Capítulo 2


El castillo del Rey de espadas era colosal, o al menos para él, quien había vivido toda su vida entre familias pobres, pero honradas. Él no estaba acostumbrado a tratar con la nobleza, no tenía sangre noble, y mucho menos los recursos para encontrarse en el círculo social que rondaba en torno a la familia real. Pero jamás se había quejado de ello.

Sus padres les daban lo que podían a él y a sus hermanos mayores, quienes estaban trabajando, y estudiando, cuando la carroza real llego a su hogar a recogerle.

A Alguien como él jamás se le habían dado las oportunidades en bandeja de plata.

La sociedad del Reino de Cartas se había alzado hace muchos siglos, opacando la antigua sociedad que había existido antes de ella. Todos los niños, hasta los más pequeños de grados inferiores, que iban al instituto, sabían de memoria la historia sobre la fundación del gobierno.

Hace años, en el año 2089, cuando la sociedad estaba totalmente absorta en la tecnología, y los avances de esta aumentaban con rapidez, las personas comenzaron a tener ideales diferentes de cómo debía de ser la vida económica y política del mundo. Diferencias de ideales, fue como se cataloga actualmente ese hecho histórico.

Para el año 2126, esas diferencias causaron levantamientos en todo el mundo, con personas quienes estaban más que armadas. Comenzó la Gran Tercera Guerra Mundial; o como su Profesor le llamaba; La Gran Guerra de la unificación.

La Guerra dejo tras de sí múltiples destrozos en el planeta, causando que los humanos tuvieran que reconstruirla usando la poca tecnología que aún se conservaba en el mundo; la mitad de la población mundial murió tras la batalla.

No había reglas en ese momento, todos hacían lo que querían y mataban a quien se interpusiera en su camino. Reconstruían sus casas, mientras que dos tercios de la población se quedaron sin vivienda ni alimento. Fue en esos momentos críticos para la raza humana, que llegaron Los Sabios.

Los Sabios, eran siete personas sin rostro, quienes fueron enviados por las Diosas de la vida; Eris, Sina y Calipso, para reformar la humanidad y salvar a los supervivientes de la catástrofe. Con ayuda de ellos, el mundo se unifico dejando atrás a los Países en los que estaban divididas el territorio, creando los 4 reinos; El Reino de Espadas, el Reino de Tréboles, el Reino de Diamantes y el Reino de Corazones.

Los Reinos eran pacíficos unos con otros, y permitían el paso de comerciantes y embajadores de otros reinos a sus dominios, conservando la paz entre ellos. Los Reinos eran controlados por dos personas; El Rey y la Reina, quienes eran protegidos por otra persona; el Jack, quien velaba por su seguridad.

Los Sabios fueron igualmente divididos, teniendo dos de ellos en cada Reino y uno en el Reino de Espadas. Los Sabios defendían el Reino contra cualquier amenaza del Demonio, enemigo de las Diosas.

Sin embargo, demonios creados por este eran capaces de traspasar esas protecciones, internándose en cualquier Reino que les plazca. Estos demonios se catalogaban como Jokers; o Comodines, pues podían romper las reglas establecidas de ese nuevo mundo.

La economía se reformo, el estilo de vida de las personas igual; teniendo menos contaminantes que antes, volviendo a utilizar carretas y caballos para asegurarse que los contaminantes fueran reducidos. La tecnología fue catalogada como maldita por los reyes, prohibiéndola para todos, cambiando radicalmente las vidas de la humanidad.

Lo espiritual pasó a ser la nueva tecnología, utilizando conocimientos adquiridos por los Sabios para pronosticar las lluvias o tormentas, al igual que armas capaces de defenderles de los invasores Comodines.

La política también se reformo. El modo de gobierno era unas monarquías, y el descendiente de la pareja real era el siguiente Rey del respectivo Reino; pues la pareja Real solamente podía concebir varones. Los Lectores de almas, discípulos de las Diosas de la Vida al igual que los Sabios, marcaban a la Reina en su nacimiento, con una marca que solamente ellos y el futuro Rey podía ver.

Al llegar a los estudios básicos, los Lectores de almas hacían una ceremonia en donde los estudiantes se presentaban, entregándole los documentos al estudiante mientras este pasaba al frente, depositando una gota de sangre en un cuenco de un mineral transparente y brillante, donde se disolvía con rapidez y los Lectores veían el alma de la persona en cuestión, tratando de asignarle una ocupación. Una vez hecho eso, le asignan a la academia responsable de esa ocupación. Cuando se graduase podría trabajar en ella, ganando el dinero que ganaban todos los demás.

Pero para él, la vida que había esperado se había convertido en una mierda. Una gran y terrible bazofia.

Las rejas del castillo del Rey de espadas se levantaron en cuanto divisaron la carroza, dejándole ver su nueva prisión. Un castillo blanco con detalles en azul oscuro, grande con múltiples torres, que le recordaban a los libros que había leído toda su vida se abría paso ante él.

