Digimon no me pertenece y tampoco la idea de este fic que es por y para Asondomar
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·~ O son do ar ~·
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En el momento en el que su consciencia volvía, cuando todavía deambulaba de forma tranquila entre el mundo de los sueños y la realidad, notó que su mente era invadida por una sola cosa. Una melodía susurraba en sus pensamientos, no era más que un recuerdo de lo que había escuchado la noche anterior. Unas notas lejanas se hacían eco suavemente, como tratando de encandilarlo sin que se diera cuenta.
Recuperó el control de su cabeza paulatinamente mientras abría los ojos con pereza. Le extrañó no ver luz colándose por las rendijas de su persiana, la noche anterior se había dormido muy tarde así que lo lógico sería que fuera ya casi mediodía. Aunque sí se sentía tan cansado como para haber dormido poco. De esas veces que te despiertas y crees que acabas de cerrar los ojos.
Se levantó y se estiró. Escuchó crujir su espalda, sabía que era por la postura que tenía siempre frente al ordenador, su madre le decía a menudo que debería sentarse mejor. Al principio intentaba hacer caso del consejo pero se le olvidaba en cuanto se concentraba, perdía la percepción de lo que había a su alrededor y su cuerpo no era la excepción.
Abrió la ventana y descubrió que estaba nublado, lo cual explicaba que su reloj marcase las 13:17 y no se filtrase el sol a su habitación. Fue al baño y cogió un par de tostadas de la cocina, que seguramente le habían dejado del desayuno, y volvió a su cuarto mientras se metía una en la boca.
No se dio cuenta de que había algo raro hasta que no estuvo junto a su escritorio. Entonces los vio.
Dos gatos, uno negro y otro atigrado, sentados en su silla y mirado fijamente la pantalla del ordenador apagado. Sus ojos grandes y amarillentos se volvieron de pronto hacia él. Y retrocedió un paso involuntario.
En su cabeza resonó con fuerza "O son do mar" mientras un escalofrío le recorría al ser observado por los animales. ¿De dónde habían salido? ¿Por qué le parecía que sus miradas reflejaban algo mucho más profundo de lo que deberían? Como si fueran capaces de ver sus miedos más escondidos y sus recuerdos más dolorosos. Como si no se tratasen de simples felinos sino que encerrasen una conciencia mayor sobre lo que los rodeaba. Como si quisieran algo de él.
Uno maulló y dio un fuerte respingo. La música de su cabeza se apagó de golpe y vio que su madre entraba en la habitación.
–¡Aquí estaban! –exclamó aliviada–. No los encontraba.
–¿De dónde han salido?
–Son de la vecina. Tenía una revisión médica y me ha pedido que me los quede un rato porque uno está un poco enfermo.
Izzy recordó a la anciana que vivía en la casa de al lado, aunque no tenía ni idea de su nombre. Cogió una tostada del suelo, no se había dado cuenta de cuándo se le había caído, para tirarla. Echó al otro gato de su silla y encendió el ordenador mientras masticaba con parsimonia.
Se sentía raro ese día, aunque no podría decir por qué. Notaba un cosquilleo por el cuerpo que parecía querer anunciarle que algo estaba por pasar. No necesariamente tenía que tratarse de algo bueno. Tampoco malo, supuso.
Y, más extraño se sintió, cuando un nudo apareció en su garganta al tiempo que veía que un mensaje de chat le llegaba.
–He soñado contigo –decía Suzu.
Unas horas más tarde y unas calles más lejos se encontraba una chica de ondulada cabellera castaña delante de su portátil. El ordenador, como muchas otras cosas de la habitación, era de fuerte color rosa. Algunas revistas de moda esparcidas por la estancia eran casi el único papel que se podía encontrar a parte de los pósters de los famosos del momento. El armario, abierto de par en par, mostraba tal cantidad de ropa que parecía imposible que cupiera en ese mueble sin que reventase.
–Mimi, voy a salir a hacer la compra –anunció su madre entrando sin llamar, algo que hacía a menudo–. ¿Quieres algo en especial para cenar?
–No, ceno fuera hoy. He quedado con los demás.
–Ah, ¿no vais a dar una vuelta o algo?
–Sí, a las cinco y media hemos quedado en la puerta de casa de Jou.
La mujer frunció el ceño ligeramente y miró su reloj de pulsera. Después empezó a reír a carcajadas. Su hija la miró ofendida, no sabía qué tenía tanta gracia pero estaba claro que tenía que ver con ella.
