CAPÍTULO 2: UN DÍA DE MIL EMOCIONES Y CINCO REGALOS.
Sango y yo habíamos acordado encontrarnos al amanecer junto a Kohaku y Kirara. Así que ése día me fui a dormir antes de que oscureciese del todo. Kagome vino a verme antes de que saliese la luna y me trajo fruta y una comida de su época que se llamaba "fideos instantáneos". Me dijo que era preferible que comiese bien tras haber perdido tanta sangre, y más aún si al día siguiente tenía mi primer entreno con los exterminadores. Aquella comida larga que trajo, tenía un gusto suave y un caldo que era delicioso. Incluso tenía trozos de carne. Debo reconocer que nunca había probado nada similar, estaba delicioso. Kagome me quitó las vendas de la mano y me puso un ungüento que había hecho ella misma con hiervas medicinales. Luego me puso un vendaje nuevo y poco a poco noté cómo dolía un poco menos. Al poco rato llegó Inuyasha a mi cabaña.
- Rin no me ha dado tiempo de venir a verte. ¿Cómo va tu mano?
- Kagome acaba de cambiarme las vendas, apenas duele, pero no puedo coger cosas que pesen...
- Entonces se te curará pronto. Fuiste muy valiente, Rin, me sorprendiste.
- Gracias Inuyasha. Mañana iré a entrenarme junto con Sango, Kohaku y Kirara.
- Vaya, así que finalmente cumplirás la promesa que le hiciste a la vieja.
- ¿Te comentó algo Kaede?
- Sí, ella estaba preocupada de que por culpa de tu cobardía fueses una aldeana más.
- Siéntate. - Intervino Kagome.
- Argh, Kagome...- Murmuró Inuyasha, tras estamparse contra el suelo.-
- Lo que quiere decir Inuyasha es que Kaede siempre quiso que fueses fuerte para que te pudieses defender.
- No, Inuyasha tiene razón, yo nunca he sido valiente, porque desde que conocí a Sesshomaru, dí por hecho que siempre habría alguien protegiéndome.
- Le echas mucho de menos, ¿verdad?
- Si, pero él ahora está en una batalla, luchando por las tierras de su padre, y yo debo esperarle. Pero estoy segura de que pronto volverá y me vendrá a ver. Por cierto, Inuyasha, ¿tú no deberías ir a luchar junto a él? Al fin y al cabo, las tierras eran de tu padre también...
- ¡Bah! Yo prefiero quedarme aquí, no necesito pelear por unas tierras.
- ¿Y dónde queda el honor de tu padre?
- Mi padre está muerto, niña. Unas tierras no cambiarán jamás eso.
- Entonces ¿porqué Sesshomaru sí lucha?
- Porque le gusta mucho la pelea y necesita sentirse un demonio superior para luego poder presumir de fuerza demoníaca...
- Siéntate, Inuyasha. - Repitió Kagome.
- ¿Porquéeee...?
- No, Rin. Lo que pasa es que Inuyasha apenas conoció a su padre. Pero Sesshomaru sí le conoció mucho y para él puede significar una falta de respeto que los enemigos del Oeste quieran invadir las tierras que conquistó Inu No Taisho. Y ya sabes que es muy orgulloso, tiene que luchar para prolongar la victoria de su padre. Sesshomaru es el protector de éstas tierras. Él es el encargado de que los demonios del Oeste no nos conquisten. Es el más fuerte.
- Pero si Sesshomaru es el más fuerte de las tierras del Este, en el Oeste también debe de haber alguien muy fuerte que sea el encargado de proteger sus tierras. ¿Verdad?
- Verdad.
- Entonces ésa persona podría ser un enemigo digno de Sesshomaru. ¿Verdad?
- Verdad. ¿A dónde quieres llegar?
- Pues me preguntaba si Sesshomaru estaría en peligro.
- No lo creo, Rin. Sesshomaru es realmente fuerte, ¿verdad, Inuyasha?
- Es muy fuerte, Rin. No te preocupes más. Además, tranquilízate, Myoga está cerca del campo de batalla, y viene a contarme como va la guerra. Solo por si tuviese que ir yo...
- Entonces hay una posibilidad de que esté en peligro...
- Siempre hay posibilidades, Rin.
- Tengo que dormir, Kagome... ¿Os importa dejarme sola?
- ¿Estarás bien?
- Sí, no te preocupes.
- Buenas noches.
- Buenas noches, Inuyasha.
- Buenas noches, Rin. Recuerda mañana lavarte bien la herida, Sango tiene vendas y ungüento, ella te curará antes de iros.
- Hasta mañana, Kagome. Me pasaré por tu cabaña al volver del entreno.
- Te esperaré.
