Advertencia: Lovino. Y me disculpo si ofendo algún estudiante de derecho. No tengo nada en contra de esta carrera, simplemente decidí usar esta por unas bromas graciosas que hacen aquí en mi país. Jajaj


I


—Hey Lukas, ¿cómo estuvieron tus clases? ¡Te juro que odio las matemáticas! No es que sea malo en ellas. Me sé la tabla de multiplicar hasta el doce. Pero aún así... no sé de qué me servirá en filosofía.

Lukas miró al parlanchín y sociable Omega con una ceja alzada. Hacía este gesto cuando Tino de repente aparecía detrás de él a hablarle después de clases, como estuviera sorprendido, aunque ya se hubiese acostumbrado a sus repentinas apariciones. Tino Väinämöinen prácticamente no podía estar sin él. Lukas era uno de los poquísimos Omegas que estudiaban en la universidad, y le hacía sentir cómodo, entre la extensa masa de Alfas y Betas. Aunque ambos no hacían parte de la facultad, y de hecho, fue Tino quien saliendo, completamente nervioso de su primer día de clases de su carrera, se encontró con el fascinante muchacho de dulce aroma que leía un libro demasiado largo para su propio bien. Él le habló, cual hombre confesando que había hallado un oasis en el desierto, y aunque los primeros segundos solo recibía muecas fastidiadas suyas, luego llamó su atención.

Ambos se miraron por un momento.—Son importantes porque tienen que serlo. Además, no entiendo de qué te quejas. Berwald siempre está más que contento de ayudarte.—agregó, con una pizca de burla e intención que hizo encender el redondeado rostro del abochornado finlandés.

—Claro que lo está... somos amigos, y los amigos siempre están felices de ayudarse entre ellos...

—Yo no dije feliz. Yo dije contento, más que contento.—corrigió, peinándose el pelo, rubio como el trigo y sedoso como la seda. Lukas había escapado de decirle a Tino que las clases de hoy fueron una porquería, como todos los días de la semana. Si a él se le hubiera dado la oportunidad de estudiar gratis, él se habría ido por algo que realmente le gustara, como la filosofía que Tino estudiaba o literatura. Incluso periodismo hubiera estado excelente, en lugar de derecho, algo que para nada quería, pero que, lamentablemente, daba mucho, mucho dinero.
Y necesitaba el dinero.

Muchos de los Omegas que entraban a la universidad provenían de familias ricas. Tino era un ejemplo de ello. Pero sus padres no hacían eso por él por su educación, oh no. Era el orgullo. Querían que su hijo no fuese un Omega cualquiera, que fuera estudiado y digno, para que las posibilidades de esposarlo con un Alfa de buen nombre fuesen más altas y de más cantidad. A los Omegas ricos, que tenían todo, no les importaba ir o no ir a la universidad; pero de Tino le agradaba que sí se interesara por lo que aprendía.

—Ya...—pidió, todavía sonrojado.—Berwald es muy bueno en eso, por algo está estudiando ingeniería... Y le pediría ayuda a Edward, pero él no me tiene paciencia, Berwald sí, jamás me hace muecas, o sea, él siempre tiene ese rostro que da miedo pero en realidad es muy, muy bueno. Él dijo que mis pastelillos eran buenos, cuando tú solo dijiste que estaban bien.

—¿Cuál es la diferencia?

—¡No lo sé, pero me hizo sentir mejor!

En ese momento, otra persona salió del mismo salón de Lukas, y miró a Tino, con sus típicos ojos despectivos y aura de dignidad. Arthur Kirkland, un grácil joven de diecinueve años con un carisma prácticamente nulo. El finlandés siempre se sintió algo intimidado por su presencia, pues, irritable, no muy amable, coqueto y con perforaciones en sus labios y oreja, era muy fácil notar que Arthur no era como cualquier otro Omega.

Este muchacho soltó un profundo suspiro, como si hubiese logrado escapar de una situación muy incómoda.—...Odio a ese estúpido.—dijo, después de un tiempo.

Tino lo miró curioso.—¿Quién?

—El traga-hamburguesas. "Estudio derecho para defender la justicia de mi país". ¡Vaya tontería!

—¿Qué tiene eso de tonto?—no obstante, a Tino le caía bien Arthur. En ningún momento le había tratado mal directamente; sino que Arthur se dirigía fríamente a cualquier persona. Era como si su actitud despectiva y complicada ya estuviera programada en su personalidad.

