OTRA OPORTUNIDAD

los personajes de candy candy son propiedad de Kioko Mizuky y Yumiko Igarashi.

Sin fines de lucro.

2010

Algunos conceptos e idea original fueron tomados de la novela titulada Dame esta Noche de Lisa Kleypass.Capítulo 2

«¡Oh, Dios mío, es él! —pensó Candy aterrada—. ¡Pero no puede ser, se supone que es un hombre mayor!»

—¿Te lo has pasado bien? —preguntó él con voz grave y, por lo visto, sin esperar una respuesta.

El miedo atenazó la garganta de Candy. Él siguió lanzándole su dura mirada a traves del retrovisor mientras un mechon de pelo castaño oscurecia parte de su rostro y ella se quedó helada al darse cuenta de que, efectivamente, se trataba de Terence Grandchester unas décadas atrás. Ella había visto aquellos mismos ojos en el rostro de un anciano de pelo gris y largo y de figura nervuda. Sin embargo, aquel hombre tenía el pelo moreno y largo, unas cejas oscuras como la noche y unos hombros anchos y corpulentos que ponían en tensión las costuras de su camisa de seda. Era joven, de facciones duras e iba bien afeitado.

«¡Asesino! »

—Creo que se encuentra mal —declaró Archie mientras se sentaba en el asiento trasero, al lado de Candy.

—Estupendo.

Terence encendió el automovil y el motor del mismo rugió poniendose en marcha con una sacudida. Candy se aferró al asiento mientras miraba a Terence con las pupilas dilatadas y apenas se dio cuenta de que salían de la ciudad. Se produjo un tenso silencio y el shock que sufría creció con cada rotación de las ruedas del automovil.

Las preguntas cruzaban su mente demasiado deprisa para que ella pudiera catalogarlas. contempló los campos por los que pasaban. Se trataba de una tierra joven, hermosa, llena de extensas praderas de vivo verde. Las casas que supuestamente tenían que ocupar aquellos campos habían desaparecido. Lakewood era un pequeño asentamiento en medio de kilómetros interminables de praderas que se extendían sin límites.

¿Dónde estaban los edificios, las calles, los automóviles, la gente? Candy estrechó con tensión sus temblorosas manos y se preguntó qué le estaba sucediendo. De repente, Archie la cogió de la mano. Ella se sobresaltó, pero relajó su mano en la de él y sintió que él se la apretaba con calidez.

Levantó la mirada y se encontró con los ojos vivos y marrones de Archie, que eran del mismo color que los de Rosemary. Había afecto en su mirada, como si ella fuera su familiar de verdad. ¿Cómo podía mirarla de aquella forma? Si ni siquiera la conocía.

—Cabeza de chorlito —susurró Archie, y sonrió antes de darle un beso en el dorso de la mano .- me preocupaste gatita.

Ella ni siquiera parpadeó y continuó mirándolo con fijeza. Terence debió de oír a Archie, porque se volvió y miró a Candy de una forma que envió un escalofrío por su espalda.

—Ya sé que no te importa, pero tenía planeado estar de regreso en la mansion de Lakewood hace ya mucho rato.

La voz de Terence sonó tensa y exasperada.

—Lo siento —susurró Candy con la boca seca.

—Creo que buscarte durante dos horas me da derecho a saber que demonios estabas haciendo.

—Yo..., no lo sé.

—No lo sabes —repitió él, y explotó—: ¡Claro que no lo sabes! ¡No sé cómo he podido creer que lo sabías!

—Terence, no se encuentra bien —protestó Archie sin soltar la mano de Candy.

Su presencia constituía un gran alivio para ella .

—No te preocupes —le dijo Candy a Archie esforzándose por mantener la voz firme—. Su opinión no me importa.

—¡Típico! —soltó Terence mientras volvía su atención al camino—. No te importa la opinión de nadie. De hecho, podría enumerar con los dedos de una mano las cosas que te importan: los bailes, los vestidos, los hombres... A mí me da igual, porque lo que decidas hacer con tu tiempo no tiene ninguna importancia para mí. Pero cuando interfieres en el funcionamiento del consorcio Andrew, infringes mis horarios y nos haces ir retrasados a todos los demás, me parece intolerable. ¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar que tus armarios llenos de ropa y todas tus extravagancias dependen de la cantidad de trabajo que se realiza en el consorcio?

—Terence —intervino Archie—, no ofendas a Candy, comportate como un caballero si es que lo eres.. granuja...

