Acababan de aterrizar en el puerto de Storybrooke...

Tanto los niños perdidos como el equipo de rescate se asomaron a borda emocionados. Aún estaba amaneciendo y por ello, la zona estaba prácticamente desierta, no había un alma en la calle y la luz escaseaba.

Aun así, a los chicos les pareció sorprendente, tantas embarcaciones en fila, tan diferentes a los barcos de pescadores y piratas que ellos conocían. En cuanto a Emma y el resto, ellos simplemente estaban felices de haber vuelto a casa. Distinguieron dos conocidas figuras acercarse apresuradamente. Parecía que solamente Geppetto y la abuelita Mildred se habían percatado de su regreso.

-Pinocho me advirtió de vuestra llegada. Me ha despertado diciendo que había visto desde su ventana un barco volar. Al principio creía que me estaba mintiendo, pero luego he pensado que podría tratarse de vosotros. -explicó el hombre, ya entrado en años, con emoción.

-Ha venido corriendo a avisarnos a Ruby y a mí. -añadió la anciana. - La jovencita está preparando lo necesario para una fiesta en Granny´s. Parece que, por primera vez, será en modo de desayuno.

-Gracias, Mildred. -sonrió amablemente Blancanieves, pasando por el tablón que Garfio acababa de colocar.

Se lanzó a abrazar a su vieja amiga y ésta le devolvió el gesto.

-Bueno, siento ser aguafiestas, de veras, pero no sé yo si hay mucho que celebrar...-murmuró el pirata con cierta amargura.

-Sí, sí que lo hay. -asintió David, colocándose al lado de su mujer y lanzándole una tierna mirada. -Será un buen momento para dar la gran noticia. -le susurró al oído, acariciando disimuladamente su tripa.

Emma sonrió al ver a sus padres tan felices con la idea de tener un nuevo bebé, aunque no pudo evitar sentir cierta envidia, él podría tener la familia e infancia que a ella le habían arrebatado. Entonces notó la mano de Henry agarrarse a la suya fuertemente. El moreno había pasado la noche en el camarote de Regina y ella le había devuelto el corazón y cuidado con la ayuda de Campanilla. La Salvadora sonrió, ella ahora tenía su propia familia, no necesitaba sentir estúpidos celos. Su vista voló inevitablemente hacía Neal, ¿debía darle otra oportunidad, merecía la pena intentarlo de nuevo? Tal vez por su hijo...

- ¿Wendy? ¿¡Wendy?!

Dos hombres totalmente desconocidos para la mayoría de los presentes se acercaron, buscando a alguien entre la multitud. Baelfire, a pesar del transcurso de los años, los reconoció sin esfuerzo. Se trataba de los Darling, John y Michael, los hermanos pequeños de Wendy. La muchacha aceptó ir a Nunca Jamás por voluntad propia, ellos fueron arrastrados. La niña convenció a Pan para que los dejase ir con la promesa de que a ella la tendría siempre, él aceptó, pero los hermanos no estuvieron de acuerdo con la decisión. Incluso de tan pequeños, no tardaron demasiado en darse cuenta de que la relación entre Peter y Wendy no era sana, sobre todo si obligaba a su hermana a estar separada de su familia y amigos, de su hogar. Tuvieron una disputa con ella por eso. Estuvieron años separados, sin tener ningún tipo de contacto. Hasta que Pan dio con ellos y les pidió que trabajasen para él. Aceptaron con una única condición, que Wendy regresase junto a ellos. Pan asintió, aunque, por supuesto, para entonces, hacía tiempo que la pequeña Darling no vivía en Nunca Jamás. Ni en ningún otro sitio.

Baelfire fue el encargado de darles la mala noticia. Realmente era el más apropiado, había estado al menos un feliz año viviendo con ellos y Wendy en la casa de los Darling. Fueron grandes amigos, hasta que la sombra de Pan se inmiscuyó, separándolos para volverlos a juntar brevemente en Nunca Jamás y dividirlos una vez más.

-OH, OH...-murmuró Pan, con más burla que preocupación cuando los dos hermanos lo miraron de forma nada amigable.

John, el mayor de ellos, que en aquel momento rondaría los treinta y cinco años, se acercó a él a paso amenazantemente decidido.

- ¡¿Cómo pudiste?! –le gritó hecho una furia, empujándolo violentamente.

Peter miró hacia arriba pues el chico de gafas era considerablemente más alto que él.

-Ni se te ocurra...-murmuró entre dientes. - ¿Crees que la muerte de Wendy ha sido peor para vosotros que para mí? Yo estaba con ella...

- ¡No te hagas el inocente!

Le propinó tal cachetada que el adolescente se tambaleó ligeramente, su mejilla adquiriendo un tono rojo.

-John, es verdad. -intervino Félix, con un cuidado inusual en él, ya que era consciente de la fragilidad del tema. -La muerte de Wendy fue un accidente.

-Yo también estaba...-susurró Presuntuoso. -se cayó...

Precisamente guardar el secreto de todo lo ocurrido ese día fue lo que le hizo cabecilla de los pequeños. Todos creían que era por edad, pero no era así. Desde la partida de John, el mayor de todos, no había habido ningún otro cabecilla de los pequeños porque Peter les había vetado las salidas del campamento y realmente no tenían gran cosa que hacer, no necesitaban a nadie que los liderara. Y así estuvieron durante largo tiempo, hasta que Presuntuoso se ganó el puesto.

Nunca había contado nada de eso a nadie, se sentía culpable por haber tenido la idea de soltar a Wendy. Si hubiese seguido en la jaula nada de eso hubiese pasado y probablemente Ruffio también estaría vivo.

John clavó la vista en el suelo. Michael miró fijamente a los dos niños perdidos que habían hablado, centrándose finalmente en el mayor.

-Así que... todo este tiempo...

