Vulnerable

Capítulo 2

Disclaimer: Ya os sabéis toda la fanfarre, si Resident evil fuera mía haría canon los ships.

Nota de autora: De tanto en cuanto me agrada volver al Fandom de Resident evil, me sentía de humor para publicar un capítulo que ya tenía escrito de Vulnerable desde hace tiempo y supervisado por AdriannaSnapeHouse.

Este capíulo va dedicado a todos los shippeadores locos del Weskerfield y a mi amiga Paola Watson. Seguro que lo disfrutaréis.


Unas manos que raramente tocaban algo sin desenguantar, acariciaban la piel tersa de porcelana de una hermosa pelirroja. Se sentía tan extraño que el único contacto que recibía era por parte del asesino de su esposo y hermano. Hacía unos meses no lo soportaba pero ahora lo toleraba.

El rubio arrogante, -esta vez sin gafas oscuras-, masajeaba delicadamente la clavícula de la única Redfield viva. Adoraba tocar su tez con textura a piel de melocotón. En su presencia siempre se quitaba los guantes y los lentes para… sentir mejor su compañía.

Esa habitación de paredes color crema, suelo de moqueta roja, muebles de roble y cama matrimonial se había vuelto su prisión de cada día. Ya hacía medio año que ella había sido traída a la casa de la montaña del tirano. Y seguía sin saber las razones, cosa que le inquietaba pues Wesker siempre tenía un motivo oculto tras cada una de sus acciones. Ahora podía afirmarlo con seguridad ya que tanto tiempo a su lado le había hecho aprender algo: Si estaba viva era porque a él le seguía siendo de utilidad.

Albert admiraba con devoción el cuerpo equilibrado y atlético de su amazona. Le había comprado un vestido negro, pegado a la cintura, con escote corazón y una falda larga con un corte a un lado de la pierna. Llevaba el pelo recogido en un moño bonito y algunos mechones del flequillo sueltos y ondulados para enmarcar su rostro. Llevaba los labios pintados de rojo y los ojos en un tono bronce discreto, pero no pasaban desapercibidos.

En ningún momento, desde que llegó, le reveló el verdadero motivo por el cual permanecía en su lado incondicionalmente. Ella solía enfadarse, atacar, insultar y gritar, pero con un poco de paciencia la tranquilizaba. Intentaba no usar nunca la fuerza ya que no le gustaba dañar la viva imagen mejorada de Mary. Admiraba su carácter luchador pese a que a veces se desmoronaba y deprimía. Hace unos meses, empezó con medicación para dormir y antidepresivos. Se pasaba muchas horas encerrada y siempre rechazaba salir con él a cualquier sitio.

Pensaba usar esa soledad y tristeza a su favor. Quería ganarsela y pensaba hacerlo pronto. Cada vez que podía tocarla y admirarla se sentía en el cielo. Él también se había sentido solo en un pasado tras la partida de Mary… y sabía exactamente como hacer para que a través de eso, la pelirroja comiera de su mano.

—Si gritas o me delatas a alguno de ellos, morirán.— Amenazó con voz ronca el virólogo.

Claire suspiró con tristeza y miró a su regazo. Esta noche unos clientes, un matrimonio, venía a cenar a la casa privada de Albert. Y ella debía asistir como habitante de la residencia. A parte, parecían siglos que no se hubiera relacionado con nadie más a parte del ex-capitán de los S.T.A.R.S. Era la primera vez que alguien ajeno pisaba la fortaleza personal de Wesker.

—Falta un pequeño detalle…

Albert se colocó a un lado de Claire y sacó una pequeña cajita del bolsillo de su pantalón de tela oscura. La chica siguió con la mirada perdida en un punto impreciso de sus piernas. El hombre ignoró eso y abrió la cajita, revelando un hermoso anillo de oro blanco, recreando una flor, con un diamante de muchos quilates en el medio, despampanante. La menor Redfield no dio señales de asombro y dejó que el rubio agarrara su mano de pianista para decorar sus dedos estilizados con esa joya. Sin embargo, Albert escogió la mano izquierda, en el dedo anular. Y en ese ya había una alianza, la de su matrimonio con Leon. Era un anillo simple, liso, de oro clásico y nunca se lo quitaba. Cuando vio que el tirano iba a quitársela, ella intentó retirar sin éxito su mano del agarre del tirano.