Cuando Inuyasha y Kagome se fueron, me tumbé sobre mi futón y me tapé con la manta de paja. Estuve dándole vueltas a lo que Inuyasha me había dicho. Yo confiaba en que el Señor Sesshomaru estuviese bien. Su fuerza era inigualable. Pero inigualable en sus tierras. ¿Y si su enemigo era más poderoso...? Pero si aquello fuese así, Inuyasha estaría con él. Pero Inuyasha era el protector de la aldea... Tal vez no querría ir por miedo a que volviésemos a ser atacados en su ausencia... Los párpados me pesaban, y con la cabeza llena de pensamientos, acabé durmiéndome.
" ̵ Dime, Jaken...
- ¿Si?
- Cuando derrote a Naraku, ¿qué crees que va a hacer el Señor Sesshomaru?
- Probablemente no lo sepas, pero el Señor Sesshomaru hace mucho que busca más poder. Si no me equivoco, llegará a ser el demonio más grande de todos los tiempos y reinará en su propio imperio. Y cuando eso ocurra yo seré Ministro Jefe del Reino.
- Jaken...
- ¿Eh?
- En ése imperio del señor Sesshomaru, dime. ¿Yo qué posición ocuparé?
- Emmm... ¿Entonces quieres seguir con nosotros?
- ¿Tiene eso algo de malo?
- Hmm, el Señor Sesshomaru es muy fuerte pero quién sabe cuántos años tardará en crear ése imperio. Para los demonios como nosotros cien años no son nada. Pero para una humana como tú, el tiempo lo es todo.
- ...
- Cuando cree el imperio, tú ya no estarás aquí con nosotros.
- ... No es verdad, no moriré."
"No digas tonterías Jaken. Yo siempre estaré con el Señor Sesshomaru. Por siempre jamás..."
Los primeros rayos de sol entraron por la ventana, y me dieron en la cara. Cosa que me hizo despertar. Ya empezaba el amanecer, así que tenía que irme corriendo a casa de Sango. Salí de la cabaña y me dirigí al río. Al llegar, miré que no hubiese nadie y me quité el vendaje de la mano. La herida parecía sanar, pero todavía molestaba. Me quité el kimono y rápidamente me metí en el agua, donde limpié toda suciedad y sudor de mi cuerpo. Buceé hasta el fondo del río y cogí un puñado de arena, y con ella me rasqué un poco, para hacer el efecto exfoliante y que la suciedad pegada, desapareciese. No tardé mucho en salir del río y volver a ponerme el kimono. Después de eso, me dirigí a casa de Sango. Cuando llegué a su cabaña, ella me esperaba jugueteando con su gatita mágica. Vestía su traje de exterminadora. Me acerqué a ellas, sonriente.
- Buenos días, Sango.
- Buenos días, Rin. ¿Estás lista?
- Prrrrr.
- Sí, pero Kagome dijo que me curarías la herida.
- Es verdad, qué torpe.
Sango se levantó una rodillera y de ella, sacó una venda y un sobre con el ungüento. Yo misma me puse la crema y la esparcí con el dedo meñique de mi mano sana. La exterminadora me puso la venda y le hizo un nudo resistente para que no se me aflojase.
- Bien, esto ya está. De todos modos, allá donde iremos, te daré un guante especial que te protegerá la mano.
- ¿Donde iremos, Sango?
- Es sorpresa. Kohaku nos espera allí. Espero que hayas descansado bien, Rin. Porque te vas a agotar hoy. -Comentaba Sango a la vez que se subía sobre los lomos de Kirara, la que se había transformado en una enorme gata de combate.
- Sí, he soñado en...-Hablaba sin pensar, dejando fluir mis pensamientos. Me subí detrás de Sango y Kirara empezó a volar.
- ¿En Sesshomaru?
- No, no. Soñé en una cosa que hablé con Jaken hace tiempo.
- Les echas mucho de menos, ¿verdad?
- ...
- Rin...
- Soy feliz en la aldea. Pero no me acostumbro.
- ¿A qué te refieres?
- Cuando vivía con mis padres, siempre me sentí rara. Los vecinos siempre me azotaban, nunca fui querida. Cuando los bandoleros asesinaron a mi familia, me sentí muy perdida y poco después, los lobos de Koga vinieron y me mataron. El Señor Sesshomaru fue quién me trajo de vuelta a la vida y desde entonces, fui feliz, porqué entendí que había otro modo de vivir. Tal vez más peligroso y menos normal. Pero me sentí a salvo siempre.
- ¿Con nosotros no te sientes protegida?
- ...
- Bueno, supongo que no podemos compararnos a la fuerza de Sesshomaru.
- No soy infeliz, Sango. Lo prometo.
