Gui: Bueno, aquí el siguiente cap.. o bueno, El primero, porque lo de antes era el prólogo. En fin, siento haber tardado.

Diclaimer: Todo, absolutamente TODO lo que os suene de algo pertenece a Rowling. Pero las letras, su orden, y el tiempo pasado tecleándolas son míos


Absoluto desconcierto: Libertad

Bob Ogden salió aquél día del Ministerio de Magia por la puerta principal y se encaminó hacía un callejón al que había llegado la misma mañana. El jefe del Grupo de Operaciones Mágicas Especiales se desapareció.

El día era soleado y no había nubes en el cielo. En la bifurcación de un camino cercado por setos, dos cárteles indicaban el destino de los dos posibles caminos a seguir. El cartel de la izquierda, que indicaba con una flecha el camino del mismo lado, rezaba "Gran Hangleton, 8 kilómetros". En el otro cartel, cuya flecha indicaba el camino de la derecha, las indicaciones eran "Pequeño Hangleton, 2 kilómetros". En medio de la soleada mañana, bajo el cielo azul intenso, se oyó una especie de chasquido. Seguidamente, la figura de Bob Ogden, vestido con el atuendo muggle tan poco conseguido y tan típico de los magos ignorantes en materia de no magos, apareció ante la bifurcación y tomó el camino de la derecha. Tras unas curvas, el camino daba vistas sobre un amplio valle en el que aparecía el pueblecito anunciado por el cartel de la bifurcación. Muy pronto, el camino dejó de ser llano para inclinarse unos grados y hacer que Ogden tuviese que trotar para no tropezar con las piedras y la pendiente del camino, que giró a la derecha, dejando el pueblo, con su iglesia y cementerio y la inmensa casa solariega de la colina a la izquierda. De repente y sin previo aviso, Ogden se metió por un hueco entre los setos y acabó en un sendero estrecho, más tortuoso aún que el camino, si cabe. También descendía, y conducía a un bosquecillo en el que desembocó. Se detuvo y sacó su varita.

Las sombras de los árboles hacían dificultosa la tarea de distinguir, escondida entre los árboles del bosquejo, un edificio deshecho y en mal estado, con musgo en las paredes y tejas en el suelo, caídas del techo. Las ortigas rodeaban el edificio, tan altas que llegaban hasta la ventana del primer piso. No parecía que allí viviese nadie, pero Ogden sabía que así era, y, como para confirmarlo, se abrió la misma ventana con un golpe secó, por la que salió un humo de cocina. Ogden, sin apartar la vista de la casa, avanzó con cautela para volver a detenerse, esta vez en seco. Las sombras, que se habían movido ligeramente, dejaban ahora la puerta al descubierto. Una puerta en la que oscilaba una serpiente muerta.

Tras un leve chasquido, parecido al que hizo Ogden al aparecerse, un individuo vestido con unos andrajosos harapos saltó del árbol más cercano, aterrizando frente al asustado empleado del Ministerio, en el Departamento de Seguridad Mágica, quién pegó un brincó hacia atrás y tropezó al pisarse los faldones de la levita que le cubría un bañador de cuerpo entero.

El individuo que tanto asustó a Ogden era un hombre de pelo largo, sucio, de un indescifrable color, con los ojos bizcos y algún hueco por diente. Su aspecto era aterrador y lo incrementó el hecho de que pronunciase una serie de sonidos ásperos y silbidos roncos mirando a Ogden quién retrocedió unos cuantos pasos, pensando en qué hacer. Falta de imaginación, se presentó:

-Buenos días. Me envía el Ministerio de Magia.

El hombre volvió a hablar esa lengua extraña que, oída por segunda vez, fue reconocida por Ogden. El andrajoso hablaba pársel, la lengua de las serpientes.

-Oiga… Lo siento pero no le entiendo. Mire…-intentó decir, retrocediendo intimidado ante el avance del hombre, pero se vio interrumpido por la fuerza de un hechizo que lo impulsó con fuerza hacia atrás, causándole un dolor agudo en la nariz, la que se tapó con las manos para sentir como algo entre liquido y sólido le salía por la herida, cortesía de la varita que el individuo llevaba en la mano derecha. En la izquierda, blandía un cuchillo manchado de sangre.

-¡Morfin!-oyó Ogden. Procedía de una lejana voz nueva que seguramente pertenecía a la persona que acababa de salir de la casa con un brusco portazo, seguido de unos pasos precipitados, acompañados por la risa del hombre que había agredido a Ogden-. Del Ministerio, ¿eh?