-Os hemos estado mintiendo. –admitió Félix con cierta culpa.

-Entiendo...-murmuró el pequeño de los Darling, incapaz de sentir mayor emoción tras el bucle depresivo en el que llevaba sumergido los últimos años.

- ¿Y Tigrilla? -preguntó con voz temblorosa John, no estando seguro de querer saber la respuesta.

Pan no pudo evitar soltar una carcajada.

- ¿De verdad? -inquirió, una ceja alzada. - ¿Me estás diciendo que te has estado acordando de ella todos estos años y no has sido capaz de reconocerla?

Las piezas del rompecabezas encajaron de pronto.

- ¿Tamara? -preguntó dubitativo, no podía creérselo.

Eso llamó la atención de Baelfire, había conocido a Tigrilla de pequeña y a Tamara de mayor, pensar que podían ser la misma persona era algo extraño, pero, al mismo tiempo, hacía el perfecto sentido. Miró al apresado Peter Pan con recelo. El castaño sonrió, cínico.

-No, no... no puede ser... -negó John. - ¿¡Cómo te iba a ayudar ella?! ¿Cómo iba a estar Tigrilla intentando destruir la magia?

- ¿Cómo me ayudasteis vosotros? -respondió con otra pregunta Pan. - Simplemente hay que ofrecer el caramelo adecuado. Y en cuanto a la magia, bueno... parece que se dio cuenta de que es algo que nunca le ha hecho especial bien, ni a ella, ni a su tribu...

En la antigüedad, Nunca Jamás era un mundo mágico cualquiera. Estaba formado por un inmenso océano y una curiosa isla en la que habitaban los indios. Eran una raza de valientes guerreros que vivían muchos años. Entre ellos, había poderosos hechiceros que conocían la fuente de la vida eterna. Únicamente morían si transmitían su magia a otro ser. Cosa que hacían siempre que fuese necesario, pues eran personas muy concienciadas y generosas, que ayudaban siempre al más necesitado.

Los indios querían hacer de su isla un lugar especial y, a uno de sus líderes, Piel Roja, se le ocurrió una idea brillante. Su esposa, madre de su única y querida hija, Tigrilla, había fallecido hacía poco, ni siquiera los chamanes habían podido salvarla. Tigrilla lo estaba pasando realmente mal y lo único que parecía consolarla era estar en contacto con la isla, con la naturaleza y los animales, dejándose envolver por la innegable magia de aquel lugar. A Piel Roja se le ocurrió que podían hacer de la isla un lugar al que, los niños menos afortunados (que como Tigrilla habían perdido a alguien a muy temprana edad o se sentían solos y desdichados por el motivo que fuese), pudiesen acudir en busca de consuelo. Debía ser en sueños, pues desgraciadamente había muchos niños así, más de los que debería, y la isla tenía recursos limitados. A cambio, se les otorgaría a esos niños la habilidad de moldear la isla como quisiesen. Pero nunca podrían visitarla. Esas eran las reglas.

Así, los niños de todos los mundos encontraban Nunca Jamás mientras dormían, y en él se olvidaban de todos sus problemas y preocupaciones. Solamente disfrutaban, reían y jugaban, como se suponía que los niños debían hacer.

Piel Roja mandó construir un tótem en honor a los hechiceros que se habían sacrificado para entregar a la isla esas mágicas propiedades, pues toda magia conlleva un precio. Tigrilla estaba muy orgullosa de todos ellos y de su padre, esa idea había sido la mejor que podía haber tenido. A ella le entregaron el poder de adentrarse en los sueños de los niños, pensaron que, como futura jefa de la tribu, debía superar el duelo por su madre. Conectar con otros muchachos en su misma situación, les pareció una buena manera de hacerlo. A la joven le resultaba fascinante.

Hubo un chico en concreto, en cuyos sueños se adentró durante años. Normalmente, llegaba una edad en la que los adolescentes dejaban de creer en Nunca Jamás y encontraban otras formas de afrontar sus problemas. Tigrilla lo entendía, al fin y al cabo, para ellos, la isla no era más que una solución temporal. Pero hubo uno, un único niño, que no dejó de creer en Nunca Jamás. Tenía una imaginación desbordante, soñaba completamente a lo grande y transformó la isla tantas veces como era posible.

Tigrilla siempre observaba a los niños, que eran en su mayoría chicos, y no se atrevía a interactuar con ellos o participar en sus sueños. En cambio, con este niño en particular, lo hizo. Tenía algo hechizante. Y así comenzaron a hablar y jugar y crear. Se hicieron muy buenos amigos. Tigrilla lo vio crecer, desde que no era más que un niño que malamente hablaba hasta ser un jovencito adolescente. Sin embargo, ella se mantenía igual, en sus inamovibles quince años. El chico la estaba alcanzando, tendría unos trece ya. Solía preguntarle con gran interés cómo lo hacía ella para no creer. Tigrilla le daba largas, diciendo que eso no era más que un sueño. El jovencito no se lo tragaba y a Tigrilla le daba pena mentirle, aunque era consciente de que no podía revelar el gran secreto de su tribu.

Aguantó todo lo que pudo, pero aquel chico le hacía sentir cosas que nunca antes había experimentado. Estaba siempre impaciente, esperando a que se durmiese para poder estar con él y cada vez que se rozaban, sentía un calambre, una sensación extraña en estómago, como mariposas revoloteando dentro de ella. Y, sin poder evitarlo, acabó por revelárselo, le habló de los secretos mejor guardados de su tribu, de las propiedades mágicas de Nunca Jamás, de la inmortalidad.

Grave error. Aunque, cómo iba a suponer ella, que aquel chico sería capaz de llegar a su isla, que sería capaz de adueñarse de ella.