Kirara empezó a descender sobre un poblado que estaba rodeado de vallas construídas con troncos de árbol. A la derecha, estaba lleno de tumbas, aquello parecía un pequeño cementerio. También estaba lleno de pequeñas casitas, la mayoría destrozas, que rodeaban una más grande. Reconocí el sitio al instante, a pesar de no haber estado nunca personal.
- Sango, éste sitio es...
- Sí, Rin. Es el poblado de los exterminadores.
Al bajar de Kirara, empecé a sentirme extrañamente intimidada. ¿Porqué Sango me había traído a éste lugar? La observé un poco, y caminé detrás de ella. Ambas y Kirara nos dirijiamos hacia la casa principal, la que era más grande. Al llegar, pudimos ver a Kohaku sentado sobre el porche de ésta. En seguida, él alzó la mano y nos saludó efusivamente. Sango, Kirara y yo nos acercamos a él. La gatita se tiró a sus brazos y empezó a besuquearle el rostro a la vez que él reía. Observé un segundo a Sango, y ví como ella observaba el interior de la casa con la mirada perdida, pero reaccionó al instante de escuchar el maullar de su gata. Yo me senté junto a Kohaku, al que previamente saludé con amabilidad.
- Sango. ¿Porqué aquí? No quiero que esto os resulte incómodo a ninguno de los dos.
Conocía la historia y el triste final de la familia de mis amigos exterminadores, y no sabía cómo comportarme en su aldea.
- No seas tonta, Rin. Además, solo vendremos aquí, hoy. Hace tiempo queríamos venir, y así podré mostrarte unas cosas que creo que solo podrás ver en éste lugar.
- Bueno, entonces, dime.
- Antes que nada, voy a darte unos consejos que siempre debes tener en cuenta.
- El primero es que tú jamás tendrás la misma fuerza. Da igual el músculo que saques, los demonios siempre tendrán más fuerza física que tú.
- Eso significa que debes tener mucho cuidado, Rin. -Dijo Kohaku- Piensa que siempre habrá algún humano con más fuerza que tú, pues un demonio es un rival imposible en cuerpo a cuerpo, para nosotros los humanos.
- Entonces ¿como los puedo combatir?
- Usando el factor sorpresa y armas de distancia.
- ¿El factor sorpresa?
- Claro, míranos. Kohaku y yo llevamos artilugios siempre, a parte de nuestra arma, y la espada. - Mientras hablaba, Sango se levantó una hombrera y sacó un sobre.- Siempre llevamos veneno en esferas, que sirve para aturdir y debilitar. -Se volvió a colocar la hombrera derecha y después, se quitó la hombrera izquierda.- Y también llevamos veneno mortal. Es un veneno muy potente y va muy bien para los demonios que se ocultan bajo tierra. Si son débiles, los mata al instante. Pero si son fuertes, los debilita mucho y les quita la energía.
- Un buen exterminador debe aprovecharse de los puntos débiles del enemigo. -Añadió Kohaku.-
- Exacto. Si tienen un oído muy fino, usa el ruido. Si tienen olfato desarrollado, usa algún olor fuerte o venenoso. ¿Entiendes? Aprovéchate de sus puntos fuertes para ponerlos en su contra.
- A ver, cuéntame. Si te enfrentases a Inuyasha, ¿cómo le atacarías? -Me miró Kohaku- Es muy fácil.
- Pues... Supongo que como tiene un olfato desarrollado... Usaría algo con olor fuerte, como amoníaco o azufre. Pero Inuyasha también tiene el oído desarrollado, así que... el sonido estridente le molestaría. ¿Verdad?
- Veo que lo has entendido, Rin. -Sango sonrió a la vez que me miraba.- Eso es algo que debes tener siempre en cuenta.
- ¿Qué dijiste antes de las armas de distancia?
- Es importante que nunca te acerques mucho a un demonio, porque los humanos no tenemos posibilidades en una batalla cuerpo a cuerpo. Piensa que los demonios tienen una fuerza como la nuestra multiplicada por mil. Por eso debes siempre mantener las distancias, porque si te atrapan y no vas armada, es difícil que salgas con vida. Por eso los exterminadores siempre usamos armas que nos permitan tener un campo de movimiento óptimo.
- No lo entiendo bien, Sango.
- Yo sé cómo hacer que lo entiendas. -Intervino Kohaku.- Kirara, atácame.
Kirara se transformó en una gata gigante y corrió hacia Kohaku, al cual tiró al suelo e inmovilizó con sus patas. Él sonrió y me miró. Finalmente Kirara se separó de él y le dio un lametazo en la mejilla.
- ¿Lo ves? Si el demonio está muy cerca de ti, no puedes defenderte.