-¡Correcto!-exclamó Ogden indignado, limpiándose la cara del pus que emanaba por entre sus dedos-. Y usted es el señor Gaunt, ¿verdad?

-El mismo. Le ha dado en la cara ¿no?

-¡Pues sí!

-Debió advertirnos de su presencia, ¿no cree?- le reprochó el anciano-. Esto es una propiedad privada. No puede entrar como si tal cosa y esperar que mi hijo no se defienda.

-¿Qué se defienda de qué, si no le importa?-preguntó Ogden, incrédulo, mientras se enderezaba.

-De entrometidos. De intrusos. De muggles e indeseables.

Ogden se apuntó la varita a la nariz, parando el flujo del líquido amarillo verdoso que seguía saliendo de su nariz. Mientras, Gaunt le ordenó a su hijo que entrase en la casa acallando todas sus protestas con una mirada. Morfin se encaminó hacia la casa y cerró la puerta de golpe, lo que hizo que la serpiente clavada en ella se balancease irónicamente.

-He venido a ver a su hijo, señor Gaunt. Ese era Morfin, ¿verdad?-dijo Ogden mientras limpiaba los restos de pus de su levita.

-Sí, es Morfin. ¿Es usted sangre limpia?-preguntó Gaunt, apuntando la importancia a la segunda frase, quitándosela a la primera.

-Eso no viene al caso-repuso Ogden, fríamente.

-Ahora que lo pienso, he visto narices como la suya en el pueblo-musitó Gaunt, reacio a dejar el tema.

-No lo dudo, sobretodo si su hijo ha tenido algo que ver. ¿Qué le parece si continuamos esta discusión dentro?-preguntó Ogden, sin dejar opción de una negativa.

-¿Dentro?

-Sí, señor Gaunt. Ya se lo he dicho. Estoy aquí para hablar de Morfin. Enviamos una lechuza…

-No me interesan las lechuzas, yo no abro las cartas-cortó Gaunt.

-Entonces no se queje de que sus visitas no le advierten de su llegada-se indignó de nuevo Ogden-. He venido con motivo de una grave violación de la ley mágica cometida aquí a primera hora de la mañana…

-¡Está bien, está bien! ¡Entre en la maldita casa! ¡Para lo que le va a servir…!

Entraron pues en la casa. En la habitación principal estaba la cocina. Dos puertas en las paredes llevaban sin duda a las otras dos habitaciones que constituían la casa. En un mugriento y desvencijado sillón, Morfin canturreaba en pársel a una víbora que pasaba entre sus dedos. Por suerte para Ogden, no entendía palabra de lo que cantaba.

Miró en un rincón en el que le había parecido que algo se movía y descubrió una figura camuflada con la pared que removía los cacharros de la cocina. Era una joven bizca como su hermano, con unos harapos menos mugrientos que los de los dos hombres y un aspecto de desgraciada que Ogden no había visto nunca en nadie. Gaunt masculló tres palabras, dando a entender que se trataba de su hija Mérope. Ogden la saludó y la muchacha miró cohibida a su padre, sin contestar al saludo del empleado del Ministerio. Se volvió y siguió haciendo lo que hacía antes de la interrupción de los dos hombres.

-Bueno señor Gaunt, iré directamente al grano-dijo Ogden-. Tenemos motivos para creer que la pasada madrugada su hijo Morfin realizó magia delante de un muggle.

En cuanto dijo eso, a Mérope se le calló la olla que tenía en ese momento entre sus manos.

-¡Recógela!-grito Gaunt en pársel. Ogden no lo entendió, pero lo traducimos para mejor comprensión-. Eso es, escarba en el suelo como una repugnante muggle. ¿Para qué tienes la varita, inútil saco de estiércol?

-¡Por favor señor Gaunt!-pidió Ogden escandalizado.

Mérope se ruborizó extrañamente: la cara se le cubrió de pequeñas motitas rojas. La olla que ya había recogido se le volvió a caer. Presa del pánico y la desesperación, sacó su varita y, con el pulso inseguro, apuntó a la olla pronunciando un sonido ininteligible que intentaba ser un hechizo y que provocó que la olla saliese despedida, chocase y se partiese por la mitad. Morfin soltó una carcajada estridente mientras Gaunt gritaba:

-¡Arréglala, pedazo de zopenca, arréglala!

Antes de que Mérope intentase nada, Ogden arregló el cacharro con un simple Reparo. Gaunt hizo un ademán de riña hacia Ogden pero barajó sus opciones y decidió que sería más divertido meterse con su hija.

