Costa cercana a Edimburgo, 1916.
Era cerca de la medianoche y en la lejanía las luces de Leith comenzaban a aparecer, aún veladas por la bruma. Faltaba todavía media hora para que el Sea Walker pudiera desembarcar a sus pasajeros. El barco llegaba con mediodía de retraso, gracias a una inesperada tormenta que le había forzado a retrasar su partida por varias horas e, incluso, a cambiar ligeramente de rumbo.
No, pensó George, contemplando la espesa neblina, Leith no era Londres, ni Nueva York. Y también pensó que, quizá debido a eso, la costa parecía mucho más cálida, pese al frío que lo había recibido nada más subir a cubierta. Extrañamente no soplaban vientos del Este, aunque era temporada.
El hombre avanzó tranquilamente por el pasillo lateral, disfrutando la gélida bienvenida. Había permanecido despierto porque no estaba dispuesto a perderse la experiencia de observar cómo el barco se aproximaba a su destino. En lo personal, Leith y Edimburgo le parecían lugares muy especiales; más aún: Escocia era el único sitio sobre la tierra donde se sentía verdaderamente en casa. Aunque no lo demostrara, estaba en verdad ansioso por llegar a la ciudad. Su viaje de negocios al continente había marchado de maravilla y traía excelentes noticias para Sir William.
Inevitablemente sus pensamientos se dirigieron al heredero Ardley. William le había informado que, mientras permaneciera en Edimburgo, antes de partir hacia Dleytower, se encargaría de adelantar la mayor cantidad de trabajo posible y de asistir a las reuniones más importantes. Sin embargo, él se había retrasado un par de semanas respecto a la fecha original pactada para su llegada, así que no sabía si todavía lo encontraría en la ciudad. No estaba preocupado en absoluto; ya que confiaba perfectamente en las habilidades de Sir William y también tenía la seguridad de que, con Candy acompañándolo, él tomaría con tranquilidad el cambio de planes.
George también pensó en Candy White. Estaba seguro que para la joven enfermera habría resultado toda una sorpresa la manera en que las personas se dirigían a William en ese lugar y también la forma en que éste se conducía. En América el protocolo era demasiado diferente; mucho más libre e informal. Aquí, en casa, las cosas debían parecerle tremendamente rígidas, puesto que William era no sólo Baronet, sino también el jefe del Clan Ardley. Se preguntó cómo habría afectado eso la relación entre Sir William y su pupila.
George se permitió suspirar audiblemente, puesto que no había nadie en cubierta para atestiguar semejante falta de autocontrol. A menudo pensaba en William y Candy, y presentía que, muy pronto, el cariño de la pareja se vería puesto a prueba por circunstancias totalmente ajenas a su voluntad. William no podía posponer más tiempo la decisión respecto al futuro de ambos. Era su deber como tutor de Candy y jefe del Clan Ardley.
Hacía mucho tiempo ya, que la relación de Candy y William había comenzado a ser cuestionada; justo desde el día en que Sir William impidiera el compromiso de Neal Leegan con la joven. Cierto que, en aquel entonces, las cosas habían resultado favorables y, tanto la sociedad, como la familia Ardley en pleno, celebraron la identidad de su jefe máximo; sin embargo, existían ciertos detalles que, de no ser solucionados satisfactoriamente, traerían problemas a largo plazo para William y también para la señorita Candy, quien ahora era plenamente identificada como una Ardley; para bien o para mal.
Contraria a lo que siempre opinaba madame Aloy, George tenía la certeza de que, tratandose de Candy White, las cosas siempre eran para bien; pero sabía que algunos Ardley opinaban igual que la anciana. Así que no dudaba que un problema de alcances éticos y morales estuviera gestándose, desde tiempo atrás, alrededor de Sir William y su hija adoptiva. Él, por supuesto, lamentaba profundamente la situación; sin embargo, tenía que reconocer que, desde fuera, las cosas debían parecer muy distintas a como eran en realidad. Y no ayudaba que Sir William declarara de tiempo en tiempo ante ansiosos oídos, que aún no pensaba contraer matrimonio.
No culpaba a Aloy de abrigar temores a ese respecto, pensó George. Él mismo, pese a sus convicciones, había creído entrever de cuando en cuando la existencia de un sentimiento mucho más fuerte que la simple amistad entre esos dos Ardley. Bastaba verlos, para notar que existía entre ambos una conexión especial.
