La sagrada locura, atentando con mentes cuerdas. Después del suplicio del encierro trae para ustedes su tercer proyecto"
Y el escritor dijo: Hágase el computador.
-:::-
¡Hola Gente! ¿Cómo vamos desde los días que no nos leemos? Yo particularmente bien, feliz de encontrarme de vuelta en NNT después de ir al lado de Black Clover, donde las personas también son un amor. Lo cierto es que prometí hacer la historia de el buen Zeldris y llegué para cumplir, ¿Por qué me gusta Zelda? ¡Tienen una buena historia para explotar! Y, aunque no va a tener relación con el anime, que en su totalidad será paralela; conservará la síntesis de la pareja.
Nanatsu no Taizai no me pertenece, todo ello corresponde a Nakaba Suzuki. Como dije en mi proyecto anterior, utilizo a los personajes por mero placer a la escritura y los fines de recreación que esta pueda traer.
¡El capítulo!
No hay mal que por bien no venga… así de simple. Zeldris es bueno recordando mensajes motivacionales, malo poniéndolo en práctica; pero sí, después de que Chandler se encargara de su educación básica, posterior a él, Cusack que distaba mucho de ser su maestro… más bien era una especie de padre que elogia todo lo que hacía aún si lo hacía mal. tenía la delicadeza de prestar atención a sus palabras, aún si fuesen "ayuda". Consejos inservibles que hasta el sol de hoy no tenían sentido, sin embargo, empezaba a comprender que los refranes tenían algo de verdad.
El castillo de Edimburgo era interesante, no solo servía como un área de turismo, sino que ocultaba la residencia de los "Vampiros". Había aprendido en poco tiempo que su padre no los denominaba así por diversión, tenían un aire de misticismo en todo lo que hacían, incluso para entrar contaban con un protocolo excéntrico, le recordaba al mazo de barajas de Estarrosa para jugar en cuanto creía que era necesario repartirlas en cruces para la suerte y rezar a cada carta en busca de un desenlace favorable.
La vivienda era algo similar a lo que pensaba imponente, oscura y llena de sirvientes. En general ostentosa sino le costase ver por donde pisaba. A pesar de que su padre fuese un decorador del asco y su casa también parecía abandonada por lo oscuro, esta podría fácilmente hacerle una competencia digna. Dos pisos de un color casi obsidiana, un pasillo iluminado tenuemente con candelabros de jardín; estatuas de musas como reflejo de sus muy posibles gustos refinados. La puerta de un rojo vino, el doble de grande que una persona promedio.
-Gelda, indícale a nuestro visitante su nueva habitación, espero sea de su agrado -sonrisa que distaba mucho de lo que sus labios decían, pero con todo eso en contra le asintió en protocolo.
-Si padre, por aquí -indicó esperando que siguiera sus pasos, en cuanto lo encontró dispuesto empezó la caminata.
Ella lo condujo por el pasillo escalera arriba, no podía observar su rostro; pero creía que estaba sonriendo. Gelda tenía una extraña aura de tranquilidad, como si nada le afectase más que… estar con su propio padre, sólo entonces ese vacío que sus ojos opacos reflejaban volvía a ella. Zeldris llegó a preguntarse en esos segundos si comprendía lo que se sentía. Pero esa respuesta no sería contestada, no se permitiría flaquear por empatía innecesaria; incluso si se trataba de alguien que podía ser interesante.
-Es aquí, mi habitación está por el pasillo a mano derecha si necesitas algo. Espero, tu estadía sea gratificante -se inclinó. Se suponía que debía irse, sin embargo se giró sobre sus talones grácil- …
-¿Qué?
-Esperaba algo más que tu silencio a modo de despedida -concluyó, lo miró unos segundos antes de negar- buenas noches, Zeldris.
-Buenas noches.
