La última y nos vamos...

Hola a todos!

Después de más de una semana, y de saber que la cumpleañera a quien va dedicado este twoshot ya ha podido leer el primer capítulo, vengo a dejar el segundo y último.

Les agradezco a todos por las lecturas, por los follows y favorites, así como por los comentarios :3

Espero que esos amados "lectores fantasma" puedan atreverse a salir de su anonimato y dejar sus comentarios, después de todo, sus palabras son el motor para nosotros los humildes fictioners. Anímense, es fácil, divertido y... ¡gratis!

ariscereth: Gracias, como siempre por tu apoyo. Me alegra ver que continúas otorgándole oportunidad a lo que escribo. Espero que te agrade el desenlace de este pequeño fic. Saludos y abrazos!

Y ahora sí... ¿Qué le depara al pobrecito Kardia y la tormenta prehispánica llamada Calvera?

Vamos a verlo...

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Deseo cumplido

"El principio más profundo del carácter humano es el anhelo de ser apreciado".

William James.

Capítulo 2

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El sol se elevó en todo su esplendor y atacó de nuevo contra sus ojos.

Entre sueños, y muy enfurruñado, se echó la sábana en la cabeza y giró. Nada lo despertaría.

O eso creyó…

Sintió las manos aferrando el otro lado de la sábana, desde sus pies, a alguien cruel que jalaba su manto protector mientras gritaba:

—¡Ya levántate, holgazán!

No suficiente con exponer sus corneas a los rayos solares, quien sea que fuera lo asió de los hombros y lo echó de la cama. El piso recibió con toda su dureza la cabeza de Kardia. Eso lo despertó de lleno.

—¡Pero quién ha sido el…! —rugió, parando en secó al verla.

La esbelta y para nada frágil figura envuelta en el vestido rojo, la cabellera negra, y la barbilla en alto. Calvera.

Ah, era ella…

Calvera… La mujer loca de la Nueva España. Esa mujer precisamente.

La visión de la noche anterior no había sido un sueño.

Pero, ¿se sentiría sorprendido y admirado? Eso no sería digno de un escorpio.

—¡¿Qué demonios haces aquí, Calvera?! ¡No tienes derecho de…!

Un dedo rápido presionó su nariz, callándolo otra vez.

—Tengo todo el derecho del mundo, estúpido holgazán. Si no fuera por tus tonterías el Santuario no tendría que haber recurrido a mí y haberme sacado de mi amada tierra para traerme aquí. Ahora, hazme el favor de mover tu trasero a la cocina, hay mucho que limpiar y no pienso dejarte dormir todo el día.

Se movió y caminó directo a la dichosa cocina. Kardia se quedó hecho una estatua de hielo, de esas que Dégel acostumbraba hacer en el patio de su templo como decoración. La incredulidad lo embargó, por un momento se sintió vulnerable.

Calvera se percató de caminar sola y giró:

—¡Muévete, Kardia!

Y toda la perplejidad acabó. La estatua de hielo se derritió con su ira.

Se puso de pie y dio pasos largos hasta rebasarla.

—¿A dónde…?

Pero la pregunta de Calvera ni siquiera terminó, Kardia había salido de la estancia y con zancadas veloces se movió hacia la salida que apuntaba a la cámara del Patriarca.

Pronto arreglaría ese problema.

~O~

El Patriarca disfrutaba una vista pacífica. Después de los últimos acontecimientos y considerando lo cerca que estaba ya la guerra, trataba de aprovechar cada momento de tranquilidad que se le ofreciera.

Una doncella se acercó calidamente y le ofreció la taza de té recién preparado.

—Gracias, Elena…

La despidió y regresó hasta su puesto para disponerse a disfrutar la infusión. Echó un suspiro complacido y pegó los labios a la taza. Ese estaba siendo un gran día…

—¡Patriarcaaaaaaaaaaaaaaaaa!

El grito se prolongó, las puertas se abrieron con estruendo, los guardias salieron disparados. La taza de Sage se tambaleó en el plato largos segundos hasta caer y romperse en pedazos.

El viejo hombre se puso de pie, tras casi recibir un infarto luego de la sorpresa. ¿Qué era aquello? ¿Un atacante del inframundo? ¿Un cliente vengativo? O tal vez Manigoldo otra vez…

Pero a quien recibió fue a otro de cabellera azulada, desaliñada por cierto, vestido con las ropas mugrosas que delataban semanas de no haberse lavado. Hacía semanas de la última vez que había visto esa cara, pero Sage no pudo sentir gran alegría.

