Me gustaría comentaros varias cosas:
- Esta historia es una manera de reflejar lo que ocurre cuando coges a seis adolescentes con problemas de distintos tipos y los juntas en un mismo grupo de amigos.
Sería, quizás, bonito en cierto sentido que cuando leáis podáis sentiros identificados con alguno de ellos aunque no sea de una manera tan extrema o solo un poco, porque creo que ese sí es un motivo para leer una historia: cuando a medida que lees te provoca sentimientos.
- Gracias a todos aquellos que dejáis reviews, especialmente a los que no tenéis cuenta en fanfiction y no puedo devolveros las gracias a través de un mensaje privado. Estas dos líneas son para vosotros :)
- Por último, me he sentido "bajo presión" por lo alto que habéis apostado por mi o por la historia en los reviews, así que estoy muy indecisa en lo que a este capitulo se refiere. Espero de todo corazón que no os defraude. Nos leemos, gracias (otra vez) por los estupendos reviews y el apoyo.
EDWARD
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7:35h. El sonido de la alarma del móvil me hizo dar un par de vueltas en la cama deseando que ese odioso ruido parase solo. Como si tuviera poderes mentales, el móvil dejó de sonar. Cuando estaba empezando a pensar si podía considerarse una profesión parar alarmas sin usar las manos, la incesante música volvió a inundar mi habitación.
—Gran idiota jodedor de mañanas… —Lo entendí todo al coger el dichoso aparatito y ver la hora. No era mi despertador lo que sonaba. Descolgué el teléfono mientras mis ojos se acostumbraban a la luz que entraba por la ventana—. Emmett ¿Los osos no hibernáis en esta época?
—Já, já, muy gracioso —dijo con sarcasmo—. Deberías estar despierto; primer día de instituto, ¿No te suena eso a nada? —Su voz sonó como la de un niño emocionado por enseñarte un juguete nuevo. Si no fuesen esas horas de la mañana y no me hubiese despertado de mala ostia, posiblemente le reiría la gracia.
—No sé, dame un segundo. Mmm…
Mientras simulaba pensar me dediqué a buscar una de las bolsas de pastillas que normalmente tenía repartidas por la habitación. Tardé tanto en encontrarla que no me di cuenta de que seguía con el teléfono en la oreja hasta que Emmett suspiró y gritó con demasiada fuerza.
—¡TITIS NUEVAS! Eddie por favor ¿Puedes dejar de buscar pastillas —estúpidos siete años de amistad— y prestarme un poco más de atención?
—No. me. llames. Eddie.
—Sí, vale, lo que tú digas. Pero, ¿qué plan tienes?
Era inútil utilizar cualquier tono de amenaza al hablar con Emmett. Para él no existían los enfados ni el mal genio. Se limitaba a vivir feliz en su mundo particular rodeado de hipopótamos rosas (lo juro, tiene una obsesión extraña por los hipopótamos) y de flores silvestres.
—¿Quieres saber qué plan tengo? Está bien, voy a contártelo. Ahora mismo te colgaré sin esperar ninguna respuesta, me vestiré y me quejaré en voz alta de la mierda que es el colegio y luego, cuando te vea por cualquier pasillo, te pegaré una colleja por molestarme tan temprano. ¡Adiós Emmett!
Mientras pulsaba la tecla para cortar la llamada pude escucharle gritar varias cosas que no llegué a entender. Aunque tampoco es que me importasen.
Me vestí con una de las camisetas que había repartidas por el desordenado armario y los tejanos que había usado el día anterior. Después de peinarme con una sola mano y coger la mochila, inspiré hondo antes de dirigirme al lugar donde sabía que se encontraba el problema más grande de mi vida.
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El instituto no había cambiado en nada: las mismas paredes viejas, taquillas gastadas y las mismas caras largas propias de los alumnos el primer día después de unas largas vacaciones.
Entré en el aula de música. La conocía bastante bien después de pasar tantas clases allí pero, como siempre, no pude evitar una mueca de desagrado al verme inundado por tantos instrumentos. Caminé hasta la última fila y me senté al lado de Bella.
