Disclaimer: THG y todos sus personajes no me pertenecen, son parte de la maravillosa obra de Suzanne Collins.

Silencio


"Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio."

— Mario Benedetti


Desde el día en que Peeta vovlvió al Distrito 12 hasta el día de hoy, las cosas fueron lentamente tomando forma. Al principio, los días malos eran los más. Ir a cazar al bosque, resultaba improductivo, dado que la falta de práctica me impedía dar tiros limpios, y muchas veces no atinaba. La falta de estado físico hacía que al llegar a la valla ya me encontrase cansada, y volviese aun antes de salir. Había días en que no salía, y había días en los que Peeta no venía. Calculo que eran los días en que tenías sus ataques. Aun así, jamás fui a ver si estaba bien o si necesitaba algo. Él nunca lo pidió tampoco. Se limitaba a aparecer al día siguiente con ojeras o con algún golpe especialmente notorio, pero nunca dijo nada. Y yo nunca pregunté.

Los días se transformaron en rutina. Peeta venía con pan por las mañanas, y desayunábamos en silencio. Los días malos, en que los recuerdos se apoderaban hasta de la fuerza de mi cuerpo, el chico del pan me traía el desayuno, y no se movía de mi lado hasta que lo comiera. Sin decir nada. A veces sacaba un cuaderno en el que dibujaba, o simplemente se quedaba mirando la pared. Por cansancio e incomodidad, nunca pasaba mucho hasta que yo decidía salir de la cama. Luego de eso, iría al bosque, para cazar o para mirar los árboles y Peeta volvería a su casa. Nunca vendría en las tardes o en las noches.

Hablé con el Dr. Aurelius finalmente. Bueno, técnicamente yo llamaba, contestaba algunas preguntas de rigor y luego escuchaba sus recomendaciones. Aunque nunca las seguía. Eventualmente hablaría con mi madre, nunca por más de cinco minutos, y nunca más allá de las formalidades esperadas de dos simples conocidos. Viendo hacia atrás supongo que Peeta fue el gatillo de unos cuantos cambios. Me pregunto si hubiese sido lo mismo con cualquier otro.

Con el paso de los días, mi puntería mejora, al igual que mi condición física. Pero aún así había días duros, especialmente aquellos en los que Peeta no se presentaba, y yo no salía de la cama. Además de lo duro de esos días en sí, ahora sentía que había generado una especie de dependencia con él, me había acostumbrado a que venga a sacarme del pozo en el que mis depresiones me sumergían.

Tiempo después, alguno de los días en que Peeta no venía era Sae quien me llevaba el desayuno a la cama, siempre con algún pedazo de pan fresco. Una vez me explicó, que Peeta estaba reconstruyendo la panadería de su familia, y que algunas mañanas no podía quedarse conmigo hasta que decidiera levantarme, dado que tenía otros pendientes.

Eso no ayudó. Desde que lo escuché pase un tiempo incontable en el que estuve en la cama, sin moverme, sin hablar. Realmente no sé cuánto fue, Peeta dijo que fueron tres días. Para el cuarto, fue Peeta quien entró en mi habitación con la bandeja del desayuno, y no Sae. No sé en que momento de la mañana noté que era él, pero verlo ahí solo hizo que todo lo entumecida que me había sentido se transformase en ira. Pura y desmedida ira.

Sin entrar en detalles, todo terminó con Peeta cubierto con el desayuno y yo gritando que se vaya. Hacía tiempo que no veía los ojos de Peeta brillar con enojo, un enojo sano, no como el inducido por el veneno. También él gritó. Yo grité más fuerte. Ninguno sabía porque estaba tan enojada, y a ninguno de los dos nos importaba.

Ambos salimos de mi casa más molestos de lo que jamás pueda recordar, yo rumbo al bosque y él hacia su propia casa.

Haymitch vino esa tarde, y se rió un buen rato a mi costa. Hasta que lo amenacé con cortarle la garganta, lo que hizo que se ría más. Luego dije que hablaría con el Dr Aurelius, para expresarle mi preocupación por lo que el alcohol podría hacerle a un hombre de esa edad. No sé que fue lo que lo logró, si la amenaza de quitarle el alcohol o llamarlo anciano, pero dejó mi casa furioso.