—Te gusta. —Escucho que le decían. Se giró para ver al Rey, quien le miraba con una sonrisa.

Se sonrojo por unos momentos, mientras giraba el rostro hacia abajo, había olvidado que el Rey iba en ese coche, y también se le había olvidado que desde ese momento pasaría a ser propiedad del Reino. Sintió sus ojos humedece, mientras mordía sus labios y fruncía el ceño. No lloraría frente a él, se dijo en sus pensamientos. Jamás se mostraría débil.

—Me alegro que te haya gustado. —Prosiguió el joven no esperando respuesta por parte suya.—Muchas personas se muestran sorprendidas la primera vez que lo ven, también los embajadores de otros Reinos. Supongo que es muy grande.

No obtuvo respuesta. Miro al que sería su compañero, mientras este se encogía en su asiento. Frunció levemente el ceño, mostrando confusión. Ese chico no había pronunciado palabra desde que habían salido de su hogar, y comenzaba a preocuparse en serio. Matthew, quien iba en una carroza atrás de la suya, le había advertido antes de salir del palacio que no fuera imprudente, que tal vez la Reina se encontrara consternada o en estado de Shock.

Pero, sinceramente, el silencio comenzaba a molestarle en sobre manera. Estaba nervioso, pero ahorrándose de valor, decidió preguntarle.

—Oye, ¿Te encuentras bien?

Pregunto por fin, posando su mano en el hombro del joven. Este dio un respingo y le miro a los ojos por primera vez. Se fijó en estos. Eran verdes, muy brillantes y hermosos.

—Si lo estoy, señor. Perdone que no haya participado en la conversación.

Su voz, pensó, era la primera vez que hablaba y era muy bonita.

—Dejemos las formalidades, ¿Quieres? Después de todo, pronto seremos los Reyes del reino de Espadas. Creo que es mejor que nos conozcamos un poco, y para ello pretendo que me digas tu nombre.

—¿Mi… nombre?—Pregunto sorprendido, arqueando sus gruesas cejas.

—Sí, tu nombre.—Asintió con la cabeza para reafirmar. —Como dije, quiero conocerte.

Arthur le miro consternado. Ningún Rey se interesaba en saber el nombre de su Reina, solo la tomaban cuando les venía en gana y la encerraban en una habitación, sacándola de ahí cuando era necesario. ¿Por qué ese sujeto se empeñaba tanto en hacerle creer que sería diferente a eso?

—No veo cómo puede interesarle mi nombre, mi señor.

—Solamente dímelo. El mío es Alfred, así que háblame como si fuera una persona más. No soy el Rey y tú no eres la Reina. Somos personas normales, teniendo una conversación normal.

Se tensó, y eso Alfred lo noto. Por lo que sonrió, tratando de darle ánimos.

—Me llamo Arthur Kirkland, señ… Alfred. —se corrigió, tratando de no hacerle enojar.

—¿Vez? Personas normales, teniendo conversaciones normales. —soltó una estruendosa risa.

—¡Oye! —Protesto el rubio de cejas gruesas, tapándose las orejas. Esa risa le había llegado directamente al tímpano.

—¡Perdóname! —Se disculpó inmediatamente. —No es mi culpa que tengas el oído tan sensible.

—¡Claro que es tu culpa! Tienes la risa más estruendosa que he escuchado.

Como respuesta, obtuvo otra risa más estruendosa que la anterior. Iba a volver a replicar cuando la puerta del coche se abrió, dejando ver a un sirviente quien hacia una reverencia. Se cayó inmediatamente, mientras miraba todo con nerviosismo.

Alfred soltó otra risa detrás de él, mientras lo empujaba levemente del hombro, instándole a bajar. Lo hizo, mientras caía de bruces en el duro pedimento del patio del palacio. Sintió dos manos sujetarle por las axilas, mientras lo incorporaban con rapidez. Miro la cara de preocupación de Alfred, mientras que sentía un moretón comenzando a formarse en su frente.

Frunció el ceño por el dolor.

—¿Estas bien Arthur?

—Sí…

Se separó de él, tratando de reafirmarlo. Se sacudió el polvo de los remendados pantalones, mientras miraba un nuevo hoyo en las rodillas de estos. Bufo pensando que tendría que excusarse con su madre, cuando recordó que jamás volvería a verla. Un nudo se alojó en su garganta, pero trato de reprimir las ganas de llorar de nuevo.

—Rey Alfred. —se escuchó que llamaban al de lentes, mientras ambos giraban su rostro para ver de quien se trataba. Arthur no creyó lo que sus ojos veían. —Mon ami, he visto como tu criado se ha caído de bruces.

Sintió su cara arder del coraje que le invadió. Miro al hombre que se les aproximaba con paso acelerado. Cabello rubio hasta los hombros, sedoso y arreglado. Acento francés, y meloso, ojos azules que brillaban con picardía. Era el mismo hombre sin duda, lo único diferente era la ropa que llevaba; vestimentas reales de color amarillo y naranja, ropa del reino de Diamantes. Lo que se le hacía más difícil de entender.

