Alerta: Hay un salto temporal con respecto al otro capítulo.
Venticinco
Capítulo Segundo
—Takeru —me llamaste ese día, tu voz parecía ronronear y yo te miré como imbécil. Tu cabello estaba más castaño que de costumbre y tu sonrisa iluminada todo el departamento a pesar de ese intenso olor a solvente y a pintura fresca. En tu ropa llevabas salpicaduras de azul cielo. La brocha goteaba y yo era feliz. En tu cara cruzó un sentimiento de culpa, pero fue solo un instante. No me preocupé, dijiste que no lo hiciera—. Nada, estaba desvariando.
Y seguiste sonriendo, pintando la habitación como si quisieras usarla para despegar los pies de la tierra.
—Takeru —me llamaste a la semana de que se haya secado la pintura. El sentimiento de culpa se mantenía en tu rostro como si fuese parte de él. Como una arruga—. Conocí a alguien.
Desde entonces sentía que mi corazón me había abandonado como tú lo hiciste esa noche. Los días pasaron y yo me mantuve en esa habitación, encorvado, pensando, analizando. No sentía nada más que el dolor de cabeza por no haber dormido en días. Mis ojos tenían bolsas negras, mi barba llevaba días sin afeitarse y no me había bañado.
—Takeru, ¿recuerdas el concepto de ir a trabajar? —me dijo mi jefe del periódico. No quería ir, por lo que le corté apenas terminó su frase. No podía dejar la habitación que había pintado Hikari, era lo único que había dejado atrás.
Un día, tomé el bolígrafo de punta fina que utilizaba para escribir mientras estaba en la calle, reporteando. No quería trabajar ni pensar más en el asunto de Hikari, solo lo necesitaba para ver si mi corazón realmente existía... Lo tomé con un puño y me lo enterré en la palma de la otra mano, sí, seguía latiendo. La sangre brotó pausadamente desde un punto, esperaba cada palpitar para seguir saliendo. Entonces, ¿por qué me sentía tan vacío?
Le había dado todo, un departamento, un trabajo de medio tiempo como fotógrafa en el diario. Mi corazón y mi vida como el imbécil que era. ¡Nada le había faltado!
Al día siguiente tocaron la puerta, no quise abrir. Debía ser la señora del 25, para hacerme notar que no había oído movimiento en muchos días, ¿o tal vez fue solo ayer que ella me dejó? Se sentía tan intenso el vacío que no conocía el tiempo. Y luego pensé, ¿y si Hikari se había arrepentido y había vuelto?
—¡Hikari! —le dije con un grito, ya que lo primero que había visto era el castaño de sus hebras de cabello. Pero su sonrisa no estaba y su cabello era más largo.
—Mimi —me corrigió tímida. Quise cerrarle la puerta en la cara y seguir en mi espera tortuosa. Hikari llegaría, sí, sí, sino me moriría—. Supe que Hikari se fue —resolvió luego de ver que no iría a hablar más.
—¿La viste?
—Sí —me dijo casi con un murmullo. La esperanza volvió a mí y la tomé por los hombros firmemente, sonriendo. Pero Mimi no sonreía, me miraba a los ojos con la misma culpa que tuvo Hikari al dejarme, sabía algo. Ella era muy pura como para ocultar secretos—. La vi con alguien más…
—¿Quién es ese imbécil? —quise gritarle, como si fuese la culpable.
—Es una… ella —y mi corazón volvió a latir solo para detenerse otra vez. ¿Ella? ¿Me cambió por otra mujer? Cómo podía competir con eso, sin duda le había dado todo, pero a mí me sobraba algo entre las piernas. Quise llorar, pero las lágrimas no salían, por lo que me puse a gritar mientras quería arrancarme cada hebra de cabello de la cabeza.
No sé que habría pensado Mimi en ese momento. Ella tenía todo ya que tenía un marido exitoso que le cumplía cada capricho que se le ocurriera, pero se puso a llorar conmigo. Ella lloraba y yo gritaba.
—¡Soy un imbécil!
—No, claro que no —me decía ella entre lagrimones. Se acurrucó entre mis brazos y plantó sus manos en cada mejilla—. Eres más de lo que cualquiera podría desear. Ella se lo perdió.
Sus ojos eran sinceros. Tenía el mismo vacío que traía en el pecho desde que Hikari se fue. Luego supe que Joe nunca la complacía y siempre estaba sola en el departamento de al lado, me lo dijo luego de que sonriera después de que usáramos la habitación color cielo para copular y sentir latir nueva y momentáneamente los latidos en los pechos.
—No le digas nada a Joe —me dijiste. Yo te amaba y ahora actuaba y hablaba como Hikari. Cuando se fue, tomé el bolígrafo de punta fina y lo observé atentamente. Me levanté y enfrenté la pared color cielo y empuñé el bolígrafo en alto.
Escribí: «Todas las mujeres son iguales» y me pareció que estaba generalizando. Sora hacía muy feliz a mi hermano. Luego de varios minutos pensando, lo corregí «Todas las mujeres de cabello castaño son iguales»
Sí, te dije que lo haría el finde pero desperté tarde y decidí quedarme a estudiar. Entremedio me dio una sensación xD pero ¡otra vez! Me rindió en todo n_n
Espero que lo hayas disfrutado, besitoooos.
