuperando el brillo natural de sus ojos, el cual hace unos momentos se había esfumado.
- ¿Eh?... No, nada... - dijo, retomando la marcha.
Shadow se quedó observando la extraña reacción de Sonic, pero decidió no darle demasiada importancia y siguió caminando, inquietado por su cambiante comportamiento.
Poco le interesaba aquella materia, pues consideraba que ya iba muy sobrado.
De todas formas, había ido para hacer acto de presencia, como hacían todos en general.
No le hacía falta volver la vista atrás para saber que el chico estaba ahí, sentado al final de la clase. Se preguntó entonces si siempre se había sentado ahí desde que puso un pie en la escuela.
Miró su cuaderno vacío de notas y lo único que veía eran dos ojos verdes que se habían quedado grabados en su mente.
Cogió su bolígrafo y empezó a escribir:
Número 1: Personalmente, son mis preferidas. Se trata de unas pupilas grandes, expresivas e infantiles. Reflejan inocencia y transmiten tranquilidad. Me resultan hipnóticas. Nivel de riesgo: I
Número 2: Pupilas secas, carecientes de brillo y color. Refleja ausencia. Poco más se puede decir. Aún así, las considero siniestras. Nivel de riesgo: II
Número 3: Pupilas frágiles y vidriosas. Brillan y son atractivas. Sin embargo, lo atrayente siempre es peligroso. El número 3 refleja alerta, ataque inminente y/o pérdida de control. Nivel de riesgo: III
Nota: Considero importante mantenerme alerta al estar junto a Sonic, es por ello que incluso el número 1 tiene un leve nivel de riesgo.
Cuando hubo terminado de redactar, lo repasó un par de veces. Entonces chasqueó la lengua, sorprendiéndole que estuviera haciendo un estudio sobre el comportamiento de Sonic. ¿Y todo para qué? ¿Para estar a su lado sin sufrir ningún daño? ¿De verdad quería estar junto a ese niño que mostraba más señales de demencia que de cordura? Era extraño, sí, pero aquel chico le atraía de una manera inexplicable. Estar con él le suponía a Shadow un desafío, un reto que acababa de aceptar.
El timbre había sonado, anunciando el final de las clases, pero el puercoespín azabache no se dio cuenta hasta que escuchó una conocida voz a sus espaldas:
- ¿Qué escribes? - preguntó Sonic, con ojos curiosos.
- Nada... Unos apuntes míos - respondió, escondiéndolos a tiempo.
Levantó la vista y sonrió ligeramente al observar el rostro del chico. "Número 1" pensó.
- Te espero fuera, ¿vale? - declaró sonriente el erizo azul mientras salía de clase.
Mientras Shadow procedía a recoger sus cosas, se percató de un importante detalle: a pesar de que lo había visto con escasez, podía asegurar que el número 1 era el verdadero rostro de Sonic. Eran los únicos ojos que debía mostrar al mundo.
- Podríamos quedar algún día - propuso Sonic entusiasmado mientras caminaba al lado de Shadow de camino a casa.
El puercoespín azabache le miró esbozando una media sonrisa - Hoy estás muy hablador, Sonic.
El erizo azul le miró, sonriendo de la misma forma. Shadow mentiría si dijera que en ese momento no tenía ganas de besarle. Se sentía tranquilo al lado del nuevo Sonic. Fue entonces cuando llegaron a su destino: aquella conocida parada de autobús que le causaba escalofríos a Shadow desde lo ocurrido en la tarde anterior y que Sonic necesitaba para volver a casa.
Al llegar, un autobús pasó de largo debido a que no era el número correspondiente a la parada en la que estaban situados. Desgraciadamente, la noche anterior llovió (ello explicaba la presencia de los caracoles aquella mañana), por lo que el autobús pasó ligeramente por encima de un charco, mojando a Sonic. No era aquello una razón para alarmarse, pues el agua apenas le había salpicado las rodillas. Sin embargo, fue más que suficiente para desatar la inestabilidad emocional del erizo. "Número 3" pensó Shadow, observándole con preocupación a espera de sus reacciones. Según el autobús desapareció de su alcance visual, el puercoespín azul se agachó en el suelo mojado de manera brusca y empezó a gritar con fuerza, sujetándose la cabeza con las manos.
- ¡Sonic! - exclamó Shadow alarmado mientras sujetaba al chico por los hombros, intentando que volviera en sí - ¡Sonic, estoy aquí! ¡Mírame!
Bastó con que el chico se encontrara con los ojos de su compañero para que su número 3 se desvaneciera a un número 1. Entonces el erizo azul se lanzó a los brazos de su acompañante mientras lloraba desconsoladamente, como si hubiera revivido algún momento traumático.
Fueron necesarios unos minutos para que Sonic se calmara. Hasta entonces, Shadow no se separó de él, quedando agachado para estar a su misma altura. Mientras le abrazaba y le acariciaba la cabeza, el puercoespín azabache pensó que su investigación debía profundizarse más que unos simples números, si es que quería salvar a Sonic.
