De pie afuera de Bolsón Cerrado, Sam no se atrevía a llamar. Era tarde y no quería despertar a su amigo, mucho menos tenía ganas de explicarle por qué estaba ahí y no en casa durmiendo con su esposa, pero tenía frío, estaba medio desnudo, mojado y exhausto. Tocó la puerta tres veces.
Al principio no escuchó nada. Pensaba dar media vuelta, tal vez pedirle posada a Merry o Pippin… cuando la puerta se abrió de par en par y Frodo apareció, claramente confundido por su presencia.
"¿Sam…? Cielo santo, ¿qué haces aquí? ¿Estás bien?" Con pasos torpes se acercó a él, notando el estado en que se encontraba. "¿Qué te pasó?"
"Mi señor Frodo…" Quiso responder, decirle lo que había pasado y pedir refugio. En vez de eso rompió a llorar, por primera vez en la noche. Sus rodillas temblaron y casi pierde el equilibrio. Frodo lo sostuvo, lo rodeó con sus brazos y susurró palabras de consuelo en su oído. No tenía idea de qué hacía su amigo ahí a esa hora de la noche, pero eso podía esperar.
Mientras Sam lloraba en su hombro, Frodo lo ayudó a entrar y lo llevo a la sala, lo sentó con cuidado en un sofá y besó tiernamente su frente. Pasaron minutos antes de que el rubio consiguiera calmarse y recordara cómo articular palabras. "¿Podría… dormir aquí sólo por hoy, señor Frodo?"
Frodo sonrió con condescendencia. "Puedes dormir aquí las noches que quieras, Sam. Estoy en eterna deuda contigo, no deberías ni preguntar." Colocó una mano sobre su hombro. "Pero desearía que me digas que ocurrió."
"N-nada. No fue nada."
Frodo levantó el mentón ajeno delicadamente, de modo que pudiera mirarlo a los ojos. "Sabes que puedes contarme lo que sea. Yo entenderé y estaré dispuesto a ayudarte. Me importas, Sam. Además, no me dirás que estás así lastimado por 'nada'. Tienes sangre en el brazo, no creas que no me di cuenta."
Sam inhaló, consternado. No sabía cuánto podía contarle. Al final, decidió omitir ciertos detalles. "Discutí con Rosita. Ya sabes que lo nuestro no andaba bien desde su cumpleaños… Gritamos. Me pidió el divorcio." Sus ojos ardían. "Ya no tengo casa, señor Frodo. Ni casa ni esposa ni ropa. No tengo nada..." Su voz se quebró y lágrimas lo embargaron de nuevo.
"¿Y esto?" Frodo tomó el brazo herido de su amigo.
"Un accidente." Mintió entre sollozos. Frodo lo conocía mejor que eso, y permaneció en silencio esperando oír la verdad. "Creo que Rosita se emocionó mucho mientras me echaba de casa. N-no fue su culpa, no estaba en sus cabales."
Frodo asintió. El resto se lo podía imaginar. "Bueno, primero lo primero. Ven acá. Tenemos que limpiar esas heridas, tus rodillas también; ducharte y ponerte en cama. Es de madrugada. Mañana podremos hablar mejor de esto."
Sam se rehusó con vehemencia. "No, señor Frodo, no quisiera causar tanta molestia. SI sólo… me concediera algún espacio en un sofá estaría más que agradecido."
Su amigo lo miró con afecto. "No es ninguna molestia. Sabes que sin ti no hubiera podido dar un paso fuera de la Comarca sin morir. Me salvaste muchas veces, arriesgaste tu vida por mí y me cuidaste, aun cuando mi mejor juicio estuvo nublado. Nunca sería una molestia poder devolverte el favor, aunque sé que esta vida no me alcanzará para hacerlo."