Unos tres años atrás, ocupé ese mismo sitio y lo fui manteniendo año tras año. Cuando me enteré de su afición por el piano supe que haría alguna clase relacionada con ello y, después de investigar silenciosamente, conseguí empezar a entablar una amistad con la chica que había llamado mi atención desde el primer día de instituto, en aquella misma aula. La música me parecía, en cierto modo, tan absurda... Era estúpido sentir íntima una canción que estaba al alcance de todo el mundo; por eso me gustaba escuchar a Bella tocar el piano.
Ella creaba sus propias melodías y las tocaba para si misma; sacaba con cada tecla un sentimiento único y dejaba a los que la escucharan en ese momento saber como se sentía aunque yo estaba seguro de que esa no era su intención. Ella quería tocar para desahogarse y no tenía en cuenta a la gente que la escuchase porque no necesitaba opiniones ni criticas. Era feliz simplemente convirtiendo su vida en música constante.
Sus palabras me pillaron desprevenido, sacándome de mi ensoñación.
—Hay cosas que no entiendo.
—Dispara —dije intentando contagiarle tranquilidad.
—Por ejemplo: insistes cada año en que odias la clase de música, pero sigues eligiéndola como asignatura optativa… —Levantó una ceja al hablar y yo sabía perfectamente el significado de ese gesto: duda abismal a la que no encuentra respuesta la mire por donde la mire.
—Digamos que prefiero pasar una hora entre "tocaflautas" en lugar de con empollones. Por dios Bella, Música o Mates avanzadas… no necesito mucho tiempo para decidirme, créeme —le contesté con la mayor tranquilidad posible.
Ese no era ni el sitio ni el momento para ponerme a explicar que llevaba tres años eligiendo esta asignatura porque sabia que ella también lo haría.
—¡No todos somos unos "tocaflautas"!
—Es cierto, lo siento. También hay "tocaviolines", "tocatambores" y cierta "tocapianos" por aquí.
Burlarme de ella era, sin duda, uno de mis pasatiempos favoritos. La manera en la que sus mejillas se ponían rojas en a penas dos segundos y el nerviosismo que sentía al no saber qué contestar me resultaba adorable. Más adorable de lo que debería, por mi propio bien.
—Tú tocas la pandereta… —dijo casi en un susurro.
—Dios mío, Bella Swan ¿Has intentado ofenderme? —me hice el afectado lo mejor que pude mirándola a los ojos acusatoriamente.
—¡No, no, no! Creo que es un instrumento muy digno —Abrió los ojos exageradamente mientras hablaba y empezó a gesticular violentamente con las manos explicando las ventajas de la pandereta y el fantástico instrumento que podía llegar a ser. Llegados a este punto no pude evitar reírme en su cara.
—Ay Bella, Bella, Bella…. —le di un par de golpecitos cariñosos en la cabeza y ella me miró como un cachorro abandonado. Cualquier excusa era buena para poder tocarla y no estaba dispuesto a desaprovecharlas—. Tienes demasiado miedo a la gente, deberías ser un poco más agresiva.
Mi cabeza estuvo a un palmo de impactar contra el pupitre cuando me pegó, con lo que creo que eran, todas sus fuerzas. Sin embargo me reí sobándome la nuca dolorida por el golpe.
—¿Así de agresiva? —se le notaba en la cara que el golpe le había dolido más a ella que a mi.
—Me refería a la agresividad verbal, pero nunca viene mal comprobar que sabes pegar una buena ostia si algún tío se pasa de la ralla contigo —Y ahí estaba otra vez el maldito tono rojizo en su cara. Me aclaré la garganta al acordarme de algo—. ¿Te llegó mi mensaje el sábado?
—Sí Edward, como siempre. Pero creo que ya sabes la respuesta. No vamos a tener ninguna "cita". Te aprecio demasiado como amigo para perderte por intentar ser algo más —Semana tras semana había soportado el mismo sermón, pero nunca dejaba de intentarlo. Algún día me diría que sí.
