BRETAÑA, meses después...
- Yo puedo ver agua a lo lejos, ¿es el mar?
Clavó sus tobillos en flanco graso de su caballo negro para ponerlo a par del animal de su guía, Gawain. Fénix irrumpió en una carrera agitada y él necesitó tirarle de las riendas para detenerlo.
- Ah, muchacho, tus ojos jóvenes son mejores que los míos.
Contestó el hombre que había sido, por muchos años, preceptor de otros guerreros, antes de recibir la tarea, dada por el propio rey en persona, de enseñarle lo que necesitaba saber y escoltarlo hasta las tribus al norte de la Bretaña, a fin de que fuera entrenado para, un día, sustituirlo en el trono.
- Sólo puedo ver una inmensa luz. Pero creo que más allá aún no es el mar, sino las tierras de verano, empapadas por las lluvias.
El niño rubio de porte altivo y robusto, aúnque hubiera cumplido sólo 11 años, tiró con la mano algunos mechones de su pelo que le perturbaba la visión y observó el paisaje. Los campos eran entrecortados por montañas en todo terreno y divididos por frondosos árboles. Más allá de todo eso, él pudo avistar diversas colinas donde, explicaba Hératus, había minas de plomo, terminando en una densa nube de niebla.
- ¿Ya estamos casi llegando? – el caballo negro se agitó cuando el chico le tiró con las riendas hacia atrás.
- Sí, si llegamos hoy a la aldea de la gente de la laguna, donde dormiremos, mañana ya podrás emprender tu viaje.
Radamanthys le ofreció una mirada respetuosa. Aúnque estuvieran hacía ya tres días, montados en sus caballos, caminando por aquellas difíciles rutas mojadas, Hératus parecía incansable. Era de estos hombres fuertes y varoniles, un verdadero griego, como en los tiempos dorados del invencible Aquiles o del honrado Héctor, que hacía los niños desear volverse un valeroso guerrero.
Tenía la pretensión, una vez terminada su misión de fabricar buenos caballeros, de montar una escuela de filosofía en Londinium.
- Creo que alcanzaremos la aldea tarde de la noche. – dijo el hombre.
- Cuando lleguemos, podremos descansar, seguro nos brindarán algo de comida. – completó el niño, con una tonada de adulto que hizo reír a su compañero.
- Pensé que estuviese ansioso por llegar a las Tierras Altas. – continuó Hératus – Con los valles más bellos que he visto. He luchado por Bretaña, pero la Escocia es simplemente magnífica.
- Estoy seguro que no será tanto. – dijo Radamanthys con orgullo patricio – Además tendré mucho tiempo para desfrutar de las bellezas escocesas. – contestó – Puedo esperar más un día para cruzar la frontera.
- Y empezar tu formación como valiente guerrero. Serán tus probaciones más duras, privaciones insoportables... – siguió el valiente griego.
- ¿Valdrá la pena? – preguntó el chico con preocupación.
- Siempre valdrá la pena, cuando el alma no es pequeña. – dijo Hératus. – Dicen que tu primo está aprendiendo el arte de manejar la espada a manera de los nórdicos, los ancestros de su madre.
- Los nórdicos son buenos...- Radamanthys habló, controlando su caballo – Pero las técnicas británicas son invencibles.
- Me consuela que tengas toda esta ansia de luchar por tu gente. Si la Bretaña tiene salvación, ésta serás tú.
El muchacho sonrió. Su padre siempre le había dicho que ésta era su más grande expectativa, que él luchase por su tierra y por la vieja sabiduría, que pudiera estagnar el avance de los sacerdotes del Cristo blanco que se propagaba, rápidamente, por todo continente y ya se encontraba en suelo inglés, aúnque con poco fuerza por aquellos años.
El rey Uther sabía del poder de los cristianos y sabía que, tarde o temprano, iban a dominar los 4 cantos del mundo con sus creencias, sus santos, su infierno y damnación. Era necesario un rey fuerte, un pulso firme para detener y impedir que la vieja creencia en la diosa se perdiera en las tinieblas para todo siempre.
Radamanthys sabía que eran planes de padre mandarle al Norte para completar sus entrenamientos. El hecho de eso haber pasado más temprano, se debía a la rebelión de un general que había aislado la Bretaña de Roma. El sureste del país, las playas estaban desprotegidas y el rey Uther creyó que sería mejor enviar a su único hijo y heredero al trono para lejos, por su seguridad y para que empezara, de hecho, a aprender el arte de la espada.
