Anuncio de responsabilidad: Todos los personajes pertenecen a Andrew W. Marlowe, a pesar de que han encontrado su propio camino a mi corazón.
Castle vio cómo los párpados de Kate descendieron sobre sus asustados ojos de color verde avellana y no se volvieron a abrir. Su delgada mano perdió el agarre alrededor de sus dedos y se quedó inerte en su palma pero el escritor no se la soltó. Se llevó sus manos entrelazadas a la cara y presionó el dorso de la de Kate a sus labios y la mantuvo allí, acunándola y calentándola. La voz de ella chillando su nombre desde la sala de interrogatorios todavía le perforaba los oídos, resonando ininterrumpidamente en la memoria gravada en su cerebro, atormentándolo sin descanso. Se sentía tan impotente. No había nada que pudiera hacer ahora, excepto quedarse con Kate, mantener su promesa de permanecer a su lado, y sobre todo, tratar de ser optimista por los dos, por los tres.
Pero como era de esperar en esta clase de situaciones, su mente comenzó a girar en torno a una serie de preguntas para las que no tenía respuesta. ¿Por qué? ¿Por qué ellos? ¿Por qué su bebé? ¿Por qué poner fin a una vida antes de haberle dado la oportunidad de empezar? El escritor sacudió inmediatamente la cabeza, tratando de borrar esa última imagen horrible de su cabeza. Cerró los párpados por un momento y cogió una profunda y temblorosa bocanada de aire para tranquilizarse. Cuando volvió a abrir los ojos, sólo se atrevió a mirar el rostro dormido de Kate. La idea de que un bisturí estuviera a punto de cortarle el vientre era insoportable, de modo que se limitó a mantener su mirada fija en la detective. La intensa concentración que empleó para estudiar el rostro que conocía mejor que ningún otro lo transportó a un nivel de abstracción anestésico bastante efectivo y Castle se aferró a ello. Se esforzó al máximo por aislarse de todo lo que le rodeaba, hacer desvanecer a los médicos y las enfermeras en la sala, sus enmascaradas caras, sus cortos diálogos, peticiones y órdenes, el ruido de los instrumentos quirúrgicos contra la bandeja metálica... No fue tan difícil; sus fuertes latidos le zumbaban en los oídos, ahogando la mayoría de sonidos, cubriendo todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. El tacto de la mano fría de Kate contra su mejilla fue la única cosa que estableció una línea de conexión entre su mente interior y la realidad. Pero en su estado de aislamiento el tiempo parecía no avanzar, y para marcar el paso de los segundos y minutos, el escritor se repitió el mismo mantra una y otra vez: Inspira... espira... inspira... espira... inspira —el párpado izquierdo de Kate tembló ligeramente y... nada más— espira... inspira... espira...
Y al fin, después de lo que parecieron horas más tarde, alguien dijo:
—El bebé está fuera.
Y, finalmente, las lágrimas que ni siquiera sabía que había estado reteniendo, desbordaron.
Beckett había estado profundamente dormida pero sintió que se despertaba, poco a poco. Tardó un par de minutos en salir de su sopor, pero una vez que era consciente, el primer sentido que volvió era el del oído. Lo más cercano era un constante bip... bip... bip. También podía distinguir el suave zumbido eléctrico de… algo. Escuchó el distante murmullo de gente hablando, voces que iban y venían, pero sonaban demasiado lejos para poder entender las palabras. Una puerta se cerró en alguna parte.
Le llevó otro minuto encontrar sus párpados, pero cuando lo hizo no abrió los ojos, no todavía. Sentía las extremidades muy pesadas, los músculos de su cuerpo entumecidos. Se dio cuenta de que no estaba tumbada horizontalmente sobre su espalda, sino medio sentada, medio reclinada sobre un colchón. Seguidamente, notó la sensación de sábanas ásperas envolviéndola y el olor a… ¿hospital? ¿Por qué estaba en un hospital? Y entonces todo le volvió de repente, como una avalancha, su cabeza llenándose de abrumadores recuerdos de dolor y espantoso temor. ¡Su bebé!