—¡No la toques!— Gritó enfadada la pelirroja.

Wesker frunció el ceño y insistió con que ella le diera la alianza. Claire se negó, pero al final ganó el rubio y su agilidad física y mental. Para no variar, siempre ella saldría perdiendo. Albert le dio su anillo de diamantes y se quedó el antiguo, lo guardó en su bolsillo y se apartó de la pelirroja antes de que hiciera alguna estupidez como intentar arrebatarsela.

—¡Devuélvemelo!— Gritó ella.

—Quizá si te comportas como debes esta noche. Es fácil, no me hagas enfadar.— Respondió fríamente el tirano.

—Eres un psicópata.— Contestó ella con total desprecio.

El ex-capitán la ignoró y fue en dirección a la puerta, no sin antes detenerse y advertir a la chiquilla.

—No puedes vivir atada a tu pasado, especialmente si está muerto.— Añadió él.

Wesker era el único que podía sacarla de sus casillas y hacerla pasar por distintas emociones, en su mayoría negativas, en pocos segundos.

Cerró la puerta suavemente y sintió como los pasos de sus zapatos recién lustrados se alejaban.

—Malnacido.— Susurró con rabia después de que él se fuera de la estancia.


La cena había terminado y no había sido muy tortuosa para Claire. Después de los postres, el matrimonio Rodríguez y ellos salieron al jardín a tomar un poco de alcohol. La conversación entre Pedro y Wesker estaba siendo amena y había pasado por distintos temas, desde negocios hasta hobbies.

Su esposa Amanda Grace era una mujer muy bien conservada, ya pasaba las cuatro décadas de vida y llevaba un vestido morado muy elegante. En su cuello lucía un collar de perlas brillantes, blancas y puras. Era de descendencia americana y su piel blanca parecía brillar a la luz de la luna, pero no tanto como la de Claire. Pedro era de nacionalidad Española. Estaba forrado, era un multimillonario como Wesker. Tenían personalidades muy parecidas y eso hacía que los dos se llevaran tan bien. El rubio parecía otra persona distinta al lado del moreno cincuentón.

—Claire, has estado muy callada. ¿Dónde conociste al señor Wesker?— Preguntó Amanda, la cotilla esposa de Pedro.

La pelirroja se vio en un apuro y no supo qué contestar. Hacía mucho que no hablaba con gente normal y estaba nerviosa porque todos la miraban y eso no le gustaba.

—Nos presentó su hermano, ¿cierto, dearheart?— Dijo Wesker antes de que la menor metiera la pata.

"Le odio" pensaba la menor en lo más profundo de su cabeza. De repente la imagen de Chris, desnucado en el suelo y aniquilado por el demonio de ojos rojos atravesó su subconsciente. Su corazón dio un vuelco y luchó por reprimir lágrimas e insultos, quería que Wesker le devolviera su anillo. Ella se cubrió la boca y le siguió la corriente al mayor.

—Ajá…— Asintió tristemente.

La mujer de Pedro pareció convencida durante unos instantes, pero luego volvió a insistir con el interrogatorio. A la menor Redfield a esas alturas, después de tanto tiempo, fingir le dolía mucho. Era demasiado dolor acumulado y sin válvula de escape. La peor tortura psicológica inventada.

—Adoro los romances. Contadme vuestra historia.— Insistió la cuarentona.

La pelirroja, cansada de tanta patraña, quiso parar esa farsa.

—En realidad no…— "estamos casados" añadiría Claire, pero Albert la interrumpió y notó como él le torcía dolorosamente la muñeca debajo de la mesa.

La pelirroja reprimió una mueca de sufrimiento. Encajó todas las piezas del puzzle y en ese momento supo que decorar el dedo anular con el anillo de flor de diamantes no fue algo al azar. Lo había hecho a propósito para que creyeran que estaban casados. Vete a saber qué cuentos les explicó al matrimonio, porque estaba segura que con antelación Wesker ya mencionó su presencia en la cena. Y más si nadie mostró asombro al ver que él estaba acompañado de una mujer.

—Eres un psicópata…— Susurró ella.