Por un rato, la sonrisa en el infantil pero imperioso rostro de Radamanthys tembló con este recuerdo. Su padre, en aquel mismo instante, podía estar en peligro. Sin embargo, entendía que, mientras él estuviera lejos, luchando, su propia vida también estaba amenazada.
o.O.o Germania o.O.o
Los primeros recuerdos de Pandora eran de la casa paterna. Años después, tendría en memorias un refugio cuando si sentía infeliz. El rey Johann era un hombre corpulento, barbudo, muy blanco y de profundos ojos azules. Cuando menor, Pandora adoraba agarrarle el pendiente que llevaba en el cuello, un pendiente muy curioso tratándose de un rey que, aúnque perteneciera a la antigua religión, era sumiso a Roma y a la cristiandad.
Crescera entre sus hermanastros y los largos pasillos del castillo Heinstein. A los siete años aprendió que, siempre que era censurada por su madrastra, lo que ocurría cuando ella se recordaba de su existencia para algún comentario negativo, acostumbraba consolarse pensando que, estando su madre viva, ella la amaría y no le hablaría así, regalándole cosas bonitas.
Ahora a los diez, era ya casi tan alta cuanto su hermana mayor, que tenía 15, lo que hacía la reina aumentar sus habladurías cuando el rey estaba presente. En aqul día Pandora vestía un lindo vestido color amarillo, los largos y negros pelos estaban trenzados y jugaba en el jardín con su hermano menor, el único que no la miraba como una intrusa.
- ¡El rey llegó!
Anunció los séquitos reales. Pandora se precipitó para recibirlo, como siempre hacía, con un abrazo caloroso y un beso en su barba perfumada.
- ¡Muchavha! – la reina la agarra por la mano, impidiéndola de seguir su camino – Debe empezar a comportarse como una princesa o tendré que decir a su padre que te meta en un convento. – dijo.
Gutrune mandó que trajeran sus mejores joyas y su manto real, mientras iba hacia su habitación. Una criada particular se acercó para arreglar su peinado. La última cosa que dijo, antes de desaparecer en el interior, fue:
- Cuide a su hermano, no lo dejes caer. Tú debes amarlo.
¿Amarlo? En aquel momento Pandora lo odiaba de todo corazón. Era el único hijo varón que pudo dar al rey, su padre y Pandora sabía que, se pasase algo al chico, Gutrune era capaz de matarse. Aquel rato, deseó por un instante verlo caerse y herir, pero se arrepintió y fue hacia él, agarrándole de la manito y llevándolo para el salón principal.
La reina ya estaba allí, esperando a su marido. Traía su mejor vestido, como siempre, y se puso sus collares de ámbar. Cuando vio los pequeños entrando, fue hacia su hijo y le dio un beso indiferente, al menos así le pareció a Pandora. Estaba lista para correr al encuentro del marido. Cuando Johann asomó en la entrada, Gutrune bajó los escalones de recibirlo.
De golpe, el chiquillo largó la mano de Pandora y se precipitó hacia la escalera.
- Mamá... – gritó.
La joven pudo ver cuando su piecito tropezó y él se cayó, cortando el mentón.
- ¡Gutrune! – llamó Pandora.
La reina no la escucho o fingió. Ya estaba al pie del rey y de lejos le dijo:
- Te he dicho que lo cuides, Pandora. – enojada.
El niño gritaba en llanto y la hermana, agarrándolo, lo anidó en sus piernas, limpiando la herida con su vestido. Había cortado el labio en los dientes y siguió llorando y llamando a la madre, que no vino.
- Gutrune se olvidó de su hijo, aúnque tenga el orgullo de decir que pudo dar un heredero al trono. – comentó Pandora consigo.
Gunther, así se llamaba el bebe, la envolvió con sus bracitos en el cuello y lloró hasta que durmió. En sus sueños ya si había olvidado que no estaba en los brazos de su madre.
- Creo que ahora tendré que ser tu madre. – sonrió la chica, besándolo en los cabellos húmedos. – Te llevaré a la cama.
- Mamá... – susurró el chico, durmiente.
- La mamá no está, pero yo te cuidaré.
Pandora lo llevó arriba y poniéndolo en su cama, bajó en seguida para cumprimentar a su padre. Seguro él sentiría su falta. Llegó en el salón, donde muchos sirvientes y invitados estaban presentes. Sus otras hermanas ya se encontraban allí, con sus mejores atuendos. Ella se había retrasado. Fue ahí que, por primera vez, Pandora encontró a su tía.