Beckett parpadeó y abrió los ojos a un techo blanco y una pared de color crema. La habitación estaba tenuemente iluminada, las cortinas de las ventanas medio cerradas.
—Hey —susurró Castle en tono bajo y ella volvió la cabeza hacia su voz. Cuando sus miradas se encontraron, él sonrió.
—Hey —murmuró ella con ronquez, sintiendo la garganta muy seca. La sonrisa de Castle se ensanchó.
La detective desplazó sus ojos unos centímetros hacia abajo y su corazón empezó a latir con fuerza contra su pecho. Allí, en los brazos de Castle, envuelto en una manta blanca, estaba… Castle estaba sosteniendo a…
—Hay alguien aquí que quiere conocerte —dijo el escritor, su voz un suave susurro. Se levantó de la silla, se acercó a la cama hasta que su cadera tocó el colchón y cuidadosamente colocó al bebé dormido en los brazos de la detective.
Kate no podía creer lo que veían sus ojos. Era tan, tan hermoso. Y era suyo. Se inclinó para presionar sus labios a su frente con suavidad y, cerrando los ojos, inspiró profundamente el olor de su bebé. Una sonrisa se extendió sobre su rostro de oreja a oreja y un par de lágrimas se derramaron de sus párpados cerrados y corrieron por sus mejillas.
—Hola… amor —le susurró, su voz quebrándose por la emoción al mirar la pequeña y redonda carita. El recién nacido se agitó ligeramente al oír el sonido de su voz pero no se despertó. Ella le besó otra vez y le cogió una de sus pequeñas manos, mirando sus diminutos y arrugados dedos rosados.
Castle se sentó en el borde de la cama y Kate alzó la vista.
—¿Está bi...? —empezó a decir ella.
—Está perfecto —respondió él antes de que pudiera terminar de formular la pregunta—. Un poco pequeño, pero es duro y fuerte... como su madre. —Kate sonrió y Castle añadió—: Tuvimos suerte.
Por un fracción de segundo una sombra cruzó por delante del rostro del escritor, su mandíbula tembló ligeramente y sus ojos se perdieron en algún reciente recuerdo que probablemente viviría con él el resto de su vida.
—Llegamos al hospital muy rápido —continuó, mirándola otra vez—, y le sacaron antes de que algo grave pudiera ocurrirle. —Castle pasó una mano suavemente por la cabeza del bebé, cubierta con unos pocos finos y suaves cabellos de color castaño claro, y las comisuras de su boca se curvaron hacia arriba otra vez, dejando escapar un suspiro de alivio—. Su corazón está bien y sus pulmones funcionan perfectamente.
Los ojos de ambos se posaron de nuevo sobre su hijo, atraídos y fascinados por la pequeña criatura que era de ellos. El recién nacido hacía pequeños ruidos con cada respiración que tomaba y sus labios se movían de forma graciosa, frunciéndose como si estuvieran chupando algo.
Castle alzó un brazo y colocó un mechón de pelo detrás de la oreja de Kate. Luego dejó que la palma de su mano descansara sobre el cuello de ella, su pulgar rozando la mancha oscura de cansancio bajo su ojo.
—¿Cómo te encuentras?
—Estoy bien —respondió Kate, alzando fugazmente la vista hacia el escritor. Era incapaz de apartar los ojos del bebé en sus brazos, era algo superior a ella. Una fuerza invisible tiraba de ella hacia él, una energía tan poderosa e irresistible como la gravedad—. Estoy perfecta —sonrió dulcemente.
Castle se inclinó y apretó sus labios a la frente de Kate. Ésta alzó la cabeza y él la besó dos veces en los labios. Cuando se separaron, el escritor fijó su mirada en la cara de la detective mientras ésta observaba al bebé. No hacía ni dos horas, había sufrido el mayor susto de su vida. Había estado totalmente aterrorizado. Cuando había visto a Kate doblarse sobre sí misma, cuando le vio los ojos llenos de dolor, y especialmente cuando la había visto sangrar… Por un solo segundo, la idea de que podía perderlos a ambos había cruzado su mente. Había sido la hora más larga que jamás había experimentado en toda su vida, desde el momento en que ella gritó su nombre y se inclinó sobre su vientre, hasta el momento en que los médicos sacaron al bebé de la matriz y éste soltó un llanto, haciendo saber que estaba vivo y respirando.
