Advertencia: Todo este universo, salvo las variaciones y personajes originales, pertenecen a Stan Lee.
EL LLAMADO DE LA SANGRE
"Father, you never let me down, you made me strong.
When I made mistakes, when I was wrong . . . "
Parte I : Perdido en la Ciudad
Ni siquiera hacia dos meses que había llegado a la gran ciudad que era Manhattan, y todavía se estaba acostumbrando a aquel lugar, las calles abarrotadas de personas, las incontables idas y venidas de los automóviles tanto por la mañana, como por la noche… y la cultura, sobretodo aquello. Carlisle a penas había tenido tiempo cuando había sido un crío de conocer más allá de lo que su madre le había mostrado y enseñado. Y tras la muerte de Nancy, las cosas no habían mejorado del todo. Había estado solo, había recorrido ciudades en solitario hasta que conoció al anciano que durante un par de años, había intentado mantener latente el odio de Carlisle hacia los humanos.
Odiaba aquello. Las calles pobladas de vulgares humanos le provocaban incontables nauseas, aquel no era su lugar. Y seguramente aquel había sido el motivo por el que se alojaba de manera poco legal en un pequeño apartamento del Distrito X que compartía con otros muchachos de su edad, también mutantes.
Días después de su llegada a , había visitado la Mansión de Charles Xavier. Había recurrido al profesor X con un propósito que sabía que él le ayudaría a cumplir. Por otro lado, también, se había encontrado con algo jamás esperaría, una desconocida hermana. Aunque a pesar de aquello, tampoco se extrañaba, si estaba en Nueva York era para encontrar a su familia, a su padre. Y al parecer, no solo tenía un padre desaparecido, si no que también una hermosa hermana pequeña, tan rápida, que era imposible verla cuando iniciaba la carrera.
Era de noche, hacía poco que el sol había desaparecido de los cielos. Carlisle, llevaba horas recorriendo la ciudad en su moto Harley Davidson de color rojo caramelo. En los auriculares que llevaba, conectados a su teléfono móvil, sonaba a todo volumen su canción preferida "Hell was made in heaven" de Helloween.
Carlisle, había aprendido no solamente a hacer usos de falsas lentillas que le daban un color marrón a su iris y pupila completamente blancos, si no también a callar los pensamientos ajenos llevando la música a un alto volumen. Había pasado años entrenando y perfeccionando el uso de sus poderes, pero no era suficiente. Demasiadas personas… demasiadas voces. Nunca le importaba oírlas, sabía como mantener su mente completamente en blanco gracias a la meditación, pero, sin embargo, en las ultimas semanas, la concentración comenzaba a fallarle. Sentía cuanto menos, que su búsqueda estaba siendo completamente inútil.
Andrea no sabía donde encontrar a Pietro, y de momento, tampoco es que se le viera muy ilusionada con aquello. Y mientras tanto, Charles todavía no había dado uso a "Cerebro" para localizarle, porque Carlisle no había vuelto a pisar aquella Mansión.
Al llegar a un punto del centro de la ciudad, aparcó la moto junto a la entrada de un viejo bar que parecía tener el ambiente adecuado para él. Otras motos aparcadas en forma de de "v" contra la pared, varios y viejos carteles rasgados de conciertos, todos ellos pegados en ambas puertas, las cuales, cada vez que se abrían, dejaban salir el sonido de varios rifts de guitarra provenientes de los altavoces del local.
El peliblanco, se quitó los auriculares y los guardó en el bolsillo interior de su chaleco de cuero, se pasó una mano por el lado rapado de su cabello y entonces, se aproximó al interior del bar, dejando que el sonido de las espuelas de sus botas, hiciera contacto contra el suelo al andar.
Tomó por asiento un taburete de la barra y automáticamente, pidió una cerveza mientras observaba y escuchaba todo a su alrededor. Observaba a cada persona, analizaba cada movimiento y leía cada mente. Encontraba de todo en todos los rincones.
