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Tutte le strade conducono a Roma
Maye Malfter
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Secondo
—¿Que hiciste qué?
La voz de Molly se escuchaba un tanto distorsionada desde el teléfono de alquiler que John había escogido para darle la noticia. A pesar de ello, el tinte de pánico en ésta era tan evidente que ni siquiera la interferencia lo disimulaba.
John estaba justo al frente de la oficina de bienes raíces a la que el señor Martini le había acompañado. Acababa de estampar su firma en tantos papeles diferentes que ya no sabía si había comprado un inmueble o había vendido su alma, y el remordimiento de comprador amenazaba tan fuertemente con comerle las entrañas que el espanto en la voz de su amiga no era para nada bienvenido.
—Compré una librería en el centro de Roma —repitió hacia el auricular—. Necesita reparaciones, pero es recuperable. Además vino con libros incluidos y a buon mercato.
—¿A qué?
—Significa "a muy buen precio" en italiano —aclaró John. La gente de la oficina de bienes raíces no paraba de repetirlo y John no pudo evitar que la expresión se le quedara pegada.
—¡Gracias a dios! Por un momento pensé que también habías comprado un puesto de mercado.
John contuvo una risa.
—No —negó de manera casual—. La venta de comestibles no es algo que me llame la atención. Aunque lo tendré en cuenta.
—Ya… ¿Y dónde vas a vivir?
—En un departamento encima de la tienda, que también entró en el contrato —explicó John—. Es pequeño y está venido a menos, pero tiene mucha luz. Quizás tenga que dormir en el piso por varios días, pero al menos estaré bajo techo.
—John…
El tono de Molly era de profunda preocupación y algo desagradable se removió dentro del pecho de John al escucharlo.
—Por favor no me digas que fue una mala idea —pidió a su amiga—. Sé que todo puede terminar en desastre, pero por favor, necesito saber que me apoyas aunque creas que perdí la cabeza.
Hubo una pausa breve y John casi podía sentir los engranes de la cabeza de Molly moviéndose para encontrar una respuesta.
—Está bien —aceptó al final—. Compraste una librería en Roma. ¡Qué emoción!
John sonrió, agradeciendo internamente el tener a alguien como Molly en su vida.
...
Decir que las restauraciones fueron fáciles era mentir, pero al final todo el esfuerzo rindió sus frutos.
Días enteros de esquivar escombros y cuidarse la cabeza para no darse de topes con los múltiples andamios que ocupaban el lugar. Dormir en el piso durante todo un mes porque la gente a la que John le había comprado los muebles no hablaba ni una palabra de inglés y entendieron mal sus instrucciones. Cortadas, raspones, alergias y un sin número de consultas a su diccionario de italiano para poder supervisar a los obreros que reparaban Tesoro. Si lo que John buscaba era algo que lo mantuviese ocupado, comprar esa librería fue la decisión indicada.
Después de siete meses y medio, muchas botellas de vino y muchas llamadas de larga distancia, Piccolo Tesoro estaba oficialmente restaurada y lista para abrir sus puertas, lo que tenía a John nervioso y emocionado en igual medida.
Ordenó personalmente cada uno de los libros en exhibición, así como los de las altas estanterías de madera: libros nuevos delante, libros viejos al fondo; italiano a la derecha e inglés a la izquierda. Acomodados por orden alfabético, por fechas y dependiendo del autor, y todo inventariado dentro del computador que John tenía en el mostrador, junto a la caja registradora. Más que preparado para recibir a sus nuevos clientes… que, como en todo nuevo negocio, tardaron en llegar.
Tomó dos semanas completas y toda la paciencia que John pudo juntar, pero al fin empezaron a llegar compradores. No más de uno o dos por día durante las primeras semanas, pero conforme su italiano iba mejorando, también mejoraban sus ventas. Y de repente un día, John se dio cuenta de que incluso tenía clientes asiduos.
Estaba la señora Bonatti, que siempre le llevaba manzanas a cambio de rebajas en libros de cocina; el señor D'Altrui, con sus humor negro y gusto por los libros clásicos; la señorita García, estudiante universitaria de intercambio con preferencia por los libros de vampiros. Y así como ellos, otro puñado de personas a las que John se había dado a la tarea de conocer y a las que incluso comenzaba a apreciar.
Era lindo pasarse los días entre libros y amantes de los libros, compartiendo anécdotas, enterándose de los nuevos chismorreos del vecindario y en general, siendo mucho más feliz de lo que lo fuera en los últimos tiempos. Cada día era parecido al anterior, pero diferente en su propia medida, y al cabo de algunos meses, John comenzó a acostumbrarse a la pequeña familia que se había forjado en medio de una ciudad desconocida.