Peeta no vino la mañana siguiente, y no me levanté de la cama. Más por principio que porque quisiera quedarme esta vez. Cuando el sol se estaba poniendo, la puerta de calle se abrió y me preparaba mentalmente para discutir con Haymitch cuando vi una cabeza rubia asomarse por la puerta. Peeta seguía molesto, aunque sea levemente, pero depositó unos bollos con queso en mi mesa de noche y se sentó en una silla a esperar. Tarde entendí que él había comprendido el motivo de mi molestia aun antes que yo.

La rutina cambió entonces, si Peeta no aparecía a la mañana para desayunar juntos, venía a la noche a asegurarse de que coma en la cama, eso aseguraba que al día siguiente me levante aunque él no viniese. Consecuentemente, ya no había mañanas en la cama; ya fuera porque no era un día malo, porque lo era y Peeta venía, o porque lo era y Peeta había venido la noche anterior. Sí, cuando lo puse de esa manera me asusté un poco de lo necesaria que era la simple presencia de Peeta en mis días. Y aunque ya no había mañanas entre sabanas, cuando su ausencia brillaba en la mañana, pocas horas pasadas del mediodía me metía en mi dormitorio a esperar que él llegase.

Conforme pasan los días, la presencia de Peeta se hace normal, una constante que ayuda a regularizar mis emociones. El Dr Aurelius dice que es bueno generar pequeñas rutinas, acostumbrarme a las cosas cotidianas, que me dará seguridad, me hará sentir estable. ¿Hasta dónde alcanzan estas cosas? Eso no lo sé, y no creo que nadie lo sepa, pero estoy segura de que no se puede vivir una vida con el simple objeto de pasar el tiempo. En algún momento supongo que querré, necesitaré más. Pero esos días parecen muy lejanos.

Los silencios se convierten de a poco en conversaciones monosilábicas, y estas con el tiempo en conversaciones acerca del tiempo o sobre como avanza la reconstrucción de la panadería. Nunca son muy interesantes o muy profundas, y por lo general resultan aburridas y hasta repetitivas, pero escuchar la voz de Peeta es reconfortante, es una voz grave pero suave, y proyecta calidez, aunque dudo que lo de la calidez no sea algo producto de mi imaginación.

Quiero invitarlo a conocer el bosque. Realmente deseo que lo conozca. Y es muy extraño, dado que nunca me sentí inclinada a llevar a mi bosque a nadie, ni siquiera a Prim. Pero pienso que Peeta encontraría tantas cosas para pintar, que se maravillaría por cada recoveco. Pero jamás lo invito, jamás lo menciono.

Mis viajes al bosque aumentan, y cada vez me siento más a gusto, y mis presas son cada vez más. Sae ya no viene todos los días, dice que ya parezco capaz de cuidarme sola. Quiere decir en realidad, que sabe que Peeta va a cuidarme. Cuando ella no cocina, yo tampoco lo hago, pero ella no lo menciona. Incluso Haymitch tomó la costumbre de venir un par de veces por semana, cuando tiene hambre, o cuando no puede soportar la soledad. Nos quedamos sentados viendo el fuego, deseando la soledad pero disfrutando de nuestra mutua compañía. Nunca antes había notado que tanto ambos nos parecemos.

Hay noches en las que Peeta viene tarde, y muy cansado, y veo como sus ojos quieren cerrarse. Sé por el Dr. Aurelius que el dormir bien, y el dormir mucho favorecen a que los ataques disminuyan. Sé que él jamás duerme bien, perseguido por las mismas pesadillas que yo, pero no puedo llevarme a decirle que vaya a descansar, que no lo necesito. Dejo que se quede hasta que no pueda más, hasta que mis ojos sean los que se cierren. A veces temo que se quede dormido, a veces espero que lo haga. Pero nunca se lo digo.

El silencio se convirtió en nuestra mejor arma, porque no es nuevo que yo guarde las cosas para mí misma, pero ahora también es Peeta quién se siente incomodo cuando la conversación se hace aunque sea remotamente personal. Eso es nuevo. Y en algún punto me molesta. Con el tiempo hemos desarrollado una especie de facultad en evitar hablar de cualquier cosa que no sea el clima o de otra gente, gente que no conocemos realmente. La situación es rara, realmente rara, pero encuentro paz en esos momentos en los que estamos juntos.