Ya había escuchado hablar de ella, sabía que era hermana mayor de su madre y así como ella propia, también descendía de la gente antigua. Ayleen la encaró cuando ésta asomó en el alto de la escalera. La reconoció aúnque nadie le haya dicho de quien si trataba. La, ahora, Gran sacerdotisa, era alta y robusta, llevaba cintas rojas en sus pelos negros y largos, como los de su sobrina. Ya no era joven, Pandora notó, pero le pareció muy bonita.
- Padre...
Pandora bajó la escalera y fue hacia su padre, que la recibió con una sonrisa en el rostro. Era su hija preferida, no había como mentir.
- Mi pequeña guerrera... – le dijo el rey - ¿Cómo te has portado? ¿Atormentando mi pobre reina? – se rió irónico.
La niño le abrazó. Ayleen se acercó con la autoridad que emanaba de toda su persona. Pandora pudo observar que hasta el rey se recogía frente a ella y que la reina no ocultaba su desagrado por aquella mujer. Pandora la miró.
- ¿Sabes quién soy? – la voz de Ayleen era llena y grave cuando se dirigió hacia ella – Soy la hermana de tu madre, Gwen.
- Eres mi tía, entonces.
Le pareció a la chica, así como a todos, que a sacerdotisa no le había agradado aquel parentesco hecho así, tan bruscamente, aúnque fuera verdad. Pandora vio en sus ojos que su tía estaba allí por ella y que este propósito le molestaba.
- Sí, querida, esta es tu tía. – habló el rey – Y ya tendremos tiempo de charlar, ahora creo ser hora de comer, yo y mis invitados tenemos hambre.
La reina hizo con que los criados pusieran la gran mesa y todos se acomodaron. A Pandora le tocó sentarse cerca de su tía. Por un momento se sintió indecisa, temía que ella le tratara como una niña rebelde, pero al revés, Ayleen parecía ver en ella una mujer crecida, pues la mirada que le ofrecía era de enemistad.
- ¿Ya ha bajado tus reglas?- preguntó la sacerdotisa, de golpe; Pandora hizo que no con la cabeza – En la isla, niñas menores que tú ya son mujeres hermosas. Tú aún no tienes cuerpo y eres muy alta para tu edad.
Pandora bajó los ojos. Su tía no le había agradado desde el primer momento que se le cruzó.
- ¿Cómo era mi madre? – fue Pandora quien la sorprendió ahora.
- Tu madre era muy orgullosa. – contestó Ayleen. – Tú te pareces mucho con ella. – comentó, con un poco de celos.
- ¿Era una reina?
- No. Era una sacerdotisa, la Gran sacerdotisa de la isla mágica, donde vivimos. Yo soy su sustituta. Quizá un día tú también lo serás, pues tienes la vieja sangre, pero necesitas probar que tienes la visión.
- ¿Qué visión? – Pandora frunció las cejas.
- Dígame, ¿Ves cosas que, normalmente, otras personas no ven? – Ayleen se volvió completamente para ella.
- Todo el tiempo. Pero el cura Chelan dice que son cosas del diablo. Mi padre cree debo estar callada y no hablar de eso a nadie, porque tales cosas desagradan a la reina y no son sensatas en una corte cristiana.
- Claro. – Ayleen parecía irónica cuanto a la última palabra – Escuche, su padre tiene razón. – la tía la encaró – Los cristianos quedarán enojados y te dirán que es Dios quien esta rabioso. Pero el Cornífero tiene cosa más importante que hacer para estar irritándose con los pequeños.
- ¿Dios no se enojará si miento al cura?
- ¡NO! – gritó Ayleen, impacientándose por la niña, aúnque no la quisiera, no podía dejar que su sangre si contaminara con los seguidores de la cruz – No digas nada más al cura, pero siempre crea en la visión y en lo que ella te dice, porque ella viene directamente de la Diosa.
- ¿La Diosa es la misma Virgen María?
- Todos los dioses son uno sólo y todas las diosas son una sóla. Oiga, esto no es conversación para una fiesta. He venido para verla y te juro que no dejaré que la reina te ponga en un convento. Ahora que estoy segura que tienes la visión, moveré cielos y tierras para llevarte a la isla sagrada.
...
Más dos meses pasaron para Pandora escuchar, en la cámara real, una voz grave y severa ya suya conocida. Estaba con su hermano menor cuando oyó alaridos fuertes desde esta dirección. Dejando el niño en su cama, abrió la puerta de la pieza y lentamente, con cuidado para no ser sentida, se acercó a la escalera desde donde pudo divisar 3 figuras en piso inferior. Y por el calor de sus voces, parecían discutir.