Piel Roja obligó a su niña a esconderse mientras el resto de la tribu luchaban contra el invasor. Sabía todos sus secretos, sabía cómo hacerles daño, sabía aprovechar las propiedades de la isla a su favor. Sabía que mientras Piel Roja y los suyos estuviesen allí, no le dejarían adueñarse del lugar, aprovechar al máximo su poder, así que los mató.

Sobrevivieron pocos, muy pocos. El chico los desterró de su propio campamento. Les prohibió cazar pues los animales de la isla le pertenecían a él. Toda la isla le pertenecía ahora. Los supervivientes, desesperados, comenzaron a comerse unos a otros. Las mujeres tenían todo el poder, pues era inteligente que pudiesen quedarse embarazadas y tener muchos hijos, para comerse a algunos de ellos. Sólo los hombres más fuertes seguían adelante y así durante años, hasta crear un nuevo linaje completamente distinto al que habían sido anteriormente. Eran sádicos, violentos y desalmados. Los llamaron los Caníbales de Nunca Jamás, solían merodear la bahía y la cueva del Hombre Muerto.

En cuanto a Tigrilla, tuvo mejor suerte, por así decirlo. El chico había mostrado respeto hacia ella, por su amistad y por haberle dado las pistas necesarias para hacer su sueño realidad. La dejó vivir junto a él, durante años gobernaron la isla juntos.

Pasado el tiempo, él comenzó a aburrirse. Dejaba a Tigrilla sola y viajaba a otros mundos. Volvía siempre malhumorado porque le daba la sensación de que cada vez que salía de la isla, crecía, pero a su vez, quedarse sin poder salir de Nunca Jamás no le satisfacía. Tigrilla intentaba consolarle diciendo que podría controlar sus salidas, haciendo que fuese su sombra quien se ocupase de la mayoría y que, si aun así él se iba y envejecía un poco, ambos podrían tener la misma edad. Al principio funcionaba. Además, el que Tigrilla reaccionase de forma celosa a la aparición de Campanilla, pareció reactivar la chispa entre ambos adolescentes.

Sin embargo, el chico también se dio cuenta de que tener poder no era divertido si no se podía ejercer sobre nadie y empezó a reclutar a chicos a los que llamaba niños perdidos, lo cual por su puesto molestó a Tigrilla. En su opinión, les quitaba intimidad. Finalmente, hasta empezó a agradarle la presencia de los chicos, pues a su líder parecía hacerle bien. Y es que, al de poco de la llegada de los primeros niños perdidos, el chico se volvió más amable. Parecía alegre. Tigrilla pensó que podría haber esperanza, que Peter Pan podía volver a ser el pequeño Peter Barrie que ella había conocido y del que tan perdidamente se enamoró.

Tigrilla, incluso después de todo lo que le había hecho, lo seguía amando y pensaba que él a ella. Al fin y al cabo, pudo haberla matado y no lo hizo, eso debía significar algo. Había desarrollado un completamente enfermizo Síndrome de Estocolmo.

La realidad la golpeó violentamente cuando Wendy Darling llegó a la isla. Entonces pudo ver lo poco que realmente ella le había importado a Peter Pan y cómo era cuando estaba enamorado de verdad. Tigrilla no estuvo para presenciar la decadencia de la relación, simplemente vivió la luna de miel y fue demasiado para ella. El desamor es un potente veneno.

Sin embargo, conoció a John Darling, el hermano de la dichosa muchacha, que era... bastante mejor a ojos de la joven india. Gracias a él se dio cuenta de que había más mundo fuera de la isla y que nada la retenía ahí. Ya no quedaba ni magia que la llenase, ni tribu, ni chico que la amase. Pensó que a Pan no le importaría su partida y no estuvo equivocada, ya tenía bastante con Wendy, a ella no la necesitaba para nada.

Aunque, sí que le dijo algo: "Recuerda que si estás viva es por mí, tu vida me pertenece. Tenlo en cuenta si algún día quiero algo de ti". Sí, esas fueron las palabras exactas. Tigrilla no les dio demasiada importancia, pensó que ya había obtenido de ella todo lo que le podía robar. Se fue de Nunca Jamás sin mirar atrás.

Baelfire y Garfio se llevaron a Peter Pan a la celda de comisaría antes de que los Darling se lanzasen sobre él. Blanca y David dejaron a Geppetto como encargado de buscar posibles familias adoptivas para los niños perdidos, quien aceptó la labor con gusto. Incluso se ofreció para cuidar él mismo de uno o dos niños más. Siempre había querido ser padre y no le importaba criar a algún otro chico aparte de Pinocho. Además, a éste le podría venir bien algo de compañía, pues él estaba ya mayor para jugar a ciertos juegos. La abuelita tampoco mostró ningún problema en que algunos de los chicos se quedasen temporalmente en las habitaciones de su hostal. Al resto, Emma y Campanilla los acompañaron al convento de las hermanas.

Quedaron en reunirse todos en una hora, para celebrar la victoria temporal. Después de ello se ocuparían de organizar el nuevo plan contra Maléfica y en cuanto supiesen cómo, partirían al Bosque Encantado.

Regina pidió a Bianca que la acompañase a su casa y se mostró claramente incómoda con la idea de que Félix los acompañase.

-Ve con Jake y el resto, nos veremos luego. -se despidió de él la rubia, poniéndose de puntillas para poder darle un rápido beso.

- ¿Estás segura?

-Regina y yo necesitamos tener un momento a solas.

-Ella te abandonó. -escupió Félix, no hacía falta decir que, a él, la ex-reina tampoco le había caído especialmente bien.

-Tú también.

-No es lo mis...-lo pensó brevemente. -bueno, tal vez sí...

Bianca no pudo evitar soltar una risilla, sabía lo mucho que le molestaba al rubio admitirlo.