—Bienvenido Kardia, ¿a qué se debe tu repentina visita?

—¡Vengo con una queja! —interrumpió.

Sage rodó los ojos, suerte que el casco le ayudaba a no exponer sus expresiones.

—Ah, una queja… ¿Y cuál es tu inconformidad esta vez? Creí que habías dicho que no volverías a pisar esta cámara luego de tu última visita.

—Eso déjalo para después. ¿Quién les ha dado el derecho de invadir mi templo con esa mujer? Ni siquiera sé cómo consiguió entrar ayer que…

Se calló. Kardia miró al suelo, enarcando las cejas. ¿Cómo rayos Calvera había conseguido entrar a su templo? Ni siquiera recordaba mucho luego de haberla encontrado en las escaleras la noche anterior.

Sage echó otro largo suspiro. Había imaginado una reacción así de parte del escorpión pero, bueno, su paciencia definitivamente ya no era la misma.

Para su buena suerte, Dégel apareció entre las puertas. Los pergaminos enrollados entre las manos del caballero delataron el reporte de algún informe sobre las estrellas.

—Buenos días, patriarca, quisiera comentarle mis últimos hallazgos… —se detuvo cuando encontró a su compañero de armas—. Aah, Kardia, al fin saliste de tu templo. Parece que era cierto lo que decían, esa mujer resultó muy efectiva.

Los ojos de Kardia se abrieron de lleno.

—¡Así que era cierto… Calvera está en mi templo por su culpa!

Se adelantó furioso. Hubiera podido empezar un buen jaleo si no es por la aparición de la pequeña diosa a la que servía, surgiendo de quién sabe dónde para protección del pobre Patriarca.

—¡Espera Kardia! —abrió los bracitos y lo confrontó con sus grandes ojos—. Era la única opción. Has estado encerrado en Escorpio durante días y días. Todos teníamos miedo de que te ocurriera algo. Sage y yo pensamos que la única que podría hacerte entrar en razón era la señorita Calvera. No te enfades, es por tu bien.

Kardia torció los labios, cruzado de brazos. Era difícil discutir contra Sasha.

Sage carraspeó un par de veces, tenía que recuperar su posición.

—El trato es el siguiente, Kardia: A menos que reabras Escorpio y le permitas el paso tanto a las doncellas como a tus compañeros, Calvera permanecerá viviendo contigo permanentemente. Ella aceptó realizar las labores de las doncellas y se le pagará todo el tiempo que pasé aquí. El dinero, por cierto, vendrá de tu sueldo mensual.

—¡Qué, qué, qué! —el corazón casi se le paraliza. Pero se dio cuenta de que era una decisión definitiva. Incluso Sasha se veía decidida—. Con que eso quieren, ¿no? ¿Creen que no puedo echar a Calvera como lo he hecho con todos ustedes? Recibirán una sorpresa…

Avanzó, orgulloso y se detuvo un instante para mirarlos con soberbia.

—¡Mi templo permanecerá cerrado, ¿oyeron?! Nadie, ni siquiera Calvera, podrá convencerme de lo contrario. No hasta que ustedes acepten la petición que les hice la última vez. ¿Quieren retar mi tenacidad? ¡Les advierto que perderán!

Se alejó, con las carcajadas dramáticas que había visto en algúna mala obra de teatro.

Sage volvió a resoplar, Sasha arrugó las cejas con tristeza y Dégel negó. La curiosidad le llegó de pronto.

—Disculpe, patriarca… ¿Puedo preguntarle algo? —Sage aceptó—: ¿Qué fue exactamente lo que Kardia solicitó y el Santuario le negó?

El hombre retuvo otro profundo suspiro. Soltó el aire lentamente y contestó:

—Se trata de algo que a estas alturas ya es innecesario conceder. Pero Kardia es más terco de lo que pensé. Ni siquiera se ha dado cuenta ello…

Y así era.

~O~

Regresó al octavo templo. Cerró las enormes puertas tras su espalda y se apresuró a sellarlas con cosmos, tablones y un sofá sacado del alguna parte.

—Ya era hora —oyó detrás.