–¿Qué pasa?
–Que llegas ya quince minutos tarde.
Mimi abrió mucho los ojos sorprendida por la información y miró la hora en el ordenador, su madre tenía razón. Soltó un chillido bastante agudo y se levantó de golpe. En realidad no le importaba llegar tarde, solía hacerlo siempre, el problema estaba en que seguía en pijama. Podía ser una impuntual sin remedio, pero si no se daba prisa tardaría más de una hora. Y no creía que la paciencia de sus amigos llegase tan lejos.
Intentó ser práctica a la hora de escoger lo que se ponía, ya que le sonaba haber escuchado algo de jugar a los bolos, así que se puso unos pantalones. Sus habituales complementos algo llamativos acompañaron a su atuendo después de que se pusiera una camiseta azul. Corrió hasta su tocador para maquillarse y metió apresuradamente las cosas en su bolso. Cuando ya salía de su habitación, recordó el ordenador. No tenía tiempo para cerrar las ventanas abiertas, entre las que había una de chat, así que simplemente lo apagó de golpe.
Se calzó en la puerta de su casa, cogió la chaqueta y caminó a paso rápido con toda la elegancia que pudo hasta el lugar de encuentro. No se sorprendió de ver tantas cabezas en la lejanía, llegaba casi tres cuartos de hora tarde así que todos habrían llegado ya. Se reunió con sus amigos y abrazó a unos y otros con entusiasmo, ignorando las miradas de reproche que le lanzaron.
–Bueno, supongo que ya podemos irnos –opinó Jou–. Si Koushiro no ha llegado antes que Mimi será porque no puede venir.
Entonces la chica se fijó mejor en quién había a su alrededor y se percató de la ausencia de una cabellera pelirroja. Frunció el ceño. Él no solía faltar sin avisar.
–Sí, que ya estoy harto de esperar, vámonos –se quejó Daisuke mientras se levantaba del suelo donde llevaba sentado veinte minutos.
Todos lo siguieron y comenzaron a caminar en dirección a la bolera mientras charlaban entre ellos. Mimi captó algún retazo de conversaciones acerca de fútbol, cómo no, de las clases y de alguna serie de televisión de moda. Lo normal hubiera sido que interviniera, pero por alguna razón que desconocía no le apetecía nada. Se colocó bien la chaqueta y aseguró el bolso sobre su hombro antes de apretar el paso para no quedarse atrás. Hasta que un grito la detuvo.
–¡Esperad! ¡Chicos! –pidió Kou mientras corría hacia ellos.
Se fueron parando conforme se percataban de que su amigo había llegado. Cuando estuvo a su lado se llevó las manos a las rodillas y trató de explicarse entre fuertes resoplidos.
–Es que... No me he dado cuenta de la hora... Me han entretenido.
A más de uno se le pasó por la cabeza preguntar quién había sido el causante, ya que era la primera vez que el pelirrojo llegaba tan tarde a algo. Normalmente Taichi le habría exigido al instante que lo confesara pero estaba demasiado harto de estar quieto como para prolongar la conversación en medio de la calle, así que echó a andar de nuevo. Mimi también habría preguntado, pero no estaba segura de querer saber la respuesta.
Era extraño. ¿Desde cuándo pensaba tanto las cosas? Solía ser más impulsiva.
Llegaron a la bolera diez minutos más tarde y se dividieron en dos pistas, seis en una y seis en otra, pero estaban al lado. Como siempre, Yamato y Ken iban ganando. Tenían alguna clase de habilidad para dar en el lugar exacto de los bolos y conseguir pleno tras pleno. Obviamente eso enervaba a muchos, que intentaban imitarlos sin éxito.
Mimi reía escandalosamente al ver que a Miyako se le escapaba la bola sin que consiguiera dar a ninguno por tercera vez consecutiva. Su amiga se giró indignada y le recriminó que ella tampoco era precisamente buena en ese juego. Pero la chica siguió dejando escapar alguna que otra carcajada, sin fijarse en que Sora conseguía tirar todos los bolos y lo celebraba con Takeru. La risa se le atragantó en la garganta, casi literalmente, cuando escuchó la pregunta que Yamato hizo a Koushiro mientras esperaban a que llegase su turno.
–¿Qué tal ayer? ¿Alguna novedad?