Hombres perdiendo el control de sus pensamientos por el movimiento de caderas de alguna bailarina, una camarera cansada de aguantar conversaciones sin sentido, y un grupo de hombres que jugaban al billar, a punto de estallar. Por pura curiosidad, se levantó para apoyarse en una pared cercana a observar la escena.
— Juraría que esa bola antes no estaba ahí — murmuró uno de ellos, el gordo que vestía una camisa de cuadros, con una espesa barba negra y sin pelo alguno en la cabeza. Dicho hombre, analizaba la posición de cada una de ellas, de las bolas, y después miraba a su pareja de juego
— ¿Seguro que no estás haciendo trampas, Peter? - pronunció otros de los hombres, mirando al peliblanco que estaba frente a él, al otro lateral de la mesa de billar.
Un hombre, no muy mayor y tampoco muy joven, levantó ambas manos en señal de paz mientras se acercaba y rodeaba con un brazo al hombre que había dicho aquellas palabras.
— Eh, eh, feo… primero, es Pietro.. Pi-e-tro - vocalizó separando las sílabas de su propio nombre, con cierta y obvia gracia - Y segundo, no me has visto, ¿Por qué debería de haber hecho trampas? — El velocista sonrió ladino, victorioso porque, obviamente, ninguno de aquellos grandullones, se había percatado de su movimiento a la hora de cambiar la posición de una de las bolas rayadas de la mesa.
El gordo, gruñó con fuerza y se apartó, con toda la intención de empujar al velocista de su lado pero, su cuerpo no respondía. Su cerebro, no daba ninguna orden a su cuerpo. Se había quedado totalmente inmóvil.
Carlisle había actuado rápido al escuchar el nombre de Pietro y divisar reflejos blancos y plateados en la cabellera del mismo. Había causado una parálisis al gordo barbudo, del cual, ni siquiera sabía el nombre, y ahora, sus estimulo respuesta, estaban totalmente detenidos. El siguiente movimiento, fue rápido. Una ilusión donde el sujeto, se comenzaría a golpear así mismo. Una risa, escapó de los labios de Carlisle mientras negaba con la cabeza.
Todos alrededor, observaban la escena con suma curiosidad y confusión, ya que ninguno sabía que ocurría. Aprovechando la situación, Pietro les rodeó rápidamente y, sin que nadie notara nada, sin esperar aquello, desapareció al exterior del local.
Carlisle, dejó allí la escena, y sin decir nada, no sin antes pagar su cerveza y dejar una pequeña propina a la hermosa camarera, salió también fuera del local, porque obviamente, necesitaba volver a encontrar al velocista. No cabía duda, debía de ser él.
Pero no encontró nada. Miró a izquierda y derecha, la parte trasera del local y nada, absolutamente nada. Suspiró frustrado, nadie podía perseguir a un velocista.
Con aquella misma frustración, se apoyó en su propia moto y de la pitillera, sacó un cigarrillo que encendió con un viejo mechero zipo plateado. Tomó una gran calada, llenando sus pulmones y entonces, expulsó el humo por las fosas nasales y después por los labios, formando un par de círculos.
— ¿No te han dicho que fumar mata? — susurró una voz a sus espaldas. Cuando Carlisle se giró en dirección a esta, la misma, volvió a sonar a su izquierda — He visto lo que has hecho ahí dentro, muchacho. — De nuevo, Carlisle fue a girarse y esta vez si observó al dueño de aquella voz y entonces, observó con total claridad a Pietro Maximoff.
Primero, guardó silencio mientras volvía a tomar una calada y después se centró en él, en que estaba pensando. No parecía malo y además, no tenía malas intenciones en aquella conversación, simplemente se trataba de pura curiosidad.