Reconocía el acento, la voz, el tono. No era un sueño, sino una pesadilla. Echó la cabeza hacia un lado y la miró de perfil. Si esa mujer pensaba que vivir con él sería fácil, estaba muy equivocada.

—Escúchame bien, Calvera…

Una palma se levantó: —El desayuno está listo.

La boca de Kardia se quedó abierta con todas sus palabras. Estaba apunto de imponer las reglas de su casa, pero aquella frase lo frenó.

El desayuno está listo…

Su estómago se quejó, recordándole que desde ayer no probaba bocado.

Calvera caminó y esta vez ni siquiera necesito decirle que la siguiera. Kardia caminó detrás de ella, a segura y soberbia distancia. Se sentó en la mesa –al parecer alguien se había tomado la molestia de reamarla luego de su encuentro con el ratón– y aguardó. El aroma de algún platillo se le coló en las fosas nasales y casi se pone a babiar como un perro ansioso.

Calvera hizo y deshizo en la cocina entre cacharros y otros sonidos, luego apareció y trajo consigo un tazón lleno al borde de algo que olía bastante bien. Pero oler no es lo mismo que ver…

—¿Qué es esto? —Kardia arrugó el gesto, mirando los colores negros, amarillos y verdes.

—Huitlacoches. Traídos desde mi tierra, tristemente, para alguien como tú —cruzó los brazos, pala en mano.

Kardia hizo el plato a un lado. —Disculpa pero prefiero la comida griega, así que llévate tus quiclacotches a otra parte y cocina algo que pueda comer.

Una pala le asestó en la cabeza.

¡Aah, maldición! ¡Por qué lo hiciste! —se sobó.

—Se llaman hui-tla-co-ches, bicho tonto. Y no los traje desde la Nueva España para que un idiota que no sabe ni cocinar para sí mismo los desprecie —los acercó de nueva cuenta—. Además, es todo lo que hay. Tu despensa esta vacía y no hay nada más para cocinar.

Regresó a la cocina. Kardia supo que la había ofendido, pero no pudo sentirse satisfecho. Tenía un hambre de los mil rayos y ningún deseo de prolongarla por su estúpido orgullo.

Al fin, cuando no pudo soportar el carcomeo de sus tripas, y seguro de que esa mujer no estaba espiándolo, acercó aún más el tazón y le dio una dudosa ojeada. Su nariz insistió: aquello no olía tan mal. Le dio una cucharada, masticando lento e inseguro, hasta que su paladar lo convenció de que el sabor era tan bueno como el aroma. Dio un segundo bocado, luego otro, y otro y otro, hasta que se vio raspando la superficie del plato para sacar todas los restos posibles.

Cuando iba a gritar para pedir más, un cucharón apareció y rellenó el tazón. Calvera lo miró, con la ceja enarcada por la victoria.

Kardia frunció el ceño y habló con la boca llena:

—Deja de sonreír así, mujer. Agradece que mi hambre me obliga a aceptar tus inventos.

Calvera lo dejó continuar. Se sentó al frente, viéndolo masticar. Algo hubo en su mirada que lo puso nervioso. Kardia apartó la mirada y fingió estar totalmente concentrado en su comida. De pronto, se dio cuenta de que aún no habían hablado, no sin pelear.

—¿Cuánto tiempo te quedarás? —preguntó de repente.

Calvera crispó los ojos. —Como si no lo supieras, Kardia…

Y eso fue justamente lo que Kardia hizo, fingir que no lo sabía. La mujer suspiró.

—El Santuario me dijo que tuviste problemas con ellos y que al parecer te encerraste en este lugar a modo de huelga. No dejas entrar a nadie y creen que yo puedo convencerte de lo contrario.

El muchacho dejó el plato sobre la mesa, una sonrisa elocuente surgió luego de limpiarse la boca con el dorso de la mano.

—¿Ah, sí? ¿Y crees poder?

Calvera ni se inmutó. —Tengo experiencia trabajando con tipos difíciles. Y tú, holgazán de pacotilla, no eres tan diferente de ellos.

Kardia echó un gruñido. Ya le demostraría lo equivocada que estaba.

Su silla hizo un chillido cuando se recorrió para levantarse.

—Bien. Si tantas ganas tienes de quedarte aquí… —estiró los brazos sobre su cabeza y bostezo—. Diviértete en Escorpio…

Caminó hacia su habitación, Calvera se levantó.

—¡¿A dónde crees que vas?!