Estaba dispuesto a seguir insistiendo, pero la profesora Coppin me interrumpió al entrar en el aula con un sonoro golpe de tambor. Tendría que dejar mis argumentos para más tarde.
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El día pasó sin pena ni gloria. Emmett estaba más que feliz admirando el "catálogo" de chicas nuevas que entraban en nuestro instituto este año y no dejaba de parlotear alardeando de lo bien que lo haría en las pruebas para capitán del equipo de baseball este año y de todas las chicas que le pedirían una oportunidad después de ver sus dotes deportivos. El día que alguno de sus ligues le dijese que no quería solo sexo, su moral se vendría abajo; pero teniendo en cuenta su índice de popularidad resultaba difícil que pasase algo así.
Estábamos en el pasillo esperando a que Jasper terminara de ordenar su taquilla (es el primer día y ya quiere tenerlo todo milimétricamente colocado, penoso...), cuando Bella pasó por delante de nosotros, sin percatarse de que estábamos allí, y se dirigió rápido a la salida. Me despedí de mis amigos y corrí para alcanzarla antes de que se me escapara.
—¡Hey! Bella, antes no he podido terminar de explicar lo que quería decirte… —sus ojos marrones se mostraron impasibles cuando me interrumpió.
—Edward… No y mil veces no. Siempre será "no". Por favor, déjalo ya, no te tortures de esa forma. No saldré contigo ni ahora, ni mañana, ni el mes que viene. Somos polos opuestos.
—Los polos opuestos se atraen… —menuda idiotez de respuesta.
—No en este caso. Entre tú y yo hay un muro de cemento enorme… Yo estoy dedicada de lleno a la música y tu estas dedicado de lleno a todo lo que tenga que ver con alcohol, pastillas y sexo. No somos del mismo mundo… —No supe qué contestar. En realidad tenía razón; lo único que ella no sabía es que todo mi mundo había sido creado por su culpa, un remedio casero para superar sus constantes y dolorosas negaciones—. Tengo que irme. Hasta mañana, Edward.
La seguí con la mirada mientras bajaba las escaleras que conducían al parking del instituto y, después de varios minutos que a mi me parecieron horas, hice el mismo recorrido hasta coger mi coche y poner dirección a casa.
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Con dos vueltas de llave abrí la puerta de entrada y la cerré de un portazo. Subí las escaleras de camino a mi habitación sin molestarme en saludar; de todas formas no había nadie.
Como casi siempre mis padres estaban en un viaje. Cuando no era de negocios era de placer, y en realidad yo agradecía ese tiempo a solas en el que podía hacer lo que quisiera sin tener que esconderme.
Tiré la mochila en el suelo y la pateé mandándola a una de las esquinas de la habitación. Sabía lo que venía ahora: dolor y furia, todo a la vez.
Me quedé de pie delante de mi cama respirando agitadamente sin saber muy bien por dónde empezar. Abrí el segundo cajón de mi mesilla de noche y rebusqué entre los calcetines hasta encontrar la pequeña cápsula de color verde. Aparté de un manotazo todos los folios y bolígrafos que tenía desparramados por el escritorio hasta tirarlos al suelo, y deje caer encima de la madera despejada todo el polvo que contenía la capsula.
Ya era una rutina, así que no me tomó demasiado tiempo preparar una hilera de rayas paralelas con la ayuda de una de las muchas tarjetas que llevaba siempre en los bolsillos.
Mientras esnifaba todas las rayas una tras otra, las palabras de Bella retumbaron en mi cabeza: "Edward, no y mil veces no. Siempre será no."
Me pesaba todo el cuerpo y los mareos no tardaron en venir. Dando tumbos conseguí llegar hasta la mochila del colegio y sacar el móvil. A duras penas, busqué en la agenda algún nombre que me llamase la atención; había tantas de ellas… Tanya, Lauren, Samantha…
Cerré los ojos, gesto que en parte supuso un alivio, y al abrirlos solté la tecla que hacia bajar mi lista de teléfonos: Jéssica Stanley.
Ella sería mi Bella esta noche.