—Oírlo hablar de América fue molesto. Me recuerda que estoy encerrado aquí. Si pudiera volver a Inglaterra, ya lo habría hecho hace mucho tiempo.

—No vas a volver, cierra la boca.—calló Lukas, quien de la nada había sacado ya un libro. Crítica a la razón pura, se leía en la carátula. Tino sonrió ante la vista y esta vez, se movió al lado del más alto para leer de su libro.

—Oh, cállate.—respondió.

Los pasillos eran inusualmente fantasmagóricos. El cálido brillo del atardecer se filtró entre los grandes cristales de los ventanales, bañando a los tres hombres jóvenes en agradable frescura, y regalándoles la vista de una explosión de colores rojizos, anaranjados y rosáceos en el inmenso cielo. La brisa aprovechó para entremezclarse con ellos cuando pasaron por los lugares al aire libre de la universidad, donde al fin, pudieron hallar a gran parte de los estudiantes concentrados en las cafeterías, o en los bancos donde justo al lado ofrecía un toma corriente para cargar los celulares.

También, cuando ya estaban fuera del inmenso lugar, los vieron amontonados en sus autos o charlando en grupos de amigos. En el camino, las personas dirigían miradas minuciosas hacia ellos. A Lukas esto ya no le molestaba, pero Tino, a su lado, aún seguía colocándose nervioso ante eso. Pero era porque Tino no tenía nada que ver en esto. Si se ganaban las miradas de la variedad de estudiantes, era por la curiosidad de la reputación de Lukas y Arthur: eran ariscos. Completamente fueras de órbita. Pero lo que más llamaba la atención de los extraños Omegas: no permitían que ningún Alfa se les acercara, y, si tenían la oportunidad de humillarlos, lo harían. La gente se divertía con sus presencias, y otros preferían seguir en su aventura de "cazarlos", como si fuesen un trofeo o una apuesta por el nivel de dificultad. Arthur era el más agresivo, pero Lukas se juró que si alguno de ellos se acercaba lo suficiente haría un tiroteo en su graduación.

Como si él fuese a caer en los brazos de alguno de esos imbéciles.

Las miradas imprudentes y las risitas cesaron cuando una silueta más apareció al encuentro de los tres Omegas que esperaban pacientemente. La gente siempre se detenía cuando el gigante, intimidante y serio Alfa Berwald Oxenstierna pasaba al lado del suyo, y habían algunos que aguantaban la respiración para nunca llegar a ser sus víctimas, aún cuando los rumores de matón de Oxenstierna eran solo un mito nacido de su apariencia física. Pero era preferible cerrar la boca y no hablar de Tino enfrente suyo antes que probar la suerte.

Lukas y Berwald se saludaron con una mirada. Berwald era un Alfa aceptable para Lukas. No hablaba mucho y, lo que le parecía mejor: no actuaba como un idiota.

—¡Hola, Berwald! ¿Cómo estuvieron tus clases hoy? Sabes, en matemáticas yo...

El dulce aroma de Tino abandonó todo rastro de nerviosismo al lado de Berwald, y en aquella zona de cómfort, él se relajó. Tino era demasiado obvio. Se alegraba cuando el sueco estaba cerca, encontraba comodidad en su lecho, y siempre buscaba sacarle conversación aún cuando Berwald fuese el tipo menos conversador del mundo. Aunque quizá, Tino no fuese lo suficiente obvio como para que Berwald se diese cuenta; ni siquiera era lo suficiente obvio como para que se diera cuenta él mismo.

Tino se dio cuenta que había dejado a sus dos amigos abandonados justo atrás suyo. Se volteó, avergonzado, encontrándose la sonrisita pequeña y burlona del otro nórdico.

—¡A-Ah! N-Nos vemos mañana, Lukas, Arthur...

Ambos se despidieron con la mano, viendo cómo se alejaban y cómo Tino entraba al auto de Berwald, como siempre sucedía desde que los dos se habían conocido. Enserio, ¿cómo no podían darse cuenta lo rápido y fácil que habían encajado esos dos? Si Lukas creyese en el amor a primera vista, Berwald y Tino serían el ejemplo ilustre.

Suspiró.

