Lo prometido es deuda; la segunda parte. Y esta vez con un toque subido de tono.
Disclaimer: R18. Los personajes no me pertenecen y está concebido sin ánimo de lucro.
Relato escrito por Kyle Saxon
Parte II
Los días siguientes fueron las jornadas más desoladoras de toda mi vida. Creí que saliendo a la calle al día siguiente del encuentro con Antonio, mi vida volvería a su cauce de nuevo. Pero jamás vi una ciudad tan triste como Granada desde entonces. El ruido de los coches y las personas abriendo sus comercios, no me dejaban dormir. Los arboles que coronaban las principales arterias de la ciudad andaluza parecían marchitarse con el calor insoportable que azotaba sin piedad a sus hojas más tiernas. Las calles se derretían y nadie, salvo los turistas más osados se atrevía a poner un pie fuera lo que le daba al lugar un aspecto fantasma nada alentador.
Volví de nuevo a la Alhambra durante los días siguientes, con la esperanza de encontrarme allí con el, pero mi vana ilusión acabó por esfumarse junto con el poco dinero en efectivo que me quedaba. El agua que discurría recorriendo el palacio parecía hueca, lánguida. Antonio no estaba allí para acompañarla con los acordes de su guitarra y por ello, los murmullos de sus corrientes eran tristes y faltos de la magia que una vez la hizo bailar sobre la canalización. Mis manos de pintor detallista comenzaron a temblar y tuve que recurrir a varias cajetillas de cigarros para calmar mi estrés fruto de esa terrible depresión que me estaba corroyendo las entrañas como un ácido. Los bocetos que pintaba de los puentes de la ciudad sobre el río Genil, no servían más que para papel de inodoro; con ese Parkinson repentino que se había apoderado de mi, fruto del nerviosismo, los bosquejos me salían torcidos o directamente no salían. Cualquier intento de olvidarle era inútil. Ni siquiera el sol abrasador podía asfixiar esa parte de mi cerebro que reincidía en el recuerdo de Antonio una y otra vez. Sus labios besando los míos, el olor a azahar que desprendía su cuerpo, sus ojos verdosos...
A lo mejor sólo fue una alucinación propiciada por mi cerebro en un intento por distraerme de mi soledad permanente. O un fantasma de la Alhambra que había quedado atrapado realmente en los muros del palacio. Pero solo había estado unos instantes a mi lado y en ese periodo de tiempo había destruído todos mis momentos felices que realmente no habían sido tal cosa. Se había ganado el primer puesto en el momento más feliz de toda mi vida y ya no podía olvidarlo. Esos que dicen de que el tiempo todo lo cura, ¿realmente es así de facil? El tiempo no cura nada, solo lo entierra pero tarde o temprano sale a relucir de nuevo, así que todos aquellos que dan ese tipo de lecciones de vida, deberían ser abofeteados por estúpidos. La realidad no es así de fácil. No se puede olvidar uno de la felicidad y de alguien así como así. La sensación de haber sido traicionado no me abandonaba por mucho que me dijese a mi mismo, que todo había sido una estupidez como un templo de grande. También los celos te embargan, es horrible. Uno piensa constantemente que ha sido utilizado para calmar las necesidades sexuales de un crápula y que posiblemente desgraciado tenga a otra persona al llegar a su casa que le esté esperando.
Te odio, pensaba a la vez que intercalaba esos pensamientos con un te amo, tal vez para contrarrestar. Para no sentirme culpable por albergar esos sentimientos tan horribles.
Los días fueron pasando y llegó el domingo, pero no varió nada o eso creía yo. Las noches, desde que me había alojado en la pensión eran siempre iguales y ese día no fue diferente.
Cae la noche y huele a azahar en el patio, los perros ladran al viento en la distancia y las moscas revolotean en la habitación, animadas por el bochorno sofocante. Se oye a lo lejos el contundente sonido de un claxon aislado y las calles despiertan de su letargo, para dar paso a una noche que se levanta joven de la siesta. Yo me sumo en una depresión mirando por el ventanal enrejado que da al patio donde los naranjos crecen vigorosos y dejo vagar mi mente por entre la arena blanca y las olas espumosas de la playa de Salerno. Pero las olas son grises ; las playas y las calas donde veraneaba se resquebrajan en mi mente y yo suspiro, desconsolado. No hay playa, no hay oleaje, la vida que he dejado atrás es una mentira para ocultar mi necesidad de afecto. Las cervezas que he comprado en la tienda de ultramarinos que está debajo de la pensión, no aplacan mi sed ni mi pena. Nada me cura y el vacío oprime mi pecho, privándome del aire cálido de Granada.