La gentil voz de Beckett trajo al escritor de vuelta al presente.
—Tiene tu nariz —mencionó ella con una pequeña risita.
—Tiene tus ojos —murmuró Castle.
La mirada de Kate se levantó a la de él.
—¿En serio? —dijo, gran admiración reflejándose en toda su cara.
—En serio… Unos hermosos ojos de color verde avellana. —Castle sonrió ante la mirada atónita de la detective—. Supongo que su nombre le sienta a la perfección. —Se rió una vez.
—Sí... —musitó ella—. Un poco rebuscado, pero supongo que sí. —Estuvo callada por un momento y luego preguntó—: ¿Qué hora es?
Castle se miró el reloj de la muñeca.
—Son casi las once… ¿Por qué?
—¿Cuándo nos podemos ir a casa?
Castle meneó la cabeza y se rió por lo bajo. Claro que Kate quería irse a casa. Era de esperar, era inevitable.
—Tú te vas a quedar aquí, por lo menos, dos días más —informó el escritor y ella frunció el ceño e hizo pucheros, decepcionada—. El médico ha dicho que si todo va bien te darán el alta el miércoles por la mañana. —Le puso una mano en la mejilla y ella se apoyó contra el cálido tacto y soltó un suspiro—. Si eres buena intentaré adelantarlo a mañana por la tarde.
Kate articuló un silencioso «Gracias».
Pasaron otro minuto en silencio hasta que ella dijo:
—¿Has llamado a alguien? Mi padre, Alexis...
—Están todos aquí —respondió él. Los ojos de Kate se abrieron mucho—. Tu padre, mi madre y Alexis. Han bajado a la cafetería. También he llamado a la comisaría para hacerles saber que todo ha ido bien. Los chicos y Lanie se pasarán luego por aquí.
—¡Vaya! —suspiró la detective. Cuando volvió a mirar a su hijo, sacudió ligeramente la cabeza—. ...¿Quién me iba a decir esta mañana que...?
—Lo sé —intervino Castle.
El bebé escogió ese preciso momento para despertarse. Estiró los brazos, frunció los labios y luego gimoteó.
—¿Qué le pasa? —preguntó Beckett, un poco preocupada.
—Creo que tiene hambre —aclaró Castle y le dirigió una mirada significativa.
—Ah, ya... Claro —asintió Kate. Tras un segundo de vacilación, comenzó a alargar una mano hacia su espalda pero todavía tenía la vía intravenosa en el brazo derecho y estaba sosteniendo al bebé con el izquierdo.
—¿Quieres que llame a una enfermera? —preguntó el escritor, levemente divertido al verla un tanto perdida.
—No, creo que puedo arreglármelas… Pero si pudieras soltarme la... —Kate señaló hacia su nuca.
Castle se puso en pie, alcanzó tras su cuello y soltó las cintas de la bata de hospital que llevaba puesta. La detective cambió de lado al bebé llorando y Castle la ayudó a sacar el brazo izquierdo de la manga. Volviendo a posicionar al recién nacido en su lado izquierdo, el pequeño enseguida encontró su pecho y se metió el pezón en la boca. Beckett se quedó momentáneamente sin aliento y un pequeño escalofrío la estremeció de arriba a abajo. Era la sensación más extraña que jamás había experimentado.
—¿Te duele?
—Esto… No, no realmente. —Kate hizo una pausa y luego añadió—: Sólo es… raro.
—¿Raro malo o raro bueno?
—Raro bueno. Definitivamente raro bueno… Y algo… —Kate intentó encontrar la palabra apropiada para ello, ¿agradable? ¿reconfortante?—. …¿relajante?
Puso su mano derecha cerca de la boca del bebé y suavemente apretó el pecho hacia dentro, cerca de la nariz del pequeño, para darle más espacio para respirar con facilidad. Castle le pasó un brazo por los hombros y le besó la coronilla.