La morena los observó a cierta distancia, los ojos entrecerrados y brazos cruzados sobre su pecho. Bianca se acercó a ella rápidamente y la observó con cierta diversión.

-No te gusta, ¿verdad?

- ¿Qué? -se sorprendió la aludida. Pronto cayó en que la había pillado de pleno y trató de disimular. –No, no, no es eso...

La adolescente alzó una ceja.

-Está bien, puede que no me ensimisme demasiado...-admitió Regina. - Pero es que... no sé, míralo, -intentaba buscar la expresión adecuada. - huele a bosque.

Bianca rió con ganas.

-Eso no me lo esperaba.

-Oye, es verdad. -se reafirmó la reina. - Eres una noble, mereces un pretendiente digno de tu categoría.

- ¿Dices como un chico del establo?

- ¿Desde cuándo te has vuelto tan insensible?

-Lo siento...-agachó la cabeza, avergonzada. - ¿Mucho tiempo con chicos que huelen a bosque? -trató de romper la repentina tensión con algo de humor.

Regina acabó sonriéndole.

-Demasiado. En efecto, ahora que lo comentas, tú también empiezas a olerme un poco a bosque... debes darte un baño. Ven conmigo, en mi casa tengo una piscina de burbujas, te encantará. -afirmó, tirándole de un brazo.

-Seguro, es sólo que... ¿qué es una piscina de burbujas? -preguntó confusa la rubia.

Regina no pudo evitar esbozar una tierna sonrisa.

-Tengo tanto que enseñarte...

Así pues, Regina dejó a Bianca asearse tranquilamente y le prestó un albornoz que ponerse cuando se hubiese cansado de estar a remojo. Para cuando la joven salió del cuarto de baño, Regina había preparado uno de sus famosos pasteles de manzana.

-Mmm... huele delicioso...-se relamió Bianca.

La morena le sonrió con orgullo, adoraba que alabasen sus dotes culinarias.

Justo en ese momento se escuchó la puerta principal de la casa cerrarse y Henry no tardó en asomarse a la cocina.

-Hola mamá. -saludó. – Me muero de hambre, ¿es para mí ese pastel de manzana? -preguntó inocentemente, mirando fijamente el plato con sus castaños ojos.

Su intervención molestó mucho a Bianca. Había creído que las cosas entre Regina y ella podrían volver a ser como antes, pero el ver al pequeño ahí le recordó que ella nunca sería una prioridad para la mujer. Ella no era su hija, ni biológica, ni adoptiva. No había sido más que una extraña que le había hecho compañía durante un tiempo. Sin embargo, Regina ya no estaba sola, realmente, no la necesitaba más. Ya no había nada que las uniese.

- ¡Bianca! -la llamó Henry alegremente al darse cuenta de que estaba ahí.

Ella lo ignoró deliberadamente.

-Debería irme...-murmuró, caminando hacía la salida.

Regina la siguió, sorprendida.

-Bianca, espera, ¿a dónde se supone que vas? No sé si te has dado cuenta de que sigues en albornoz.

-No te preocupes por mí, Regina. Te será fácil... no lo hiciste durante 28 años.

-Eso no es verdad.

La rubia se giró escéptica.

-Por favor, hasta te buscaste un niño. -hizo una pequeña pausa, pensando en dejarlo ahí e irse. -El verdadero hijo que nunca tuviste. –escupió finalmente, haciendo referencia a cómo Regina la había llamado alguna vez a ella.

La mujer la siguió por el pasillo.

- ¡Te busqué! -exclamó Regina, dolida por sus palabras.

-Ah, ¿sí? Pues no te vi por Nunca Jamás...

-Yo creía que mi hechizo sería lo suficientemente potente... creía que llegaría hasta allí, que te arrastraría a Storybrooke. Te busqué por toda la ciudad...pero...no estabas. Desde aquí no tenía forma de ir a Nunca Jamás...-tomó aire, mirando hacia otro lado. -Diseñé la casa con una habitación para ti... de verdad esperaba volver a verte. -sus ojos estaban lagrimosos. -La victoria era tan aburrida, me arrepentí de mi decisión...te echaba tanto de menos... que... decidí adoptar un niño. No quería que fuese niña, porque...sabía que nunca sería como tú. -admitió.

Bianca se mantuvo callada, clavando sus ojos bicolores en la morena, sin saber qué decir. Antes de darse cuenta si quiera estaba abrazando a Regina.

-Fue en ti en lo primero en lo que pensé cuando descubrimos que Tamara y Greg se habían llevado a Henry a Nunca Jamás. Pensé que por fin podría encontrarte.

-Gracias...-le susurró en un hilo de voz. - gracias por no olvidarte de mí...

La fiesta en Granny´s había comenzado, los amigos de los héroes se pasaban por ahí a saludarlos según iban sabiendo de su llegada. Aprovechando que Emma se había quedado sola en una esquina, Baelfire se acercó a ella deliberadamente.

- ¿Puedo invitarte a algo?

-Neal no...

-No te atreverás a negarme que salvar a nuestro hijo da mucha hambre. -repuso con una sonrisa.

La rubia se lo quedó mirando fijamente.

-No te lo negaré...-murmuró. Aún no había comido nada, ocupada hablando con todo el mundo, su estómago comenzaba a rugir. - ¿Y cómo se supone que vas a pagar?

-Invita el doctor. -dijo con diversión, sacando del bolsillo del pantalón una cartera de cuero que, por lo que decía, no le pertenecía a él sino a Whale. – Parece demasiado ocupado ligando con la camarera como para ocuparse de sus pertenencias.

-Sé lo que estás haciendo Neal y, por favor, no lo hagas. -pidió en una perfecta mezcla entre cortante y triste.

-Pensaba devolvérselo en otro momento, es que ahora no tengo dinero encima...

-No me refiero a eso.

- ¿A qué sino? -quiso saber el moreno, confuso.