—A tomar una siesta, ¿a dónde más?

Una figura veloz se le atravesó, tapando su paso de la puerta. Calvera puso las manos en jarra.

—¿Crees que te dejaré ir a dormir, insecto bueno para nada? Te marcharás hasta que este cuchitril luzca impecable.

—¡Oye, oye, oye! Estar aquí y cumplir el trabajo de las doncellas es asunto tuyo, ¡ni pienses involucrarme…! ¡Aaauch!

Antes de terminar, su pobre oreja ya estaba prensada en la casi garra que fue la mano de Calvera.

—No fue una pregunta, Kardia. Apartir de ahora seguirás mis órdenes. Si voy a vivir en este lugar no voy a permitir que todo luzca sucio. ¡No, señor! Hay mucho por hacer.

Lo jaló consigo, siempre con ayuda de la oreja que el escorpión no pudo liberar. Conducido así por toda la casa, llegaron a la habitación del muchacho. Sólo en ese momento Calvera tuvo un poco de piedad y lo soltó, lanzándolo hacia el piso.

Kardia se acarició la oreja enrojecida y la miró. Calvera se marchó y regresó en poco tiempo con cubos de agua y jergas de limpieza. Arrojó una al todavía dolorido caballero.

—Quítale el polvo a las ventanas y los muebles. Yo limpiaré el piso…

La mujer comenzó su trabajo, mientras un Kardia estático e indignado la miraba. Calvera lo pilló.

—¡Date prisa!

La mirada era más amenazante que el grito. Kardia no dejó de echar maldiciones mientras llenaba de agua el trapo y lo giraba en las ventanas, luego en la madera de sus muebles. Tuvo que repetir la acción varias veces, las semanas sin limpiar habían acumulado suficiente polvo como para matarlo de alergia. Estornudó un par de veces y oyó a Calvera reírse desde algún lado.

—Pareces un bebé, Kardia…

Kardia torció el gesto, habría alegado pero otro estornudo se lo impidió. Jamás en su vida había hecho limpieza en Escorpio. Ahora sabía por qué…

Se sentó en la cama, con las manos resecas y la nariz enrojecida por el polvo. Comenzaba a frustrarse de veras. Pero Calvera lo descubrió y en seguida le dio más órdenes. "¡Tiende la cama!", "¡Saca todos esos desperdicios de manzanas!", "¡Ve y lleva los trastos sucios a la tina de lavado!", "¡Ven y restriega el piso!"

¡Esa mujer era insoportable!

Cuando su habitación quedó irreconocible, Calvera lo llevó hacia la cocina. Las mismas tareas se repitieron, añadiendo el lavado de los cacharros sucios. Kardia trajo agua limpia y miró a Calvera tallando los restos de comida que desde hacía días no limpiaba. Juró que algo con vida se estaba formándose ahí.

Ayudó a lavar el suelo y las alacenas. Sintió sus manos arder luego de tanta sosa y detergentes vegetales. Su uña escarlata se le dobló, amenazando con romperse. Echó un grito interno… ¡Qué humillación! Se había jurado echar a Calvera, pero estaba haciendo todo lo que esa mujer le ordenaba.

La miró, agachado desde donde estaba. Podría amenazarla como lo había hecho con la doncellas. Llegar tras su espalda, quitarse la ropa y hacerla correr abochornada.

Su sonrisa se esfumó…

No, Calvera no era esa clase de mujer. Ella lo miraría, con su traje de Adán, y lo único que haría sería reírse de él. Ella era rebelde, irreverente y nada asustadiza. Era justo como él.

—Maldición… —se le acababan las opciones.

—¿Dijiste algo? —la mirada escrutadora lo atravesó. Kardia chistó.

—Nada, nada —y continuó con su deber en el piso de mármol.

Cuando acabaron, se dirigieron a la sala principal. Calvera soltó los dos cubos de agua y observó sonriente la gigantesca habitación. Kardia tragó hondo.

Oh, no…

—Bien —anunció la mujer—: Continuaremos aquí.

Kardia quiso objetar, pero Calvera amenazó con aferrarlo otra vez de la oreja. No pudo hacer más que escuchar sus indicaciones y acatarlas. Barrieron las hojillas secas en el suelo, purgaron cada esquina de polvo, y Kardia no pudo ni chistar cuando le ordenaron subir al techo y abrir las ventilas puestas en el tragaluz.