Una mañana Peeta llegó excepcionalmente temprano, dado que no podría venir por la noche, y parece entender que es necesario para mi salud verlo algunos momentos, por lo que subió a mi habitación, y me encontró en medio de una pesadilla, no sé cuanto tiempo estuvo ahí, ni sé que pasó por su mente, pero cuando abrí mis ojos, entre gritos, lo vi parado al lado de mi cama con los ojos desorbitados, la boca ligeramente entreabierta y el cuerpo tenso; sus brazos rígidos y los pies separados. En un segundo, sea cual haya sido mi pesadilla, se borró de mi mente, era claro que el suceso había impactado más a Peeta que a mí. Luego de unos segundos de fija contemplación, a penas salió su voz para preguntar:

— ¿Qué tan a menudo?

Mis ojos se apartaron de él, y se dirigieron a mi regazo. ¿Es que Peeta creía que yo ya no tenía pesadillas? ¿Creía que habían disminuido, o que eran menos frecuentes? ¿De dónde sacó aquello? ¿Qué le hizo pensar eso? ¿Es que él ya no las tenía?

— Katniss.

Su voz suena urgente, y un poco contenida, como si tendría que evitar gritar.

— Nunca pararon. Con el tiempo cada de vez hay más variedad.

No reconozco casi el tono de mi voz, ronca por los gritos y es apenas un susurro, conteniendo el nudo que se formó en mi garganta a penas lo vi parado en mi habitación.

De la garganta de Peeta sale una especie de gruñido, casi animal, y girando sobre sus talones da dos pasos hacia la puerta, dando de camino un manotazo a uno de los jarrrones vacíos del tocador y tumbándolo al suelo. Aunque esto no parece importarle en lo absoluto, dado que sigue hacia el pasillo y lo escuchó azotar la puerta. No ha de haber llegado muy lejos, porque en menos de un minuto solo se oye el ruido de cosas siendo azotadas contra las paredes, golpeadas unas con otras, haciéndose trizas, incluso, si me esfuerzo puedo escuchar la respiración pesada de Peeta.

No me importa que esté destrozando todo el mobiliario de mi casa, a decir verdad, no hay nada aquí que me interese. Me preocupa más que esté teniendo uno de sus ataques, que rompa las cosas imaginando que soy yo, que desee golpearme a mí en vez de los muebles. Temo que se lastime, también. Pero no hay manera de conseguir llevarme hasta allí, hasta él. No hay forma de armarme del valor suficiente para enfrentar uno de sus ataques. No creo que nunca sea capaz de voluntariamente someterme de nuevo a ver esa mirada en su rostro.

Luego de unos momentos que parecen eternos, los ruidos cesan, y ya no oigo sus exhalaciones. Aún así no salgo de la cama, no voy a ver cómo está. Me quedo en mi cama de sabanas revueltas, en mi habitación de paredes silenciosas. Unos minutos luego, escucho movimiento, lo oigo bajar y luego volver a subir las escaleras, oigo el movimiento de cosas, pero ya no golpes, y el ruido de piezas siendo recogidas. Seguramente Peeta a vuelta en sí y está limpiándolo todo. Realmente en el Capitolio hicieron un gran trabajo con mi oído. Vuelve a bajar las escaleras, y oigo la puerta de calle abrirse.

Me dejo caer en la almohada, mirando el techo. Mi mente está en blanco, y siento el familiar tirón del sueño invadir mi mente. La tentación de volver a dormir, dejar a mis verdaderos problemas afuera, enfrentarme solo a pesadillas es muy tentadora. O quizás solo cerrar mis ojos, y olvidar lo demás, concentrarme en lo que ya no es, en lo que hubiera sido. Mis ojos se cierran, y pienso si esa bomba no hubiese caído, si no hubiésemos ido en la misión, si no me hubiesen llevado al 13, si hubiesen salvado a Peeta en mi lugar...

Cuando soy consciente de ello, unos fuertes brazos me rodean, me dejó estar, inmóvil, maleable, para que haga lo que quieran conmigo. Si no hubiese habido segundos juegos para nosotros...