— Me suelen decir más a menudo que no se hacen trampas jugando al billar — explicó Carlisle tranquilamente — ¿Eres Pietro? ¿Pietro Maximoff? —Aunque había leído su mente y sabía que sí, que se trataba de su padre, necesitó hacer aquella pregunta.
Primero, el hombre alzó una ceja tranquilamente, para finalmente sonreír levemente, alzando las comisuras de sus labios. Asintió con la cabeza, tomando como apoyo otro automóvil aparcado en la misma zona. Quedó frente al muchacho, analizando a este con curiosidad. El pelo blanco había llamado su atención, sin duda.
— El mismo… ¿Quién eres tú? — Frunció levemente el ceño con plena curiosidad, había algo demasiado familiar en el muchacho, pero no… no podía ser él, hasta donde sabía, las últimas noticias que había recibido catorce años atrás habían sido totalmente diferentes, quizás demasiado distintas. Sin embargo, había algo en aquella mirada que le despertó un escalofrío por toda la espina dorsal, como veinticuatro años atrás cuando la miró por primera vez los ojos.
— Me llamo Carlisle…
Parte II : Nancy
"Llegaste en cuarto menguante a mi lado, y con la luna llena me dijiste adiós…"
Primero fue un silencio inminente en el aparcamiento. Pietro tenia la voz atascada y sus pensamientos iban tan rápidos que si hubiera hablado, habría tartamudeado lo suficiente como para ser traicionado por unos nervios que creía que estaban completamente olvidados. Aquel nombre le atacó como un jarrón de agua fría en pleno invierno. ¿Cuántos Carlisle podría haber en Estados Unidos? sobretodo teniendo en cuenta que aquel nombre había sido decisión elección suya.
— ¿Carlisle?… dime una cosa muchacho, tu… tu madre se llama Nanc…
Pero Carlisle cortó aquellas palabras
— Nancy, se llamaba Nancy — Mientras hablaba, asintió con la cabeza, sabiendo que aquel era el nombre que estaba apunto de salir de aquella voz — Y yo soy…
— Mi hijo, eres mi hijo … — Pietro se frotó el rostro con ambas manos, haciendo todo su cabello hacia atrás, dejando finalmente estas sobre su nuca. Echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza ante tal cantidad de información, cuando creía que todas las cosas eran completamente distintas. Suspiró haciendo ruido, y volvió su mirada hacia Carlisle, parpadeando un par de veces — Creí… creía que estabas muerto, me dijeron que lo estabas.
- Hace 24 años, en Transia, Europa … -
Era una noche fría, había nevado en la mañana, y toda la zona lucía de un precioso color blanco. El cielo estaba despejado, y la luna llena brillaba con fuerza.
Pese a lo hermosa que lucía aquella madrugada de un viernes, el día había sido cuanto menos, horrible.
Nancy, controlada por el fénix, había estado a punto de atacar el campamento donde vivía con Pietro y su hijo recién nacido.
La pelirroja, descansaba en una mecedora de madera, con el bebé acurrucado entre sus brazos mientras susurraba una canción de cuna. Estaba asustada,
quizás demasiado asustada por todo lo que había estado a punto de ocurrir.
Pietro observaba desde el marco de la puerta de la pequeña habitación. En escasas semanas volverían a Washington. Suspiró al ver así a la chica, por lo que se acercó,
sigiloso, y se arrodilló a su lado, acariciando el rostro de esta con su mano derecha.
— Nancy… cielo — susurró mientras jugaba con sus cabellos rojos — No ha sido tu culpa.
Ella simplemente negó, frustrada. Alzó la mirada para observar los ojos de Pietro.
— ¿Y de quién ha sido, Pietro? … nunca soy consciente cuando eso ocurre… podría haber hecho daño a alguien… a vosotros.
Pietro volvió a negar, y entonces centró la mirada en el pequeño que descansaba en los brazos de su madre. Con el dedo indice, acarició el pequeño y rosado rostro.