—Tienes todo cerrado, Kardia. Un día te morirás por falta de oxígeno.

Finalmente, el muchacho bajó a través los travesaños que improvisaron con algunas tarimas. Cuando tocó el piso no pudo más que escurrirse lentamente hasta quedar sentado. Quizá era por tanto quehacer o por la falta de costumbre, pero supo que ya no tenía fuerzas para continuar. Sintió la figura de Calvera posarse cerca, ni siquiera tenía energía para gritarle que ya podía irse al diablo.

Pero Calvera no le dijo nada. Kardia tuvo que levantar la cabeza, extrañado de tanta calma. La mujer, cruzada de brazos le sonrió, sacó una manzana que Kardia alcanzó a atrapar cuando la arrojó.

—Nada mal para el primer día, ¿huh?

Se alejó, rumbo a la cocina. Regresó, canasta en brazo y una tela, típica de su cultura, cubriéndole los hombros. Kardia la vio caminar hacia la entrada principal.

—¿A dónde vas? —preguntó.

—Al pueblo. Tus despensas están vacias y presiento que necesitaré mucha comida que no sean mis huitlacoches —llegó a las dos grandes puertas, selladas—. ¿Te importaría?

Kardia no demoró, aunque con mucho pesar de sus huesos cansados.

Llegó hasta la gran entrada y alejó el cosmos que las mantenía prensadas. Calvera abrió.

—Todavía hay mucho por hacer, Kardia. Así que más vale que cuando regrese no te encuentre dormido otra vez.

Inició su camino, sin echar otra mirada u orden. Kardia la vio caminar por la explanada hasta que su figura desapareció al bajar las escaleras. Observó la manzana en su mano.

—Qué mujer tan fastidiosa…

Una sonrisa se formó en sus labios tras la primera mordida.

~O~

Calvera no demoró mucho en terminar sus compras. Tan acostumbrada al mercado de sus tierras, no lo tomó gran cosa ubicar los locales con mejores precios y mercancías.

Llenó la canasta de panecillos, carnes y vegetales. Preguntó por ahí las recetas griegas más sencillas, hizo algunas amistades y hasta aseguró cierto negocios por si en el futuro regresaba a Atenas. Volvió al Santuario cuando el sol estaba poniéndose. Al bajar, le había sorprendido encontrar los imponentes templos solitarios, pero eso cambió en su camino de regreso, cuando llegó a Leo en donde se oía un gran alboroto. La mayoría de los caballeros habían regresado de sus deberes y, aquellos cuyas casas estaban más allá de Escorpio, habían decidido concentrarse en el templo del más pequeño de los caballeros. Dicha situación (ser el más joven), había dejado a Regulus de Leo sin mucha opción para objetar.

Así que ahora, la quinta casa resguardaba no sólo a su propio anfitrión, también Capricornio y Sagitario se habían quedado ahí, incluyendo a Manigoldo quien era vecino de Leo y veía a bien formar parte del montón aunque no lo necesitase de verdad. Esa noche, cuando Calvera atravesó el lugar, los guardianes de Aries y Libra también habían pasado a saludar, y quedarse un rato si era posible.

—Buenas noches —la mujer interrumpió la perorata que se llevaba a cabo justo a la entrada del lugar. Los muchachos observaron, consternados. Cid, el único que había entendido, les tradujo. Todos asintieron, más seguros. Alguno quiso saber quién era o a dónde iba.

—Soy Calvera y vengo de Nueva España.

En cuanto Cid tradujo aquello, la mayoría del grupo se congregó a su alrededor.

—¡Eres la mujer que vive con Kardia!

Manigoldo no cabía en su incredulidad, había escuchado el rumor sobre la supuesta orden del patriarca que dictaba llevar a una mujer a vivir con el maldito bicho y así obligarlo a desistir de su encierro. Pero no lo había creído hasta ese instante. Observó con atención el cuerpo bien formado de aquella mujer, bastante diferente a los ejemplares griegos, siempre demasiado pequeños y delgados.

Refunfuñó, lleno de envidia. —¿Así que el asqueroso bicho aquel comete un perjurio y lo que hace el Santuario es mandarle una mujer como premio? ¡Qué injusticia!

Calvera frunció las cejas, había hablado lo necesario con Kardia para aprender un ápice de su idioma.