-Tienes suerte de que esté aquí este amable caballero del ministerio ¿no te parece? Quizá él no tenga nada contra las asquerosas squibs como tú y me libre de ti.

Mérope, colorada y agitada, sin hacerse notar ni dar las gracias volvió a colocar la olla en el estante en el que se encontraba antes. Seguidamente, intentó en vano fundirse con la pared de piedra que iba a juego con su vestido. Después de contemplar aquella escena Ogden se giró hacia Gaunt para volver a empezar.

-Señor Gaunt, como ya le he dicho, el motivo de mi visita...

-¡Ya le he oído! ¿Y qué? Morfin le dio su merecido a un muggle, ¿qué pasa eh?

-Morfin ha violado la ley mágica-informó Ogden, severo, como regañando a un niño que no entiende lo que le dicen.

-Morfin ha violado la ley mágica-lo imitó el "niño", con tono cantarín para diversión de su hijo, quién reía de nuevo-. Le dio una lección a un sucio muggle, ¿es eso ilegal?

-Sí, me temo que sí-, le reprendió Ogden, sacando de su bolsillo interior un pergamino enrollado el cual se apresuró a desenrollar.

-¿Que es eso, su sentencia?-se alteró Gaunt, aumentando volumen y tesitura de la voz.

-Es una citación en el ministerio para una vista...

-¿Una citación? ¡Una citación! ¿Y usted quién se ha creído que es para citar a mi hijo a ninguna parte?

-Soy el Jeje de grupo de Operaciones Mágicas Especiales.

-Y nos considera escoria, ¿verdad?-espetó Gaunt, apuntando a Ogden con un sucio dedo amarillento, mientras avanzaba hacia él-. Una escoria que acudirá corriendo cuando el ministerio se lo ordene, ¿no es así? ¿Sabe usted con quién está hablando, roñoso sangre sucia?

-Tenía entendido que con el señor Gaunt- contestó Ogden sin ceder un ápice de terreno.

-¡Exacto!-rugió el aludido, acercándose más a Ogden con la finalidad de enseñarle un anillo que llevaba en el dedo corazón, intentando de manera poco satisfactoria que Ogden lo contemplase-. ¿Ve esto? ¿Lo ve? ¿Sabe qué es? ¿Sabe de dónde procede? ¡Hace siglos que pertenece a nuestra familia , pues nuestro linaje se remonta a épocas inmemoriables, y siempre hemos sido de sangre limpia! ¿Sabe cuanto me han ofrecido por esta joya, con el escudo de armas de los Peverell grabado en esta piedra negra?

-Pues no, no lo sé-admitió Ogden parpadeando, mientras el anillo le pasaba a centímetros de la nariz-. Pero creo que eso no viene a cuento ahora, señor Gaunt. Su hijo ha cometido...

Gaunt gritó de rabia, se volvió y se abalanzó sobre su hija Mérope que seguía pegada a la pared. Más exactamente, se abalanzó sobre su cuello del que colgaba una cadena de oro de la que tiró, arrastrando así a su hija. Agitó un gran guardapelo, ahogando a su hija que boqueaba intentando respirar.

-¿Ve esto?-bramó.

-¡Sí, ya lo veo!-dijo Ogden, ansioso por que Gaunt soltara a Mérope.

-¡Es de Slytherin! ¡Es de Salazar Slytherin! Somos sus últimos descendiente vivos. ¿Qué me dice ahora, eh?

-¡Su hija se ahoga!-gritó Ogden pero su padre ya había soltado a Mérope que se apresuró, tambaleándose, a regresar al rincon en el que se encontraba antes, donde se recuperó frotándose el cuello.

-¡Muy bien!-presumió Gaunt, como si acabara de demostrar un teorema indiscutiblemente acertado-. ¡No vuelva a hablarnos como si fuéramos barro de sus zapatos! ¡Procedemos de generaciones y generaciones de sangre limpia! ¡Todos magos! Más de lo que usted puede decir, estoy seguro-y puntualizó su frase escupiendo a los pies de Ogden. Morfin se carcajeó, pero Mérope quedó en la esquina, muda y camuflada.

-Señor Gaunt- insistió Ogden-, me temo que ni sus antepasados ni los míos tienen que ver con el asunto que nos ocupa. He venido a causa de Morfin, de él y del muggle al que agrdió esta madrugada. Según nuestras informaciones- dijo consultando el pergamino-, su hijo realizó un embrujo o un maleficio contra el susodicho muggle provocándole una urticaria muy dolorosa-terminó Ogden, con un regreso de la risa de Morfin.