Pero aquel día todo cambió cuando el sonido de una guitarra que yo conocía bien, se adueñó del ambiente aletargado de la pensión e hizo acallar el zumbido de las moscas. Un trino repetitivo como el agua que mansamente recorría los jardines del palacio nazarí, bañando sin prisa pero sin pausa todo el vergel que allí crecía, frondoso.
Yo estaba en la cama cuando lo oí. Primero no creí en lo que oía porque ya había escuchado anteriormente los acordes del instrumento en mi cabeza, repetidas veces. Pero cuando vi que no podía hacer que mi mente parara de recordar, me levanté como un resorte del lecho y con el corazón desbocado, abrí la puerta de mi cubículo para observar desde el claustro abalconado si realmente era cierto que mi agonía se había acabado.
Recorría con la destreza de un artesano los trastes de su guitarra. Su pelo negro enmarañado se movía con su cuerpo al son de la música. Y sus ojos esmeraldas cerrados en aquel momento, se alzaban junto con su rostro de belleza gitana para aspirar el aroma de los naranjos.
Era él. Antonio...
Nunca he dejado que los demás viesen mis emociones porque siempre he sido tímido, a excepción,claro, de mi enfado el cual no tenía ningún reparo en sacar a relucir. Pero esa alegría que se apoderó de mí de repente y me hizo bajar las escaleras del piso donde me encontraba, hasta el patio, jamás la había experimentado. Ese entusiasmo por volver a ver a alguien que había creído una alucinación.
Sin embargo, me paré en seco y me escondí tras uno de los troncos de los arboles que allí crecían, pues no estaba solo y la vergüenza se apoderó de mi, devolviéndome a la realidad. El casero se encontraba junto al español y le observaba con una especie de comprensión paternal. Agucé el oído:
-¿Pero cómo se te ocurre dejarlo ahí, solo? Haberle invitado a cenar por lo menos, chiquillo.- protestó el casero.
-Ya lo sé, tío, fui un estúpido. Me entró el pánico y huí. Ya sabes lo cabrones que son los guardas en las dependencias municipales. En vez de coger a los criminales más peligrosos tienen que tratar de atraparme solo por tocar una guitarra...-suspiró Antonio frunciendo el ceño con indignación. Siguió tocando la guitarra.
-¿Y dices que no lo has vuelto a ver?-el casero de amable rostro, tomó asiento junto a su atractivo sobrino y le observó con interes de maruja cotilla. Antonio se rió por ello y dejó de tocar la guitarra para contestarle.
-Era el ser más maravilloso de este mundo, tío. Era extranjero pero hablaba perfectamente el español. Cuando levanté la vista de la guitarra allí estaba mirándome fijamente, sonrojado. Pero por desgracia no he podido volver a la Alhambra. Y si ha vuelto allí, lo desconozco. Ojalá pudiera volver atrás en el tiempo y preguntarle dónde se alojaba...Estúpido de mí. -contestó Antonio con el semblante ensombrecido por la pena.
-Muchacho, no vale la pena martirizarse. Has vivido un momento feliz pero tienes que dejarlo pasar, ajo y agua. -el tío se acercó a él y le dio varias palmaditas en el hombro.- Si te quieres quedar aquí, solo tienes que decirlo,como siempre. Ya reanudarás la búsqueda de ese chico mañana. Y que no se te olvide darle recuerdos a tu madre.
-Gracias, tío Salva.- agradeció Antonio con aquella sonrisa tan maravillosa y de nuevo, reanudo su tocata.
Me sentía culpable y no sabía por qué. Él me había dejado plantado a la salida de la Alhambra así que quien tenía que estar molesto era yo. Pero vi que no había renunciado a mi y me había estado buscando porque él tampoco había dejado de pensar en lo que nos había sucedido a ambos. Y me amaba. Me amaba tanto que verle allí suspirando por la tristeza y el arrepentimiento conmovió a todas las fibras de mi ser.
Salí de detrás del tronco y me aproximé a el con lentitud, como la primera vez que le había visto tocar cerca de la fuente de las pétreas fieras. Aunque la ubicación fuera diferente, la magia que emanaba de su cuerpo oliváceo era la misma. Quise lanzarme a sus brazos pero me contuve pues la música, aunque de acordes atribulados y melancólicos tonos menores, era la canción que había hecho que mi alma despertara de su letargo de indiferencia y desprecio hacia los demás.