—Yo no soy un premio… Soy el arma que el Santuario usa para sacar a Kardia de su encierro.

Cid volvió a traducir y Manigoldo soltó una risotada.

—Sí, claro… Si antes no quería salir, ahora no tenemos esperanzas de volver a pisar Escorpio. Las mujeres sólo sirven para una cosa y si se las tiene cerca, mejor aprovecharlas todo lo posible...

El golpe seco hizo eco en la estancia acolumnada a sus espaldas. Manigoldo retrocedió con la mano en la mejilla cuando Calvera subió las escaleras y quedó a su altura. Vaya que era una mujer alta.

El mentón fiero se alzó, era casi la mirada de la maldad.

No, era mucho peor: Era la mirada de una mujer enojada.

—Desconozco la clase de mujeres que hayan tenido la mala suerte de cruzarse en tu camino, pero déjame informarte que los hombres de tu continente temblaban de miedo cuando se encontraron por primera vez con las mujeres que hay en el mío. Así que, yo te aconsejaría cuidar tu boca.

Manigoldo no pudo decir mucho, la cara le ardía y sus compañeros no se atrevieron a defenderlo.

—¿Quién es el dueño de esta casa? —Calvera los fulminó, todos apuntaron a un Regulus apabullado, aún más cuando sintió el peso de esos ojos—. Con tu permiso.

Y aunque no le entendieron, se hicieron a un lado y la dejaron ir.

Sólo hasta que su presencia desapareció del todo pudieron soltar el aire contenido. Se echaron rápidas miradas, sonriendo nerviosos. Ya nadie quiso bromear o quejarse sobre las circunstancias del octavo templo.

De pronto, todos compadecieron a Kardia.

~O~

Pero no había mucho qué compadecer.

Aunque al principio le costó, Kardia terminó adaptándose a la odiosa tarea de volver a levantarse temprano. Al tercer día de ser arrojado de la cama, entendió que sería mejor despertar por su cuenta o los moretones en los costados no dejarían de aparecer. Al menos no tenía que ir a la cámara del Patriarca, y todavía le quedaba la diversión de oir a sus compañeros llamarlo tras las puertas cerradas.

Nunca se cansaría de la voz de Manigoldo quejándose por atravesar el jardín del ala oeste. Verdadera música a sus oídos.

Lo único que seguiría siendo una patada en el hígado era limpiar sus aposentos como si fuera una señorita. La malvada de Calvera lo obligaba a lavar su ropa y a hacer la colada, además de ponerlo a limpiar el patio de Escorpio para que no se llenara de yerbajos.

Pero era mejor que salir del Santuario y aburrirse con oponentes débiles. Calvera era más funesta. Le hacía rabiar llamándolo "holgazán", "bueno para nada", "bicho inmaduro". Para en seguida premiarlo con alguna manzana como si fuera un perro. Lo peor era que Kardia siempre caía en sus juegos. Y aunque ella juraba extrañar su tierra natal, él estaba seguro de que comenzaba a adaptarse también.

Eso le alteró. La mañana que la vio sacar sábanas recién lavadas para colgarlas a la luz del sol y en lugar de sentir frustración por tener su hogar invadido, fue la satisfacción lo que le invadió al ver su imagen tarareando alguna melodía desconocida.

Rayos… Se estaba volviendo débil, se estaba volviendo humano. Necesitaba recobrar sus viejos deseos de lucha.

Calvera volteó a verlo consternada cuando lo descubrió llevando la enorme caja de pandora sobre su hombro.

—¿A dónde vas?

—¡A entrenar! Me estoy volviendo un inútil gracias a ti, no hago más que lavar como una mujer.

—¡Idiota! —le gritó, pero el ya estaba lejos.

Calvera no pudo detenerlo, tampoco quería. Le daba lo mismo si el escorpión no podía refrenar los instintos violentos que le había conocido aquella primera vez. Ella estaba ahí para una labor más sencilla, y ya estaba lo suficientemente atareada como para cuidar el corazón sensible de ese hombre terco.

Se metió al templo y empezó los preparativos de la cena. Escuchó el estruendo de los golpes y el cosmos, salió varias veces a cersiorarse de que el tonto bicho no hubiera arruinado su ropa limpia. Terminó la cena, pero Kardia no había regresado todavía. Lo esperó unos minutos hasta que se convenció de que tendría que salir a buscarlo.