- Llega de sueños y brujerías, no quiero saber más de eso en mi vida. – gritaba el rey.
- Sus enemigos no saben donde es la isla sagrada, allá nadie podría atacarla. – contestaba Ayleen con autoridad. – Tengo el derecho de llavarmela.
- No. – gritó Johann – Es mi hija, ¿Quién atacaría la hija de un rey?
- La chica no nació para ser princesa, sino sacerdotisa. Debe seguir su destino.
- No lo permita, marido. – se interpuso la reina – Pandora debe ser mandada a un convento, debe ser educada como buena cristiana para borrar la ascendencia maligna que lleva en su sangre.
- ¡Nunca! – respondió Ayleen levantándose – Ella no irá a un convento, ni que para eso necesite matar todos los curas de Germania. ¿Yo le parezco maligna, mi rey?
- No, claro que no. – contestó Johann, alejando su mujer de la conversación – Pero temo la magia de tu gente. He visto en tu tierra cosas que haría palidecer cualquier humano. Creo ser imposible mandarla para allá.
- ¿Qué puede ser imposible para un rey?
- Para mi hija, princesa Heinstein, sólo hay dos futuros: el casamiento o el convento.
- Ella no me parece religiosa para ser monja. – Ayleen contestó con una risa irónica.
- Por el dote que puede pagar su padre, cualquier convento la aceptará. – dijo Gutrune.
De golpe, Ayleen pareció más grande y su voz llenó todo salón.
- ¿Usted, gran rey...- irónica – Hasta cuando cree que puede gobernar sin la magia de las tribus? Que yo sepa, la gente, su gente, poco se importan con el cristo, ellas se vuelven hacia la Diosa. Si la isla sagrada retira su apoyo, usted caerá.
- ¿Sería capaz de destruir el patrimonio de su sobrina para tener lo que quiere? – Johann frunció las cejas.
- Oblígueme a eso y lo haré. Soy capaz de todo para salvar me sangre de la cruz.
- Marido...
- ¡Cállese! – gritó Johann para su esposa, mirando a Ayleen.
- Su hija tiene la visión, no podrá escapar nunca del oculto. Será seguida por él donde quiera que vaya.
- ¿No cree que yo puedo educarla como conviene a una mujer cristiana? Si acaso soy atacado, ningún mal la atingiría dentro de un convento.
- No. La niña nació para hechicera. Es su destino, deje que sea entrenada en los dones que tiene. ¿Será que ella es tan importante así en su corte que usted sufrirá viéndola partir? Creo que la reina quedará muy satisfecha.
- Es mi hija y la amo y aúnque parezca rara a mi esposa, la conozco bien para saber que no es un hada, como ella la llama.
- Si la ama, debe dejarla seguir su camino y aprender a contentarse con eso.
- Que así sea. – dijo Johann por fin – Esposa, manden preparar las cosas de Pandora. Mi hija debe partir con el amanecer.
o.O.o Bretaña o.O.o
La ruta conducía ahora hacia abajo, extendiéndose a través de las colinas. En el borde de la encuesta, las aguas se presentaban con hojas de oro. Continuaron avanzando mientras el sol se ocultaba en el horizonte. Radamanthys pudo ver los pastos de los veranos anteriores completamente empapados y más allá los juncos que yacían en el río.
El agua más profunda era oscura y cargada de misterio. Había aprendido que los pantanos eran guardados por espíritus, donde los elementos eran tan confusos y mezclados, que no se podía saber con exactitud donde terminaba la tierra y empezaba el agua.
A medida que la tarde se separaba de la noche, una niebla empezó a presentarse. Hératus, seguido por su atento compañero, avanzaba lentamente, dejando que los caballos eligieran el camino por donde preferían pasar. Desde que naciera, Radamanthys montaba caballos, pero aquel viaje, la última etapa antes de embarcar hacia el Norte, le estaba causando horribles dolores en las espaldas y sus piernas parecían anestesiadas. Pero no reclamaba.
Salieron de la cobertura vegetal y de golpe Hératus apuntó hacia una dirección. Más allá del quilombo de árboles retorcidos y pantanos, se elevaba una colina y teniendo en la sangre el poder que emanaba de los descendientes de la sagrada isla de Avalon, que habría desaparecido en las nieblas, Radamanthys sabía que contemplaba el círculo de piedras, conocido por El Anillo.
- El Stonehenge... – apuntó Hératus, con los ojos llenos de admiración.
El aglomerado de cabañas próximos al pie de la montaña pertenecía a una pequeña comunidad cristiana. Por esta época, el Cristo ya había empezado a propagarse por las tierras druídicas.