-Antonio...-interrumpí con voz trémula. Él inmediatamente posó sus ojos glaucos en mi mirada de turbada sorpresa por verle ahí, tocando, sin creer aún que el mundo fuera tan pequeño como para que la coincidencia de que fuera el sobrino del propietario lo hubiese cambiado todo de repente.
Él se levantó de un salto, sin cuidado de que la guitarra cayera al suelo y el sonido de la caja de resonancia reverberara por todos los rincones. Sus cálidos brazos me envolvieron en un abrazo tan lleno de ternura que tras el susto de su impetuoso gesto, solo pude corresponderle, posando mis manos en su espalda y hundiendo mi cara en su pecho.
-Creí que te había perdido para siempre...Romano...-comenzó pero yo le interrumpí respondiéndole furioso.
-Eres un impresentable...te fuiste sin decirme palabra y no volviste para nada. ¿Sabes como lo he pasado de mal estos últimos días por tu culpa?...¡Idiota, idiota, idiota!.-golpeé su pecho sin fuerza con una de mis manos. El siguió abrazado a mi. No tenía ninguna intención de dejarme escapar y yo tampoco le di a entender que quería separarme de él. Pero quería que viera el daño que me había hecho...el embrujo que me había lanzado para que unicamente pudiera pensar en él para el resto de mis días. Por primera vez le miré directamente a los ojos sin temor porque en mi cara había dibujada una sonrisa de entendimiento.- Por eso olías a azahar...cuando nos conocimos.
Él rió mientras una lágrima traicionera rodó por su mejilla y cogiendo mi cara con ambas manos, me besó fuertemente, pero no con aquella ferocidad felina que me mostro la primera vez, sino con la alegría de volverme a tener junto a él. Amable, cariñoso...vulnerable.
Lo que ocurrió a continuación fue una sucesión de confusiones, una detrás de otra. No tengo recuerdos claros de como llegamos hasta mi habitación y acabo llevándome a mi cama con la galantería de un caballero de los de antaño. Pero si recuerdo como me desnudó lentamente disfrutando de la vista tan placentera que yo resultaba a sus ojos, cosa que siempre me ha desconcertado bastante. Un dios de la belleza como aquel no podía enamorarse de alguien tan vulgar como yo, pero cuando se tumbó encima de mi y me susurró al oído que era la criatura más hermosa de la tierra, no tuve el valor de replicarle.
Bajó por mi cuello, recorriendo con su lengua cada poro de mi piel y me hizo jadear. Su olor corporal me estaba volviendo loco así que no tardé en ver abultada mi entrepierna y lo que más me sorprendió, la suya. Juntamos nuestras bocas sedientas la una de la otra y nuestros suspiros de amor se mezclaron en una orgía de sonidos de lo más excitante. Sus ojos envueltos en un halo de rubor me miraron fijamente mientra pasaba una mano recorriendo mi pálido torso hasta llegar a los calzoncillos que no supusieron ningún obstáculo para él. El contacto de su mano caliente en la sensible piel de mi erección me hizo lanzar un jadeo mucho más fuerte que los anteriores y tuve que llevarme una mano a la boca para ocultar ese torrente de voz que era música para los oídos de Antonio. Él se encargó de quitarme la mano de la boca para darme otro beso a la vez que acariciaba mi miembro, moviendo con suavidad de arriba a abajo. Un pensamiento macabro surcó mi mente; si muriera de esa forma ahora mismo, sería la muerte más maravillosa de todas. Pero lo deseché lo más rapidamente posible. No quería morir, ya no. Le había encontrado y no habría forma de separarme de él. Lo que estábamos haciendo era la prueba de que nuestras almas y nuestros cuerpos iban a quedar ligados para siempre, así que no podía dejar todo aquello de lado.
-A-Antonio...-gemí lamiendo el lóbulo de su oreja a la vez que lo mordía debilmente, como un gatito hace cuando quiere jugar con su dueño. Él reprimió un suspiro cuando yo le hice eso pero no se privó de seguir masturbándome y cada vez lo hacía más deprisa. Le advertí.- Si sigues yo...me correré.