Albert aumentó el agarre y clavó sus uñas en la muñeca de la menor. El orgullo de Claire no le permitió quejarse ante esas heridas.

—¿Disculpa, querida? No te he escuchado bien.— Inquirió Amanda, confusa por lo que creía escuchar.

El llanto de la Redfield inició y eso llamó la atención de todos los presentes. Wesker de inmediato se levantó de su asiento y tocó el hombro de la menor, apretando para reñirla silenciosamente.

—Dearheart, creo que necesitas descansar.

—No…

—Te acompaño a la habitación, ven.— Dictó esta última palabra como una orden y no una sugerencia, pero nadie pareció notarlo.

Con un tirón un brusco, Albert hizo levantar a su prisionera de la silla. Se disculpó en silencio del otro matrimonio invitado y agarró posesivamente a Claire por la cintura, llevándola dentro de la casa. Cuando no estuvieron al alcance visual de los Rodríguez, Albert levantó por la cintura a la pelirroja del suelo y la alzó para subir las escaleras que conducían a su habitación. La niña puso resistencia, pero los brazos de Wesker eran mucho más fuertes que los esfuerzos en vano de la chiquilla.

—No me toques, cerdo enfermo.— Siseó cerca de su oído.

—Cierre la boca, Redfield.— Ordenó con enfado.

Ella sabía de sobras que cuando la nombraba por su apellido era que estaba cabreado. No pensaba quedarse como cabrito asustadizo, quería revelarse, ¿como osaba a mencionar a su hermano siendo él el asesino?

—Eres un mentiroso y un manipulador. Me das asco.

Albert abrió la puerta de la estancia de la Redfield y la soltó sin delicadeza en el colchón de la cama tamaño rey. La Redfield se alzó en pie de nuevo con la intención de acribillarlo a insultos, pero Wesker sujetó con fuerza la mandíbula de la niña.

—¡Silencio!— Ordenó de nuevo.

—Púdrete.

Albert estaba cansado de oírla y dio una bofetada fuerte a la mejilla rosada de la pelirroja. Claire jadeó de dolor y cayó a la cama por la fuerza descomunal del impacto. Los pasadores que sujetaban su melena rojiza en un recogido clásico, se deshicieron, liberando la gran mata de pelo. La violencia molestaba la menor y eso la llevó a llorar y enfadarse por culpa de la rabia e impotencia que sentía. Wesker se iba a retirar de nuevo con los Rodríguez pero la pelirroja tenía muchas exigencias esa noche.

—¡Dame el anillo!—Gritó con el rostro mojado mientras se incorporaba en la cama.

El rubio retrocedió hasta los pies de la cama de matrimonio de Claire y se colocó menos de cinco centímetros del rostro pulcro de la menor. En su mejilla había quedado una marca rojiza en forma de su palma por la bofetada de antes. Como que Albert llevaba las gafas puestas, esta vez a ella le era imposible ver hacia donde miraba, pero si no las llevara podría ver que observaba sus labios rojizos.

—No está en posición de exigir nada, niña caprichosa.

—¡Me da igual!— Ella golpeó el pecho del rubio varias veces para que se separara. —¡No eres nadie para quitármelo! ¿¡Qué es lo que quieres de mí!? ¡Estoy hart…!

Los labios de Albert tomaron los suyos sin permiso. Con una mano la empujó hasta que la espalda de la pelirroja tocó el colchón. Albert se apoyó en el edredón con ambos codos, a la altura de la cabeza de la menor, que se había quedado sin nada que hacer excepto no moverse y sentir el regusto de alcohol de Wesker en su cavidad bucal. Sus labios no eran suaves y expertos como los de Leon, él era más inexperto y torpe. Se sentía… extraño. Podía resultar… ¿reconfortante? Quizás el estar tan sola sin sentirse querida la hacía sentir de esa manera con cualquier muestra de cariño y amor.