- Claro... Por eso es mejor usar un arma que necesite espacio, para así evitar que el demonio se acerque a ti y tu poder moverte con agilidad.
- Exacto, Rin. Veo que lo vas entendiendo. -Me dijo Sango, sonriente.- Entonces la primera lección, y la más importante, ya la tienes aprendida.
- Sí, Sango, pero hay algo que no entiendo.
- ¿El qué?
- ¿Porqué los exterminadores llevan espada? Si la utilizáis contra un demonio, reducís el espacio que necesitáis para moveros.
- Rin, los demonios a veces se muestran en forma humana. Como Sesshomaru. Si son débiles, podríamos ganarles con una espada siempre y cuando sepamos usar bien el factor sorpresa.
- Pero Rin... -Kohaku se puso serio de repente- Los demonios no son los únicos enemigos. Eso tú ya lo sabes.
- Sí, también están los bandidos.
- Exacto, contra personas humanas, es mejor no usar armas de larga distancia, porque de un golpe podríamos hacerles mucho daño.
- Con una espada, también podéis hacerles daño.
- Sí, pero espadas son lo que suelen llevar ellos. O lanzas de muy poca cualidad. Si logras desarmarlos, se rendirán o saldrán huyendo. Los bandidos, aunque no lo parezca, son todos unos cobardes. Siempre necesitan una figura líder. Si es un caso especial, y se tiene que matar a alguien, siempre debes atacar al líder. Sin el líder, los demás solo son ovejitas descarriadas, y siempre huyen o se rinden. De lo contrario, les desarmas y les dejas inconscientes y... listo.
- Oh, entiendo. No es difícil. Si es demonio, mantener las distancias. Si es humano, defenderse, desarmar y asustar.
- Exacto. Pero es fácil de decir, ponerlo en práctica es más difícil.
- Sí, supongo.
- Bien. Hay algo más. Por eso te he traído hasta aquí. Ven conmigo.
Me levante y empecé a caminar junto a Sango y Kohaku. El poblado era muy solitario, y era triste. Mirases hacia donde mirarses, habían casas rotas y tumbas por todas partes. Pero tenía algo especial. No sé muy bien cómo definirlo, pero a pesar de ser un sitio tan dañado, era muy puro. Fue el maldito de Naraku quién mandó a los demonios a destrozar el lugar y matar a sus habitantes mientras lo más fuertes no estaban. Qué cobarde era él también, jamás usaba sus propias manos para nada. Siempre usaba a los demás.
Sango me llevó a una cabaña y abrió la puerta. Parecía un almacén de armaduras. Sango rebuscó entre unas cajas y sacó un par de zapatos y un par de guantes.
- Mira, Rin, nosotros los humanos nos cansamos mucho con el movimiento, y más con las batallas. Y necesitamos un buen calzado siempre. Uno que tarde mucho en gastarse, sea cómodo, y nos reste esfuerzos a la hora de correr. Tú siempre has ido descalza, así que debes tener los pies llenos de magulladuras. Kohaku, trae una palangana con agua y una tela. Rin, puedes escoger los que más te gusten.
Kohaku se fue a cumplir la orden de su hermana Sango, a la vez que yo miraba los zapatos. Eran unos zuecos que tenían una tela que cubrían todo el pie, hasta el tobillo. Parecían muy cómodos. En seguida Kohaku llegó con una palangana de madera llena de agua. Me limpié los los pies y los dejé unos segundos en remojo, para luego secármelos y probarme un par de zapatos, de color negro. Cuando me levanté tuve la sensación de estar caminando encima de una nube. Continuamente pisaba algo blando y de temperatura tibia. Sango tenía razón, con ésos zapatos, no notaba el suelo y además, no me cansaba en absoluto. Sango y Kohaku sonrieron al verme tan sorprendida. Luego Kohaku me dió un guante que me ayudó a poner en la mano del corte.
- Es un guante especial que construímos los exterminadores. Como tener una herida en la mano, es muy molesto, creamos éste guante de piel dura de dragón. Actúa como segunda piel sin hacer que pierdas la sensibilidad. No notarás la herida y podrás volver a usar bien tu mano. ¿No es genial?
- Vaya, sí que lo es. Es genial, Kohaku. También es muy cómodo.
- Rin, falta una cosa que quiero enseñarte. -Dijo Sango a la vez que sacaba un baúl muy pesado. Lo abrió delante de mí, y en su interior había una gran cantidad de huesos de demonios.- Éste es el secreto por el que la hoz voladora de Kohaku y mi Hiraikotsu, no se rompen cuando nos enfrentamos a armas de un demonio. Si peleas con un arma humana, ésta se te acabará rompiendo. Pero si usas un arma hecha de huesos de demonio, te resistirá mucho, ya que tiene poder demoníaco. Vi que te manejas bien con la lanza.