—yo me puedo defender sola Archie —lo interrumpió Candy mientras el terror que sentía disminuía. Tanto si estaba viviendo un sueño como si no, Terence Grandchester sólo era un hombre, un hombre malvado y cobarde que había asesinado brutalmente a su tio . Candy le lanzó una mirada cargada de odio—. Y también entiendo que no tienes ningún derecho a sermonearme acerca de nada. No después de lo que has hecho.

—¿De qué estás hablando?

La penetrante mirada de Terence la hizo callar de inmediato. Su valiente acusación se desvaneció en el aire y Candy, intimidada, guardó silencio durante varios minutos.

Cuando se acercaban al límite de las tierras de los Andrew, uno de los vigilantes del perímetro se acercó cabalgando hasta ellos y Terence intercambió con él un saludo con la cabeza. A pesar del bigote, el jinete parecía tener sólo unos cuantos años más que Terence.

—¿Cómo va todo? —preguntó Terence mientras lanzaba al muchacho una mirada inquisitiva.

todo va bien Señor .

El automovil avanzó a lo largo de un riachuelo y recorrieron varios kilómetros antes de que ningún edificio apareciera a la vista. El edificio principal era una casa de tres pisos que dominaba el entorno , la mansion Andrew se abria paso entre el paisaje majestuosa, intimidante, pero sobre todo exhuberantemente poderosa. Se trataba de una construcción elegante de piedra y cristal, en su interior con pesadas cortinas de damasco y fina seda francesa. Un portal de rosas de diferentes colores daba la bienvenida a sus visitante , a la izquierda, un número considerable de cobertizos y otras construcciones. La mansion constituía en sí misma un pueblo pequeño. El escenario estaba poblado de trabajadores y caballos . El sonido, poco melodioso, de los canturreos de los peones y el ruido de los hachazos en la madera se mezclaba con los cascos de los caballos .

El auto se detuvo frente al edificio principal y Candy permaneció inmóvil y atónita. ¿Y ahora qué? ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Archie bajó, dio la vuelta al vehiculo para ayudarla descender.

—Vamos, —la apremió mientras le sonreía para darle ánimos—. Ya sabes que la tia Elroy no estará enfadada mucho tiempo, Contigo no. Date prisa, Annie debe estar preocupada por nuestra tardanza y tengo cosas que hacer.

—Quédate conmigo —pidió ella nada más bajar y mientras se agarraba al brazo de Archie.

El único rostro amigable que había visto hasta entonces era el de él y prefería tenerlo cerca a quedarse sola, pero Archie apartó el brazo y se dirigió a un grupo de empleados.

—Terry te acompañará adentro —declaró mientras volvía la cabeza hacia ella— De todas formas, creo que es exactamente lo que pensaba hacer.

—Sin lugar a dudas —declaró la voz áspera de Terence detrás de Candy y antes de que ella pudiera escapar, una mano de acero la cogió por el brazo—. Vamos a hablar con tu padre, señorita Candice.

Al sentir el contacto de su mano, se estremeció. La encontraba repulsiva, pero él la empujó con facilidad escaleras arriba y a través del porche. Candy percibió su considerable fuerza mientras él ignoraba sus intentos por soltarse. Terence abrió la puerta principal sin llamar y, antes de hacer entrar a Candy en una habitación que debía de ser la biblioteca, ella vislumbró unas paredes de madera de nogal y unas alfombras mullidas. En la habitación se percibía una mezcla de olores masculinos: olor a cuero y a whisky, a madera y a puro.

—¿Albert? —preguntó Terence. El hombre que había en la biblioteca se volvió hacia ellos y Terry soltó el brazo de Candy—. Supuse que estarías aquí.

—Llegas tarde —contestó Albert Andrew.

Era un hombre muy atractivo con el pelo rubio y unos ojos tan azules como el cielo, cálidos y amigables, de una contextura fisica envidiable, alto y fornido, william Albert Andrew era un hombre de aspecto saludable y cuidado. Algunos hombres sobrellevaban la autoridad con desenvoltura, como si no notaran el peso del mando en sus hombros y Albert era uno de esos hombres. Él había nacido para dirigir a otros hombres. Miró a Candy con cariño y sus ojos brillaron.

—Diría que mi pequeña ha estado haciendo perder el tiempo a alguien otra vez.

Candy sintió un doloroso latido en el pecho mientras lo miraba.

«Éste es mi tio , y él cree que yo soy su hija adoptiva. Todos creen que soy Candice Andrew.»