El pelirrojo se volvió hacia su amigo con gesto indiferente.
–Ninguna, la verdad.
–¿No tienes nada que contarnos? –preguntó Taichi apremiante.
Para cualquier persona con una pizca de malicia, aquella cuestión hubiera hecho que desconfiase. Para alguien que sabe lo que son los momentos de aburrimiento en los que se hacen tonterías, hubiera sido casi una prueba incriminatoria. Pero se trataba de Kou, él simplemente analizó en su cabeza lo sucedido el viernes y pensó en alguna cosa que no hubiera comentado. Tampoco es que soliera hablar mucho de su vida.
–Ah, bueno, sí –comenzó a decir, el corazón de Mimi se aceleró ante aquello y se acercó sutilmente a donde estaban para escuchar la conversación–. Han ascendido a mi padre en el trabajo, está bastante contento.
Hikari, que estaba junto a la chica, fue la única que escuchó el suspiro de alivio que se le escapó. La miró unos instantes, intentando entender qué había pasado, y después miró atentamente a su hermano. Algo en su gesto desencantado le decía que había hecho alguna de las suyas y no le había salido tan bien como le gustaría. Él, cuando percibió la mirada que le echó, pareció decidir que era suficiente y se acercó a charlar con Jou después de felicitar a Koushiro. Yamato miró elocuentemente al pelirrojo durante unos instantes, pero al darse cuenta de que no diría nada se marchó.
No obstante, lo que no vio ninguno fue el gesto aliviado que puso en cuanto acabó el interrogatorio.
Continuaron con la partida, que acabó ganando Ken, y después dieron una vuelta hasta que llegó la hora de la cena. Decidieron entrar en un bar del barrio donde había hamburguesas, bocadillos y cosas por el estilo, estaba bastante bien de precio y ya los conocían así que solían hacerles algún descuento. Pidieron cada uno lo de siempre y juntaron tres mesas. Mientras esperaban la comida, Daisuke los entretuvo a todos intentando conseguir con una servilleta un pájaro de papiroflexia que decía que le salía muy bien. Cuando finalmente Takeru se apiadó de él y le dijo los pasos que debía seguir pareció más ofendido que agradecido, lo que provocó alguna que otra risa discreta.
Con la cena ya delante, las conversaciones se detuvieron un rato porque estaban hambrientos. Aunque en seguida chistes o anécdotas aisladas se mezclaron con los ruidos de las bebidas ingiriéndose o la comida removiéndose en su envoltorio, creando un extraño pero familiar sonido de ambiente. Kou recibió una llamada de pronto, pero cuando contestó pareció que ya habían colgado. Extrañado, dejó el móvil encima de la mesa y siguió cenando tranquilamente.
Un gran pegote de ketchup cayó en el pantalón de Taichi y las risas escandalosas de sus amigos hicieron que varias personas en el bar se dieran la vuelta para mirarlos. Trató de limpiarse con las servilletas y al final fue al baño a ver si conseguía algo mientras refunfuñaba incesantemente. No tardó en volver e hizo con su aspecto que volvieran a reír. Ahora parecía que se había orinado encima. Con toda la dignidad que pudo volvió a su sitio y terminó de degustar su hamburguesa, intentando ignorar a Yamato que soltaba bromas a su costa todo el rato.
Como Mimi terminó la primera, ya que siempre comía muy rápido y pedía algo más pequeño que la mayoría, empezó a aburrirse. Pensó en coger su móvil para rebuscar algo en Internet, pero se acordó de que lo tenía sin batería. Observó unos instantes el de Koushiro con ojos golosos y le lanzó una de esas miradas en las que hay más pestañeo que otra cosa.
–Puedes cogerlo si quieres –ofreció él con amabilidad.
Ella sonrió ampliamente, provocando un leve sonrojo en el chico, y se apresuró a hacerlo. En lo último que su amigo había buscado, junto a los acostumbrados extraños artículos o páginas sobre cosas de informática, había algo que hizo que le latiera el corazón muy rápido. O son do ar. Al pulsar sobre la opción le llevó a un vídeo, pero se apresuró a quitarlo antes de que sonara. No quería que Kou pensara que le cotilleba las cosas. Aunque en parte puede que fuera cierto. Decidió que lo mejor era dejar el aparato de nuevo encima de la mesa.