El me sonrió y consideró que era mejor que yo estuviera bocabajo, así que me asió de los brazos y me dio la vuelta dejando mi culo al descubierto. Percibí que se estaba relamiendo al ver mis pequeñas nalgas prietas que no habían sido perpetradas por nadie antes.
-Vas a hacer que pierda la cabeza, Lovino. Jamás había sentido tantos deseos de hacer el amor como hasta ahora...Quiero sentirte, quiero moverme y gemir en tu oreja, Romano. - a la vez que me dijo aquello introdujo dos dedos de forma delicada y yo abrí los ojos y la boca, atónito.- Te he echado tanto de menos ...jamás me había enamorado de nadie... y llegaste tú y lo cambiaste todo...
-Supongo que en eso...nos parecemos.- le contesté entre gemidos que fueron variando de dolor al placer más intenso tras sentir como los dedos del español abrían con cuidado mi virginidad y la exploraban antes de que su miembro quisiera internarse en mi.
-¿Me amas de verdad?.- Antonio se inclino sobre mi espalda y me susurró aquellas palabras. Sentía el roce de su miembro contra mis nalgas. Mi cuerpo sudoroso se arqueó mientras suspiraba.
-Te amo
Y el se juntó conmigo. Mientras yo gemía y me agarraba al cabecero de barrotes del lecho, el se recostó sobre mi espalda y me abrazó por la cintura a medida que se internaba más en mi, despacio pero sin pausa. Aquel abrazo me indicaba que no era una posesión lo que yo representaba para él. Era su mayor amor, la persona a la que amaba y estaba entregando toda su alma para juntarla con la mía.
Yo entrecerré los ojos cuando el placer recorrió todo mi cuerpo y sentí el rubor perlar mis mejillas. Toda la tristeza pasada ahora era solo un recuerdo lejano perdido en el mar que era mi vida. Nada hubo en aquel momento que tiñese de tristeza los delicados gemidos que salían de mi garganta, roncos.
-Voy a moverme más rápido. Quiero verte Romano, por favor...- no tuvo que pedirmelo dos veces.
Volví a colocarme bocarriba y el volvió a romperme con movimientos oscilantes de sus caderas. Entrelacé mis brazos de nuevo alrededor de su cuello húmedo por el sudor al mismo tiempo que el me sujetaba las piernas. Y gemía haciendome estremecer y yo gemía haciendo que él se me moviera más rápido. Su majestuoso cuerpo era mío y yo era suyo y en un momento perdí la noción del tiempo y del espacio. Exhalé un último grito de placer y la música de su guitarra me envolvió junto con el sopor de la inconsciencia que se había apoderado de mi y de mi amante, quien cayó sobre mi, envolviéndome entre sus brazos. Sentía como su esencia blanquecina y la mía impregnaban nuestras tripas y las respiraciones se fueron acompasando hasta que en la alcoba volvió a reinar el silencio.
Aspiré el aroma floral de su pelo ensortijado en cuanto recobré el conocimiento. Desperté y me tope con su sonrisa y la expresión de felicidad mas conmovedora que yo haya podido presenciar nunca. Antonio me acariciaba el rostro pendiente de cada detalle, de cada brillo ocular, de cada vez que yo le miraba a los ojos y me ruborizaba sonriendo.
-Esto es de locos...apenas nos conocemos...y ...quiero pedirte ya que vengas a vivir conmigo...-propuse ocultando mi cara en sus pectorales bien definidos. El me acunó riendo.
-Bueno, tenemos toda la vida para eso. Así que no debes preocuparte.
-Prométeme que no te volverás a escapar aunque te persiga la justicia. Prométeme que te quedarás a mi lado y no te volverás a ir. No sé si podría soportarlo una vez más...-el me acalló poniendo su índice en mis labios y me tomó del mentón.
-Escucha, Romano. Ese fue el error más grande que he cometido en mi vida y aún sigo arrepintiendome de haberlo hecho. De modo que no voy a renunciar jamás a la felicidad que tú me has dado por miedo...nunca jamás volveré a dejarte, lo prometo. Y para que veas que es cierto, me iré contigo a Nápoles. Palabra del niño Jesus.
-Mira que eres idiota...
Esa fue la historia de como me enamoré del hombre con el que me voy a casar. Esta es nuestra vivencia. No fue algo majestuoso, no necesitamos mil y un caprichos materiales para que nuestro amor fuera verdadero. Solo bastó que su música fluyese allí en un rincón de Andalucía y su mirada de cristal verde y su sonrisa, brillaran más que el Sol.