Candy no oyó ni una palabra de la conversación que mantuvieron los dos hombres, sólo se quedó de pie y en silencio, agotada debido a la tensión emocional y harta de aquella pesadilla. Lo único que quería era que aquello terminara. Entonces se dio cuenta de que Albert le estaba hablando.

—Candy —declaró él con severidad, pero un deje de dulsura en su voz —, esta vez has ido demasiado lejos. Esto es grave, cariño, y ya va siendo hora de que te expliques. Archie y Terry creían que te había pasado algo. ¿Qué estabas haciendo para retrasarte tanto?

Ella lo contempló sin abrir la boca y sacudió la cabeza. ¿Debía inventarse una excusa y seguirles el juego?

Una voz nueva, una voz femenina, intervino en la conversación.

—¿Qué ocurre, William?

Candy se dio la vuelta y vio que una mujer mayor y de edad próxima a los setenta u ochenta años estaba junto a la puerta. Candy había visto fotografías de ella con anterioridad y supo que se trataba de Elroy, la tia abuela, la matriarca Andrew. Tenía los ojos marrones, el rostro ovalado y unas facciones duras. Su pelo era gris y liso y lo llevaba recogido sobre la nuca, en un moño intrincado.

La mujer deslizó un brazo por los hombros de Candy, quien percibió la dulce fragancia a vainilla que despedía, así como el olor a almidón fresco de su ropa de lino. El vuelo de sus amplias faldas rozó el vestido de Candy cuando apretó, con cariño, sus hombros.

—¿Por qué está todo el mundo tan terriblemente serio? —preguntó Elroy.

Albert sonrió a la tia abuela

La expresión de Terry no cambió.

—Esperamos que Candy nos explique por qué ha llegado dos horas tarde —respondió Albert mucho más relajado que antes. Nos está costando mucho tiempo y preocupaciones, y tiene que aprender que hay un tiempo para la diversión y otro para el trabajo. Ahora quiero saber qué estaba haciendo mientras Terry y Archie la buscaban.

Tres pares de ojos se posaron en el rostro de Candy.

Ella oyó el tictac de un reloj cercano en el silencio de la habitación y se sintió como un animal acorralado.

—No lo sé —respondió con voz temblorosa—. No puedo contarlo porque no lo sé. Lo último que recuerdo es que estaba con Rosemary. —Intentó continuar, pero su voz se quebró. Aquella situación era excesiva y ella estaba demasiado cansada para afrontarla durante más tiempo..

La tensión de su interior se desató y Candy se tapó los ojos con las manos y rompió a llorar.

De una forma vaga, fue consciente de que Terence salía, enojado, de la habitación y de que Albert le prometía, llevarla de paseo a fin de que dejara de llorar. Pero, por encima de todo, fue consciente de las tranquilizadoras caricias de sus manos.

—Lo siento —se disculpó Candy con voz ahogada mientras se secaba la nariz con el volante de encaje de la manga y cogía el pañuelo que le tendían—. Lo siento. No sé lo que ha ocurrido. ¿Qué he hecho? ¿Entienden algo de lo que ha ocurrido?

—Está alterada. Necesita descansar —declaró Elroy, y Candy se aferró con gratitud a su ofrecimiento.

—Sí, necesito estar sola. No puedo pensar...

—Todo está bien. Ven arriba conmigo.

Candy accedió a su amable propuesta y la siguió en dirección a la puerta con la cabeza baja. Por el camino, vio un calendario encima de un pequeño escritorio.

—¡Espera! —exclamó con voz entrecortada cuando vio los números negros impresos en el papel de color marfil—. Espera.

Tenía miedo de mirar, pero tenía que hacerlo. Aunque estuviera en un sueño, tenía que averiguarlo. El año. ¿En qué año estaban?

Elroy se detuvo junto a la puerta y Albert lo hizo detrás de Candy, ambos totalmente confundidos por su extraño comportamiento. Candy se acercó al escritorio con premura , arrancó la primera hoja del calendario y la sostuvo en sus manos, las cuales temblaban con tanta intensidad que apenas podía leer la fecha.

!!!1925!!!!!

Durante unos instantes, la habitación dio vueltas a su alrededor.

—¿Es correcta la fecha? —preguntó con voz ronca mientras tendía la hoja a Albert.

Albert cogió la hoja y leyó la fecha con mucho interés, con lo que pretendía hacer reír a Candy, pero ésta sólo esperó con las manos firmemente apretadas.