— Mírale, tiene tus ojos — bromeó al observar aquella mirada completamente blanca y entonces, observó como su mujer, rodaba los ojos, chasqueando la lengua.
— Sin embargo, es igual a ti … lo sabes.
Pietro tomó al bebé entre sus brazos, y con cuidado lo meció suavemente, temiendo que se pudiera caer. Tenía entre sus brazos a la persona más frágil del mundo. Sonrió observando
como se removía entre sus brazos y lo dejó dentro de la cuna.
Minutos después, Pietro y Nancy también descansaban en la misma cama. Las manos del velocista recorrían el cuerpo de la pelirroja,
quien respondía a las caricias del chico… durante todo el tiempo que pudieron, dejaron que fuera sus cuerpos y manos quienes hablaran.
Aún no había amanecido y Nancy a penas había podido dormir, al contrario que Pietro. Eran cerca de las cinco de la madrugada cuando, cansada de dar vueltas en la cama,
se levantó. Se aseguró de que el pequeño dormía y entonces, tomó un trozo de papel y un bolígrafo….
" Querido Pietro:
No me juzgues por esto, pero es lo mejor para todos, para nosotros. No puedo soportar la idea de pensar que podría haceros daño.
No puedo retenerte a mi lado, nadie puede retener a un velocista…
Te quiero, y siempre te querré. Pero debo marcharme. Saldré en el primer tren, y seguramente cuando leas esto, nosotros ya estaremos muy lejos.
¿Dónde voy? me encantaría saberlo, ¿Volveré algún día?, todavía no lo he decidido.
Karli… nuestro pequeño Carlisle, prometo que sabrá todo de ti. Pero quizás lo mejor será que venga conmigo. Aún es muy pequeño, necesita a su madre. Lo siento,
por favor, no me odies. Te prometo que sabrá todo, absolutamente todo. Pero odiaría que nuestro pequeño fuera como yo… necesito asegurarme, quizás dentro de unos años necesite
un entrenamiento que solo yo puedo darle.
Te quiero Pietro, y también a Wanda. Vosotros sois mi familia, pero ahora debo marcharme.
Siempre tuya ; Nancy "
Tras dejar aquella carta sobre la encimare de la cocina, Nancy cogió todo lo necesario. En una manta acurrucó con cuidado al entonces pequeño Carlisle y se marchó.
— No soporté la idea de perder a ambos… y tampoco sabía por donde empezar a buscar… ella nunca me dijo donde se iba. Nunca volvió a escribir.
Carisle conocía la historia, pero nunca la había escuchado de aquel modo. Nancy no había mentido en su carta, ella siempre tenía palabras agradables sobre Pietro, y nunca le había ocultado su existencia, sin embargo, tampoco nunca le había ofrecido a Carlisle visitar Transia, su hogar. El menor, suspiro, tirando el cigarrillo que después pisó con la punta de las botas. Primero miró hacia el suelo y después levantó la mirada hacia el hombre que se suponía que era su padre.
— No lo entiendo, ¿Quién te dijo que estaba muerto? ¿Cómo pensaste eso?
Parte III: La familia
"Un ser, dos mundos son, y te guiará, tu corazón."
A la medianoche de la noche más helada del año, llegaron súbitas, violentas, las noticias de nuevas muertes de hermanos mutantes. Aquella era la noche más helada de ese año y de muchos años, y una niebla enemiga enmascaraba todo. A los gritos, a los llantos, a la rabia… Estaban puestos de cara contra el cerco de alambre que separaba el campamento de los campos de cosecha de varios granjeros que vivían en los alrededores. La luz de las casas atravesaban la niebla y lentamente recorrían la larga hilera que eran todo ellos. Manos crispadas y nerviosas se movían, mientras voces cortadas, roncas y agobiadas explicaban todo lo ocurrido. Siempre había alguien que se encargaba de aquello, de recoger noticias de otros hermanos mutantes que no tenían la suerte de rodearse de más de ellos.