-¿Y qué pasa si lo hizo?-preguntó Gaunt después de mandar callar a su hijo en pársel.-Supongo que ya le habrán limpiado la inmunda cara a ese muggle, y de paso, la memoria.

-No se trata de eso, señor Gaunt. Fue una agresión sin que mediara provocación contra un indefenso...

-¿Sabe?, nada más verlo me di cuenta de que era usted partidario de los muggles-repuso Gaunt, volviendo a escupir.

-Esta discusión no nos llevará a ninguna parte. Es evidente que su hijo no está arrepentido de sus actos, a juzgar por la actitud que mantiene. Morfin acudirá a una vista el 14 de septiembre para responder por la acusaciónde utilizar magia delante de un muggle y provocarle daños físicos y sicológicos a ese mismo mug…-se interrumpió de nuevo. Era increíble que cuando al fin había conseguido no ser interrumpido por Gaunt, el ruido de unos cascabeles y cascos hiciera lo que el mago había dado por abandonado.

El sendero tortuoso que llevaba a Pequeño Hanggleton pasaba tan cerca de la casucha que se oían todos los ruidos que ahí se formaban. Morfin silbó, volviendo ávido la cabeza hacia la ventana y Mérope alzó la vista, asustada, con la cara blanca por el miedo.

-¡Oh, qué monstruosidad!-oyeron todos.- ¿Cómo es que tu padre no ha hecho derribar esa casucha, Tom?

-No es nuestra-respondió el aludido, a la voz de mujer que le preguntaba.- Todo lo que hay al otro lado del valle nos pertenece, pero esta casa es de un viejo vagabundo llamado Gaunt y de sus hijos. El hijo está loco; tendrías que oír las historias que cuentan sobre él en el pueblo…

La mujer rió a lo lejos pero Morfin hizo ademán de levantarse furioso del sillón. Su padre lo detuvo en pársel.

-Tom-reanudó la conversación la mujer, ya delante de la casa-, quizá me equivoque, pero creo que alguien ha clavado una serpiente en la puerta.

-¡Vaya, tienes razón!-exclamó Tom.- Debe de haber sido el hijo. Ya te digo que no está bien de la cabeza. No la mires, Cecilia, querida…

Las voces y los sonidos acompañantes se fueron alejando cada vez más por el sendero. Antes de que el silencio invadiera de nuevo la sala Morfin se giró hacia su hermana. Esto inició una conversación de sonidos ásperos y silbidos, de la cual Ogden entendió solo aquello que los familiares dijeron en inglés. Pero al ser una conversación importante, la traducimos. Decía Morfin a su hermana:

-Querida. La ha llamado querida. Ya ves, de cualquier modo no te habría querido a ti.

-¿Cómo?-se les unió Gaunt, mirando de hito en hito a sus hijos-¿Qué acabas de decir, Morfin?

-Les gusta mirar a ese muggle-se chivó con maldad, como un niño pequeño.- Siempre sale al jardín cuando él pasa y lo espía desde detrás del seto, ¿verdad? Y anoche…-hizo una pausa para prologar la agonía de su hermana-. Anoche se asomó a la ventana para verlo cuando volvía a casa, ¿verdad?

-¿Que te asomaste a la ventana para ver a un muggle? ¿Es eso cierto?¿Mi hija, una sangre limpia descendiente de Salazar Slytherin coqueteando con un nauseabundo muggle de venas roñosas?

Mérope negaba histérica mientras su padre se le acercaba cada vez más

-¡Pero le dí, padre! –rió Morfin-. Le dí cuando pasaba por el sendero y lleno de urticaria ya no estaba tan guapo, ¿verdad que no, Mérope?

- ¡Inepta! ¡Repugnante squib! ¡Sucia traidora a la sangre!

Gaunt se abalanzó de nuevo sobre el cuello de su hija pero esta vez no agarró inocentemente el guardapelo que le colgaba del cuello si no que asió con sus rudas manos el cuello de su hija. Ogden reaccionó entonces y con un Relaxo, mandó a Gaunt al otro lado de la habitación, contra la pared de piedra. Morfin rugió, rojo de cólera blandiendo en el aire su cuchillo y comenzó a lanzar maleficios uno tras otro con su varita, abalanzándose sobre Ogden que salió de allí lo más rápido que le permitieron las piernas, oyendo los gritos de Mérope a lo lejos.