—No, no es correcta, cariño —declaró Albert por fin—. Es de hace dos días. —Albert se acercó al calendario, arrancó otra hoja, la arrugó junto a la primera y las dejó caer en una papelera que había cerca del escritorio—. Ya está, volvemos a estar al día —declaró satisfecho.

—Mil novecientos veinticinco...

Candy respiró hondo. «Cincuenta años atrás. Es imposible. No puedo haber retrocedido cincuenta años.»

—Laúltima vez que lo comprobé estábamos en ese año —declaró Albert en tono alegre—. Vamos arriba, Candy. No tienes ni idea de lo cansada que te ves. Nunca te había visto así.

1925. ¡Oh, sí, aquello era un sueño! No podía ser otra cosa. Candy siguió a Elroy en silencio hasta un dormitorio. Tenía unas cortinas de encaje y las paredes estaban forradas con un papel de flores muy recargado. También había una cama con una estructura metálica, un edredón bordado yunos almohadones mullidos. La cama estaba situada entre dos ventanas. En la cómoda había un jarrón de cristal con un ramo de rosas blancas y desde un balcon se podía observar el hermoso jardin de rosas.

—Duerme un poco, —declaró Elroy mientras la empujaba con suavidad hacia la cama—. Estás cansada, eso es todo. Puedes dormir durante un par de horas. Enviaré a Rosemary para que te despierte.

El pulso de Candy se aceleró. ¿Rosemary estaba allí? No podía ser verdad.

—Me gustaría verla ahora mismo.

—Primero descansa.

Debido a la insistencia de Elroy, Candy no pudo hacer otra cosa más que quitarse los zapatos y tumbarse en la cama. Su cabeza se hundió en la suavidad de una almohada y, tras volver la cara hacia ella, Candy exhaló un suspiro de alivio y cerró sus ardientes ojos.

—Gracias —murmuró—. Muchas gracias.

—¿Te encuentras mejor?

—Sí, sí, me encuentro mejor. Sólo quiero dormir y no despertarme nunca más.

—Hablaré con William. Si lo que ha ocurrido esta tarde te altera tanto, no volveremos a hablar de esta cuestión. Él nunca haría nada que te hiciera llorar, ya lo sabes. Al contrario, te conseguiría el sol y la luna si los quisieras, siempre te ha dicho que eres mas linda cuando ries que cuando lloras.

—Yo no quiero el sol y la luna —susurró Candy, quien apenas era consciente de la mano que le acariciaba el pelo con dulzura—. Quiero regresar a donde pertenezco.

—Estás donde perteneces, cariño. No lo dudes.

* * *

—¿Candice? Tía Candice, es hora de levantarse —irrumpió una voz en su profundo sueño.

Candy se despertó sobresaltada, se incorporó en la cama y dio una ojeada a la habitación. Las paredes habían adquirido un tono melocotón gracias a los rayos del sol poniente que entraban por las ventanas.

—¿Quién es? —preguntó con voz somnolienta mientras se apartaba el pelo de la cara.

Se oyó la risita de una niña.

—Soy yo, la tia-abuela me ha dicho que te despierte.

Candy parpadeó para aclarar su visión. Una niña delgaducha, de ojos marrones y largas trenzas de pelo oscuro se acercó a la cama.

—Rosemary —declaró Candy con voz ronca—, ¿eres tú?

Se oyó otra risita de niña.

—Claro que soy yo.

—Ven, acércate.

La niña se sentó en la cama, junto a Candy, quien le acarició una de las trenzas con una mano temblorosa. El corazón le dolía y sus labios se curvaron en una sonrisa vacilante. «¡Santo cielo, es ella! ¡Rosemary!» Nunca se había sentido tan atónita en su vida. La mujer que la había criado, educado, alimentado y vestido y se había hecho cargo de sus gastos estaba delante de ella. Pero era una niña. Candy percibió a la Rosemary que conocía en aquellas facciones infantiles e identificó su voz.

—Sí, eres tú. Lo veo. ¿Cuántos años tienes?

—Tengo siete años. El mes pasado fue mi cumpleaños. ¿No te acuerdas?

—No, no me acuerdo —contestó Candy con voz entrecortada.

—Por qué lloras, tía Candice?

«Por ti. Por mí. Porque estás aquí y, aun así, te he perdido.»

—Porque te quiero mu-mucho.

Cedió a la poderosa necesidad que la embargaba, rodeó a la niña con los brazos y la apretó contra ella. Pero esto no la hizo sentirse mejor. Con timidez e incomodidad, Rosemary aguantó el abrazo sólo unos segundos y después intentó separarse. Candy enseguida la soltó y se enjugó los ojos.

