Capítulo 2
Hacía más de media hora que Poirot y Hastings se hallaban sentados frente a una tisana y un té en la cafetería de la estación de ferrocarril. El detective miró por enésima vez la hora en su reloj de bolsillo y luego dirigió la vista al gran reloj que se hallaba en una de las paredes del local como si quisiese asegurarse de que los dos marcaban la hora correctamente.
- Hemos venido demasiado pronto, Poirot. Aún faltan veinte minutos para que salga el tren
- Mon ami, prefiero esperar tranquilamente unos minutos aquí sentado que salir con el tiempo justo y tener que lanzarme contrarreloj por las calles de Londres para evitar perder el tren
- ¿Unos minutos? – protestó Hastings – pero si…
El capitán no terminó la frase, de repente algo había atraído poderosamente su atención. Poirot miró a su amigo y sin decir palabra volvió su mirada hacia el punto que tanto parecía haber cautivado a Hastings. Allí, de pie junto a la puerta, pudo distinguir a dos damas que acababan de entrar. La una bastante joven, la otra más cerca de la madurez que de la juventud pero era imposible no reconocer que ambas poseían una notable belleza. Físicamente las dos eran bastante diferentes, la más joven escasamente llegaría a la treintena, era alta y muy delgada, casi de formas angulosas, con unos ojos grandes y de un azul profundo que mitigaban el tamaño algo excesivo de su nariz, su piel era muy pálida y ofrecía escaso contraste con su cabello rubio ceniza de ondas suaves y sedosas recogido en un artístico moño, sólo el carmín rojo de sus labios y el ligero colorete en sus mejillas parecían dar un poco de vida a su persona. Ciertamente el conjunto era algo lánguido pero agradable, y podría calificársela incluso de hermosa aunque realmente no era el estilo de mujer por la que Poirot perdería la cabeza. Su compañera en cambio emanaba vida en cada respiración marcada por su pecho abundante y bien dibujado, era más baja que la otra mujer y no tan delgada, con unas curvas bien marcadas que resaltaban y llenaban el elegante traje de chaqueta que llevaba. Su piel era también pálida pero su rizado cabello castaño y sus ojos de un verde oscuro y misterioso hacían un contraste inquietante y atractivo. Llevaba el pelo sujeto en un sofisticado recogido pero unos rizos rebeldes se escapaban a ambos lados de su rostro y parecían señalar a una boca orgullosa de labios gruesos cubiertos por un carmín rojo intenso que los hacía resaltar sensualmente. Era sin duda mayor que su compañera, probablemente tendría unos años menos que Poirot, pero era imposible que pasase desapercibida y que su atractivo casi salvaje no captase inmediatamente la mirada de cualquier varón maduro y aún la de algunos jóvenes. Y Poirot, como hombre, y hombre maduro, no pudo dejar de reconocer que era una mujer espléndida.
- ¡Qué preciosidad! – exclamó Hastings sonriendo a la dama rubia. Ésta le devolvió una tímida sonrisa acompañada de un ligero, casi imperceptible saludo con la cabeza.
Poirot no se percató de aquel cruce de miradas, absorto él mismo en la contemplación de la otra mujer. Por un breve instante sus miradas se cruzaron y el detective inclinó instintivamente la cabeza a modo de saludo pero la dama apartó la vista de él con altivez y frunció su boca con aire orgulloso, dejando asomar una sonrisilla que delataba su vanidad acostumbrada a los halagos. No podría decir porqué pero aquel gesto desdeñoso hirió profundamente la sensibilidad de Hercule. Tanto es así que casi sin pensarlo, y con voz lo suficientemente fuerte para ser oído por la dama al pasar junto a su mesa, comentó agriamente a Hastings
- ¡Ah, Mon Dieu, qué triste, mon ami! Es lamentable ver a mujeres que a pesar de haber perdido su lozanía siguen aferradas al pasado creyéndose la beldad de cualquier lugar en el que se encuentran.
No había terminado de pronunciar estas palabras tan poco galantes cuando arrepentido pensó en iniciar una disculpa, pero no tuvo tiempo. La mujer detuvo en seco sus pasos y se volvió lentamente hacia él.
- ¡Francés insolente! Cómo se atreve…
- Pardon madame pero no soy francés, soy belga
- Tanto da, lo que está claro es que es un patán
- Madame, soy Hercule Poirot, creo que habrá oído hablar del famoso detective privado
- Pues francamente, no. Y desde luego no entra en mis planes contratar sus servicios – terminó con un deje de ironía en la voz.
Poirot apretó los labios con disgusto pero considerando que se trataba de una mujer, se tragó su orgullo, cogió su sombrero, sus guantes y su bastón, hizo una brusca y breve inclinación de cabeza a modo de despedida y se alejó con sus pasos cortos y rápidos.
- Vamos tía Teresa, olvídalo
Exclamó la mujer rubia cogiendo a su compañera por los hombros para marcharse mientras lanzaba una mirada desolada a Hastings que todavía estaba perplejo por lo ocurrido. Él la miró consternado y salió tras los pasos de su amigo.
- Pero ¿qué te ha ocurrido? Nunca te había visto comportarte así – inquirió cuando se reunió con Poirot en el andén
- No lo sé Hastings pero hay algo en esa mujer que me molesta
- Pero, ¡si no la conoces!
En vez de contestar, Poirot sacó una vez más su reloj y comprobó la hora. En diez minutos saldría su tren y dejaría atrás el desagradable incidente. Lo más probable es que nunca volviese a ver a aquella mujer, y sin embargo este pensamiento le hizo sentir una ligera punzada en el corazón.