Los brazos me depositan en algún lado, y el cuerpo dueño de ellos se empieza a mover en el nuevo cuarto al que me trajeron. Es blanco, limpio. Si no hubiese fallado en el tour, si hubiese podido demostrar que amaba Peeta, convencerlos a todos. ¿Un hospital quizás? Huele a limpio. Si no hubiese sacado las moras, si no buscaba a Peeta, si no hubiese matado a otros tributos. No es un hospital, es un baño quizás, oigo el agua correr. Las manos tocan mi cara y sé que alguien me habla, pero no entiendo. Si no me hubiese ofrecido para la colecta. Si Prim no hubiese salido sorteada. Los brazos vuelven a rodearme y me dejan en un nuevo lugar, está mojado. Si no hubiese aprendido a cazar, si no hubiese podido con todo...

Una gran cantidad de agua cae en mi cara, y mi cerebro empieza a trabajar rápidamente, alerta, esperando otro ataque.

Si Peeta no me hubiese salvado la vida, si no hubiese tirado los panes.

— ¡Katniss!

Y el pasado en mi mente y el presente se vuelven uno en la imagen del muchacho frente a mí.

— ¿Peeta?

Un leve rastro de alivio cruza por su cara, y en menos de un minuto dice que lo siente, y que ya no sabía que hacer, que estuvo mucho tiempo intentando que reaccione, pero no había caso, repite que lo siente y pasa sus manos por su cabello. Noto que aún llevo la remera que uso para dormir, y que mojada ésta ya no sirve ya para cubrir mucho. Mis mejillas arden, y levanto mis brazos, pero Peeta no parece haberlo notado porque sigue inmerso en su monologo.

La incomodidad de la situación es tal que me dan ganas de reir, así que finalmente lo detengo, y digo simplemente que estoy bien. Peeta parece desconcertado unos momentos, luego mira a su al rededor y parece notar que lo bizarro de la situación. Tengo que morderme los labios para no sonreír cuando lo veo ponerse más rojo de lo que parecería saludable, se levanta torpemente, balbucea algo del desayuno y sale.

El resto del día transcurrió sin incidentes, me bañé y bajé a desayunar, aunque para cuando lo hice era bastante tarde ya en la mañana, y el pan ya no estaba caliente, pero Peeta seguía allí, así que comimos y él dijo que iba a la panadería, sin duda hoy era un día perdido.

Antes de irse pregunta más de una vez si estoy bien, y cuando se levanta, casi con miedo, toca mi trenza, tan rápido y tan brevemente que no estoy segura de que haya pasado, pero el color de sus mejillas me dice que no es una ilusión. Un segundo incomodo más tarde Peeta ya salió por la puerta y yo soy un desastre de sensaciones. A pesar de la hora (en un día normal estaría volviendo), decido ir al bosque.

Al haber empezado mi día tan tarde, sorprendentemente rápido llega la hora de dormir, sé que no veré a Peeta esta noche, por algo vino en la mañana, así que me doy una ducha rápida, y me meto de nuevo en mi cama, cama a la que odio por cierto. El sueño llega más de prisa que de costumbre y en unos segundos estoy dormida. Me despierto horas más tarde, sintiendo una presencia en mi habitación, temblando de miedo, pensando que han venido por mí.

— No te asustes, Katniss — la voz de Peeta llega a mí como un susurro, y aún en la oscuridad debe de haber visto mi cara, o saber que es lo que cruza por mi mente, porque agrega — No voy a hacer ruido, solo quería asegurarme de que duermas bien hoy.

¿Qué hora es? ¿Por qué recién llega? ¿De dónde? ¿Y a qué demonios se refiere con eso de que duerma bien? ¿Piensa quedarse toda la noche vigilando mi sueño? Sin duda, parece que ese es su plan porque lo veo acomodarse en la silla buscando estar confortable. A veces, siempre, me gustaría saber qué pasa por su mente, o al menos entender cómo piensa, nunca comprendí al otro Peeta, odié al Peeta del Capitolio, y a este nuevo ser, además de no comprenderlo y de tenerle un poco de recelo, le tengo una especie de fascinación insana.