—Para cenar hay tarta de fresa de postre —declaró Rosemary con entusiasmo.— Tienes el vestido sucio. ¿Te cambiarás, llamo a Dorothy?

Candy negó lentamente con la cabeza mientras se preguntaba cuándo terminaría todo aquello, !!! y quien demonios era Dorothy!!!!.

—¿Tampoco te vas a peinar?

—Su-supongo que debería peinarme. —Candy se sentó en el borde de la cama y se puso los zapatos. En la cómoda de madera pintada había un cepillo con lomo de marfil y grabados en plata. se quitó las orquillas de la maraña que formaba su pelo y se lo cepilló. Mientras se miraba al espejo, se dio cuenta de que tenía el mismo rostro de siempre, el mismo pelo y los mismos ojos—. Rosemary, ¿te parezco la misma de siempre? ¿Ves en mí algo distinto? Sea lo que sea —preguntó con desesperación mientras se volvía para contemplar a la niña.

Rosemary pareció confundida por su pregunta.

—No, no tienes nada distinto. ¿Quieres que algo sea diferente?

—No estoy segura. —Candy volvió a mirarse en el espejo y se cepilló el pelo hasta que quedó brillante y desenredado.

No sabía realizar aquellos peinados tan intrincados que llevaban las mujeres , de modo que sujetó hacia atrás los mechones frontales de su cabello con unos alfileres y dejó que el resto del pelo le cayera por la espalda. Después dejó el cepillo sobre la cómoda y enderezó la espalda.

—Ya estoy lista.

—¿Bajarás así?

—Sí. ¿Hay algo malo en mi aspecto?

—Supongo que no.

Mientras bajaban las escaleras, Candy se dio cuenta de que la casa era muy bonita. Los muebles eran de madera pulida y muy elegantes. Había embellecedores bordados en los sillones y los sofás. Las cortinas estaban confeccionadas con una tela cara de damasco en tonos chocolate y rojizo y las alfombras eran muy mullidas. Unos apetitosos olores a comida y a té flotaban en el aire. La joven recordó que hacía mucho tiempo que no comía y se le despertó el apetito.

—Tengo tanta hambre que me voy a poner morada —declaró mientras su estómago empezaba a gruñir con intensidad.

Rosemary arrugó la frente.

—¿Que te vas a poner cómo?

—Morada —repitió Candy. Como la niña seguía confusa, Candy se dio cuenta de que aquella expresión no le resultaba familiar—. Que voy a comer mucho.

Las arrugas de la frente de Rosemary desaparecieron.

Conforme se acercaban al comedor, oyeron el sonido de unas voces y el repiqueteo de platos y cubiertos. Cuando llegaron a la puerta, los sonidos se acallaron. Todos miraron a Candy. Incluso Archie se detuvo a medio bocado. El comedor estaba lleno de gente y la mayoría parecían miembros de la familia.

Un par de ojos verde-azules y fríos atrajeron la atención de Candy. Terence Grandchester estaba sentado a la derecha de Albert y la miraba con un desdén mal disimulado. Su mirada abarcó todos los detalles de su aspecto, su cabello suelto, su rostro ruborizado, su imagen distendida y desarreglada, y una sonrisa cínica curvó sus labios. ¿Qué pasaba? ¿Por qué todo el mundo la miraba de aquella manera?

El silencio se hizo más profundo y Candy se dirigió a trompicones a la silla vacía más cercana.

—¿No quieres sentarte donde te sientas siempre, cariño? —preguntó Albert con voz dulce, señalando la silla junto a la tia Elroy

Candy se detuvo, se encaminó al otro lado de la mesa y se dejó caer con alivio en la silla que había junto a la tia abuela. Su apetito se había desvanecido.

—Annie, como sigue tu embarazo — Candy observó a la una mujer en cuestion , cabello negro como la noche y ojos azules, muy guapa en realidad , estaba sentada frente a ella.

Annie... Así se llamaba la madre de Rosemary. ¿Esto significaba que aquella mujer era su hermana, del Hogar de Pony, Dios Annie Britter? Como estaba representando el papel de Candice Andrew, era probable que así fuera.

«Si alguna vez esto tiene sentido para mí, entonces querrá decir que me he vuelto loca de verdad.»