Gelda no agregó nada más, pero su humor recuperado le permitió retirarse con una sutil sonrisa que pasaba fácilmente entre sus máscara protocolar. Había pasado tanto desde la última vez que conversaba con alguien, siempre encerrada, siempre usada…
Llevó la mano a la boca con asco. Su ojos rápidamente buscaron su habitación antes de llegar a ella lo más rápido que sus pies alcanzaron a darle. Con las manos contuvo las náuseas hasta cesar paulatinamente la sensación de repugnancia consigo misma. Todo lo que su padre hacía por su imperio ella tenía que cargarlo en su brazos… en su cuerpo. Abrió la ventana en busca de oxígeno, su cuarto se reducía a cuatro paredes con una cama, armario y muebles finos. Pero, nada de eso le indicaba una libertad que no poseía, era una forma psicológica de mantenerla consciente de su situación, el encierro que viviría sin disfrutar jamás de sol afuera, de la noche calmada. Atada a ser la tentación distractiva, la voz de la seducción, la marioneta de su padre…
Gelda solo había estudiado en el mejor colegio para cultivar las cualidades que su progenitor deseaba presumir. Jamás algo que ella deseara por sí misma empezando por la ropa, el color de su habitación, que debía decir. Todo ya estaba planificado solo para ser aprendido, al igual que esa mañana, cuando sus ojos encontraron a Zeldris en la cafetería.
Pero decir que lo estudiado valía muy poco al escucharlo hablar era una mínima parte. Él era distinto, no decía más de lo necesario incluso al verla. Gelda estaba acostumbrada a las miradas lascivas, los toques enfermos, todo por la satisfacción de su padre. Y luego, incluso si ya estaba contemplado enviarla para seducirlo, Zeldris demostró que lo más que deseaba de ella era apartarla.
Antes de acostarse cepilló su cabello y lo ató en una trenza de lado, sólo entonces se permitió agradecer en silencio. Por lo menos sería un recuerdo que le otorgaría fuerza, si existía una persona diferente allá afuera, donde la luz de la luna era preciosa y la libertad era afortunada.
Zeldris por el contrario, se permite meditar antes de caer dormido. Sueña con él, Cusack aplaudiendo mientras toma el diploma, lo ve levantarse y llorar dramáticamente seguido por los vitoreos de Chandler, Estarrosa sostiene la cámara mientras narra su versión de los acontecimientos. Lo acompañan en cuanto la ceremonia finaliza, él se quita la toga negra para quedarse con la camisa a juego y el pantalón de tela.
-¿Tiene palabras que decir nuestro graduado? -consulta Estarrosa.
-Que te calles podría ser -está feliz por más neutro que suene, ese día está particularmente orgulloso de sí mismo.
-Bueno amigos, el título no otorga carisma. Ya te graduaste, solo te falta una mujer -rió, la cámara se tambaleo un poco- una con unos enormes senos.
Zeldris se despierta, pero cree que aún puede escuchar la risa escandalosa de su hermano cuando él se atraganta con su propia saliva. Cusack y Chandler no agregan nada más por respeto, pero también les parece divertida la idea. Propicia, ya que se suponía que su padre debía buscar prospectos adecuados para "mantener el linaje" y seguir su imperio con personas a las que pudiese manipular.
Se incorpora en cuanto las pocas luces empiezan a iluminar el horizonte. Escucha el sonido vago de las voces a través de la puerta, los sirvientes empezando las diligencias propias de su posición y luego la voz suave de Gelda. No la piensa, porque eso está fuera de sus ideas, pero sí reconoce que tiene una voz agradable, suave, tranquila y, lo hace pensando en Estarrosa. Su hermano no madruga a menos que sea estrictamente necesario y, si lo hace, termina golpeando su puerta en busca de comida o alguien a quien joder.
En cambio ella, muy poco se escucha y menos deja sentir a través de su voz. Gelda es pausada y tranquila. Se esfuerza en no parecer afectada, en sonreír con cortesía. En ser perfecta.
El toque sutil llegó a su puerta.
-¿Señor Zeldris?
-Pasa.
La sirvienta se inclinó nerviosamente- me disculpo, la señorita Gelda me encomendó para notificarle que de gustarle, el desayuno puede ser preparado.
-Bajaré de inmediato.
Era tiempo de volver a casa donde seguro su padre daría su siguiente misión, tendría que escuchar el discurso de hijo ejemplar que le daría Cusack, unas palmadas de Chandler y algo de Estarrosa. Probablemente muy lejos de Edimburgo, alguna otra reunión de sociedad financiera, otra propuesta a una nueva familia adinerada. Tendría que tomarla, incluso si Edimburgo era poco más agradable y Gelda era interesante. Él no volvería a verlo y con eso, moriría toda conversación que pudiesen tener, que a Zeldris, por más bizarro que le pareciera, le agradaría tener. Solo para escucharle decir palabras elocuentes, para verla desafiarlo con sutileza.
Sin embargo verla ella era ver a toda su gente y eso, era desagradable. Así que la parte racional de él agradecía no estar para volver a verlos.