—Créeme que cuando saliste en el coche así de rápido, jamás pensé que fueras para buscar a otro…—su explicación se vio interrumpida al ver de quien se trataba, ignorando como Alfred le dedicaba una mala mirada.

Abrió los ojos desmesuradamente, y quiso que el Demonio mismo viniera y se lo llevase al centro de la tierra.

—Sí, rana. Estoy bien… —hablo el inglés, apretando los puños. —¡O al menos lo suficiente bien como para agarrarte a patadas, bastardo!

De un momento a otro, Arthur se lanzó hacia el francés, tratando de golpearlo, o ahorcarle. Alfred reacciono lo bastante rápido como para detener a Arthur, mientras Francis soltaba un chillido para nada masculino.

—¡Arthur mon ami, podemos resolverlo como las personas civilizadas! —Chillo el rubio de melena, mientras se escondía detrás de uno de los guardias de la puerta, quien había ido para detener al furibundo inglés.

—¡Nada de "Mon ami"! ¡Te voy a patear el culo, frog face! Arthur se había olvidado de donde estaba, y con quien. —¡Dijiste que me darías seis monedas por mi perro, pero solo lo tomaste y te largaste!

—¡Todo tiene su explicación!

El inglés comenzó a removerse frenéticamente de los brazos de Alfred, pero este lo sujetaba con fuerza, impidiéndole zafarse y darle su merecido a aquel francés pervertido. El Rey, por otra parte, miraba todo sin entender una palabra, y sin embargo, sentía un calor alojarse en el estómago, molestándole demasiado. ¿De dónde conocía Francis a Arthur? ¿Por qué se hablaban con tanta familiaridad?

Los guardias no tardaron en llegar, al ser informados del alboroto que causaba el furioso inglés. Todos vestían ropas azules e iguales, mientras que estaban armados con espadas en sus cinturones, excepto uno. Este tenía las ropas amarillas y naranjas del reino de Diamantes, y una lanza.

Se posicionó en medio de los Reyes de Espadas, mientras le daba la espalda al Rey de Diamantes, apuntando con su arma a Arthur.

—Quien quieras que seas—Comenzó a hablar este individuo. —no dejare que lastimes a mi Rey. Te acercas y no dudare en apuñalarte.

Uno de los guardias de espadas se acercó velozmente, blandiendo su espada con agilidad, posicionándose en frente del individuo del reino de Diamantes.

—No te atrevas a lastimar a nuestros Reyes, o yo mismo te matare cruelmente aru. Hablo el de la espada, con un extraño asentó oriental.

—Eso lo veremos, Yao.

—No te atrevas a retarme aru.

Estaban a punto de atacarse, cuando Francis salió detrás del guardia en donde estaba oculto, y se puso al lado de Vash con nerviosismo.

—O-oye Vash, no es necesaria la violencia. Arthur ya se estaba calmando. —Dijo el francés. Lo que menos quería en ese momento era una guerra.

Vash bajo la lanza, pero no dejo de ver con molestia al oriental.

—Yao, lo mismo va para ti. Baja el arma, ¿Quieres? —Rio nerviosamente Alfred, mientras el oriental suspiraba y guardaba en su cinturón su arma. — ¿Qué tal si nos tranquilizamos y tomamos una taza de café?

Arthur continúo mirando con odio al francés, pero este asintió con una sonrisa. Sintió que Alfred le soltó, mientras le sonreía con alegría. Se sonrojo cuando recordó que había maldecido frente a él.

—Lo siento, su majestad. —murmuro débilmente, mientras miraba al piso como si fuera la cosa más interesante del mundo. La sonrisa de Alfred creció.

—No hay cuidado, Arthur. Ya te dije que me llamaras por mi nombre. —

El francés solo miraba curiosamente ese intercambio de palabras entre el inglés y su amigo Alfred, todo con una sonrisa ladeada en el rostro.


En lo alto de una torre, se podría presenciar la figura de una persona sentada aburridamente en el pico. Su cabello platinado se movía con el viento, y miraba con interés a la nueva Reina de Espadas, y como se movía, hablaba o actuaba. Parecía campesino sin modales, y dudaba que fuera la legitima Reina.

Sonrió perverso. Eso proponía ser un chisme bastante grande en la sociedad, y él sería el responsable de llevarlo a los lugares más recónditos de todos los Reinos.


Nini: Bueno, aqui les traigo el segundo capitulo de esta historia. Se que la mayoria de las historias de Cardverce son diferentes a la mia en bastante cuestiones, pero creo que la mía no esta tan mal.
Espero que les guste como se esta desarrollando la historia. No he tenido tiempo para hacer un capitulo más largo, pero tratare de hacerlo en el siguiente.

Nos leemos luego.

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