-No hagas como si siguiésemos siendo dos jóvenes de mala vida, robando para intentar construirse un futuro juntos. No intentes hacer como si nada hubiese pasado, Neal. No hagas como si los 10 años que has estado desaparecido no existiesen. -dijo levantándose de su silla y alejándose.

-Emma, yo no...-trató de detenerla, aunque sabía que no era buena idea.

La Salvadora siguió con su camino, uniéndose a Archie y Geppetto para aparentar normalidad.

-Lo siento...-susurró Neal, dejándose caer, desistido, en la silla que Emma acababa de dejar libre.

Apoyados en la barra del Granny´s se encontraban Mulán, Félix y otros dos niños perdidos que se habían unido a éste. Jake y Yeng, quienes podían considerarse sus mejores amigos de entre todos los chicos. Claec, la sombra, permanecía cerca de ellos. Todos parecían sentirse fuera de lugar. A penas hablaban entre ellos, simplemente observaban el entorno con indiferente curiosidad.

- ¿Creéis que podréis llegar a vivir en una tierra tan extraña? –rompió el silencio entre ellos Mulán, tratando de sacar conversación.

-Realmente, yo vivía en la Tierra antes de ser arrastrado a Nunca Jamás. -confesó Yeng. -Aunque como si no lo hiciese... en Corea era todo muy diferente...

-Yeng era el hijo del emperador, debió armarse una buena cuando desapareció...

Mulán lo miró ligeramente sorprendida, esperando que corroborase lo que su amigo decía.

-Ese soy yo, el proyecto a futuro emperador de Corea, un placer.

-La princesa de China presenta sus respetos. -saludó con una reverencia un tanto teatral.

- ¿Princesa de China? -en esa ocasión fue Yeng quien se sorprendió. -No pareces una princesa...

-Las princesas no son como creéis que son. -contestó en su lugar Félix, interviniendo en el dialogo por primera vez con una media sonrisa torcida.

Era una lección que había aprendido bien con Bianca. Ser princesa era una de las muchas etiquetas que realmente no tenían por qué implicar nada de lo que se daba por hecho al escucharlas.

Sus amigos se encogieron de hombros, imitando finalmente la reverencia que Mulán le había hecho anteriormente a Yeng.

-Pues Félix y yo no somos nadie especial. -rió Jake para después adquirir un tono algo más amargo. -El hijo de un herrero y el de un pescador. Uno borracho y maltratador, el otro ausente y negligente. Madre muerta por un lado y desconocida por el otro, me criaron las prostitutas. Éramos amigos en el pueblo y lo hemos sido en Nunca Jamás.

- ¿No es genial que nuestra vida pueda resumirse en un par de frases? -repuso Félix sin emoción alguna.

-Mi mera existencia está inevitablemente unida a la persona que más odio. -contestó Claec.

El resto no se habían esperado que se inmiscuyese en la conversación, lo miraron fijamente.

-Está bien, creo que ganas el concurso de miserias. -bromeó Jake. - Y en cuanto a la pregunta que ha hecho antes Mulán...-sus oscuros ojos volaron a una jovencita muy concreta.

Sostenía una bandeja en sus manos mientras hablaba con Blancanieves y el príncipe. De pronto la dejó en la mesa en un rápido movimiento, con una emocionada sonrisa y abrazó a la otra mujer. Parecía que le habían dado una muy buena noticia. Era una chica alta y delgada, muy atractiva. Su pelo era largo y liso como una estaca, de un color marrón oscuro, adornado con mechas rojas. Estaba vestida con una blusa blanca atada con un nudo a la altura de su lisa tripa y unos pantalones rojos muy cortos que se le ajustaban a las caderas.

-...podría acostumbrarme a este sitio.

Yeng asintió con la cabeza, encontrando a la joven realmente atractiva.

- ¿Y tú, Mulán? ¿Te quedarás aquí tras derrotar a Maléfica? -volvió su atención a la guerrera.

-No. Yo...quiero volver a encontrarme con alguien.

Lo acababa de admitir, no a los niños perdidos y a la sombra, sino a sí misma. Si los salvaba de Maléfica, saldaría su deuda con Aurora y Felipe. Tras eso, podría irse por su cuenta. Los echaría mucho de menos, ambos habían sido grandes compañeros, grandes amigos. Pero sabía que lo probable era que los nobles se quedasen en Storybrooke con Bianca y, al plantearse la posibilidad de quedarse ella también fue cuando se dio cuenta de que, aunque hubiesen estado estos años sin verse, no podía tomar aquella decisión. No podía quedarse en un mundo diferente al suyo, condenarse a no saber nunca lo que hubiese podido ser.

Los jóvenes entendieron por dónde iba.

- ¿Y quién es el afortunado hombre? -cuestionó curioso Jake.

-No es ningún hombre. -negó contundente.

Jake parpadeó confuso y tanto Félix como Yeng la miraron de reojo, frunciendo el ceño ligeramente.

- ¿Una chica? -probó Claec.

-Una mujer. -respondió Mulán con tono serio, lanzándole una felina mirada. -La reina de Escocia, una...muy buena amiga.

-Ella... ¿ella siente lo mismo por ti? –quiso saber Yeng, no podía evitar que le resultase extraño, nunca había conocido a dos mujeres que se quisiesen de ese modo.

-No lo sé... es lo que quiero comprobar cuando volvamos a vernos.

-Espero que tengas suerte. -animó Jake con una sonrisa, colocando una mano en su hombro.

Félix lo corroboró con un gesto de cabeza. Ellos dos estaban menos sorprendidos que Yeng. No era más que alguien luchando por el amor de otra persona. Era una situación habitual. El sexo de cada les parecía algo secundario, ni siquiera habían pensado en ello.