Hasta que un buen día, la cotidianeidad cambió para amoldarse a un nuevo cliente.
Era una tarde cualquiera, ni muy soleada ni muy nublada, con clima templado y nada de particular. Cuando el hombre misterioso entró por la puerta, una extraña corriente de aire entró con él, haciendo que todas las cabezas se girasen en su dirección. John sintió un vuelco en el estómago que nada tenía que ver con la ensalada que había comido en el almuerzo; algo acerca del nuevo visitante le ponía en alerta, como si su sola presencia despertara sus sentidos de un letargo en el que ni siquiera sabía que estaban.
Alto, delgado, piel clara, pómulos marcados y rizos negros perfectamente acomodados sobre su frente. Llevaba un sobretodo de lana color plomo y una bufanda azul real le cubría el cuello. Pero fueron sus ojos —de un etéreo verdiazul que invitaba a perderse en ellos— los rasgos que más destacaban de todo el conjunto; una rara visión incluso para quien está acostumbrado a ver guapos italianos ir y venir por los adoquines.
El hombre se acercó al mostrador y John pudo apreciar de cerca el espectáculo que resultaban sus ojos, obligándose a sí mismo a no dejar que su inexplicable fascinación se interpusiera entre él y la potencial compra de uno de sus libros.
Cuando el hombre habló, lo hizo en un rico tono de barítono que le erizó los vellos de la nuca, haciendo mucho más difícil la tarea de concentrarse en lo que le decía.
—Buenas tardes —saludó, en un perfecto inglés británico que desentrañó el misterio de su palidez y combinación de rasgos—. Busco información acerca de venenos del siglo diecinueve. ¿Tendrá algo que me pueda servir?
La manera en la que el hombre articulaba era por demás hipnotizante, y John se sorprendió a sí mismo mirando los carnosos labios en forma de corazón con ansias de probarlos o al menos palparlos con las yemas de los dedos. Hacía demasiado tiempo que algo como eso no le ocurría con alguien de su mismo sexo, y que fuera justamente en medio de su jornada de trabajo resultaba bastante inconveniente.
—Creo tener justo lo que necesita —dijo John, disimulando su azoramiento lo mejor que pudo—, si me espera un momento mientras lo busco… —pidió, saliendo de detrás del mostrador con rumbo a la trastienda. Necesitaba poner distancia entre él y el desconocido antes de dejarse llevar por sus emociones y cometer una tontería… cómo invitarle a un café.
La buena noticia era que John en verdad sabía cómo ayudar a su nuevo cliente: justo esa semana había desempacado una de las últimas cajas heredadas con la compra de Tesoro y un bonito ejemplar en inglés del Traité des poisons, de Mateu Orfilia, llamó su atención.
John buscó hasta dar con el libro en cuestión y regresó sobre sus pasos al encontrarlo, evitando por mera suerte tropezarse de lleno con alguien que curioseaba en la sección de libros viejos; evidentemente, el hombre misterioso no era de los que se quedan esperando sin hacer nada.
—Lo siento —se disculpó John, lo que el otro ni siquiera pareció notar. Observaba la estantería de libros antiguos como si fuese lo más interesante del mundo y John no pudo evitar volver a quedarse mirando.
—Veo que tiene una gran colección de rarezas aquí atrás —comentó, volviéndose hacia John—. ¿Es ese mi libro? —preguntó, extendiendo una enguantada mano hacia él. John le tendió el libro y el hombre comenzó a examinarlo.
—Está en inglés, pero es una primera edición y está en perfecto estado —mencionó John, sintiéndose ligeramente ignorado.
—Muy bien —dijo el hombre, mirándole de nuevo—, me lo llevo.
—Pero si todavía no le digo el precio —señaló John, un tanto sorprendido.
—No es necesario —aseguró el otro, caminando hacia el mostrador mientras John se apresuraba a seguirle—. Es justo lo que necesito, así que sólo deme un monto y cerramos el trato.
El extraño le sonrió entonces —una sonrisa a medio camino entre predatoria y cortés— y John se limitó a hacer lo que le decían. Hizo un cálculo rápido y le dio precio al libro, que el hombre aceptó sin regatear o quejarse. Pagó en efectivo, lo que impidió a John conocer su dirección o tan siquiera su nombre. Y con una nueva sonrisa dirigida hacia él, el cliente misterioso salió de la librería, dejando a John con las orejas calientes, las manos frías y un molesto revoloteo dentro del estómago.
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Meta notas:
*Mateu Orfilia: considerado el padre de la toxicología moderna, escribió el Traité des poisons (Tratado de venenos) en 1814.
Notas finales:
De nuevo gracias a Mundo Crayzer por betear este pedacito de demencia. ¡Por cada comentario, John gana un cliente! :D