- Allá está la aldea de la gente de la laguna...
Anunció Radamanthys, apuntando hacia una columna de humo que se elevaba en medio a los sauces. El joven príncipe incitó su caballo y partió impacientemente. Hñeratus hizo lo mismo.
El sol se ponía cuando llegaron al borde del lago. Herátus desmontó y miró a Radamanthys, que ya estaba en tierra. El muchacho tenía la cara cansada por los esfuerzos, por el hambre, pero no había reclamado y Hératus, que pusiera en todo viaje un ritmo acelerado para testar su resistencia, quedó satisfecho. La vida de un guerrero no era fácil, necesitaba conocer la capacidad de Radamanthys para soportar la fatiga y las adversidades.
- Allá viene los barqueros. – dijo el chico, mirando un pequeño barco que se acercaba, conducido por dos hombres – En algunos minutos estaremos confortables en una tienda, y tendremos fuego, alimento y bebida.
- Me quedaré feliz con los tres. – contestó Hératus, sonriendo. - ¿Está cansado?
- Un poco. – admitió radamanthys – Pero siento mucho que termine nuestro viaje. Ya extraño mi tierra y me gusta ver nuevos sitios.
Las agua del río eran grises y opacas, los juncos altos, las nubes silenciosas y bajas, las algas por encima del espejo liquido. Era un paisaje tranquilo. Era solitario, sombrío y triste.
El barco finalmente llegó. Sus conductores lo ataron con juncos a la tierra y Hératus hizo una señal para que Radamanthys trajera los caballos, que fueron puesto en el barco. Por fin, el hombre y el niño tomaron su lugar en el mismo, cerca de la proa y remaron hacia la otra margen.
Cuando llegaron al otro lado, el jefe de la tribu los recibió con alegría. Y mirando al niño, le dijo con una sonrisa.
- Ya tenemos la barca, pero cruzar el lago a esta hora puede ser peligroso.
Sus palabras eran respetuosas, pero mostró poca deferencia frente al príncipe y eso disgustó a Radamanthys.
- Él partirá al amanecer. – contestó Hératus – Enfrentamos un largo viaje. Dejemos que descanse por esta noche y estará listo para encontrar su destino.
Radamanthys lo miró agradecido. Estaba ansioso por llegar a Escocia, pero ahora que había acabado el viaje, percibía con tristeza que tendría de dejar su tierra por años seguidos. La gente de la laguna les dio las bienvenidas en una de las tiendas redondas, asentada por encima del pantano. Un barco pequeño estaba amarrado al costado de la habitación y la paja del techo bullía con el viento nocturno.
Los aldeanos eran personas de rasgos morenos y delicados, con cabellos y ojos castaños. Con 11 años, Radamanthys eran tan alto cuanto cualquier joven de 15 o 16 y poseía pelos y ojos claros. Los observaba con curiosidad. En la pequeña cocina, que consistía de maderas entrecruzadas, una mujer vestida de negro, con una túnica, hacía hervir algo dentro de una lata. Ella había saludado al príncipe con una reverencia.
- No le hables. – dijo Hératus – Ella, en este momento, esta en voto de silencio para la Diosa. Es una sacerdotisa de la vieja Avalon y está en su último año de entrenamiento.
En silencio, la señora les ayudó a sacarse las ropas externas, que estaban mojadas y sucias y también los zapatos, ennegrecidos de lama. Les trajo agua para lavarse y también alimentos. Pan de cebada, carne fría...
Hératus y Radamanthys comieron guisado de pez acompañado de cerveza diluida en agua. Un bollo de avena, asado sobre la piedra, también fue bien recibido por los dos invitados hambrientos. Luego de comer la simple pero deliciosa refección, ambos quedaron sentados junto al fuego, con los cuerpos muy cansados para moverse, pero el espíritu muy despierto.
- Hératus, ¿Cuándo montar su escuela de filosofía, se recordará de mí?
- ¡Cómo puedo olvidar el pequeño que eduqué como mi propio hijo! Cuando esté peleando para meter hexámetros griegos en las cabezas de media docena de obtusos muchachos, me recordaré de ti. ¡Tú serás un verdadero Apolo!
Los rasgos cansados del griego se fruncieron en una sonrisa.
- En Bretaña se lo llama Belenos. – enseñó Radamanthys.
- Yo me refería al dios griego, pero es todo lo mismo.
- ¿Cree que nuestros dioses son los mismos dioses griegos?
Hératus irguió una ceja.