Era la primera vez que Mulán admitía sus sentimientos hacia Mérida. La primera vez que mostraba abiertamente que le atraían las mujeres. No era algo común en su hogar, tampoco en otros lugares que había visitado. En cambio, en el barco había visto a otras dos mujeres que parecían tener la misma química que Mérida y ella tenían, aunque tampoco pareciesen dar el paso. Verlo desde fuera le hizo sentir mucha pena por ellas, por no atreverse a cruzar esa línea. Además, una vez en Storybrooke había visto a una pareja mostrar su amor abiertamente, desayunando juntas de la mano y compartiendo besos. Nadie parecía haberle dado importancia y con ello Mulán se dio cuenta de que no era, para nada, algo que debiese esconder.

Bianca se acercó a ellos en ese preciso momento, sin darse cuenta de que estaba interrumpiendo una conversación importante. Antes de que pudiese unirse, chocó con otra persona. No fue un golpe especialmente brusco, simplemente ambas se tambalearon un poco.

-Mira por dónde vas.

Era la camarera, la misma a la que Jake y Yeng habían estado mirando hacía poco.

- ¿Lo siento? -repuso Bianca, molesta ante su falta de educación.

-No lo suficiente. -respondió Ruby antes de meterse al otro lado de la barra.

-Menudos aires...-murmuró la rubia cuando llegó junto a sus amigos. - En fin... ¿os gusta el sitio?

Los niños perdidos se encogieron de hombros, aún tenían que acostumbrarse.

-A mí me sirve. -sonrió Félix, sabía que Bianca querría quedarse en Storybrooke cuando todo hubiese acabado y él se quedaría donde ella estuviese, sin importar que fuese un mundo sin magia, tan diferente a lo que conocía.

Bianca le devolvió el gesto, contenta. Después se giró a Mulán, aun sonriendo ampliamente.

-Muchas gracias por haber ayudado a Aurora y Felipe.

-No ha sido nada. -restó importancia con una sonrisa más tímida. -Es un placer conocerte por fin, Bianca, me han hablado mucho de ti.

-Ah, ¿sí? -intervino otra voz.

Se trataba de Ruby, su abuela le había ordenado que sirviese el desayuno al grupito, como había hecho con el resto y la joven no tuvo otra que acercarse a regañadientes. Había llegado en el momento exacto para escuchar las palabras de Mulán.

- ¿Te han contado también que su cabeza era buscada en todo el reino? -preguntó la camarera con tono afilado. - ¿O tal vez olvidaron mencionar que ayudó a Regina cuando aún era la Reina Malvada? ¿Te dijeron que ha matado a sangre fría a centenares? -siguió. - En definitiva, no es más que una sucia asesina, no creo que te sea un placer conocer a alguien así.

Mulán se quedó completamente cortada. Efectivamente, Aurora y Felipe no le habían contado esa versión de la historia, probablemente, ni ellos mismos la conocían.

-Lo que haya hecho en su pasado no es asunto tuyo. -trató de defenderla Félix. - ¿Se puede saber cuál es tu maldito problema? Porque no veo que a la Reina Malvada se le prohíba la entrada o le montes este numerito.

-Mi problema es que esa chupasangres mató a mi padre, perdóname si no me agrada la idea de que pasee alegremente por mi bar. -escupió con rabia y dolor.

Bianca abrió sus ojos bicolores, mirando a Ruby con incredulidad.

- ¿Roja?

- ¿Es ella? -se acercó Mildred, la abuelita, en gesto serio, colocándose junto a su nieta.

Ruby, o Caperucita Roja, como era conocida en el Bosque Encantado, asintió con la cabeza y para sorpresa de los presentes, la abuelita sacó una ballesta de debajo de la barra y apuntó a Bianca.

-No se te ocurra volver a poner un pie en mi hostal.

La escena había captado la atención de todos los presentes y Regina no tardó en aproximarse.

-Baja eso ahora mismo. -ordenó.

-No hasta que salga de aquí.

-Bianca nos ha ayudado a traer a Henry sano y salvo. -lo intentó Emma.-Estamos en deuda con ella.

-Abuelita, Ruby, -llamó Blancanieves, que tenía mucha más relación con ambas que cualquiera allí presente y sabía que su intervención podía ser más efectiva. - yo también conocí a Bianca en aquellos tiempos. Os puedo asegurar que ha cambiado.

-Puede. -asintió Ruby, mirando a su amiga a los ojos. - ¿Pero sabes lo que no ha cambiado, Blanca? Que mi padre siga estando muerto.

-Lo siento, Roja. -pidió disculpas Bianca con total sinceridad. -Si pudiese volver atrás cambiaría muchas cosas de las que he hecho. Sin embargo, no puedo y sé que todas las veces que te repita que lo siento después de esta vez, están de más. Una disculpa no va a arreglar lo que hice. -respiró hondo. -Aun así, y, no te ofendas, -añadió con cierto cinismo. -no creo que alguien que se haya llevado por delante a tropas enteras del Rey Jorge sea quien para juzgarme. Además, si no escuché mal... te zampaste a tu novio. Vaya, eso sí que es una buena metedura de pata, perrito.

Acababa de ser muy cruel y lo sabía. No pudo evitarlo, cada vez que pensaba en todas las cosas horribles que había hecho la culpa la carcomía, pero, a su vez, no soportaba que se lo echasen en cara. Menos cuando quien lo hacía tampoco era un santo precisamente.

Los ojos verdes de Ruby adquirieron un brillo peligroso. Hizo un intento de saltar la barra y lanzarse sobre Bianca, pero los niños perdidos estuvieron rápidos y la detuvieron. Con el descontrol, la abuelita disparó la ballesta, casi sin darse cuenta. Aunque, milagrosamente, Bianca ya no estaba en la trayectoria de la flecha.

En medio de aquello, la campana en la puerta resonó, y entró por ella una joven pareja.