Poco después los demás fueron terminando y pagaron entre el habitual ajetreo para que cuadrasen las cuentas. Después, salieron a la fría noche y se apretaron bien en sus chaquetas. Se dirigieron a casa de Jou y allí Takeru se volvió hacia Hikari.
–¿Seguro que no os apetece dar una vuelta? Es pronto todavía.
–Ya os lo hemos dicho antes, hemos quedado en hacer una noche de chicas –le dijo ella sonriendo.
Él se encogió de hombros, conforme, y aceptó la invitación de Yamato de que se quedara en su casa a dormir. Taichi se apresuró a apuntarse sin que nadie se lo ofreciera, seguramente esos tres no iban a descansar demasiado. Koushiro se negó, alegando que tenía un trabajo que hacer al día siguiente, y Daisuke quiso apuntarse hasta que Ken le recordó que tenían un partido temprano. A Jou no había ni que preguntarle, él siempre tenía que estudiar.
Mimi mientras tanto trató de ocultar su exasperación, había olvidado por completo que había quedado con las demás en que dormirían todas en su casa, verían películas románticas mientras hablaban de chicos y se hinchaban a comer palomitas hasta tarde. Seguramente Miyako querría que le pintase las uñas y las otras dos también se sumarían. No era que no le apeteciera, pero tenía algo que hacer que ellas no podían saber... Tendría que esperar al día siguiente.
Sus amigas subieron a casa del mayor de grupo para recoger sus mochilas, que al parecer habían dejado allí. Después, los chicos las acompañaron hasta casa de Mimi y se marcharon a toda prisa en cuanto escucharon cuáles eran sus planes, no fuera a ser que los convencieran de quedarse.
Hikari y Sora colocaron el colchón extra en la habitación de su amiga mientras Miyako curioseaba, siempre revolvía el armario y el escritorio. La anfitriona entró a su habitación, después de que fuera a avisar a sus padres de la "fiesta de pijamas", en el momento en el que descubría a la del pelo lila tocando el ordenador. La pantalla se encendió al instante, mostrando todo lo que había estado haciendo cuando salió corriendo de casa esa tarde.
Con un chillido, Mimi consiguió cerrar con fuerza, tal vez demasiada, la tapa. A la otra solo le dio tiempo a vislumbrar un pequeño recuadro con la cara de Koushiro.
–¿Cómo has hecho eso? ¿Es que acaso haces magia? –preguntó indignada la joven Tachikawa mientras resoplaba por el susto de ser descubierta.
–¿Eh? No... –respondió confundida Miyako–. El ordenador estaba suspendido y solo lo he tocado.
Entonces la chica lo entendió, era algo que le pasaba a menudo. Estúpidos botones que no hacen más que molestar. ¿No podían poner más claro qué era apagar y qué suspender? Se habría ahorrado aquello.
–¿Qué hacías que no quieres que lo vea?
–Nada... –contestó Mimi mientras se llevaba el portátil al salón.
Sora observó la escena extrañada, aunque sospechó más o menos por dónde iba la cosa. Hikari se acercó a preguntarle a Miyako qué había visto y ella se encogió de hombros, solo sabiendo que le pareció ver algo de Kou. Decidieron hacer como si nada hubiera pasado y vieron un par de películas hasta que les fue venciendo el sueño. Las palomitas se quedaron casi enteras porque todas estaban llenas por el atracón en la cena, los botes de pintauñas estaban dispersos por el suelo en un arco iris de colores llamativos y las respiraciones tranquilas de tres jóvenes rompían el silencio. Pero una de ellas no conseguía conciliar el sueño, a pesar de lo cansada que estaba.
Así que, sigilosamente, salió de la habitación y fue al salón. Un luminoso recuadro surgió de pronto cuando el rosado ordenador se encendió. Y una pequeña fotografía con un chico pelirrojo en ella hizo su aparición.
En ese momento, ese mismo chico tecleaba sin cesar en el ordenador. Había tenido una nueva idea y no podía dejarlo hasta que le sacase todo su jugo. Exprimió cada detalle al máximo y se le entumecieron las manos de la velocidad a la que trabajaba. En ese momento, Koushiro se transformaba casi en una máquina y sentía que se sumergía en los caracteres que aparecían en el ordenador. El sonido de las teclas cuando las apretaba le parecía casi una melodía relajante de fondo que conseguía que se concentrara aún más. Pero fue interrumpido por unas voces lejanas.
Levantó la cabeza confuso y se alarmó al ver lo tarde que era. No había sido consciente del paso del tiempo.