Un mensaje luminoso interrumpió sus pensamientos, y provocó que su atención se centrara en la llegada de dos pequeños botes cuya tripulación pertenecía seguramente a la capitanía de puerto. El Sea Walker ya había detenido por completo su marcha y esperaba ser remolcado hasta el atracadero. Aunque era una embarcación relativamente pequeña, la normativa vigente exigía que apagara por completo los motores antes de aproximarse a los muelles.
A pesar a la bruma, que aún persistía y que amenazaba con volverse cada vez más espesa, George pudo vislumbrar el bullicio típico del puerto. Las tabernas en esa parte de la ciudad no cerraban por la noche y los pequeños negocios comerciales tampoco. Pese a ser una población relativamente pequeña, Leith bullía de vida, y su ambiente era muy diferente al de Londres o Nueva York. Escocia no tenía comparación, se dijo George, deseando paladear un buen Whisky nada más desembarcar.
Transcurrieron otros veinte minutos, mientras el barco era llevado al muelle asignado. Conforme la neblina perdía espesor, debido a la cercanía de los atracaderos y la iluminación artificial, George distinguió una pequeña multitud de personas aguardando, sin duda, el desembarco del Sea Walker.
El Sea Walker encontró al fin su adecuada ubicación y la escalinata fue desplegada. Fue entonces, cuando el hombre de confianza de Sir William se dirigió a toda prisa a la salida. No le agradaban en absoluto las aglomeraciones al desembarcar y prefería adelantarse al resto de los pasajeros. Sabía que su ayuda de cámara pronto le alcanzaría con el resto del equipaje en algún auto de alquiler.
No bien llegó a la salida de la terminal un hombre le hizo señas, indicándole seguirlo. Pese a su extrañeza obedeció, pues había distinguido el uniforme del personal de los Ardley. Al acercarse, pudo descubrir a Kingsley, el jardinero. Le extrañó sobremanera que John, el chofer no hubiera acudido a recibirle y su confusión aumentó cuando Kingsley lo condujo a un auto que no era el utilizado habitualmente en la mansión; aunque le parecía familiar.
─Buenas noches, señor Johnson ─saludó el empleado. El intenso frío provocaba que el aliento que emitía al pronunciar cada palabra se materializara en una nubecilla de vapor.
─Buenas noches, Kingsley ─dijo George; aunque estaba sorprendido por descubrir al jardinero haciendo las veces de escolta, no hizo pregunta alguna; sabía que William en ocasiones requería servicios extra de John y posiblemente, con la señorita Candy en la ciudad, también había sido necesario utilizar más de dos vehículos. No obstante, era medianoche.
Apartando sus dudas, abrió la portezuela trasera y se introdujo en el vehículo, agradeciendo, muy a su pesar, la calidez del interior.
─Buenas noches, señor Johnson ─dijo una voz a su lado. La voz de una dama que él conocía muy bien, aunque no la visitara con tanta frecuencia como le hubiera gustado. Comprendió enseguida que el automóvil le había parecido conocido porque pertenecía a ella.
─¡Lady Townstead! ─exclamó, genuinamente sorprendido al descubrir a la viuda de uno de los pares del reino más respetados y queridos de la ciudad. La dama era pariente de William en tercer grado. Una punzada de alarma lo recorrió al comprender lo extraordinario de la situación. No era cosa corriente encontrar a alguien de tal alcurnia esperándolo en el muelle a una hora tan inapropiada.
─Me alegro de verlo llegar con bien, estimado señor ─dijo la anciana, y luego agregó, dirigiéndose al jardinero, con su patentado tono rudo:─ Apresúrese Kingsley, o todos pescaremos una neumonía.
─Como usted ordene Milady ─dijo el conductor, poniendo el auto en marcha. George supuso que algo grave habría sucedido; aunque era demasiado pronto para asegurarlo. Además, Kingsley no había dado señales de estar preocupado.
─Supongo, Johnson, que se preguntará qué hace una vieja como yo a estas horas de la noche esperándole ─dijo la dama, poniendo en palabras sus pensamientos.
─Milady... ─comenzó a decir; pero la anciana lo interrumpió con voz risueña.
─Para hablar con franqueza, George ─dijo, tutéandolo, en tono de franca diversión─. Lo cierto es que preferiría estar cómodamente reclinada entre almohadones; pero es el deber el que me ha traído aquí. No quería que se enterara usted de las buenas nuevas por medio de Bates. Aunque aprecio mucho al mayordomo de William, ésta es una noticia que yo debo darle en persona; dado que nuestro chico no se encuentra en la mansión para hacerlo él mismo.