- ¡Lo habéis conseguido! -exclamó felizmente Ariel. Iba a continuar hablando cuando se dio cuenta de la tensión acumulada en el aire. - ¿Sucede algo?

-No, nada importante. -respondió Blancanieves, lanzando una mirada de advertencia para Ruby, Mildred y Bianca.

-Oh, está bien. -la pelirroja no pareció darle importancia entonces y volvió a recobrar su blanquecina sonrisa. - ¡Me alegro tanto de verte! -abrazó a la princesa.

-Y yo a ti, ha pasado tanto tiempo... ¿cómo has llegado aquí?

-Estaba recorriendo los mundos buscando a Eric, ¿te acuerdas de él? -señaló al pálido chico de pelo negro a su lado.

-Sí, claro, príncipe Eric, encantada de volver a verte, y más junto a Ariel.

-Lo mismo digo. -sonrió aquel.

-Pues estaba pasando por Nunca Jamás y el Ser Oscuro hizo un trato conmigo. Me pidió que le entregase su daga a Bella para que Pan no la encontrase. A cambio me dijo que podría coger una poción de su tienda que haría que al salir del agua mi cola desapareciese y tuviese piernas. Todo iba bien, ya estaba hecho, pero...-bajó la cabeza. - ...entonces aparecieron los Darling. Bella accedió a que la sombra le capturase para que Pan no les hiciese daño a ellos. No pude hacer nada...-volvió a alzar la cabeza. - ¡Aunque ya no importa! ¡Todo se ha resuelto, habéis derrotado a Pan, estáis de vuelta! ¿Dónde está Bella? ¡Estoy deseando darle un abrazo!

El silencio reinó en el hostal mientras los presentes se miraban unos a otros confusos.

-Pero...Bella estaba aquí, en Storybrooke. -habló David unos segundos más tarde.

-Sí, por supuesto, hasta que él se la llevó. -señaló a la sombra. Observó a todos. - ¿A qué vienen esas caras? Acaso vosotros...

No hizo falta que continuase.

-Bella sigue en Nunca Jamás. – sentenció Garfio.

-Probablemente estará en la jaula en la que Félix la encerró. -informó Claec.

El equipo de rescate se dirigió al rubio inquisitivamente.

-Vaya, qué despiste...-se rascó la nuca con incomodidad. - Emm...bueno...tiene fácil solución, ¿no? -trató de librarse del problema. -Con la som...Claec. -se corrigió rápidamente. -Con él de nuestro lado podemos volver a por ella en el barco.

-Sí, eso es verdad...-asintió el príncipe. -...primero de todo deberíamos comprobar que efectivamente sigue en Nunca Jamás, Bella es muy inteligente, no me extrañaría que hubiese conseguido escapar.

-Vamos a la tienda de Gold. -instó Blancanieves. –Seguro que hay algo ahí que puede servirnos.

-En efecto, -estuvo de acuerdo Regina. - podéis utilizar su mapa mágico para localizarla.

-Yo sé usarlo, os acompañaré. -accedió a ayudar el hijo del Ser Oscuro.

Con ello, Blanca, David, Baelfire y Emma se dirigieron a la antigua tienda de Rumplestiltskin sin perder más tiempo. La fiesta se extinguió completamente y cada cual fue a ocuparse de sus asuntos.

Jake y Yeng querían quedarse en el hostal, probablemente porque tenían mucho interés en Ruby, a pesar de que se hubiese puesto tan violenta, entendían por qué lo había hecho y no quitaba para que llevasen mucho tiempo sin interactuar con una chica (nunca habían considerado a Bianca una opción teniendo en cuenta que Félix estaba por ella) y les apeteciese. Algo que evidentemente a Bianca no le hacía gracia. Además, tenía que comprobar algo. Se perdió el momento en el que Mulán decidió que era hora de recaudar información y prepararse para su próxima misión. Campanilla, Claec, Félix, Regina, Henry y Garfio se le unieron; marcando rumbo a la biblioteca.

Ella se dirigió al cuartel del Sheriff, que, en aquel momento, no tenía vigilancia (la rubia desconocía la existencia de las cámaras) y se plantó delante de la única celda ocupada.

-Has sido tú. -acusó.

-Ya estamos, siempre es todo culpa mía. -alzó los brazos Peter. - A ver, sorpréndeme, ¿qué crees que he hecho esta vez?

-No te hagas el tonto conmigo. -advirtió. - Esa flecha iba a darme.

-No sé de qué flecha me hablas...-repuso el chico indiferente, tumbándose cómodamente en la cama, los brazos tras la cabeza y las piernas cruzadas.

-La flecha de cuyo trayecto me has desviado. Ha sido rápido, sé que el resto no se han dado cuenta, pero yo sí, me has movido de sitio. A penas unos centímetros, lo suficiente como para que la flecha ni me rozase.

-Mmm...-murmuró, no admitiendo ni negando nada. – Y, si hubiese hecho eso, ¿no crees que deberías ser más amable conmigo? No sé, agradecérmelo al menos.

-Quiero saber por qué lo has hecho.

Pan soltó una carcajada.

- ¿Quieres saber por qué alguien te salvaría la vida?

-No, quiero saber por qué tú me la salvarías. -marcó claramente la diferencia Bianca. -Me encantaría creer que te importo Peter, de verdad. Sería genial poder creerme que cambiarás. Pero no puedo, ni aunque lo intente con todas mis fuerzas. No puedo confiar en ti, sé que tienes un plan, sé que estás tramando algo y pienso averiguarlo y pararte los pies.

- ¿Es eso una amenaza, preciosa? -se levantó, acercándose lentamente a los barrotes. - No sé yo si te conviene amenazarme... recuerda lo que te dije en el barco. Allí también te repetí, una vez más, que no quiero matarte. Espero que eso responda a tus dudas.