Caminó hacia las llanuras tras la casa de Escorpio, mirando el cielo que se había nublado. Calvera quiso guardar su ropa lavada pero prefirió continuar. Si la lluvia la arruinaba, obligaría a Kardia a lavarla de nuevo.

—¡Kardia! —lo llamó, buscándolo—. ¡¿Dónde estás, bueno para nada?!

La lluvia comenzó a caer. Calvera arrojó una maldición en el idioma de sus ancestros.

—¡Kardia ven aqu-í!

Vislumbró el brillo de la armadura y lo encontró tirado entre las rocas, bocabajo. Se atrevió a golpearle el hombro cuando lo vio durmiendo.

—Maldición, Kardia, deja de fingir. Muévete, la cena está lista.

Pero el muchacho no se levantó. Con un mal presentimiento, Calvera movió los mechones sobre los ojos y se asustó. El ceño estaba fruncido, su piel estaba ardiendo.

—Oh, no… No otra vez —recordó esa fiebre terrible, lo cerca que estuvo de morir.

—¡Kardia, muévete, tonto! ¡Kardia! —lo sacudió, miró a todas partes—: ¡Ayuda, ayuda! —su voz fue opacada por la lluvia—. Maldición, maldición, maldición…

¿Qué podía hacer? Tenía que pensar rápido. No se atrevía a dejarlo bajo la lluvia para ir en busca de ayuda. Así que lo giró, se hizo de todas sus fuerzas y trató de levantarlo para llevarlo a cuestas. No podía ser cosa tan difícil. Había sostenido a hombres borrachos del mismo modo. Pero Kardia pesaba casi una tonelada con la armadura y Calvera acabó en el suelo, de bruces, con el cuerpo encima de ella, llena de lodo.

Cambió de planes. Aferró al muchacho desde ambas axilas y lo jaló. Apenas logró avanzar unos metros cuando sus pies resbalaron en el barro. La piel del escorpión ardió más y más entre sus dedos. Lo escuchó gemir, cada vez más fuerte.

—Maldición, ¡Kardia! —cayó por enésima vez. Se sentí exhausta y estúpida. La habían mandado allí para ayudar pero, qué inútil era en realidad.

Se movió y miró el cuerpo convalenciente. Su rostro se quedó impávido cuando, de pronto, Kardia dejó de respirar. Calvera lo tocó, todavía ardía, pero estaba completamente inmóvil. Palpó el pecho primero con sus manos, luego con su oreja para escuchar. No hubo nada. Estaba yerto.

—Está muerto… Oh, no, no…

Fue inevitable, comenzó a llorar. Nunca lo hacía, no eran sus reglas. Pero en ese momento sus costumbres de mujer fuerte dejaron de importar y sollozó.

—¿Cómo le diré al Santuario? ¿A Sasha…?

El pesimismo se extendió y las preguntas. Pensar que había tardado tanto en volver a verlo. Tantos meses luego de la primera y única visita. Del encuentro definitivo, marcando a ambos de por vida aunque ninguno lo aceptara. Y ahora… ¿Cómo… cómo viviría sin él?

De repente, el pecho bajo su mejilla se removió, y un ruido quedo surgió. Calvera levantó la cara y miró el rostro. Había dejado de llover y las últimas gotas resbalaron rápidas cuando surgió una sonrisa. Los ojos azules la miraron, llenos de diversión. Kardia se sentó de pronto, lleno de energía y arrojó una risotada.

—¡Debiste ver tu cara, Calvera! —y continuó riendo hasta sostenerse el estómago.

La mujer se quedó con los ojos bien abiertos, hasta llenarse de la ira volcánica digna de sus antepasados.

—Kardia… Tú… imbécil… ¡¿Cómo te atreves?! —le lanzó un puño. Kardia alcanzó a detener la muñeca cerca de su rostro.

—Vamos, sólo fue una broma…

—¡Creí que estabas muerto! ¡Estabas ardiendo como aquella vez! —arrojó su otra mano, pero Kardia sostuvo esa también.

—Puedo controlar el calor de mi cuerpo hasta cierto grado, ahora lo sabes. Además, tenía que vengarme de alguna manera por haberme tenido limpiando mi propio templo. ¿Querías vivir en Escorpio? Acostúmbrate a mi forma de ser, entonces.