Se viste con algo distinto. Una camisa roja debajo del abrigo negro que lleva para evitar la mañana fría, los colores a los que estaba acostumbrado. Los zapatos estaban recubiertos para mantenerlo tibio e incluso sacó del maletín la bufanda, no estaba al tanto del grado en el que se encontraban, pero Zeldris se caracterizaba por prevenir.
En el comedor de caoba, revestido por madera de tipo occidental, se encontraba la heredera de Izraf, al parecer el señor de la casa prefería ausentarse. No parecía algo conveniente y lo tomó en cuenta, suponía que el dueño de la vivienda quería estudiarlo fuera del radar, donde Gelda pudiese advertirle de lo peligroso que podía ser. Sin evitarlo sonrió con diversión perversa, no sólo era peligroso, era mucho más inteligente.
-Buenos días, ¿A sido de tu agrado la estadía?
-Buenos días, lo suficientemente satisfactoria -intentó tomar asiento al frente cuando ella negó con suavidad indicando que lo prefería más cerca, ocupó el sitio a su lado izquierdo.
-Preferiría no levantar la voz para hablarte teniendo sillas desocupadas -tomó un poco de lo que parecía infusión de té- es una agradable mañana, fría.
-Debo suponer que te agradan los lugares fríos -Gelda le sonrió en aprobación- podemos concordar en algo.
-Entonces, es una mañana mucho más agradable -comentó sonriendo, parecía mucho más sincero el gesto, por lo menos se reflejaba en ojos un poco más vivos- es fría y compartimos algo en común.
Zeldris se permitió sonreír con igual complicidad. Era su primer gesto real.
-Me doy por satisfecha, has sonreído -musitó observándolo, estaba fascinada por el gesto tan real, Zeldris era mucho más de lo que ella conocía. Era alguien con una vida en libertad, por lo menos según ella lo creía.
-No he sonreído -replica, pero su tono de voz es más una objeción jovial que su habitual frialdad, parece entretenido- es una ilusión óptica.
-Bueno, ilusión o no, me gustaría verte sonreír nuevamente -concluye franca. Ve a Zeldris torcer la boca en desaprobación, pero hay algo más, un brillo de inocencia en el leve nerviosismo que deja entrever, Gelda se siente privilegiada.
Se encontró realmente conmovida con la gratitud mucho más latente que la noche anterior. Solo un gesto de él le permitía sentir que era humana y no un títere, que algún día cuando todo eso acabara, podría hacer expresiones enternecedoras como Zeldris. Podría aspirar a una verdadera vida. Solo cuando él no la observó en atención por comer de su desayuno, en esos cortos segundos lo miró, aún sabiendo que le desagrada e intentó grabar su rostro tranquilo, con esos ojos que han mirado mucho más amaneceres y noches de lo que ella podría imaginar.
Su cabello negro, su rostro sereno, pero calculador. Cada detalle que podría olvidar con el tiempo quería fervientemente memorizar. Sus labios en línea recta reflejando un postura nulamente condescendiente y mucho menos agradable. Gelda incluso pensó en su rostro escasamente nervioso, Zeldris podría ser muchas cosas además de, por que no, guapo.
Sonrió levemente, le hubiese gustado ver más de ese rostro enigmático. Extrañaría su día, que fue mucho mejor que el resto de sus años. Lo extrañaría a él. Jamás se le permitiría acudir a una reunión de negocios fuera de Edimburgo, por lo que era su último momento compartido. Para su padre era indispensable tenerla lejos de sitios que le permitieran experimentar más de lo que él deseaba para ella.
El tiempo pasó a prisa y el corto lapsus que ofreció el desayuno para los que se encontraban allí terminó. Zeldris estaba acomodando su maleta antes de recibir la llamada de Estarrosa. Observó de forma obstinada el celular con el deseo interno que cesara su sonido antes de rendirse y contestar. El manos libre se activó automáticamente.
-¡Hey tú, Zel! -voces femeninas al fondo- puedes informarle a papá que me retrasé un par de horas, pero estaré en la cena. ¡Adiós!
Ni siquiera le permitió replicar.
Escuchó los pasos de Izraf al lado de Gelda, se suponía que ahora iban a despedirlo con los mejores deseos. Zeldris se preparó mentalmente para enfrentar la mirada evaluativa del señor, iba vestido de negro en su totalidad y su hija, de un blanco nieve, siempre un paso atrás para indicarle quien tenía palabra en el terreno de los negocios.