- Un mismo sol brilla aquí y en Grecia.
Radamanthys frunció las cejas. Hératus le había dicho que un cierto filósofo llamado Platón había escrito que la idea por detrás de todas las cosas son siempre las mismas. En la época, su cabeza de 7 años luchó por entender estas palabras. Pero pudo notar que, a cada lugar donde llegaba, había su espíritu propio, tan diferentes uno de los otros, como lo eran las almas humanas.
Esta parte de Bretaña donde estaba, conocida por tierra del verano, con sus bosques y lagos, donde los árboles de manzanas, con sus flores que empezaban a florir, circulaban la laguna, parecía un mundo lejano de aquel de donde viniera, aúnque quedara a tan sólo tres días de viaje. ¿Entonces cómo los dioses podrían ser los mismos?
- ¿Y si no soy acepto? – preguntó Radamanthys, refiriéndose a su futuro.
- El verdadero guerrero no necesita la aprobación de nadie. Habrá quien no quiera que subas al trono, pero también habrá quienes te sean fieles. Busque las personas que te necesiten y ellas te retribuirán la ayuda.
Aúnque la tonada del guía fuera animadora, Radamanthys limpió la garganta. Era un príncipe pagano, pero un día sería guerrero y rey de toda Bretaña. No podía darse el lujo de sentir miedo.
- ¿Tendré de hacer votos?
- Eso sólo tú lo decidirás. Los dioses dirán si quieren poner sus manos sobre ti.
- ¿Y cómo sabré si mi quieren?
- Ellos te llamarán con una voz que no podrás dejar de escuchar. Si oyes este llamado, no habrá lugar en el mundo donde puedas ocultarte de ellos.
Despertó con la imagen de mucha agua resplandeciendo al sol. Había estado, y él sabía que aúnque su cuerpo estuviera sobre la cama de paja, su espíritu había estado verdaderamente en aquel lugar, en un sitio que parecía ser una floresta, deslizando en medio de las nieblas, hasta que ellas de deshicieron para revelar a una bella mujer, pálida, de cabellos muy negros. Pero en seguida la escena cambió, y él estaba en un navío que se acercaba a tierras interminables, pantanosas y llena de niebla.
Muchas veces había soñado con cosas que luego pasaban y al abrir los ojos aquella mañana, se preguntó si aquello sería algún presagio. Se levantó y mirando a su alrededor en la tienda donde había dormido, vio, cerca de la hoguera que había servido de chimenea, la figura de un hombre que jamás había visto antes. El desconocido se volvió para él y Radamanthys pudo ver que él llevaba una rara figura tatuada en sus pulsos. Eran serpientes con alas de dragón subiendo por sus brazos.
- Este es Suon...- dijo Hératus, entrando en la tienda y golpeando a radamanthys en su hombro, con amistad – Llegó exactamente con el amanecer.
- ¿Este es el príncipe? – preguntó el extraño visitante.
- Radamanthys, el hijo del rey Uther de Camolodunum. – contestó Hératus – Su madre, segundo hablan, es de Avalon.
- Él aún parece joven para ser iniciado.
Hératus sonrió.
- El rey decide cuando el joven debe o no iniciarse. Además, él sabe escribir en griego y en latín.
Suon no se mostró muy impresionado. Radamanthys irguió la cabeza y encaró la mirada enigmática de aquel desconocido. En seguida, Suon inclinó la cabeza, en una reverencia hacia él. Por primera vez, si dirigió directamente al niño.
- ¿Es tu deseo o de tu padre que vengas a Escocia?
Radamanthys sintió su corazón temblar por un instante, pero se tranquilizó cuando sus palabras salieron con firmeza.
- Yo quiero ir para el Norte.
- Deje que coma algo y estaremos listos para el viaje. – habló Hératus.
- Usted, no. Sólo el muchacho. Es prohibido a un extranjero ir a las Tierras Altas sin ser invitado. – Suon contestó severo – Y cuanto a ti...- miró al príncipe – Espero que esté listo para las probaciones que te esperan. Yo no seré flojo.
- Lo estoy, señor.- la voz de Radamanthys salió fuerte, haciendo Suon mirarlo con respeto – Estoy en las manos de los dioses a partir de ahora.
- Permita ellos que tú jamás te arrepientas de estas palabras. – Suon lo encaró con rigidez. – Porque llegará el momento en que me odiarás tanto cuanto ahora me respetas.
Lo saludó de nuevo y salió sin decir más nada. Radamanthys miró a Hératus y con una sonrisa de adiós, le dijo:
- Jamás olvidaré lo que hizo por mí. – el guerrero griego lo abrazó como a un compañero – El mejor guardaespaldas es un verdadero amigo.