El ex-capitán de los S.T.A.R.S decidió reprimir sus instintos más carnales y se separó de ella, abriendo los ojos y observando como estaba alterada con los orbes cristalinos a punto de soltar un par de lágrimas. Albert estrujó el cuello de la fémina, escondiendo sus impulsos y convirtiéndolos en una amenaza. Escondió sus sentimientos más profundos y los utilizó para intimidar a la niña. La pelirroja temblaba del horror, ¿él podría ser capaz de tomarla a la fuerza? A sus ojos la respuesta era obvia, era un criminal sin prejuicios, asesino… no le importaría cometer una violación. La chica quedó con la duda de si debería aventarle otra bofetada pero al final optó por no hacerlo, estaba petrificada.

—No me quiere hacer enfadar, ¿verdad Redfield? Sino… necesitaré desahogarme.— Amenazó mientras pasó rápidamente su mano por la tela del vestido con fuerza.

Albert se alejó de Claire, sentándose en la orilla de la cama, de espaldas a ella. La haría pasar por el tubo y no toleraría ni una sola rabieta más.

—Después tendremos una charla.— Sentenció el tirano.

Sin decir nada más, el tirano se levantó y se fue silenciosamente por el pasillo a despedirse de los invitados. Quería aclarar las cosas con Claire lo más pronto posible y su numerito anterior era una buena excusa para que se retiraran de la gran casa y ambos pudieran tener tiempo y tranquilidad para hablar. Se pasó la manga de su camisa negra por su rostro porque intuía que llevaba un poco de carmín de la menor en sus labios.

No podía quitarse de la cabeza sus labios rojos y su cuello… La convertiría en una criatura obediente y dependiente. Pronto la Redfield no tendría fortaleza para encararle tan descaradamente. Aprendería a ponerse en su lugar.


Albert tocó dos veces a la puerta de la estancia de la pelirroja. No obtuvo ninguna respuesta y decidió entrar de todos modos. Había invertido una media hora para despedirse del matrimonio invitado y durante todo ese tiempo no dejó de pensar en la pasional Redfield. No le gustaba hacerle daño pero la quería calmada, sin que se rebotara por cualquier cosa. Antes había estado demasiado drástico, quizás lo había hecho entender que quería abusar de ella… y no era así.

La habitación estaba a oscuras, él se quitó las gafas de sol para ver mejor en tal penumbra. En la cama estaba Claire tumbada, de espaldas a donde se encontraba él. Avanzó con el usual estruendo que le acompañaba y se quedó sentado justo a un lado de la figura de la menor, supuestamente fingiendo estar dormida.

—¡Redfield!

Wesker siguió sin obtener ninguna contestación, así que insistió tocando el hombro de la chica. Ella seguía vestida con la ropa de la cena y parecía no haberse desmaquillado ni quitado ninguna joya. Aún llevaba restos de máscara de pestañas corrido por sus mejillas y ojeras.

—¿Claire?

Él abrió la lamparita de la mesa de noche y vio que encima de ella estaban dos botes de pastillas vacíos con varias píldoras por el suelo. Observó a Claire, la giró hacia a él y la mantuvo entre sus brazos mientras le abofeteaba suavemente el rostro para que despertara.

—¡Redfield!

Nada. Estaba inconsciente. Necesitaba un lavado de estómago ya. Pero primero requería saber que medicamentos había ingerido. Rápidamente alzó a la mujer en brazos y se agachó para agarrar los botes de píldoras.

Antidepresivos y pastillas para dormir.

Pese a que Wesker actuaba fríamente y con la cabeza, sentía una urgencia e inquietud en su interior. Era algo asfixiante y que hacía odiar a cualquier cosa que se cruzara en su camino hacia su laboratorio en la casa. Puertas, llaves… nada valía más que la vida de Claire. Una vez perdió a Mary y no podía volver a permitirse a perder a la única persona que le importaba. En unos pocos instantes llegaron al laboratorio de la planta baja. Albert tumbó a la chica en la única camilla que había y buscó el instrumental urgentemente por todos los cajones. Un poco de solución salina para disolver los tóxicos de su estómago y un electrocardiograma.

No dejaría morir a su Redfield.


Un poco intenso el capítulo de hoy. No sé cuando actualizaré porque al hacer limpieza de Documentos en Google Docs borré cosas que n tocaban y en mi PC encuentro el capíulo 4 a medias pero no el 3.

Bueno, algo ha sido algo, espero que lo hayáis disfrutado. Ya me las apañaré.

Att. Frozenheart7