Se precipitó sobre el sendero, corriendo como alma que lleva el diablo por donde había venido con tanta mala suerte que se empotró contra los cuartos traseros de un caballo montado por un joven. Él y su compañera rieron al ver a ese hombre tan extraño que rebotó contra el animal y salió despedido dejando ondear los faldones de su levita tras de sí.

En cuanto llegó al cruce de caminos en el que se había aparecido apenas una hora antes se detuvo y retomó el aliento. Y decidido, giró sobre sí mismo, haciendo un extraño ruido, semejante a un chasquido. El camino rodeado de setos quedó desierto y silencioso. El cielo azul sin nubes resaltaba en el paisaje. Apenas diez minutos después de lo acontecido se oyeron allí varios chasquidos seguidos. Aparecieron así, unos diez magos con túnicas que no se habían tomado la molestia de disfrazarse menos Ogden, que ya lo estaba. El variopinto grupo echó a andar con paso rápido por el mismo lugar que Ogden. Se metieron uno a uno por el hueco del seto e invadieron la propiedad privada de Gaunt. Se enfrentaron a Morfin y su padre, cinco magos por hombre.

Morfin echaba maleficios a diestro y siniestro sin herir a nadie. Un mago le quitó la varita y Morfin intentó en vano lanzarle su cuchillo que fue parado por la hábil varita de uno de aquellos magos. Los cinco magos que se ocupaban de Morfin pronto se lo llevaron. Ogden se quedó a ayudar a los demás.

Sorvolo Gaunt había herido a uno de los cinco magos mordiéndole la mejilla y lanzándole maleficios a la herida, lo que le ocasionó al mago una mezcla de dolores tan intensa que se tiró al suelo, incapaz de volver a levantarse y aullando de dolor. Ogden y otro mago lo sacaron de allí. Éste último fue alcanzado por una de las maldiciones de Gaunt y cayó sobre el otro mago herido. Dos magos se aparecieron en el jardín de la casa, volviendo a ayudar, y se llevaron a los heridos.

Los tres magos restantes consiguieron para a Gaunt y llevárselo en medio de patadas, puñetazos y mordiscos. En la casa quedó Ogden con la preocupación de encontrar a Mérope, que resultó ser el bulto de harapos y cabellos que había en el suelo. Ogden le dio la vuelta y se encontró con la cara de terror de Mérope.

Le tomó el pulso, asustado, pero le latía. Se había desmayado. Ogden le echó agua a la cara, que hizo aparecer con su varita. Mérope se reanimó y miró a Ogden con un expresión de extrañeza. De repente, reaccionó y pegó un grito, intentando alejarse de Ogden, quién la paró.

-Tranquila… Ya está, ya pasó. Nos hemos llevado a tu padre y a tu hermano. Tendrán una vista en el ministerio…

Mérope negaba con la cabeza imperceptiblemente, como un autómata. Sin previo aviso, sacudió la cabeza y pronunció una palabra, con la voz ronca por no usarla. Carraspeó y repitió:

-¿Qué?

-Tu padre y tu hermano tendrán una vista en el ministerio de Magia y…

-¿Y yo?

-Tú te quedas aquí. O vamos, haces lo que quiera. Tú no tienes que ir a ninguna parte.

-Oh.

-¿Vale? ¿Te encuentras bien?-Mérope asintió.- Bien. Yo me voy.

-Mhm…

-Adiós-dijo Ogden. Y salió por la puerta dejando a Mérope sola en la casa.

Mérope, que no terminaba de entender lo que le pasaba.
Mérope, que nunca había permanecido sola en la casa con la certeza de que sus familiares no volverían en un tiempo.
Mérope, sin la obligación de limpiar o hacer la comida.
Mérope, con el guardapelo de Slytherin colgado al cuello y una varita en el bolsillo.
Mérope, en una casa de magos con libros de hechizos y pociones.
Mérope, con un sueño ardiente por cumplir.
Mérope, la bruja libre de hacer lo que quisiera…

Y eso era exactamente lo que haría… Lo que ella quería.


Gui: ¡sí! ¡Lo hice! Tenía escrito el cap desde hacía ya un montón pero... a mano. Y bueno ya sé que los diálogos no son míos, pero para eso está el disclaimer. He intentado cambiar toda la descripción... Y bueno, me encantaría subir el siguiente cap, pero ¡buf! no está todavía a ordenador. Y ya no tiene nada de nada de nada de Jotaká. Bueno, ella tuvo la idea. Pero bueno. Os dejo con el título... Es un dicho deformado para la ocasión

Lo bueno es enemigo de lo mejor

Creo que describe el capítulo a la perfección. Nos leemos...

Gui
SdlN