—Según he oído, hoy has tenido un día muy ajetreado —declaró Annie mientras miraba a Candy con una sonrisa burlona—. También he oído que no has querido contar qué has estado haciendo durante media tarde. ¿Desde cuándo tienes secretos para nosotros? A no ser por los habituales comentarios acerca de tus hazañas, trepar arboles, enlazar caballos y terneros, sino fuera por eso las conversaciones de las cenas serían tan aburridas como un paseo de domingo.

—Ha sido un día bastante intenso —declaró Candy con precaución.

Sus ojos se clavaron en el rostro de Terence Grandchester, quien sonrió con sarcasmo mientras cogía un trozo de pan y lo partía por la mitad. Sus movimientos eran refinados pero sin perder esa masculinidad que lo caracterizaba.

Todos se centraron de nuevo en la comida y la tensión que sentía Candy se desvaneció un poco. Cuando le tendieron un plato lleno con pechugas de pollo a la crema, rellenas de prochuto, patatas humeantes al horno y judías verdes con mantequilla, su apetito se despertó con ímpetu renovado. Resultaba difícil comer despacio con tanta hambre como sentía, pero no quería atraer más la atención de los demás sobre sí misma. Cuando la conversación se reanudó, Elroy se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

—Cuando decidiste cambiar tu estilo de peinado, Candy. Me gusta que lo lleves recogido , mañana por la noche quiero que lo lleves recogido como siempre.

Candy la miró con los ojos abiertos de par en par. ¿Era ésta la razón de que todos la hubieran mirado como si hubiera entrado en el comedor con el vestido desabotonado y los pechos al aire? ¿Sólo porque llevaba el pelo suelto?

—¿Por esto me miraban todos de esa manera? —susurró Candy a la tia abuela.

Elroy le lanzó una mirada enojada y reprobatoria.

—Ya conoces la respuesta a esta pregunta y por Dios donde dejaste los modales , estas comiendo como un peon cualquiera.

De modo que ésta era la razón de que Terence la hubiera mirado con tanto desdén y burla en su rostro, aunque no podía negar que percibió un deje de sorpresa en sus ojos, creía que ella intentaba atraer la atención de los demás hacia sí misma. Un nudo de vergüenza y resentimiento le apretó el corazón. Candy mantuvo los ojos fijos en el plato durante la mayor parte de la cena y sólo levantó la vista para lanzar breves miradas al resto de los comensales. Archie se mostraba más silencioso con el resto de la familia que con Candy. En cambio Albert tenia una conversacion agil, sencilla; sin complicaciones y se mostraba muy atento con Terence. ¿Qué posición mantenía Candice White Andrew en aquel entorno? Candy guardó silencio y observó, escuchó y reflexionó.

Terence Grandchester se mostraba indiferente a sus miradas, de modo que ella pudo estudiarlo sin que él se diera cuenta. No era tan guapo en el sentido que Rosemary le había inducido a pensar. Guapos eran Sean Connery o Paul Newman, con sus rostros bien rasurados y su elegancia aristocrática; hombres que parecían los príncipes de un cuento. Aunque Terence tenia cierto cinismo en su cara no podía negar que poseia esa elegancia aristocrática y su tez estaba bronceada y parecia un héroe de cuento de hadas. La mitad inferior de su cara estaba oscurecida por la sombra de su barba , su pelo cayendo desenfadadamente por su frente, le daba ese estilo rebelde, tenía que admitir que era atractivo de una forma particular. Para empezar, estaban sus ojos verdiazules. También era hábil con las ironías y de una franqueza cortante. Y en un momento Candy se descubrió pensando en "Que se sentiría rozar los dedos por su menton"

Tenía la constitución musculosa de los hombres acostumbrados a pasar muchos días sobre la montura de un caballo, de los hombres expuestos a peligros físicos y a un trabajo agotador. Sin embargo, resultaba obvio que tenía estudios, conocia de poesia, Shakespeare. Entonces, ¿por qué trabajaba como asistente de una magnate ? ¿De dónde procedía Terence y qué lo había decidido a instalarse allí? Debía de estar ocultándose de alguien o de algo, Candy apostaría una fortuna en este sentido.

Mientras Albert Andrew hablaba largo y tendido acerca de la naturaleza y animales, todas las cabezas estaban vueltas hacia él, pero Candy observaba el perfil de Terence. Por primera vez, empezó a comprender la situación en la que se encontraba y empalideció. Albert estaba vivo. Terence Grandchester todavía no lo había asesinado. Y ella era la única persona que sabía lo que iba a ocurrir.

Notas de la autora:

Hola gracias por los revews

Cuidense mucho

Candida Grandchester