George comprendió, por la actitud de la dama, que no se trataba de nada grave; sin embargo, recordó que la actual posición de Lady Townstead en la familia Ardley sólo se debía a la presencia de Candy en Edimburgo; así que supuso que la noticia tendría que ver, también, con la pupila de Sir William. Dedujo también, que William y Candy ya no se encontraban en la ciudad.
─Imagino que, gracias al tiempo que ha pasado al lado de Sir William, estará preparado para cualquier cosa; aunque dudo mucho que algo como lo que ha sucedido haya cruzado por su cabeza alguna vez ─dijo la anciana, y pese a que no podía verla debido a la oscuridad, supo instintivamente que estaba sonriendo. Sin querer, un estremecimiento de alarma lo recorrió. Tenía serias dudas de que las 'buenas nuevas', como ella las llamaba, fueran a resultarle todo lo agradables que suponía la dama.
─¿Qué ha ocurrido, Milady? ─inquirió con tranquilidad, luchando contra el deseo de exigir respuestas a la anciana. Estaba desvelado, aún no había tomado ese Whisky, y lo último que se le antojaba era tener que vérselas con las dotes dramáticas de la viuda de Lord Townstead.
─Pasa, señor Johnson, que hay una nueva misión para usted. Una de carácter diplomático que exigirá todas sus habilidades ─respondió la dama sin revelar nada aún, impacientándolo más.
─¿Habilidades? ─preguntó, genuinamente confundido.
─Antes que nada, permítame decirle que puede usted enfadarse con Sir Wayne y conmigo, si así lo desea; ambos estamos dispuestos a compartir la culpa en esto. Sin embargo, William me pidió explicarle todo a detalle. Supongo que el muchacho no desea que usted tenga dificultades con Aloy, aunque, para ser sincera, diré que nada complace a esa vieja ciruela pasa arrugada. Mucho me temo que no tendrá un viaje agradable.
George respingó al escuchar a la dama insultar así a madame Aloy, aunque estaba acostumbrado a los enfrentamientos entre esas dos, ésta vez el asunto parecía ir en serio. Sin querer, esbozó una media sonrisa, al comprender que, con toda seguridad, su insinuado próximo viaje a América implicaba llevar a madame Aloy de regreso a Chicago. Una madame Aloy furiosa, indudablemente.
─¿Debo asumir, por sus palabras, que Sir William ha hecho otra de las suyas? ─preguntó, comenzando a comprender la situación. Años atrás, había descubierto con asombro, que Lady Townstead era una de las partidarias más acérrimas del heredero Ardley y lo que Aloy había bautizado como 'esas tonterías de William'.
─No culpe al muchacho ─dijo la anciana en el habitual tono condescendiente que, él bien lo sabía, hacía bufar a madame Aloy de disgusto─. El pobrecito no tuvo más opción. Además, debo agregar que la situación sería muy diferente si ese bendito imbécil de Bruce MacBain no hubiera cometido una estupidez tras otra. Un hombre debe defender lo suyo; si me comprende lo que quiero decir.
George no comprendía nada en absoluto. No obstante la noticia de que sería enviado a América a la brevedad posible, tal situación no le pareció algo fuera de lo común. Sin embargo, los MacBain y los Ardley compartían fronteras territoriales y habían sido enemigos declarados por más de cinco siglos. Si Bruce MacBain estaba involucrado en esto, quizá debía comenzar a preocuparse.
─ ¿Qué sucedió? ─interrogó, con cierto pesar; sintiendo que una pertinaz jaqueca comenzaba a surgir en su cabeza. Presentía que el relato de Lady Townstead apenas estaba comenzando. Y no sabía porqué, pero tenía la plena seguridad de que Candy estaría involucrada de lleno en él.
─Tranquilo Johnson ─dijo la anciana al tiempo que palmeaba una de sus manos con cariño─. Le aseguro que no tiene nada de qué preocuparse. Aunque, lamentablemente, se ha perdido usted una de las más singulares Pequeñas Estaciones que haya vivido Edimburgo en toda su historia. Y sí ─añadió al escuchar su resignado suspiro de repentina comprensión─: supongo que no tiene caso negar que todo se originó gracias al encantador carácter y el extraordinario talento de Su Señoría para meterse en los más singulares aprietos.
─¿Su Señoría? ─inquirió George, sintiéndose repentinamente mareado. Había notado enseguida el especial énfasis con que Lady Townstead pronunciara el título. De pronto, tenía la horrorosa sensación de haber caído en un profundo remolino donde todo giraba descontrolado a su alrededor, amenazándolo.
─La nueva Condesa de Fairland.