Hubo unos segundos de silencio entre ellos, simplemente se miraron fijamente a los ojos.

-Y...-decidió añadir el castaño. - si me parases los pies definitivamente... tal vez la siguiente flecha te acertase. Sería divertido ver cómo sales de esa estando tan débil. No creo que tu querido novio pudiese hacer algo para salvarte. -sacó por el hueco entre los barrotes uno de sus brazos y comenzó a acariciar el cuello de la chica. - ¿No crees que tal vez hayas elegido mal?

-No, no lo creo. -se apartó bruscamente. -Nunca te querría como le quiero a él. Ni aunque me dieses toda la protección del mundo y los caprichos que quisiese.

-No intentes dejarme tan bajo, princesa. Tú tampoco le llegas a Wendy a la suela de los zapatos... ¿sabes que os conocí a ambas casi al mismo tiempo? Por eso no te llevé conmigo, no fuiste lo suficientemente buena. Supongo que estarás acostumbrada, siempre te acaban dejando por eso. -le dijo con crueldad, pudo notar en su rostro cómo algo se quebraba dentro de ella. -Eh, no pongas esa cara, en estos momentos me conformo contigo perfectamente, deberías estar contenta.

-Eres...

-Bianca, ¿qué haces tú aquí?

La joven se giró, totalmente sobresaltada, para encontrarse con Emma, Baelfire, Blanca y David; el grupito en un principio responsable de encontrar a Bella.

-Simplemente...quería asegurarme de que esta prisión vuestra fuese fiable. -mintió. -Ahora mismo me voy.

Los cuatro la miraron con cierto recelo mientras se alejaba, aunque decidieron no darle importancia, tenían que interrogar a Pan. Se habían llevado una enorme sorpresa al usar el mapa pues éste no encontraba ni rastro de Bella ni de Nunca Jamás. Creían que el muchacho podría tener una explicación o incluso estar detrás de ello.

- ¿En serio no lo veis? No podía estar más claro. -comentó Peter con arrogancia. - Os habéis inmiscuido en mis planes y ahora mi isla ha muerto.

- ¿Qué se supone que quieres decir con que ha muerto?

-Quiero decir que si no la encontráis en el mapa es porque ya no existe. Nunca Jamás ha desaparecido y junto con ella, vuestra amiguita. –se acercó a los barrotes para provocarles. -Decidme, ¿no os arrepentís un poco de haberos metido donde no os llamaban?

Lo ignoraron, no era el momento de hacerle caso, tenían que procesar lo que su explicación implicaba. Bella estaba muerta, muerta porque no se habían molestado en rastrear la isla en busca de algún desterrado superviviente o en este caso, prisionero. Se fueron de comisaría sin decir nada más, ni siquiera le dirigieron la mirada a Peter Pan.

Éste, por su parte, decidió echarse a dormir un rato como si la noticia de que su tan preciada isla hubiese desaparecido no le alterase ni importase lo más mínimo.

Al despertar, unos minutos más tarde de su breve cabezadita, Pan decidió aprovechar que los héroes estarían organizando una sentimental despedida a Bella, para salir de su jaula sin que nadie se percatase de ello. Se sentó en un banco tranquilamente y esperó pacientemente hasta que una joven se le acercó. Tenía la tez trigueña y no era especialmente alta, aunque sí delgada. Probablemente su pequeña constitución la hacía parecer más joven de lo que realmente era. Sus ojos color café se clavaron en el chico sentado ante ella.

-No pensaba volver a verte...

-Me gusta sorprender a la gente. –sonrió irónicamente. -Tapate, no quiero que nadie nos vea juntos.

Ella hizo lo ordenado. Se cubrió con la bufanda y se colocó la capucha de su gabardina tapando su pelo negro.

- ¿Nunca Jamás puede morir? -quiso saber Pan.

- ¿Morir? –la joven se extrañó por la pregunta.

-Sí, ya sabes, desaparecer, dejar de existir.

- ¿Así sin más?

-Sí, simplemente porque esté débil.

-No, por supuesto que no. Podría perder la magia y convertirse en un lugar como otro cualquiera, pero una isla no puede desaparecer de repente, porque sí.

-Lo suponía...-murmuró Peter, más bien para sí, no pudiendo evitar una sonrisa.

Aunque eso le dejaba la duda de por qué demonios no había aparecido en el mapa.

- ¿En serio me has llamado para preguntarme algo que ya sabías? -inquirió la mujer alzando una fina ceja.

-No, te he llamado porque quiero tu ayuda.

- ¿Y si yo no quiero ayudarte? -le desafió, aunque el miedo era evidente en su tono de voz.

-No te lo estaba pidiendo. Estás en deuda conmigo, me debes la vida.

- ¿Qué quieres que haga, Peter? -acabó cediendo, desganada.

-Eso me gusta más. -sonrió cruelmente. -Bien, primero de todo, no te acercarás a los Darling, ellos creen que estás muerta. -pudo leer la sorpresa en sus ojos marrón oscuros, pero no le dio tiempo a preguntar. –Aunque eso es algo más bien secundario- aclaró. -Lo verdaderamente importante es que vas a usar esa habilidad tuya de sumergirte en sueños ajenos, en mi beneficio, por supuesto. Estaremos en contacto cada vez que duerma. Estarás ahí siempre que lo necesite ¿queda claro?

-Cristalino...

-Bien, -exclamó levantándose. - ha sido un placer, Tigrilla.

-No me llames así, mi nombre es Lily.

-No, no lo es. Puedes esconderte y fingir todo lo que quieras princesa india, aunque, no conmigo. Yo sé quién eres. Y si hablas de esto con alguien, o se te ocurre jugármela de algún modo... tendrás que despedirte de John Darling incluso antes de reencontrarte con él.