Sin mediar palabra, me corro hacia un lado de la cama y levanto la sabana. Siento como su respiración se para, lo siento moverse un poco, pero no se acerca, no se levanta, no viene hacia mí. Deja que interprete el silencio como me parezca.

Luego de unos momentos comprendo que no va a dormir conmigo, y el dolor de mi pecho se mezcla con la ira que se levanta por mi orgullo herido. Sin embargo, aunque suelto las sabanas, no me muevo no un centímetro. Me giro para el otro lado y dejo su espacio vacío, sabiendo que ninguno de los dos va a dormir esa noche.

Como predije, ninguno durmió, y a penas empezaron a verse los primeros rayos de sol, Peeta se levantó y se fue. Yo seguí sin darme vuelta. No vino en el resto del día, y yo a la hora de acostarme, me pregunté si esa noche lo volvería a ver. Unos minutos después Peeta entró en mi habitación y se acomodó en su silla, volví a correrme y a abrir las sabanas, inútilmente de nuevo. Esta noche ambos dormimos. Aunque fue un descanso de a trozos, y constantemente lo escuchaba moverse en la silla. En ese momento pude apostar, o dejaba de venir o empezaba a dormir conmigo, era solo cuestión de tiempo.

Resultó requerir una semana, y pesadillas diarias, para que Peeta ya ni hiciera el hamago de dirigirse a la silla. La primera vez que tuve una pesadilla, me despertó un poco bruscamente, y parecía que no sabía que hacer, ni bien me calmé volvió a su puesto. La noche siguiente ya sabía que hacer, y parecía más clamado, y para la segunda vez que me desperté, se quedó hasta que me dormí, no solo hasta que me tranquilicé. El tercer día, fue solo una vez, y esta vez se acostó detrás de mí, hasta que me dormí; el cuarto su brazo empezó a jugar con mi pelo mientras esperaba que me durmiese. La quinta noche fue terrible, me desperté tres veces, y luego de la última se quedó conmigo hasta que despuntó el día. El sexto día luego de despertarme, calmarme y quedarse conmigo me encargué de que se quedase, poniendo mi cabeza en su pecho, y cubriéndolo con las mantas. Fue una pequeña gran victoria sentirlo relajarse paulatinamente, y casi empiezo a reír como desquiciada cuando su brazo me rodeo. No dormí el resto de la noche, aunque fingí estarlo cuando Peeta se levantó. Finalmente, la séptima noche volví a levantar las sabanas, y él simplemente se metió, dejando que yo lo cubra y luego me recueste por él.

Y aunque a la noche, no eran necesarias las palabras, y ninguno de nosotros temía tocar al otro, los días seguían siendo llenos de silencios incómodos. Aunque no nos viésemos mucho, a veces comeríamos juntos. Peeta siempre se iba con el sol. Pronto me dí cuenta de que mientras él amaba el color de los amaneceres, yo empezaba a odiarlo, porque significaba el momento en que Peeta se iba de mi lado.


¡Hola a todos!

Lamento la tardanza, hoy rendí el último final del año, y luego de dormir unas horas lo primero fue acabar este chap, realmente no me esperaba una respuesta tan favorable, sepan que adoré sus reviews, y cada vez que leía uno nuevo me quemaban las manos para traerles esté, pero debía estudiar, ¡y tuvo sus frutos! Así que ahora estoy libre para ustedes y para los fics.

Voy a subir uno más antes de que acabe el año. Sueno como político, lo sé. Pero voy a intentarlo, porque realmente, me encantaron sus revs.

Como siempre, adoro escuchar qué piensan del fic, qué les gustaría leer, sus dudas, críticas y cualquier opinión. Sé que éste capítulo es un poco denso de leer, pero es todavía el principio, y hay mucho que explicar. Disculpen los errores, pero no quería tardar más.

Muchas, muchísimas gracias por comentar, por los PM, por los Fav y los Follows, realmente, dan ganas de escribir solo por saber que hay alguien a quien le gusta.

¡Muchísimas gracias por leer! y ¡Felices Fiestas!

Pd: He escrito otro fic antes, no es la gran cosa, pero si lo desean pueden pasarse a leerlo mientras esperan por el próximo capítulo, es ligero y relativamente corto.

23/11/2013