- ¿De verdad me manejé bien?
- Por un momento, pareciste una sacerdotisa hecha y derecha.
- Entonces ¿tengo que hacerme una lanza con huesos de demonio?
- Sí, yo misma te la haré. Pero antes quiero ver si de verdad te desarrollas bien con una lanza normal. Además, me faltan materiales y ahora mismo, no te la podré construír.
- No te preocupes, antes creo que debería saber usarla.
- Hasta entonces puedes usar una normal que te dejará algún aldeano.
- Está bien.
- Bien. Empecemos con el entreno, salgamos fuera.
Sango, Kohaku y yo salimos del almacén y anduvimos un rato hasta llegar a una zona del poblado que estaba despejada.
- Lo primero que debes aprender, es a defenderte en un combate cuerpo a cuerpo. No parece gran cosa, pero si lo dominas puedes defenderte de los humanos y tener más resistencia a los ataques físicos. No es fácil, pero debes usar la fuerza de tu adversario, en su contra. Kohaku, pelea conmigo.
Kohaku se acercó a su hermana y ambos se pusieron en posición de guardia. Kohaku se adelantó hacia su hermana, y Sango se retiró unos centímetros, con lo que el hermano pequeño se tambaleó en el sitio donde hubiese habido un impacto entre ellos. Ante el momento de debilidad, Sango agarró el brazo de Kohaku y se lo dobló detrás de su espalda, dejándolo así, inmovilizado.
- ¿Lo has visto? Despista a tu oponente o aprovéchate de él. Utiliza sus puntos débiles para poder inmovilizarle. ¿Quieres probar?
- Sí.
- Está bien. Kohaku, sé cuidadoso.
- Claro, hermana.
Kohaku se puso delante de mi en una posición de guardia que yo traté de imitar. Flexioné las rodillas y los brazos, cerrando las manos en puños. Kohaku me miraba fijamente, y de repente se acerco rápido a mí, y me cogió de abas muñecas.
" Despista a tu oponente o aprovéchate de él. Utiliza sus puntos débiles para poder inmovilizarle"
Tras recordar ésas palabras, apreté la mandíbula mirando fijamente a Kohaku, a la vez que moví una de mis piernas, y le hice una zancadilla. Kohaku, sorprendido, cayó al suelo de costado. Yo, sonriente, miré a Sango. Pero a mi sorpresa, Kohaku me devolvió la zancadilla.
- No pierdas de vista a tu enemigo, Rin. -Sonrió Kohaku.
- Uy... -me reí un poco.- Qué torpe. Es de lógica.
- Te ha salido muy bien, para ser tu primera vez. Kohaku, ve a por las bolas de tela.
- Sí. -Kohaku se va al almacén, a la par que yo miro a Sango con curiosidad.-
- ¿Bolas de tela?
- Sí, quiero examinar tus reflejos. Kohaku y yo te lanzaremos pequeñas bolas de tela, y tu deberás esquivarlas. Tranquila, no hacen daño. Solo debes esquivarlas.
- Vale, intentaré esquivarlas.
Kohaku volvió con una caja alargada y la abrió. Yo me coloqué delante de ellos. Sango me tiró la primera bola, y apenas tuve que apartar el rostro para esquivarla. Kohaku me tiro una a la altura del hombro, así que dí un paso a la derecha para esquivarla. Por ahora era fácil. Pero luego Sango y Kohaku empezaron a tirar bolas más seguidamente, y a la vez. Una bola me dió en el vientre y otra en la rodilla. Entonces empecé a notar como me hervía la sangre, y en mi cabeza, imaginé los recorridos de las bolas, pero aún así, las bolas seguían dándome en el cuerpo. Sango y Kohaku empezaron a tirarme bolas de tres en tres y apenas sin respiro. Y para mi sorpresa, al evitar una de ellas, me apoyé en el suelo con una mano, y dí una voltereta en el aire. Cuando caí al suelo, Sango y Kohaku me miraban sorprendidos.
- Rin...
- ¿Lo he hecho muy mal...?
- Para nada, de cincuenta bolas, has evitado cuarenta y tres. Incluso a un exterminador desarmado le cuesta hacerlo tan bien. Y el salto...
- ¡El salto ha sido bestial, Rin! ¡Sigue así! -Me dijo Kohaku, haciendo un gesto de victoria.-
- ¿En serio? Pero si el salto no me ha costado nada hacerlo... Lo intentaré de nuevo.
Cuando quise volver a hacer el salto, no me salió, y me estampé de morros en el suelo. Me reí un poco, aun que me hice un poco de daño en la muñeca.