Hératus se sintió profundamente emocionado por estas palabras, tanto que prefirió salir y dejar que el muchacho organizara solito sus propias cosas, a fin de llorar sin ser visto.
...
Radamanthys apretaba sus dedos en la muralla mientras Suon, junto a un otro barquero, preparaba la embarcación. Sólo un lago separaba Bretaña de Escocia. Estaban en los límites de las fronteras de su país y sabía que, al cruzarla, un futuro incierto y turbio lo esperaba. Por la noche l niebla había quedado aún más espesa, de modo que el ambiente era más sentido que visto. El niño se sintió subyugado por el impetuoso designio del río y fue con expectativa que subió en el barco.
Durante el viaje, que duraría algunos minutos y más dos largos días a caballo, Radamanthys pudo observar la profundidad del agua, lo que le pareció raro, pues las varas utilizadas por el barquero parecían tocar la tierra, y él podía ver los juncos balanceándose por debajo de la superficie.
Miró con curiosidad el hombre parado a su lado, tan concentrado que más parecía una estatua. Para ser guerrero era necesario separarse, a veces, del sentimiento humano, y él ya había aprendido eso. En seguida, cuando un velo de niebla sopló más fuerte, se acomodó más en el banco.
La niebla quedaba cada vez más espesa, extendiéndose en densos humos, como si no sólo la tierra, pero también el aire estuviera disolviéndose en el útero del mundo. Radamanthys respiró hondo, quedando inquieto por la demora. Ya hacía algunos minutos que habían adentrado las costas escocesas y el barquero remaba lentamente. A medida que la embarcación avanzaba, Radamanthys sintió, por primera vez, una puntada de nerviosismo.
El barco flotaba silenciosamente, con las últimas ondulaciones alargadas por su pasaje. Sintió una presión en sus oídos y balanceó la cabeza para aliviarla. Entonces, por fin, Suon se movió, dando órdenes al viejo que conducía el barco en un dialecto desconocido para el joven príncipe.
Al acercarse de la margen, las nieblas de desvanecieron y Radamanthys pudo admirar las bellas colinas escocesas donde, cuando pequeño, había jugado con su primo, descendiente de los nórdicos. El amontonado de cabañas de madera podían ser avistadas de lejos. Él había visto construcciones romanas mucho más grandes que aquellas, pero no tan fuertes y estructuradas, guarnecidas por columnas cónicas. Por primera vez, desde que si inició el viaje, Suon le habló:
- Bienvenido a las Tierras Altas. Vamos, ahora no es momento de admirar, tenemos aún dos días por tierra hasta el castillo de tu tío.
...
- Miren, es el hijo de Uther.
Las habladurías se propagaron.
- ¡No puede ser! ¡Es muy alto para un niño de 11 años!
- Es la sangre británica. – decía otro.
- Eso lo no ayudará junto al rey Siegmund. – fue la respuesta de un tercero.
Era difícil fingir que no escuchaba, aún más caminar con un porte altivo de un príncipe. Radamanthys no pudo dejar de sentir algunas impresiones del ambiente. Las casas construidas con piedras y cubiertas de barro, con círculos de piedra sosteniendo el techo. A través de un agujero abierto en el centro, entraba un hilo de luz solar. La gente lo miraba con respeto y admiración. NO podía haber esperado recepción mejor y eso lo asustaba.
Llegó, por fin, en las puertas del castillo de su tío, hermano menor de su padre, Siegmund, monarca de todo aquel vasto territorio. Desmontó su caballo y fue llevado por Suon hasta un salón, para ser recibido debidamente por su tío. El gran ambiente era redondo, espacioso, y todos los guerreros de la región estaban allí. Muchos criados, sirvientes y también plebes. Algunos hombres traían sus cabellos trenzados y diversos símbolos paganos tatuados en su cuerpo, como el propio Radamanthys poseía. Seguro eran británicos y eso lo hizo sentirse más tranquilo.
"Ignórelos" – pensó consigo – "Convivirás con ellos y frecuentarás este salón muchas veces".
Mientras los hombres se alejaban a un costado, dándole pasaje y inclinándose hacia él, pudo distinguir su tío y primo a algunos metros, esperándolo. El murmullo se deshizo cuando el rey Siegmund irguió su mano. Todos los ojos estaban sobre ellos. Luego de un permiso, Radamanthys se acercó al trono y pudo, después d emuchos años, ver la cara del rey.