De nuevo, unos susurros se colaron hasta sus oídos. Llamaron su atención porque parecían muy apremiantes y algo desesperados. Agudizó el oído unos instantes sin que nada perturbara el silencio y decidió volver a su tarea. Sin embargo, volvió a escuchar esos murmullos en el rellano y terminó por levantarse. No podía concentrarse así, no con la curiosidad carcomiéndole. Encendió la luz del pasillo y se acercó a la puerta de la entrada. Abrió la mirilla para asomarse al exterior, pero no se veía más que penumbra. Ya se apartaba cuando algo pasó rápidamente por su campo de visión, algo de color blanquecino.
Con el corazón acelerado sin saber la razón, miró atentamente por la mirilla, pero no sucedió nada. Seguramente estaba creando ilusiones absurdas en su cabeza. Debería dejar de ver películas de miedo y, sobre todo, debería dejar de meterse en su mundo hasta tan tarde. Aunque sabía que iba a seguir haciéndolo.
Regresó a su lugar en la mesa para terminar aquello y bebió un trago de agua mientras se sumergía en sus pensamientos. Por eso se sobresaltó tanto al escuchar el chirrido de la puerta al abrirse, porque no se lo esperaba. Se giró casi con violencia hacia allí y resopló por el susto que se había llevado al ver quién estaba en la entrada.
–Perdona que te haya asustado –se disculpó su padre al ver la reacción de Kou–. Es tarde, hijo, vete a la cama.
–Tienes razón, había perdido la noción del tiempo. Buenas noches.
El hombre lo miró unos instantes y después se despidió de él. El pelirrojo se dijo que no era normal lo nervioso que estaba últimamente. Decidió dejar esa nueva idea para el día siguiente, cuando estuviera más tranquilo y despejado. Se puso el pijama y fue al lavabo mientras se preguntaba qué podía tenerlo tan inquieto. El reflejo que le devolvió el espejo no le gustó, unas profundas ojeras eran lo que más llamaba la atención en su rostro, acompañadas por su mirada confusa. Desde luego, tenía que empezar a llevar un horario más normal. Las pocas horas de sueño le pasaban factura.
Salió del baño y apagó la luz, caminó por el pasillo mientras seguía la luminosidad que se escapaba por la puerta entreabierta de su habitación. Sin embargo, un suave ruido detuvo su andar. Unos ligeros golpes en el suelo. Lejanos, casi sordos, pero que continuaron dejándose oír. Se acercaron a él y no pudo dejar de pensar que eran pasos.
Miró hacia ambos lados del pasillo para descubrir, como ya sabía, que no había nadie. Aun así, caminó estúpidamente rápido hasta que se encontró en su habitación. Como si fuera un lugar seguro que pudiera protegerlo del inexistente peligro.
Resopló, enfadado consigo mismo, y se sobresaltó cuando su ordenador emitió un pitido. Se acercó para ver de qué se trataba y, aunque quiso sorprenderse, no pudo. Porque allí encontró que Suzu acababa de hablarle. Casi podría jurar que la estaba esperando, sin saber bien el porqué.
–Eres un trasnochador, querido Kou.
Unas horas más tarde, cuando el sol asomaba tímidamente por el horizonte y bañaba con sus rayos los tejados de los edificios, el repentino estruendo de una melodía inundó la residencia Izumi.
El matrimonio despertó sobresaltado y corrieron hacia la habitación de su hijo, de donde salía el sonido. La puerta estaba cerrada por dentro. Aporrearon unos minutos y lo llamaron a gritos sin conseguir respuesta alguna, mientras que aquella música iba aumentando de volumen y las paredes parecían retumbar. Cada vez más asustados, cogieron un destornillador y comenzaron a desmontar las bisagras de la puerta. Con un fuerte empujón del hombre, consiguieron entrar en el cuarto.
Todo estaba en perfecto e impoluto orden, incluso la cama estaba hecha y la persiana cerrada del todo. Reinaba una tranquilidad extraña entre las notas estruendosas de la alta melodía.
Y allí, donde debería estar Koushiro, no había nadie.
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Siento la tardanza para actualizar, es que he tenido un parcial en la Universidad que me ha conllevado muchas horas de estudio, pero no creo que tarde demasiado en publicar el siguiente capítulo.
Muchas gracias a todos los que leéis y dejáis vuestra opinión :)