—El amor es un vergonzoso error que cometen tipos como él.—se atrevió a decir Arthur finalmente. Su elegante acento británico jamás le abandonaba para adornar la susceptibilidad de sus palabras: él solo hablaba cuando era artísticamente necesario, pero Lukas sentía que era suficiente. Él sentía que él decía las cosas que siempre había querido oír. Que acariciara sus desgracias, que aprobara a dónde dirigía sus pasos. Pero esto no era porque Arthur supiera de la vida entera. Las vidas de Lukas, y la suya, eran muy similares. La conexión siempre fue inmediata.—Hay cosas más interesantes que tener un marido diciéndote cómo o cómo no comportarte ante sus amigos.

Bondevík jugó con un mechón de su cabello, enredándolo entre sus dedos. Fue reconfortante el cómo el Omega aplacó con el repentino punzón de soledad que le causó la escena de Berwald y Tino. Mientras que él se mantenía de pie a su promesa de superación, rechazando cualquier oferta, cualquier intento de cortejo de cualquier Alfa que quiso acercársele, muy en su interior, admirarse como un lobo solitario, le hizo preguntarse por primera vez si eso estaba bien. Pero Arthur tenía razón: la compañía era vergonzosa y complicada.

—Vámonos rápido. Quiero salir de eso ya.

El inglés asintió, respaldándolo.


Eran tan solo las cinco, pero la música era fuerte y mecánica.

Ya habían bastantes personas allí adentro, y un par de ellas, ya comenzaban a emanar el aroma característico de alguien que ha estado bebiendo alcohol un buen rato. Patético. Muchos de los Alfas presentes le dirigieron una mirada inquisitiva y ansiosa, y Lukas se las devolvió suavemente, sonriendo en el proceso, en la forma en que le habían enseñado a hacer. No le gustaba sonreír, mucho menos a extraños, pero si eso iba a darle dinero a cambio, él no chistaría en lo más mínimo. Esto es lo único que esto significa para él. Un mero trabajo absurdo, humillante, pero que le sacaba buena pasta de aquellos solitarios Alfas que, cual ridículos, buscaban consuelo en Omegas de compañía al menos una noche.

A veces se sentía en la cima del mundo cuando el rol oferente-demandante lo ponía muchas veces en una posición superior, más alta que esos Alfas; y verlos cómo se ilusionaban y cómo cumplían los caprichos de Lukas lo divertía profundamente. Lukas le había llegado a sacar cinco de los grandes en una sola noche a un pasivo y enamorado Alfa de quien ahora solo recuerda sus tontas palabrerías sobre "compromiso", "marca", "hijos", mientras le decía sí a todo. Al día siguiente, el pobre intentó encontrarlo en la cama, y buscarlo esa misma noche, y vaya fue su sorpresa al ver a su chico engatusado de la misma manera con ahora un Beta. Lovino dijo que era una puta, pero se rió junto a él.

En realidad, a Lukas no podría importarle menos. No es que no tuviera sentimientos. Simplemente tenía prioridades. Y podía ser algo cruel al momento de ponerlas de primero.

Esta era su vida. Así era como sobrevivía. Poco a poco había dejado de darle tantas vueltas. Mucho menos cuando las sonrisas de agradecimiento de su pequeño hermano al obtener los libros que quería eran cada vez más frecuentes. Hubo un tiempo donde Lukas no podía dejar de pensar en qué diría su hermano al respecto, y casi pasó noches enteras sin poder dormir imaginándose su decepción y su desprecio. Pero no era como si estuviera haciendo algo malo: estaba cumpliendo con su rol de hermano mayor. Estaba cuidando de Emil como nadie más podría hacerlo. Y jamás iba a enterarse. Nunca iba a saber nada de esto.

Arthur alzó una ceja y tomó a su amigo del brazo.—¿Qué tienes?

—Me puse a pensar.—respondió escueto.

—Pues no pienses. Actúa. En tres horas me bajo más dinero que tú así—dijo, chasqueando los dedos y mirando fijamente al Omega con sus profundos pozos verdes.

—En tres horas te gastas ese dinero así—respondió, chasqueando los dedos también.

Arthur se echó a reír.—Oh, cállate.

Entonces, una persona se acercó a ellos. Tenía el ceño fruncido, y los brazos cruzados. Se veía molesto, aunque bueno, Lovino Vargas siempre parecía estar molesto.—Llegaron tarde, como siempre. ¿Qué tal si uno de ustedes dos me es útil y se hace cargo del puñetero español? Me tiene harto hasta la mierda.