-Ha sido un placer tenerlo como huésped. Espero, tengamos noticias de su padre muy pronto -el tono venenoso nuevamente, Zeldris se permite sonreír con ligereza.
-Gracias.
Se supone que debe deslindarse de Edimburgo, de sus calles tranquilas y la cafetería en la que conoció a Gelda, incluso esta última era lo que menos debía recordar. Pero el retrovisor capta el momento en el Izraf toma el móvil, los segundos alientan un deseo que no quiere sentir y la mira, la figura femenina que tiene ojos nuevamente apagados, el rostro de una mujer perdida. Zeldris la observa molesto consigo mismo y con ella. Con él por no evitarlo y con ella por provocar el interés innecesario.
Un interés que debía morir con su último contacto visual. Gelda lo mira desde su posición, sonríe vagamente en cuando logra, para su agrado, notar que el hizo lo mismo a través del retrovisor para seguir su rumbo.
-Ese maldito es más inteligente de lo que pensábamos -gruñe su padre al finalizar la llamada- ¿Pudiste sacar algo?
-No padre, Zeldris parecía conocer mi propósito y preferí no interferir.
-No es lo que prefieras Gelda, es lo que yo te ordene hacer -la miró inclinándose para luego torcer su boca con desaprobación- eres más estúpida de lo que pensaba. Ve al auto, debemos irnos pronto. Con suerte tendremos todo arreglado para el señor Demonio a tiempo.
-Si padre.
Y, aunque Zeldris no llegue a escuchar eso, no tenga tampoco la intención de compadecerla por más que sus ojos aclamen una libertad que no le pertenece. Si medita sobre la amenaza que representan los accionistas en proceso, no solo por su arrogancia; algo en ellos producía una sensación de alerta. Una premonición de traición. Lo tomaría en consideración para comentárselo a su padre al llegar, de seguro estaría más que dispuesto a una buena "conversación de negocios".
El viaje de vuelta era mucho más tranquilo, al tomar una hora cómoda de la mañana el tránsito de los autos era lo suficientemente fluido para tener una velocidad constante. Demoró menos de la hora antes de llegar a casa, su hogar con la misma vista lúgubre pasando el inmenso portón de hierro; la casa era todo menos acogedora y el solo hecho de estar adentrándose desde el frente le permitía observar lo peor de ella. Por lo menos el jardín tenía una variedad de rosas oscuras, algo era algo.
Estacionó el auto y bajó la maleta. Cusack y Chandler ya lo esperaban desde que lo divisaron en la carretera. Su joven maestro les dedicó una torcida mueca que tradujeron como cansancio antes de adentrarse en el interior. Zeldris no era de las personas de fácil habla, probablemente se debía a su poca opinión en el pasado, pero si se encontraba en suficiente confianza le gustaba desenvolverse lo suficiente para ser considerado conversación. Así que cuando inclinó una de sus rodillas en el suelo con ademán de respeto a su progenitor, se mentalizó para responder a lo que deseaba, únicamente eso.
-¿Cómo te fue?
-Aceptaron la propuesta. El jueves se acordó la firma formal -ojos neutros, voz vacía. Protocolo como de costumbre.
-Perfecto. ¿Tu hermano?
-Llegará para la cena -torció la boca en desagrado, Estarrosa tenía prohibido desaparecer sin una buena escusa- se ha... retrasado.
Escuchó cuando su progenitor se levantó de la silla en la que descansaba. Sin levantar el rostro sabía la mueca de insatisfacción que debía tener considerando los hechos. A pesar de lucir mayor, su padre era por mucho una persona imponente, de una estura que solo pudo heredar Estarrosa; esos ojos que debían adentrarse en el alma de cuantos han logrado verlo, Zeldris jamás lo miraba directamente por ese motivo, sentía una sensación de asfixia. El señor Demonio era más que el nombre, en verdad había destrozado más que cientos de compañías, había quebrado a Estarrossa y los vestigios, que Zeldris consideraba, debían conformarlo. Incluso, viéndolo de ese modo, Meliodas fácilmente tomó la ruta conveniente.
Negó internamente, el traidor moriría traidor.
-Tu hermano tiene una severa falta de puntualidad, que espero, no heredes -pasos alrededor de la madera más cercana- mantendrás tu posición como mi enviado con los de Edimburgo, el jueves escoltarás a la delegación que se presente.