El hobbit de ojos celestes lo tomó de la mano y le mostró el cuarto de baño. Buscó ropas que pudieran quedarle y se las ofreció, junto con una toalla. "No demores mucho. Con el frio que hace podrías enfermar." Sam asintió, a la vez que cerraba la puerta y acto seguido se desvestía para sumergirse en el agua de la tina.
Era un idiota, el mayor idiota de todos. ¿En qué había estado pensando cuando decidió casarse con Rosita, sabiendo que su corazón no le pertenecía? La respuesta era evidente. Había estado pensando en Frodo, en que lo mejor que podía hacer era olvidarse de él, superarlo y conseguirse una mejor vida, junto con alguien que sí estuviera dispuesto a amarlo. Y ese alguien era Rosita, la bailarina a quien otrora había mirado con ojos encantados; pero por quien ya no sentía nada, no después de lo que había vivido con Frodo. Golpeó el agua. Era un egoísta. Se caso pensando únicamente en sí mismo y las apariencias, nunca pensó en las repercusiones, ni en ella. Intentó amarla, de verdad, pero ojos celestes siempre se interponían... Echó la cabeza hacia atrás y deseó morir. Lo había arruinado todo, en especial porque ninguna otra mujer en la Comarca lo querría desposar ahora, y porque Frodo nunca retornaría sus sentimientos.
Después de auto-torturarse un poco más, salió finalmente del baño, vestido con ropas que le quedaban apretadas y sueltas en los lugares equivocados. "¿Señor Frodo?" Llamó una vez estuvo en el pasillo.
"Sam, por aquí." La voz de su amigo provenía de una habitación. Siguiendo el sonido de su voz, Sam lo encontró en la que solía ser la recamara de Bilbo, antes de que partiera.
"¿Señor Frodo?"
El de ojos celestes sonrió, estaba tendiendo la cama. "Dormirás aquí de ahora en adelante, ojalá sea de tu agrado."
Sam parpadeó un par de veces, atónito. "No, no. No, señor. No podría dormir aquí… Al señor Bilbo no le gustaría."
Sam acomodó la almohada. "Mi tío está en Rivendell, feliz y sin intenciones de volver, lo sabes. No creo que a nadie le importe si te quedas aquí." Le dio unos golpecitos al colchón. "Sé que lo encontrarás cómodo."
Sam se sentó en el borde de la cama con algo de recelo. "¿Seguro que esto está bien, señor?"
"Lo está. Aunque si tanto remordimiento te causa 'profanar' la habitación de mi tío supongo que podrías dormir conmigo, aunque te advierto que sólo tengo una cama y ronco como un dragón." Bromeó, mostrando una gran sonrisa.
El rubio no pudo evitar enrojecer ante el comentario, a pesar de que sabía que no era serio. "Yo había pensado más bien en un sofá…"
Frodo rodó los ojos, empezando a cansarse de lo mucho que Sam se menospreciaba. "No. No eres ningún sirviente ni desconocido. Vas a dormir aquí y es mi última palabra, Samwise Gamgee. ¡De lo contrario me obligarás a que te ate a la cama!"
Bueno, no era como si Sam se opusiera a eso… Es decir, el rubio intentó poner sus pensamientos en orden, nuevamente sonrojado. "A-aquí está bien, señor Frodo. Sólo decía."
El de ojos celestes sonrió complacido. "Perfecto." Caminó hacia la puerta y antes de retirarse por completo lo miró preocupado. "Descansa. Mañana hablaremos de esto. Sé que Rosita entrará en razón y te perdonará por lo que sea que hayas hecho. Eres adorable, amigo mío, y sé que nadie podría enfadarse contigo de manera prolongada. Si quieres yo mismo hablaré con ella en tu favor, pero por ahora sólo descansa." Apagó la luz de la habitación. "Hasta mañana."
Sam cayó rendido sobre la cama y reflexionó sobre la ironía de la vida. Finalmente rió de forma amarga.
Como si Rosita quisiera escuchar lo que Frodo tenía que decir.