Confrontó a los ojos de Calvera que chispeaban. Al final, la mujer se rindió. Suspiró, poniéndose de pie cuando Kardia la soltó. Se lavó las lágrimas que para su suerte se confundieron entre las gotas de lluvia.

—Eres un idiota. Jamás podría acostumbrarme a alguien como tú, siempre estás haciendo cosas estúpidas y arriesgando tu vida.

—Me gusta vivir al límite, sólo así tiene sentido mi existencia —se incorporó también.

Calvera meneó la cabeza, había hombres extraños en el mundo pero Kardia no estaba en ninguna categoría. Se escurrió la falda del vestido, enojada por estar empapada luego de algo tan absurdo. Arrojó una mirada al muchacho, quien sonreía todavía con la diversión de un chiquillo haciendo travesuras.

—Ahora entiendo por qué el Santuario se niega a tus peticiones…

Su ataque surtió efecto, pues Kardia torció el gesto.

—Eso no tiene nada qué ver.

—¿Y qué fue exactamente lo que te prohibieron? Nunca me lo explicaron.

Kardia giró, su cabello permanecía alborotado a pesar de la lluvia caída a mares. Se quedó pensando un rato y alzó los hombros.

—A quien le importa… Es algo que ya no tiene sentido a estas alturas.

Calvera frunció las cejas. Habría preguntado más pero el otro se volvió deprisa. Se acercó, lleno de un aire misterioso en su mirada seria y Calvera pudo notar cuánto había crecido aquel irreverente bicho desde su encuentro en el Nuevo Mundo. Ahora, frente a frente, su cabeza apenas alcanzó a rozar el fuerte mentón cuando lo tuvo a pocos centímetros. Se mantuvo quieta, bajo su escrutinio, hasta que la ceja azul se arqueó. Sin presentir sus movimientos, la mujer quedó prensada por su brazo y puesta sobre su hombro.

—¡Así es como se carga a una persona, Calvera! —Kardia rió, orgulloso por no dejarla caer aunque ella se resistiera—. Volvamos a Escorpio, muero de hambre.

Subió cuesta arriba, con toda la facilidad que corresponde a un caballero de su rango. Calvera no pudo quejarse demasiado, a pesar de ser tratada como un costal de papas; por increíble que pareciera, estaba exhausta esa tarde.

Pero pudo sentirse satisfecha. Sus esfuerzos rindieron frutos: Días después, Kardia decidió reabrir la casa de Escorpio.

Ya había obtenido lo que quería…

~O~

Cámara del patriarca, varias semanas atrás.

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—Entiéndelo, Kardia, por ahora es imposible…

El patriarca persistió. Pero Kardia parecía decidido a no ceder.

—¡¿Por qué es tan difícil darme el permiso?! No es la gran cosa.

—Ir a la Nueva España en este momento es innecesario. Entiéndelo. No hay enemigos potenciales en ese sitio. Sería un malgasto de recursos.

—¡No para mí!

La estancia cimbró con su grito. Sage se quedó sin paciencia. La pequeña Sasha intervino.

—¿Para qué necesitas ir a ese lugar, Kardia?

El muchacho se sobresaltó. Pero guardó la compostura. Alejó su mirada de ellos.

—Eso es asunto mío…

—Entonces, con mayor razón, es un NO —asestó el patriarca—. Y ahora, vete a cumplir tus deberes en Escorpio.

—¡Pero…!

—¡Ahora!

Kardia rechinó los dientes. Se levantó de su postura inclinada y caminó a la salida. Se equivocaban si lo creían derrotado, ese no era su fin. Una idea comenzó a gestarse en su cabeza, convencido de que serviría. ¡Si él sufría, todos sufrirían con él! Al final le darían la razón. Al final su plan funcionaría y obtendría lo que deseaba.

Todos entenderían que Kardia de Escorpio siempre lograría salirse con la suya.

Siempre.

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~O~

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Últimas notas:

Lamento si esperaban algo más "romántico". Estuve analizándolo y consideré que tanto Kardia como Calvera no son del tipo cursi o dramático.

Fue difícil escribir de ellos, quizá haya más ooc de lo esperado, pero admito que también fue divertido.

Sólo sobra decir que los huitlacoches son reales, deliciosos y típicos de la bella tierra mexicana. Si no los han probado, háganlo.

Espero les haya gustado. Gracias y, hasta la próxima~

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(¿Qué opinas, Almita?).