Su cabello, que antes fuera rubio, estaba punteado de blanco. El príncipe escocés se puso delante de él, se inclinó y volvió a encararlo en los ojos. No le pareció a Radamanthys que le tuviera envidia o odio, al revés y eso lo puso contento. El aire severo de su tío estaba ablandado por una pizca de divertimiento.
- Entonces...- habló el rey por primera vez – Tú viniste acá, ¿Por qué? – la pregunta había sido hecha con una tonada brusca.
- Así asustará su sobrino, majestad. - Suon se acercó con intimidad; Radamanthys notó que él tenía cierta autoridad en la corte.
- Fue una pregunta simple, Suon. Me siento obligado a hacerle esta pregunta. ¿Tú buscas la instrucción de un guerrero o sólo un refugio para la guerra?
Radamanthys frunció las cejas, encarándole con enojo.
- Fue por la voluntad de mi padre, el rey Uther, que vine, majestad. Por la invasión sajona. Pero también es deseo mío ser iniciado en el arte de la espada y aprender guerrear. Quiero ser sagrado caballero. – contestó firme y con voz fuerte. – Vengo a prepararme para gobernar toda Bretaña.
Si hubiera existido cualquier duda, aquel viaje la habría disipado. Esta era la magia que Radamanthys sentía haber allí. En aquel instante reconoció su herencia. Supo qué quería y obtuvo la fuerza para hacerse ver quien era y a qué vendría.
- Ser un buen rey es mi deseo más verdadero...- siguió el niño. – Así como lo es mi padre.
- Cuidado con qué deseas, para no descubrir que, de hecho, se realizó. – suspiró el rey, mirándolo con severidad – Sin embargo, contestaste mi pregunta, pero si serás rey, sólo el tiempo dirá. – Siegmundo le sonrió con ironía.
Hubo un murmullo entre los hombres allí presentes. Radamanthys continuaba a encarar a su tío, sosteniendo su mirada y comprendiendo que él no lo quería allí y así como esperó que su hermano fallara, también haría de todo para humillarlo.
"Pero no fallaré" – pensó – "Entrenaré con más ganas que cualquier otro".
- Venga. – llamó el rey.
Radamanthys lo siguió, mirando a su primo Loki, que tenía la misma edad que la suya. Éste le dio pasaje, haciéndole una señal de cabeza. Radamanthys devolvió el saludo con una sonrisa. En este momento el rey lo encaró:
- ¿No estás bromeando? – había una tonada furiosa en su voz.
- No, tío. – el niño contestó sin entender.
- Los hombres esperan, Va y salude a sus compañeros. – ordenó.
Radamanthys se acercó al grupo de guerreros, saludando uno por uno. En medio a ellos, había un chico más o menos de su edad, seguro sería su compañero en las pruebas, así como su primo.
- Este es Accolon. – presentó el rey. – El mejor alumno que un maestro puede querer. – su tonada era de sarcasmo.
Radamanthys y Accolon se miraron.
- Bienvenido a Escocia. – dijo el chico con rasgos británicos.
- Gracias.
Al menos alguien parecía contento con su llegada. Mientras iba por el grupo, algunos lo miraban con sinceridad y otros hasta tenían una palabra de aliento. Los estudiantes lo recibieron con admiración, como si desde el inicio tuviera la pretensión de desafiar el rey.
Algunos, observó Radamanthys, seguro habían venido de otras tierras. Unos tenían el rosado de los nórdicos, otros el moreno latino y gran parte traía los rasgos bronceados de los británicos. Sólo dos o tres se parecían con los temidos germánicos. Su primo Loki era casi tan alto cuanto él, aúnque pelo fuera más claro.
En seguida, la formalidad de la ceremonia estaba terminada y el grupo solemne se había transformado en un bando de hombres que hablaban y bebían. Mujeres entraron en el salón, despejando sobre los varones sus encantos. Radamanthys percibió que aquellos festejos también eran para ellos, al ver otros muchachos agarrándose con las prostitutas.
El rey, que también bebía vino, lo observaba y Radamanthys suspiró. Estaba seguro que, si antes su tío no había simpatizado con él, ahora lo odiaba por haber conseguido una calorosa recepción por parte de su corte. Radamanthys había crecido entre nobles y sabía que ningún rey admitía ser puesto en ridículo en su propia casa.
- Que así sea, tío...- comentó consigo – Guardaré mi furia hasta que los dioses tomen consciencia de ella y tornen conocida su voluntad.
Y tomando todo su vino, lo olvidó por completo aquella noche.
o.O.o Continua o.O.o