Pietro y Wanda ya no estaban en Transia, hacia varios años que recorrían Europa, sobrevivían el uno junto al otro, incluso habían pensado unirse a la causa de su padre. Pero, por el momento, cuanto hacían desde meses atrás, era atrincherarse en un pequeño campamento que habían formado con otros mutantes. En pasar las frías nevadas de diciembre y enero, retomarían su trayecto, juntos.
Darse la vuelta e ignorar aquellas noticias estaba prohibido. Todos escucharon cuanto se les estaba siendo explicado. Después, silencio. En esos días, había corrido el rumor en todo el campamento.
- Nos van a matar todos, cualquier día nos mataran a todos.
Pietro era uno de esos mutantes que se negaba , a pesar de todo, a creer que realmente hubiera gente ahí fuera que se dedicara a matarles simplemente porque eran distintos. Sin embargo esa noche, estaba sudando hielo. Tenía los brazos abiertos, con las manos agarrando la alambrada: como él estaba temblando, la alambrada estaba temblando. Tiemblo de frío, se dijo así mismo, y se lo repitió ; y no se lo creyó. Y tuvo vergüenza de su miedo. Se sintió abochornado por aquel espectáculo, ¿qué pensaría su padre?, ¿qué pensaría Wanda? Wanda, que estaba tan asustada como él por las noticias recibidas. Y soltó las manos. Pero la alambrada siguió temblando. Sacudida por todos los demás, la alambrada siguió temblando y entonces Pietro entendió. Entendió que realmente aquellas noticias aterraban a todos.
En el instante que Pietro dejó sus manos libres, Wanda, su hermana, se abalanzó contra su cuerpo y lo abrazó con fuerza, con mucha fuerza, con una fuerza que era protectora. Porque ella sentía eso mismo, que debía proteger a su hermano.
- Lo siento … - susurró Wanda en el oído del peliblanco, que tenía el rostro casi tan pálido como su propio pelo, como si hubiera visto un fantasma. Los huesos helados, el sudor frío recorriendo su frente, su espalda, y cada surco de su piel. Lo sentía por el miedo que recorría a su hermano, lo sentía porque había dejado a su hermano escuchar la cruel noticia de que habían encornado a Nancy muerta, de que el fénix ya no volvería a renacer. Sintió que Pietro tuviera que aceptar aquello, porque seguramente, si ella estaba muerta, lo estaría Carlisle. Porque si realmente de nuevo el fénix había poseído a Nancy, no solo ella habría muerto, también muchos otros, los que intentaron detenerla. Ellos también habrían muerto.
Pero aquello no le servía de nada. No en esos momentos. Si días atrás hubiera sabido que ella estaba en Edimburgo, la habría salvado, la habría recuperado, y de la mujer haberse negado, por lo menos habría salvado a su hijo. Pero no, él nunca supo que en aquellos días se habían encontrado cruelmente lejos y a la misma vez, demasiado cerca. Ni siquiera nunca le había podido decir adiós, porque no había tenido oportunidad, porque todo cuanto le quedaba de ella era aquella carta que catorce años atrás le había dejado.
Aquellas palabras , aquella historia, había helado a Carlisle por completo. Recordaba ese día, recordaba como había visto morir a su madre, recordaba como le habían arrebatado la vida y como tuvo que huir lejos, ahora, sabiendo que podría haber tenido todos estos años un padre. Carlisle había vagado y sobrevivido solo hasta que el anciano de Hyuga lo había encontrado y lo había entrenado.
— Tan solo con haber sabido días antes que estabais allí… ahora todo sería distinto. Te habría buscado, habrías venido conmigo… y habríamos sido una..
— ¿Una familia? — Replicó Carlisle, casi perdido en su propia mente, en sus propios recuerdos —Nunca he sabido lo era… mamá y yo apenas teníamos tiempo de serlo. Y luego me la quitaron, me arrebataron a lo único que tenía y eso jamás se lo perdonaré… ellos nunca serán de los nuestros, y nosotros nunca seremos iguales que ellos, no mientras quieran seguir acabando con nosotros.