La oscuridad impedía un poco la vista, pero el italiano tenía cierta sombra en el área de sus mejillas. Era posible que estuviese pasado de copas, pero con la mención de aquel hombre español que recurría al bar únicamente para verlo a él, Arthur y Lukas supieron que su sonrojo debía estar relacionado consigo. Antonio no era un mal tipo. Era bastante carismático y divertido, y la primera vez que apareció, ni siquiera sabía que se ofrecían más cosas que copas de vino o jarrones de cerveza. Pero cuando se encontró con Lovino, melancólico, esperando, Antonio se sentó junto a él y sintió una extraña afinidad con este. Al enterarse de las cosas que sucedían en ese bar, y viendo que Lovino tan solo era un joven de diecisiete años, el español no lo dejó solo aún sabiendo que tendría que pagar por su compañía.

Los primeros días Lovino se había mostrado asquerosamente amable, pero no pasó mucho para que se sintiera nervioso y explotara unas cuantas veces.

A Antonio no parecía molestarle. Y eso molestó más a Lovino.

—El español es tuyo, Lovino, ahora déjanos en paz.

—Oh, no, bastardo. Le diré a Francis que lo único que haces es tragar cerveza, ¿te gustaría eso?

Arthur bostezó, e ignorándolo, desapareció entre la gente. Lovino se volvió tan rojo como un tomate por la ira. Sus furiosos ojos verdes se dirigieron ahora a Lukas.

—No lo amenaces con Francis. Siempre hace lo contrario cuando hacen eso.

—¿Y tú qué eres; un experto en imbéciles?

—No, solo me doy fácilmente cuenta de las cosas.

—¡Y ese estúpido francés no hace nada para arreglarlo! ¡Simplemente lo deja hacer lo que quiere y ya! ¡Los odio a todos!

La mirada casi eterna de Lukas barrió con la muralla de lava del muchacho italiano. Quizá era porque era joven, pero Lukas le intimidaba. Era más alto; pero incluso el hermano menor de Lovino era más alto que él. En realidad... no transmitía nada. Sus ojos eran opacos, y sus labios solo sonreían por obligación. Su voz era monótona y jamás perdía la calma. Era misterioso y sus acciones eran como un mágico susurro. Era imposible que un tipo así pudiera siquiera compaginar con alguien como Antonio, y dando un último suspiro resignado, desapareció como Arthur sin pensar en preguntarle nada al otro joven.

Lukas se encogió de hombros.

Se dirigió hacia una de las sillas de la barra del bar. La mejor manera en la que Lukas iniciaba su trabajo era con unos buenos tragos de cerveza, lo suficiente fuertes como para despertar su lado desvergonzado. De la experiencia, su resistencia al alcohol se había fortificado, por lo que Lukas tenía que beber entre dos o tres botellas enteras de Nøgne Ø para poco a poco sentirse en el agradable limbo de los comienzos de la borrachera.

Francis le sonrió y le sirvió una jarra sin esperar sus palabras. El líquido dorado cayó al fondo del cristal como una cascada de miel, inundando poco a poco la pared circular del recipiente. La espuma fue solo un hecho de la mínima superficie. Francis era muy habilidoso. El Omega no agregó ni un agradecimiento, y se llevó a los labios el fuerte fluido ambarino, saboreando el amargo dejo de la depresión y la diversión juntas. Su sed cayó en picada, y un suspiro satisfecho emergió de sus labios. Lukas se relamió los labios, lentamente, consciente de que había atrapado la mirada de algún perdedor. Volvió a darle un suave sorbo a la jarra, con sus bonitos ojos perdidos en la nada, vagos en la ingenuidad.

Pasó unos minutos para que se terminara su primera jarra: a Lukas le gustaba ir despacio, disfrutar de las cosas increíbles a su tiempo. Apoyó su mentó en la palma de su mano, esperando a que Francis captara su mirada insistente, y luego de un tiempo, el Alfa francés lo notó y le sirvió otra jarra sonriéndole cómplice. Lukas lo ignoró, mientras se enrollaba el cabello entre sus dedos, y se lo peinaba como la seda. Pronto tuvo su jarra de cerveza nórdica a su disposición, y empezando su ritual parsimonioso, el Omega se lo llevó a los labios, tarareando la canción de fondo.

—¿No es mucho para ti?—Lukas parpadeó fingiendo confusión, y en todo el tiempo, dirigió una mirada al hombre que lo venía acosando desde hace un rato. Tenía un acento bastante pesado, y su voz sonó más fuerte que la música atrás. A pesar de que las luces y la oscuridad y toda esa catástrofe de bar le impidiera contemplar perfectamente su rostro, al Omega solo necesitó ese tonito divertido en su voz para darse cuenta que sería alguien molesto.

