Final Fantasy VIII y todos sus personajes son propiedad de Square-Enix

Lección

—A ver, atenta —pronunció Laguna apoyándose en su muleta para permanecer en pie—. Voy a enseñarte como defenderte.

Raine rodó los ojos y puso los brazos en jarras.

—Te he dicho que no hace fatal —replicó—, antes de que llegases a este pueblo ya me las apañaba la mar de bien. Los monstruos no son ningún problema.

—Hasta que no me haya recuperado y pueda cazar monstruos estaría más tranquilo sabiendo que sabes defenderte.

El campo adyacente a la floristería era el lugar más tranquilo, despejado y seguro al que Laguna había sido capaz de llegar en su estado. Raine saludó con la mano a la florista que les espiaba desde detrás de las cortinas del piso de arriba, el antiguo soldado miró incrédulo a la mujer que no les quitaba el ojo de encima, no se había dado cuenta.

—Voy a enseñarte a disparar —declaró ignorando a la mujer—, mi metralleta pesa demasiado para ti y el retroceso te tiraría al suelo así que tendremos que usar la pistola de reserva.

—La pistola de reserva —repitió Raine en tono de burla—. Cargo cajas llenas de botellas a diario, a menos que esa metralleta tuya pese cuarenta quilos creo que podré con ella.

Laguna frunció el ceño, cuando abrió los ojos por primera vez en Winhill y la vio durmiendo en una silla junto a él le había parecido algo así como un ángel, le había hecho pensar en Julia y su amable dulzura, pero Raine era lo más opuesto que se podía ser de Julia. No era que no fuese dulce pero tenía un carácter...

—Ya me lo demostrarás otro día —dijo rodando los ojos—. Empezaremos con la pistola.

Raine la tomó entre sus manos y apuntó con firmeza a las latas que Laguna había colocado sobre el tronco de un viejo árbol derribado por la guerra. Él observó su posición, el modo en que sujetaba la pistola; lo hacía bastante bien.

—¿Lo habías hecho antes?

—Claro que sí, eso intentaba decirte, mi prome... —Raine enmudeció y bajó el arma despacio. Negó con la cabeza e inspiró hondo—. Cuando estalló la guerra me enseñaron a disparar, para que supiera defenderme si venían a atacarme.

—Ya veo.

Laguna frunció el ceño, imaginó que la palabra a medio pronunciar era "prometido" y se preguntó dónde debía estar, por qué había dejado sola a una mujer tan hermosa como Raine. De hecho se preguntaba dónde estaban los hombres del pueblo, allí sólo había ancianos, alguna mujer y media docena de niños. Seguramente muchos habrían muerto durante la guerra pero ¿todos? No era creíble.

—Veamos cuantas tumbas.

Raine volvió a alzar el arma, sujeta entre ambas manos, la vista fija en las latas. Apretó el gatillo con suavidad liberando la bala con un estallido y un leve chispazo. La lata cayó, había dado en el blanco. El retroceso la lanzó hacia atrás y él la sujetó por la cintura manteniendo un precario equilibrio gracias a la muleta.

—Debes flexionar un poco las rodillas y relajar los hombros.

Ella se irguió con incomodidad e hizo lo que le pedía. Tenía buena puntería pero le fallaba la técnica.

—Vuelve a intentarlo.

Raine alzó el arma y apuntó. La mano de Laguna se movió de su cintura hasta su nuca y se la masajeó con suavidad.

—Gira un poco el cuerpo hacia la derecha —ella obedeció a sus palabras sin apartar la vista de las latas—. Ahora flexiona un poco las rodillas, relaja los hombros y las muñecas. Ahora. Dispara.

Raine asintió y apretó el gatillo con seguridad. La bala impactó justo en el centro de la lata. Esta vez el retroceso sólo repercutió en sus brazos, aún y así él la asió por la cintura para asegurar su posición. La hizo seguir disparando hasta haber gastado dos cargadores dándole consejos, recolocando las latas, sujetándola preocupado por si se caía y se hacía daño.

Una hora y cuarenta balas después Laguna se sentía agotado, el brazo derecho —con el que mantenía sujeta la muleta— le dolía horrores y se le empezaba a nublar la vista.

—¿Estás bien? —preguntó Raine un segundo antes de caer al suelo junto a Laguna.

—Perdón... —se disculpó tapándose los ojos con la mano y soltándole la cintura—. Creo que he sido demasiado optimista.

Ella suspiró resignada, era como un niño. En vez de darle lecciones debería dejar de darle dolores de cabeza.

—Al final quien me ha tirado al suelo eres tú y no esa metralleta tuya —soltó divertida.

Fin

Notas de la autora:
¡Hola! Estoy de vuelta, tengo problemas con internet de ahí el largo retraso en la actualización. Ha quedado a medio camino entre un drabble y un shot, el próximo será más largo. Espero que os guste.

º º º

Koneko003: ¡Hola! Me atrasé con la actualización, espero que cuando arreglen mi internet pueda actualizar rápido y seguido.
Hay muy pocas historias de ellos es cierto, he visto unas cuantas en inglés y dos o tres en castellano, a ver si más gente se anima a escribir sobre ellos.
Una brazo, gracias por leer.