Eso era inusual. Estaba acostumbrado a ser enviado de misión en misión sin repetir nada. Siempre era para iniciar las relaciones que posteriormente Estarrosa finalizaba con algo más que suerte de estar sobrio. Así que no sabe como tomar la decisión de su padre porque realmente estaba deseando no tener otro contacto con ellos, con Izraf y su sonrisa prepotente, el resto de su estirpe de delegados y Gelda, con su particular forma enigmática de ser. Realmente no quería tener otra oportunidad de descubrir si era su soltura grácil lo que hacía mayor su interés o la falta de temor que rodeaba su aura en cuanto hablaba con él. No quería comprobar que estaba por más estúpido que sonase, interesado en alguien que únicamente logró fascinarlo con palabras elocuentes y tristeza camuflada.
Y eso que solo había sido un día... no quería ni imaginar el hecho de alojarlos por los dos días restantes.
-¿Algo más que debas comentarme? No pareces muy contento con la noticia.
Frío, bajando por su columna. Si respondía que no deseaba hacerlo, podía sentir el bastón en forma de dragón que su padre tenía estampándose contra su mejilla. Solo una vez había pasado y esa, solo avivaba el odio que tenía por Meliodas.
-No son de confiar -musitó en tono bajo.
-Nadie lo es Zeldris -voz divertida que taladraba sus oídos, el buen humor de su padre era enfermo- ya te puedes retirar.
-Gracias padre -se incorporó meditabundo, tal vez el señor Demonio lo notó, pero prefirió ignorarlo.
Una vez la puerta se había cerrado se permitió suspirar de forma sonora. Apoyó una de sus manos frotando los puntos del creciente dolor de cabeza que empezaba a amenazar con el resto de su día libre. Ni siquiera estaba consciente de que su maestro y el tutor de Meliodas lo observaban con curiosidad, era realmente extraño que Zeldris reflejara una debilidad que en momentos, ambos maestros, creían extinta. Siempre que llegaba a casa lo hacía sereno, calmado, frío.
-¿Todo bien?
Se giró al escucharlos- no puede ser mejor.
Sintió las palmadas en sus hombros y las sonrisas compresivas. No se quedaron, porque sabían que él necesitaba espacio para meditar, así que con prudencia se retiraron dejándolo camino a su habitación, donde terminó sentado casi por inercia; debía estar más alerta a partir de ese momento a los que vinieran en cuanto la estirpe de Izraf llegara a la empresa. Primero, porque no deseaba causar el mínimo de los contratiempos a su padre y segundo, porque debía mantener sus pensamientos al mínimo, divagar en algún otro punto que no incluyera el negocio ocasionaría demasiadas consecuencias.
Estaba en juego su confianza.
Cerró lo ojos lo que parecieron unos quince minutos, que en realidad se trataban de dos horas, estaba lo suficientemente cansado como para cerrar los párpados lo suficiente para dormir. Cabe destacar que a pesar de estar dormido, realmente no estaba descansando, sus pensamientos agobiantes volvía y se repetían de forma retórica, fallos, miedos. Así que solo estaba allí, con ojos cerrados mientras pasaban los minutos.
Despertó de golpe.
-Amo Zeldris, la cena está servida.
Gruñó internamente. Pero se incorporó de todas formas colocándose unos zapatos más cómodos que los del viaje. La cena, era un evento obligatorio, su padre no aceptaba que ninguno de sus hijos la saltara por un motivo que desconocían, le gustaba tenerlos bajo sus ojos, donde pudiese escrutarlos continuamente. Por eso puso su mejor rostro para comer, aún si la persistencia de sus pensamientos de vuelta a lo peligroso que resultaban los accionista de Edimburgo con su solidaridad poco fiable. Pensó en lo similar de su cena en esa casa y, lo distinto de su desayuno, la particular diversión sana con ella, la voz calmada...
-Zeldris, ¿Dónde estás exactamente? -consultó Cusack a su derecha, en un susurro mientras Chandler ocupaba satisfactoriamente a su padre.
-Lo siento, no pasará nuevamente -se recriminó internamente su comportamiento.
-Eso no responde mi pregunta.
El pelinegro lo observó unos segundos apartando la taza de té- no estoy obligado a responderla.