El Omega rió por debajo.—¿Por qué dices eso?

—No te ves como el tipo de persona que toma tanto.

—¿Por qué?

—Te ves... seh, algo pequeño.

—¿Quizá seas algo grande?

El hombre lanzó una carcajada ruidosa.—¡Pues claro! Soy un Alfa hecho y derecho. Y tomo desde los dieciséis, ¡estoy preparadísmo!

—Suena legítimo...

—¿Estás solo?

—¿No lo parece?

—¡Oye! Solo que Omegas como tú no suelen venir a lugares como estos solos, ¿sí me entiendes? Aunque hay algo en ti que espanta a la gente; y al mismo tiempo, las atrae. Es como si solo los más valientes pudieran llegar hasta aquí. Tienes un aroma bastante agradable. Aunque el Nøgne Ø no me deja olerte bien, hey, buena elección por cierto, aunque la danesa es mejor.

—¿Qué eres, un perro?

El Alfa le dio un sorbo a su jarra también.—Soy un tipo con buenos sentidos. ¿Estudias en la universidad?—hubo un momento donde la luz se encendió en una tonalidad bastante clara, y Lukas pudo ver su rostro. Era... bastante guapo. Tenía los ojos azules, pero no como los suyos, que eran fríos y opacos, sino marinos, como si reflejaran el cielo entero, junto al brillo de las nubes blancas algodón. Su piel era pálida, menos que la suya, enrojecida por el alcohol, pero no se veía borracho en lo absoluto. Su inmensa sonrisa era lo suficiente sobria, feliz, sincera y agradable; estremeciendo el endurecido corazón de Lukas por un instante que no supo reconocer. El Omega parpadeó no muy sobrio, sin saber por qué. Lukas tan solo iba por la segunda botella.

El Alfa también alcanzó a verlo también. Y sonrió aún más. La parpadeante oscuridad ocultó un brillo de reconocimiento en su mirada.

—Derecho...

—¿¡Derecho!?—chilló sorprendido—¡P-Pero no luces como una rata en lo absoluto! Mierda, perdón, quiero decir- Hey, ¡tienes futuro!

Una suave risita afloró los labios de Lukas, como un divertido susurro, y el Alfa lo observó sorprendido e insistentemente. El Omega, al darse cuenta de esto, cubrió su boca, sorprendiéndose él mismo también de aquella carcajada tan genuina suya, que para nada iba consigo, y que ni siquiera recordaba tener. El Alfa duró un tiempo observándole sin entender su reacción, pero luego de unos segundos, sucumbió también a una risa de diversión tintada de su leve borrachera, y unas palabras brotaron de sus labios.

—Soy Mathias Køhler.—escuchó Lukas sobre la música, los gritos, el sudor y los balbuceos a su alrededor; sobre las luces parpadeantes que se iban y volvían; sobre sus rondas de alcohol y ensoñación. Escuchó el nombre de Mathias sobre cualquier cosa, y le pareció tan desconocido, como cercano a sí, cual cosquilleo cariñoso en su vientre.

Lukas le dio un suave sorbo a su jarra de cerveza, perdido en las distintas botellas postradas en los estantes. La brillante mirada atenta de aquel Alfa acarició su piel. No supo por qué. Quizá ya era el alcohol.

—...Lukas Bondevík.—murmuró el Omega.

Francis observó por encima de su hombro con extraña sospecha cómo aquel desconocido Alfa no se separó de su trabajador en toda la noche.


Woooo gracias por sus comentarios. Fueron muy agradables! Y me alegra mucho que les haya gustado el prólogo. Pero antes, me gustaría aclararles algo para que no les tome por sorpresa: Dennor no es la ship principal. Tampoco Hongice. Ambas son las estrellas de este fic, así que les pido que se preparen para ver un capítulo completo de hongice u otro completo de dennor. Me atrevería a decir que lo más importante es la relación de estos dos hermanos, así que espero que no les moleste. Y bueno, ya se han conocido Mathias y Lukas... ¿...por qué Lukas actuaba tan raro a su lado...? nnn

[lamento con los que estudian derecho, no tengo nada en contra de esa carrera, es que hay una uni en mi país donde los tachan de ratas y esos memes me dan risa. Igual sigo. Jajaj lkm.]