- Vaya, así que solo ha sido por la emoción del momento, ¿eh? -Sango se echó a reír mirándome.- Tu cuerpo ha reaccionado ante la situación. Eso es lo que te ha pasado, pequeña Rin.
- Ya no soy pequeña... A decir verdad, esta noche cumplo dieciocho...
Sango y Kohau se miraron entre sí y sonrieron de una forma cómplice que no llegué a entender. Sango miró el sol, que ya estaba en lo más alto. Ya era el mediodía, y teníamos que empezar a volver a la aldea.
- Iremos corriendo. A mitad de amino, subiremos encima de Kirara. ¡Venga!
Sango tras dar la orden se puso a correr hacia la salida de su aldea. Muy pronto entramos en bosque lleno de vegetación. Kohaku iba detrás de mí, por si me perdía. Los zapatos que me dió Sango eran una maravilla, no notaba nada del suelo, ni cuando saltaba encima de unas rocas de un río seco. Sango cada vez corría más rápido, hacia un descampado que llegaba a un precipicio. Sango gritó un "aprende a ser valiente" y saltó por el precipicio. Me asomé y con la niebla que se formaba por la altura, no conseguí verla. Me atemoricé un poco, pero tras ver como Kohaku también saltaba, no lo dudé dos veces, y cogí carrerilla y salté al vacío. Me sentí libre, y no me dió miedo. Kirara me atrapó al aire y voló hacia la aldea. El trayecto de vuelta fué más corto y más intenso que el de ida. Al llegar a la aldea, caminé hacia la cabaña de Kagome, como le prometí que haría al volver del entreno.
- Ya estoy aquí Kagome. Oh, vaya... qué bien huele.
- Estoy preparando un estofado de verduras y de carne de un jabalí que ha cazado ésta mañana Inuyasha. Hay de sobras, así que quédate a comer. Además, hoy es tu cumpleaños, tienes que comer como Dios manda.
- Me quedaré a comer, entonces. Gracias. Sí, cumplo dieciocho. ¿Donde ha ido Inuyasha?
- Pues no lo sé. Solo ha dicho que "tenía cosas que hacer" y se fue antes de que pudiese preguntarle.
- No ha cambiado... Pero seguro que pronto vuelve.
- Sí, estoy segura de ello, Rin. Cuéntame. ¿Qué tal el entreno?
- Cansado. Iré a darme un baño. No tardaré.
- Estaremos aquí, Rin.
- Vale.
Salí hacia mi cabaña y cogí el kimono nuevo que me trajo el Señor Sesshomaru. Era de color naranja con unas flores blancas. El obi era estrecho y de color blanco. Cogí también una tela limpia para secarme y me dirigí al río. Una vez allí, comprobé que no hubiese nadie, me quité el kimono que usaba y los zapatos y me metí en el agua. Estaba templada, puesto que el sol tocaba de llano. Buceé unos metros hasta la pequeña cascada. Dejé que el agua me cayese encima del pelo, era muy agradable. Tras unos minutos de disfrute, volví hacia donde estaban mis cosas. Primero me sequé y me puse el kimono nuevo y los zapatos de que me regaló Sango. Cuando recogí las cosas empecé a andar hacia la aledea. Escuché un ruido entre unos arbustos y supe que alguien me seguía. Seguí andando como si nada, intentando mantener la calma. Me agaché un poco y cogí una piedra que tiré detrás de mí, donde se ocultaba un bandolero joven.
- Vaya, vaya, así que me has descubierto, chica.
- No eres el rey de la discreción. Haces mucho ruido. ¿Qué quieres?
- ¿Y me lo preguntas? Eres una moza muy guapa, quiero que vengas conmigo y me sirvas unas copitas de sake. Venga, monada, ven conmigo, te divertirás. De lo contrario... -Escuché el sonido de una espada al desenvainar y unos pasos que corrían hacia mí.- ¡Muere!
Me aparté un poco, al escuchar el sonido que hacía el viento al cortarse por el filo de la espada. El bandido, sorprendido, se estrelló con un árbol y su espada quedó clavada en éste. Trató de sacarla, pero no podía. Por alguna extraña razón, aquel hombre no me daba miedo. Tal vez era por la emoción del entreno. El bandido se avalanzó encima de mí, y yo pude esquivarle. Le cogí del brazo y le inmovilicé como Sango hizo con Kohaku en el entreno.
- Pe..Perdone señorita. Disculpe mi grosería... ¡Ya me voy!- Al escuchar ésas palabras en una voz que temblaba, le dejé ir y el bandolero echó a correr en dirección contraria a la aldea.-
- Vaya, es cierto que son unos cobardes...