-¡Ya llegó por quién lloraban! -abrió las manos Estarrosa para enfatizar su gesto, los tutores negaron divertido mientras su padre empezaba a perforarle el cuerpo con su visión recriminadora- he vuelto padre, con noticias satisfactorias. El resto de contratos están en este portafolio y el resto, en la otra carpeta... está, creo que casi no sobrevive al viaje -extendió los papeles con risas tan típicas de él.
-Siéntate, la cena está servida, ya hablaremos después.
-Bien~ ¡Muero de hambre!
Decir que la comida transcurrió de forma tranquila era lo más acertado. Estarrosa estaba de un humor lo suficientemente humanitario como para reemplazar a Chandler en la conversación, manteniendo a su padre fuera de su radar. Así que podía comer con tranquilidad; incluso Cusack decidió dejarlo probar bocado sin continuar con su conversación a pesar de tener un curiosidad que solo podría ser saciada cuando Zeldris decidiera comentarle que había lograda que sus ojos viajaran en la lejanía, fuera de esa residencia. Debía ser reciente, por lo poco que lograba intuir y, según tenía entendido, había estado en Edimburgo para la reunión con los futuros accionistas, lo que reducía sus pensamiento a este sitio. ¿Algo malo pasó? No, no podía tratarse de eso considerando su mirada, parecía tranquilo al estar pensando en algo que él desconocía.
¿Habría sido algo bueno?
Finalizada la cena, Zeldris se retiró de penúltimo, su hermano se quedó hincando el diente en todo lo que veía a su alcance. Su estómago se asemejaba a un barril de vino y había desabotonado su pantalón para presunta comodidad que el pelinegro tradujo como gula. Por lo menos uno de los dos tenía humor, a él le sobraban pensamientos turbios y escuetos. Se alegraba por Estarrosa y su falta de precaución que en la mañana le costaría caro cuando se enterara que el pepto bismol se había agotado hace dos días. Si tan solo estuviese más atento... era una pena que ya no podría advertírselo.
Cuando cerró los ojos nuevamente, a medio acostar puesto que sentía sus pies fuera del colchón y la ventana abierta soplando en su rostro el viento que lograba colarse de ella; estaba más relajado. Lo suficiente para conseguir descansar apropiadamente después de su día vivido. Soñaba con un día irrealmente nublado, de esos que disfrutaba, estaba tendido entre la nieve, formando un muñeco. Solo le faltaba la bufanda, estaba por ponerla cuando Cusack y Chandler le ofrecieron las ramas para los brazos y una zanahoria para la nariz.
Tenía cinco años para ese entonces, podía notarse por lo pequeño que se veía en comparación al resto de sus hermanos, inclinado muy lejos de sus juegos violentos de bolas de nieve. Había sido quemado antes, no quería probar el dolor del impacto de nieve nuevamente; la mejilla derecha recordaba perfectamente la sensación, pero no había culpa después de todo, sus hermanos habían concordado en que era algo normal el dolor. Meliodas creía que a través del sufrimiento se hacía más fuerte y Estarrosa solo lo apoyaba por la misma admiración que Zeldris sentía. Cuando terminó el muñeco consiguió hacerlo sin llorar, pero se sentía tan alegre que terminó moqueando su bufanda roja. Recuerda a los tutores mirarse nerviosos, realmente nadie de esa casa sabía que hacer, así que solo lo dejaron desahogarse.
Había sido la primer muestra de gentileza en su vida.
¡Viva el Pepto Bismol!
Tengo una buena anécdota de eso, mi hermano le pasó lo mismo y aún puedo escuchar su sufrimiento. Por eso, queridos míos, recuerden revisar la gaveta de primeros auxilios antes de comer como si no hubiese un mañana en Navidad. Sin bromas, debe doler la vida eso.
Aparte del tema estomacal, de verdad que me alegro que les gustara el primer capítulo. Gracias por los comentarios que llegaron y me sirvieron de ánimo para escribirles un capítulo número 2 más decente. Parte de las anécdotas del bueno de Zeldris están basadas en situaciones de amistades que pensé, podía ser lo más realista para él. Es decir, conociendo a Meliodas de ese entonces, es lo mínimo que espero de él.
Anímense a escribirme, me alegra mucho responder y contestar sus inquietudes aún si ustedes las consideran fuera del tema. Espero que el tercer capítulo esté más pronto que este, dado que estamos en fiestas patrias en Panamá y eso significa días libres. ¡Vivan esos sábados gloriosos y lunes vacíos!
Ya me voy, ¡Adiós!