—Eres una experta innata —le murmuró cerca del oído, un deje de asombro y admiración tiñendo su tono.
Ella descansó su cabeza contra el hueco de su hombro y siguió mirando al bebé, deseando alcanzar a ver un atisbo de los ojos que se escondían tras esos suaves y rosados párpados. Una calidez empezó a florecer en su interior mientras observaba al recién nacido alimentarse de su pecho. Imitando el lento pero seguro movimiento de los pétalos al abrirse, la realidad fue asentándose poco a poco en ella, propagándose hasta llegar a cada rincón de su ser. Tenía un hijo. Era madre. Y lo que sentía por él, ya en ese momento, era algo que iba más allá de cualquier cosa que jamás se hubiera atrevido a imaginar, incluso en sus sueños más salvajes. Un indescriptible torbellino de emociones danzaban en el interior de su corazón, corriendo por sus venas. No había suficientes palabras para expresar o definir la clase de vínculo que sentía entre su hijo y ella misma. La devoción era... Era amor incondicional, irracional y puro.
El bebé se había quedado dormido otra vez en los brazos de su madre después de comer. Un suave golpe en la puerta rompió el silencio en la habitación. La puerta se abrió unos centímetros y la cabeza de Alexis asomó por el hueco y luego desapareció otra vez.
—Está despierta —Kate la oyó murmurar entusiasmada a los demás que esperaban tras ella en el pasillo. Volvió a meter la cabeza por la puerta y dijo—: ¿Podemos pasar?
—Por supuesto —murmuró Kate, alzando la voz lo mínimo por encima de un susurro.
Alexis entró en la habitación seguida de Martha y Jim. Cuando la mirada de Kate se encontró con la de su padre, una amplia sonrisa se extendió en el rostro de éste. Ella le devolvió el gesto y sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. Culpó a las hormonas, mayormente. El hombre se acercó a su hija y le pasó un brazo por los hombros, dándole un abrazo un poco torpe, no queriendo aplastar al bebé en sus brazos. Cuando Jim se enderezó, mantuvo el brazo alrededor de su hija y le dio un beso en la frente. Beckett oyó como Castle sacaba un par de fotos con su teléfono móvil.
—Estoy tan orgulloso de ti, cariño —Jim le murmuró contra la sien—. Enhorabuena.
—Gracias, papá —dijo ella, besándole la mejilla—. ¡Ya eres abuelo! —sonrió, mirándole a los ojos, los cuales brillaban con unas pocas lágrimas de alegría.
—Mi primer nieto —dijo él, mirando hacia el recién nacido—. Es precioso, Katie.
—¿Quieres sostenerlo?
—Oh, no. Está bien cariño —le dijo él con una pequeña sonrisa—. Ya lo cogí antes. Parece estar tan tranquilo… Tenlo tú.
—¿Cómo te sientes, querida? —preguntó Martha, dándole a Kate un ligero apretón en el tobillo a través de las sábanas del hospital.
—Oh, estoy muy bien, gracias.
Los ojos de Kate se cruzaron con los de Castle y él sonrió. Alexis estaba metida bajo su brazo y le estaba susurrando algo a su padre en voz baja. Cuando se dio cuenta de que Kate la miraba, la joven se volvió a ella con una gran sonrisa.
—¿Y bien? —La pelirroja estaba casi saltando de la emoción. Soltó a su padre y envolvió las manos alrededor de la barandilla del pie de la cama, sus grandes ojos azules fijos en la cara de Kate—. ¿Cómo se llama?
—¿No se lo has dicho? —Kate miró sorprendida a Castle.
El escritor se encogió de hombros.
—Quería esperar a que estuvieras tú.
—Bueno, gente… —Tres pares de ojos azules la miraban con expectación. Kate sonrió y dijo—: Os presento a Oliver James-Alexander Castle.
- FIN -
Bueno... espero, como siempre, que hayáis disfrutado :) Y ¿os cuento un pequeño secreto? Hay un capítulo 'extra'.