Pietro suspiro, había escuchado antes esas palabras, por lo que, por puro instinto, negó con la cabeza lentamente, sobándose las sienes.
— Hablas como tu abuelo, Karli… deberías de conocerlo. No sabes cuanto le alegrará ver que alguien de su familia comparte sus crueles ideas de exterminio.
El menor negó con la cabeza, todavía apoyado en su moto. No eran ideales de exterminio, era la verdad. Era venganza, era una lucha por la supervivencia porque la aceptación estaba demasiado lejos del alcance, al menos para él. Para él que se consideraba una bestia rodeada de humanos, alguien demasiado poderoso como para conformarse con vivir rodeado de homo sapiens. Durante años, Hyuga había mantenido latente aquel odio hacia la humanidad que Carlisle desprendía, pero la muerte de aquel anciano, había sido todo cuanto necesitó para mostrarse como realmente era.
— ¿Crees que alguien querría ver esto todos sus días? — Cuando Carlisle volvió a mirar a los ojos a su padre, este se había quitado las lentillas y lucía sus verdaderos ojos, totalmente blanco, iris y pupila incluidos. — No es exterminio, es supervivencia. Solo los mejores se adaptan y sobreviven, y esos son los que mejores capacidades tienen… y ellos no son mejores.
— Es tu rabia lo que habla, Carlisle. Para ser aceptados no hacen falta muertes inocentes, no necesitamos ser bestias salvajes… — Pietro detuvo ambas manos en los hombros de su hijo mayor y lo miró a los ojos — ¿Olvidas que yo siempre te he querido hasta creyendo que ya no estabas en este mundo? eres mi hijo, y un padre quiere siempre a su hijo. Carlisle, ven conmigo, ven conmigo y nunca jamás estarás solo. No tendrás que volver a preocuparte de nada… no volverás a estar solo. Déjame ser el padre que no he sido todos estos años.
Y extrañamente aquellas palabras llenaron el pecho de Carlisle de calor. Del mismo calor que había sentido cuando conoció a Andrea. Su pecho se hinchó de tanto aire que había tomado, y sus ojos se humedecieron y dejaron salir saladas lágrimas que fueron a parar a sus labios. Oh, casi había olvidado lo que era llorar por ese motivo, de felicidad, o de algo parecido a estar feliz.
— ¿Y qué hay de Andrea? ella también es una Maximoff, es mi sangre, y he sentido el llamado de la sangre , lo sentí cuando la conocí… es mi hermana.
— Ella… ella tiene una familia que le ha dado lo que yo no puede, ella es feliz… — Pietro habló con pesar, bajando la mirada, pero sin apartar las manos de los hombros de su hijo. — Claro que es tu hermana, Carlisle. Sois familia, que a ella la adoptara el Dr. Banner no implica que no podáis ser dos hermanos, pero necesitará tiempo. Los tres lo necesitamos. Deja que se acostumbre… todavía no le resulta agradable verme.
Entonces, en ese momento ocurrió. Carlisle se marchó con Pietro, con su padre. Nunca volvió a estar solo y conoció el significado de la palabra "familia". Sin embargo, sus fueres ideales fueron fomentados justo en el momento en el que conoció a Erik, su abuelo. Justo en ese momento, supo que su camino estaba junto a él, porque él también era su familia.
Porque los ideales no sangran, no sienten, no sufren. Los ideales nos condenan fuertemente, tanto que nos ciegan hasta el punto de perder el sentido y la razón. Tanto que, fueron aquellos ideales los que llevaron a Carlisle a convertirse realmente en una bestia entre humanos, solo que eso nunca nadie lo sabría, porque Pietro jamás permitiría aquello. Pietro jamás perdería a uno de sus hijos. No otra vez.