Me dirigí de nuevo a mi cabaña, donde lo guardé todo. Cogí un peine que me regaló Kagome hace unos años y me peiné. Hoy era mi cumpleaños, y ésta vez ni siquiera vendría Jaken a verme. Suspiré un poco y salí de la cabaña, volviendo a ir a la de Kagome. Al entrar, estaban todos ahí: Kagome e Inuyasa, Miroku y Sango y sus hijos, Shippo y Kirara, y Kohaku. Al entrar yo todos gritaron al unísono.
- ¡Felicidades, Rin!
- Oh, chicos qué sorpresa...
- Últimamente te veíamos un poco decaída, y decidimos que sería un buen plan para animarte. Toma, esto es para ti, es de Kagome y mío.- Dijo Inuyasha, tendiéndome una cajita. La abrí y de adentro saqué unos pergaminos antiguos y unas cosas raras del mundo de Kagome, que se llamaban "rotuladores".
- Oh, es muy bonito. ¿Con esto podré escribir y dibujar?
- Sí, créemos que tal vez pronto las necesites...-Sonrío Kagome, guiándome un ojo.
- Mira, esto te lo hemos comprado Sango y yo.- Intervino Miroku, a la vez que me daba una caja algo más grande. La abrí y dentro ví que estaba lleno de maquillajes .- Pero esto es demasiado... Los maquillajes son muy caros, Sango y aquí hay de todos los colores...
- Tranquila, ya sabes que Miroku gana mucho dinero. Además, yo a tu edad ya me pintaba los ojos. ¿Acaso no te gusta?
- Es perfecto, Sango. Gracias amigos...
- ¡Yo tengo para ti una cosa muy especial!-Dijo Shippo con voz ilusionada. Me entregó una serpiente pequeña de madera, parecía un juguete.- Esto es un gran hechizo de distracción. Por si algún día estás en apuros.
- Gracias, Shippo, la verdad es que me viene muy bien. Ven aquí, pequeñajo...-Cogí a Shippo y le di un beso en la mejilla, a lo que él respondió con un gran rubor.-
Al ver la reacción de Shippo, todos rieron de un modo escandaloso. Yo me uní a la risas, y Shippo también, avergonzado. En seguida nos pusimos a comer el estofado que Kagome había preparado. Miroku había traído un paquete de arroz y una botella de un té que era muy refrescante. Todos comimos y festejamos mi aniversario. Poso después de la comida, me puse a jugar con los hijos de Sango. Para mi sorpresa, cuando empezó a oscurecer, Sango me abrazó fuertemente, y Kagome se le unió. Aquello hizo que tuviese la sensación de que el corazón y los ojos me temblasen. Estaba feliz, pero faltaba algo. Más bien dicho, faltaba alguien.
- Inuyasha y yo tenemos algo que anunciar, amigos.- Dijo Kagome-
- ¿Qué? ¿Ya quieres decirlo? ¿Estás segura, Kagome? -Pregunto Inuyasha con nervio.-
- ¿Eh...? Si... ¿O prefieres que lo digamos en unos días?
- Bueno, a mi... a mi me da igual...-Para sorpresa de todos, Inuyasha estaba algo ruborizado.
- Entonces lo diré, Inuyasha. Bueno amigos: La noticia es que... Inuyasha y yo nos vamos a casar.
- Oh, muchas felicidades, Kagome, me alegro muchísimo por vosotros.-Sonreí, mirando a Kagome. Realmente me alegraba por ellos.
- Ya era hora, Inuyasha, pensé que para cuando se lo pidieras, ya sería viejo.-Dijo Miroku mirando a Inuyasha, a lo que el aludido respondió proporcionándole un coscorrón en la cabeza.
Me reí ante la escena. No sé como lo hacían, pero mis amigos siempre lograban sacarme una sonrisa, por triste que estuviese. Seguimos festejando un rato más, hablando del matrimonio de Inuyasha y Kagome, también hablaron de la boda del monje y su exterminadora... Luego como anécdota yo les conté mi encontronazo con un bandido en el río. Todos me miraron, ahora con preocupación, y tuve que asegurarles que estaba bien. Al poco se escuchó un fuerte mugido de vaca, muy familiar para todos. Con rapidez salimos todos de la cabaña de Kagome y vimos que el armero Totosai estaba allí fuera. Cargaba con él un paquete alargado.
- Totosai, ¿como es que vienes tú por aquí? -Le pregunté con curiosidad, normalmente venía solo a ver a Inuyasha o Kohaku.
- Pues tengo una cosa que darte, pequeña Rin.-Dijo a la vez que me tiraba su paquete, que pude coger al aire.- Felicidades, por cierto.
- Gracias Totosai. -Abrí el paquete y pude ver una lanza.- Vaya...
- El palo es de madera bañada en acero y recubierta con cuero de piel de un poderoso demonio. La hoja está hecha con los huesos del mismo demonio. Yo mismo la he cortado y he labrado los dibujos tanto en el palo, como en la hoja.
La lanza medía un poco más que yo. El palo, de color caoba, tenía la dureza del acero y el tacto del cuero. La hoja estaba hecha de hueso, pero bañada en acero. Estaba tallada de tal forma que parecía un triángulo muy alargado. Desde abajo de todo del palo, hasta el principio de la hoja, había esculpido el dibujo de unas raíces, que se encontraban en la hoja, donde se hayaba una preciosa orquídea, también esculpida.
Totosai me tendió la funda de la hoja, al parecer había algo dentro. Parecía un pergamino doblado por la mitad. Lo abrí, con las manos temblorosas y leí su contenido.
"Hazle un buen uso", ponía. Y en una esquina del pergamino habían dos dibujos pequeños. El primero era una llama de fuego, y el segundo, una media luna de color morado.
Me quedé conmocionada. A pesar de que el Señor Sesshomaru no pudo venir, se había acordado de hacerme llegar un regalo. Sonreí ampliamente, emocionada. Incluso Jaken había participado en el regalo que acababa de recibir.
- Muchas gracias, Totosai. De veras, es una lanza muy bonita. Prometo darle un buen uso.
- Tengo que advertirte, pequeña Rin. De que la lanza se adaptará a tu fuerza y a tu poder espiritual. Cuan más fuerte seas tú, más fuerte se hará la lanza.
- Es bueno saberlo, señor Totosai. Muchas gracias.
- Bien, no tengo nada más que hacer aquí.
Kagome me miraba, sonriente. De hecho, todos me miraban sonrientes. Para mi sorpresa, me llevé una mano al rostro.
- ¿Y ahora porqué llora? -Murmuró Inuyasha a Kagome-
- ¡No estoy llorando..!
- Sí lloras, huelo tus lágrimas.
- ¡Que no lloro...!
- ¡Que sí!
- ¡Que no!
- Siéntate.
- Kagomeeeee, porquéeeeeeeeee?!
- Eres muy poco sensible, Inuyasha.
Sango se acercó de nuevo a mí para abrazarme una vez más. Me dió un beso en la frente y Kagome nos miró con ternura. Me había emocionado, pero no quería que se notase demasiado. Me senté en el suelo y apoyé mi espalda en la pared de la cabaña de Kagome. Miré las pinturas, la serpiente de madera, y los pergaminos. Kohaku se acercó a mí y me dió una cajita pequeña.
- Yo también he traído algo para ti.-Me dijo sonriente.-
Abrí la cajita que traía Kohaku consigo, y él mismo cogió lo que había dentro, y me lo enseñó. Era un coletero de color rojo, estaba hecho con hilo de lino que parecía estar hilado a mano. Lo decoraba una mariposa pequeña de color dorado, con detalles de color rojo.
- Vaya, es precioso, Kohaku, es realmente bonito.
- Me alegro de que te guste, Rin.
Kohaku cogió el coletero, y me hizo una coleta a un lado de la cabeza, como la que me solía hacer de niña. Kohaku me miró, sonriente y se ruborizó un poco, lo que me hizo sentir algo incómoda. Le sonreí amablemente, y él se levantó. Se excusó diciéndome que tenía cosas que hacer con Shippo, y ambos se fueron. Me levanté al rato, con todas mis pertenencias, guardando el pergamino del Señor Sesshomaru como oro en paño.
Me despedí de Kagome, dándole un beso en la mejilla, y luego abracé a Inuyasha, quién me revolvió el pelo. En ése momento, por la ventana, entró una vocecilla conocida.
- Señorito Inuyashaaaaaaaaa!
- Abuelo Myoga, ¿qué haces aquí a estas horas?
- ¡El combate de las tierras del Oeste ha empeorado mucho! ¡Han herido de gravedad al Señorito Sesshomaru!
- ¿Como que le han herido?
- Sí, la Señorita de las tierras del Este se presentó en la batalla y atacó cuando Sesshomaru estaba cansado.
- ¿Pe-Pero cómo está el Señor Sesshomaru...? -Susurré llenándome de miedo.-
- Tiene una herida en el hombro, y apenas puede luchar. ¡Señorito Inuyasha, tiene que ir a ayudar a su hermano, por el honor de su padre!
- Claro que iré. Maldita sea. Rin, ni se te ocurra venir, ¿me has oído? Kagome, no te separes de ella. -Gritó Inuyasha antes de salir corriendo de la cabaña.-
Señor Sesshomaru... No se muera...
